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Capítulo 4: "Solo los más fuertes"

CaPitta188
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En Novaris, la fuerza no es una opción. Es una condición. No alcanza con músculos ni con velocidad; eso se entrena. La verdadera fuerza está en la mente: resistir el miedo, el cansancio y aquello…

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Ovid

Lo que me queda de este capitulo es Norris en la esquina con el libro. Mientras todo el mundo hace ruido, él está en otro lado completamente. Es raro que ese sea el personaje mas cuerdo del cuarto.

Lo que me queda de este capitulo es Norris en la esquina con el libro. Mientras todo el mundo hace ruido, él está en otro lado completamente. Es raro que ese sea el personaje mas cuerdo del cuarto.

Contenido de la publicación

En Novaris, la fuerza no es una opción. Es una condición.
No alcanza con músculos ni con velocidad; eso se entrena. La verdadera fuerza está en la mente: resistir el miedo, el cansancio y aquello que intenta quebrarte desde adentro. Solo los más fuertes pasan de fase. Y no todos los fuertes lo parecen.


Pasaron las semanas y, al fin, los trabajos forzados habían terminado. El grupo de cadetes podía respirar un poco más de alivio. Todos se encontraban en la sala de descanso.

La sala se había convertido en una especie de campo de división: en un lado estaba Layton junto al grupo que había llegado tarde, y en el otro lado Fergus con el grupo que sí había llegado a tiempo. En un rincón se encontraba Norris, leyendo un libro, y a su lado, medio alejado, Rachel, realizando estiramientos.

Cada miembro estaba concentrado en sus actividades hasta que Fergus rompió el silencio con una voz fuerte y amenazante:

—¡Anoche fue nuestro último día de trabajos forzados! —exclamó—. Y, mirando al grupo de Layton, dice: —Espero que nadie más vuelva a ser irresponsable. No quiero volver a esforzarme extra por culpa de "ciertas" personas.

Martínez, un recluta asustadizo intentó dirigirse al baño mientras Fergus hablaba, pero este lo detuvo en seco.

—¿Acaso no has escuchado lo que dije? ¿Te atreves a ignorarme?

El recluta se quedó paralizado, sin saber qué decir. Fergus, empujándolo, continuó de manera agresiva:

—¿Acaso no sabes hablar?

—Y-yo n-no, debo ir al... —intentó responder el recluta, pero Fergus lo interrumpió.

—Tú no irás a ningún lado. —Se acercó más, observándolo con desdén—. Tú eres uno de los parásitos que no llegó a tiempo, ¿verdad?

En el rincón donde estaba Norris, a pesar del ambiente tenso, él seguía leyendo su libro, echando algunas miradas de lo que realmente ocurría. Rachel se acercó en voz baja:

—¿Cómo puede ser que haya personas así maltratando a otros?

Norris respondió con un tono de desinterés:

—Son personas que se reflejan así mismos en otros.

Y volvió a concentrarse en su libro.

El recluta intentó responder, pero Fergus no se lo permitió. Observándolo de cerca, dijo:

—Sí, tú eres uno de ellos... ¿cómo es que Novaris permitió que ingresara gente como tú? Solo mírate: débil, cobarde, una ratita que no sabe a dónde huir.

Mientras hablaba, lo acorralaba contra la pared junto a su grupo. De repente, lo agarró del cuello.

—Argh... n-no pued...

—Deberías renunciar, ratita. Solo eres un grano en el culo para los que sí cumplimos.

El grupo de Fergus se reía mientras observaba la escena. Antes de que Fergus continuara, Layton intervino para defender al recluta:

—¡Suéltalo, cobarde!

Fergus lo soltó y comenzó a avanzar lentamente hacia Layton, furioso. El recluta pudo respirar aliviado.

—¿Qué dijiste? Tendrás que repetirlo, porque no alcancé a escuchar —dijo Fergus de forma sarcástica.

—¡Con mucho gusto! Eres un cobarde. —Layton lo enfrentó con firmeza.

Fergus se acercó aún más, hasta quedar cara a cara.

—Te aprovechas del más débil, del que no puede defenderse para impartir miedo. Creo que la ratita eres tú —continuó Layton—.

Fergus lo observó un momento, luego comenzó a reír y respondió:

—¡Sí que eres gracioso! —dijo, adoptando un tono exageradamente dulce—. Lo dice el que no llegó a tiempo al entrenamiento, el que se quedó dormidito porque estaba cansado. Pobrecito... ¿quieres que te traiga una mantita calentita y un osito de peluche?

Su grupo se rió con él. Layton replicó:

—¿Y a ti? ¿Quieres que te traiga un libro que enseñe modales y comportamientos menos primitivos?

Las palabras de Layton hicieron que Fergus y su grupo dejaran de reír. Éste se tornó serio y enojado:

—Te lo advierto —dijo, señalando al grupo de Layton—. Cualquiera de ustedes que vuelva a cometer otro error patético... me encargaré de hacerle la vida imposible.

Layton se acercó, desafiándolo:

—¿Tú y cuántos más?

—¿Quieres ponerme a prueba? —dijo Fergus, acercándose con su grupo.

—No te tengo miedo. Y, es más —dijo Layton a los demás reclutas del pelotón—, nadie debería tenerle miedo. Los cobardes como este tipo son los que, cuando se enfrenten a situaciones reales, serán los primeros en huir.

Norris, leyendo su libro, murmuró:

—¡Por Dios, no dejan que uno se concentre! 

—¿No deberíamos intervenir? —preguntó Rachel.

Norris no respondió, intentando concentrarse de nuevo en su libro.

El ambiente seguía tenso. Fergus sacó su cuchillo, preparándose para atacar. Hasta que Rachel se interpuso entre ambos:

—¡Oh, chicos! ¡Calma! Los trabajos forzados han terminado. No armen una pelea sin sentido, ¿o acaso quieren que nos vuelvan a castigar?

Norris desvió la vista de su libro un momento y observó a Rachel con curiosidad. No entendía por qué se arriesgaba a defender a alguien más; esas situaciones, pensó, deberían resolverse por sí solas.

Aunque Rachel estaba en medio, Layton y Fergus seguían mirándose de forma amenazante.

—No te metas, Rachel. Deberías estar de mi lado. ¿No ves que, por culpa de ellos, nuestros traseros sudaron aún más?—reclamó Fergus.

—No estoy de ningún lado, Fergus. Todos cometemos errores, así que baja ese cuchillo y retrocede. A no ser que quieras que tu trasero vuelva a sudar, como dices —replicó Rachel.

Las palabras de Rachel no parecían calmar el ambiente, pero después de unos segundos, Fergus retrocedió y guardó su cuchillo.

—De acuerdo. Está bien... no pensaba usarlo de igual manera. De hecho, este cuchillo lo usaré en una ocasión especial —dijo, señalando burlonamente a Layton.

El grupo de Fergus y el de Layton se dispersaron. Rachel se acercó nuevamente a Norris, quien cerró su libro y dijo:

—¡Argh! ¡Demasiado problemáticos! Se supone que estamos en un día de descanso, ¡así no se puede leer tranquilo!

—¿Cómo es que no te importa la situación? —preguntó Rachel.

—¿A qué te refieres? —dijo Norris mientras se dirigía a su casillero.

—Es decir, casi se matan entre ellos y tú te concentrabas en tu libro.

Norris metió el libro en su casillero y lo cerró:

—¿Acaso esperabas que hiciera algo?

—Em... sí, ¿parar la pelea acaso?

—¿Por qué? ¡Es mi día de descanso! Si ellos no saben resolver sus asuntos de manera civilizada, no es mi culpa —replicó Norris mientras se dirigía a su cama.

—¡Norris Baker! —alza la voz Rachel.

Norris se detuvo y suspiró:

—¡Arghh! ¿En serio no me dejarán descansar un día?

Rachel se quedó observando a Norris, por lo que él se acercó lentamente y dijo:

—¿Y por qué debería intervenir?

—Porque somos un equipo, una familia. Entre todos deberíamos apoyarnos, Baker. El día de mañana, cuando estemos en un campo de batalla, no podemos darnos la espalda —responde Rachel.

Dicho eso, él se dirigió a otra sala. Norris lo observó alejarse y pensó entre sí: wow, qué extraño que es este tipo.

Martínez, el cadete al que Fergus había maltratado, se acercó tímidamente a Layton, que se encontraba de espaldas. Tras un leve carraspeo, Layton se dio la vuelta y lo observó.

—Oh, amigo... ¿te encuentras bien? —preguntó, preocupado.

—Yo... sí. Quería agradecerte por haberme defendido —respondió Martínez, bajando la mirada.

—No te preocupes, emm... —dijo Layton, buscando el nombre en la chaqueta del cadete—. Mar... Martínez.

Martínez asintió con la cabeza y se dispuso a marcharse, pero Layton lo detuvo.

—¡Oye! No permitas que nadie te intimide ni te trate como débil. Aquí todos somos importantes.

Martínez bajó la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa de agradecimiento.

Horas después...

Llegó el momento del almuerzo, por lo que la mayoría del pelotón de Norris se dirigió al gran comedor. En la sala de descanso solo quedaban unos pocos cadetes. Norris también se encontraba allí, pero después de acomodar su uniforme decidió dirigirse al comedor.

El gran comedor lo recibió con un ruido constante: voces mezcladas, risas, discusiones apagadas. Miles de mesas ocupadas por militares y cadetes llenaban el lugar. Norris se detuvo un instante, incómodo, antes de avanzar hacia la zona de comida. Tomó una bandeja, se sirvió y luego comenzó a buscar una mesa libre.

No fue fácil. Caminó entre filas estrechas, esquivando cuerpos y bandejas, observando escenas ajenas: grupos que hablaban animadamente, otros que discutían en voz baja, algunos que comían en silencio absoluto. Todo era demasiado.

Después de un rato, encontró una mesa vacía y se sentó. Comenzó a comer despacio, perdido en sus pensamientos, cuando una sombra se detuvo frente a él.

—¿Puedo sentarme? —preguntó una voz.

Norris levantó la vista. Era Rachel.

Norris lo observó por un momento, dudando.

—Eh... sí —respondió tras dudar—. Está libre.

—Perfecto —dijo Rachel, acomodándose frente a él.

Durante unos segundos solo se escucharon los cubiertos. Rachel lo observó con curiosidad; Norris mantenía la mirada fija en su comida.

—Casi no quedan mesas libres —comentó Rachel—. Y cuando hay alguna, suele estar rodeada de gente que no conozco. Entonces te vi aquí... solo.

—Prefiero comer así —respondió Norris sin mirarlo—. Tranquilo y solo.

Luego añadió, señalando con la cabeza:

—Nuestro pelotón está en aquella mesa. Se llevan bastante bien y son más... sociables.

Rachel siguió la dirección de su mirada y frunció el ceño.

—Sí... Fergus y su grupo. Paso. No me siento cómodo compartiendo mesa con gente que disfruta pisotear a otros.

Volvió a mirar a Norris.

—Además, tú estabas solo.

—Y sigo estándolo —replicó Norris—. Por elección.

Rachel entrecerró los ojos, apoyó los codos sobre la mesa y dijo lentamente:

—Si... veo que no eres muy sociable que digamos. Caminas por tu cuenta.

—Algo así.

—Supongo que alguien tiene que serlo —dijo Rachel—. Este lugar está lleno de gente que necesita hablar para no pensar.

Norris no respondió. Siguió comiendo, aunque ya no tenía tanta hambre. El ruido del comedor comenzó a sentirse lejano, como si su mente se aislara por momentos. Rachel lo notó.

—¿Te pasa algo con este lugar? —preguntó—. El comedor, digo.

—No. Es solo... ruido. Y demasiada gente.

Rachel asintió.

—Curioso. A mí el silencio me incomoda.

Norris lo miró de reojo.

—Se nota. Hablas mucho.

—Defecto o virtud —respondió Rachel con una sonrisa—. Depende de quién lo mire.

—Somos bastante distintos.

—Eso no siempre es malo —dijo Rachel—. Tú transmites calma. No intentas impresionar a nadie.

Luego añadió:

—Hay muy pocas personas como tú, Norris.

—Sí, ya he escuchado eso varias veces... —respondió Norris, como si no le sorprendiera.

—Me lo imagino. Christian Tyler ya te lo habrá dicho.

Norris dejó de comer y miró a Rachel con sorpresa.

—¿Conoces a Christian? —preguntó.

—Fue tu compañero en los trabajos forzados, ¿verdad?

Norris bajó la mirada.

—Sí.

—No lo conozco —aclaró Rachel—, pero te vi con él durante los trabajos. Supuse que era él.

—¿Cómo sabes su nombre?

—Investigación —dice Rachel carraspeando su voz.

—Me das miedo —respondió Norris.

—Sí, ya he escuchado eso varias veces —repitió Rachel con una sonrisa irónica.

La expresión de Norris pasó de seria a más relajada. En el fondo, Rachel le agradaba.

—Supongo que lo extrañarás —dijo Rachel.

—¿Qué? —respondió Norris.

—A Christian. Como los trabajos forzados terminaron, ya no lo verás.

—No exageres. Solo fue mi compañero de trabajo —replicó Norris—. ¿Por qué lo extrañaría?

—Vamos, Baker. Al principio parecías listo para romperle el cuello, pero después... te veías distinto. Más relajado.

—Solo me cayó bien.

—Eso ya es bastante —respondió Rachel—. No es fácil que alguien te caiga bien, ¿o sí?

Norris no respondió.

—No te cierres tanto —continuó Rachel—. La soledad sirve, pero la compañía también. En el momento justo.

—Hablas como si supieras mucho de mí.

—Digamos que presto atención.

—Si tú lo dices...

—Qué suerte tienes —dijo Rachel señalándolo con su tenedor—. Mi compañero me cayó pésimo. Era un inútil, aburrido y vago. No hacía nada; todo lo tuve que hacer yo. A diferencia de ti, yo la pasé mal.

—¿Quién dice que yo la pasé bien? —preguntó Norris.

—No sé —respondió Rachel—, pero generalmente, cuando alguien te agrada y te ayuda, el trabajo forzado se hace... menos forzado.

—Tal vez —admitió Norris pensativo—. ¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Te relacionas con otras personas, como dices?

—Lo estoy haciendo ahora mismo —respondió Rachel mientras seguía comiendo.

Durante unos segundos, ninguno habló. El choque de los cubiertos y las voces ajenas llenaron el espacio entre ambos. Entonces, una sirena corta resonó en el comedor. No era una alarma completa, solo un aviso. La mayoría de los cadetes levantó la cabeza al mismo tiempo.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Rachel.

Norris asintió.

—Aviso de la fase final de la primera etapa para los cadetes —dijo—. Lo anunciaron esta mañana.

Rachel dejó el cubierto sobre la bandeja.

—Así que es verdad... la primer fase está llegando a su fin. Tan rápido han pasado tres meses.

Norris apretó la mandíbula. El descanso era el que estaba llegando a su fin. Pensó.

—Tenemos que rendir un examen —continuó Rachel—. Si fallamos, nos expulsan. Si pasamos, comenzamos la segunda fase... y lo más serio.

Norris lo observó, confundido.

—Sí, sí, ya sé —exclama Rachel levantando las manos—. Supongo que te preguntarás cómo lo sé.

—Déjame adivinar... ¿Investigación? —respondió Norris.

—No. Lo escuché del sargento.

Norris lo miró fijamente.

—No me juzgues —agregó Rachel—. No estaba espiando. Esta mañana pasé por delante de su oficina y... bueno, escuché que hablaban de nuestro pelotón y del examen.

—Claro. Y eso no es espiar...— responde Norris entrecerrando sus ojos.

—Yo lo llamaría "información caída del cielo" —continua Rachel con una sonrisa.

—Mhm —confirmó Norris.

Rachel lo observó con más atención.

—¿Y tú? ¿Estás listo?

—¿Para qué?

—Pues para el examen. Supuestamente, solo los más fuertes lo pasarán. ¿No tienes miedo?

Norris bajó la mirada hacia su bandeja. Pensó un instante.

—No importa si estoy listo o si tengo miedo —dijo finalmente—. Igual va a pasar.

Rachel suspiró.

—Supongo que tienes razón. Eres muy habilidoso, lo pasarás fácilmente.

Norris lo miró por unos segundos.

—Tú también lo pasarás.

—¿En serio crees eso?

Norris se levantó de la mesa con su bandeja vacía y, antes de retirarse, dijo:

—Créelo tú. Espero que lo pasemos ambos... empiezas a agradarme.

Dicho eso, se alejó, dejando a Rachel comiendo solo. Este último esbozó una leve sonrisa.

Esa noche, el pelotón de Norris ya se encontraba en la sala de descanso. Cada cadete estaba acostado en su cama correspondiente y las luces se habían apagado. Norris, sin embargo, seguía despierto, leyendo su libro a la tenue luz de la luna. Desde el otro extremo de la habitación, Rachel lo observó una vez más con el libro entre las manos. Al poco tiempo, Norris se quedó dormido con el libro abierto sobre el pecho.

En la madrugada, Norris despertó de golpe, sobresaltado por las mismas pesadillas de siempre. Faltaba apenas una hora para que comenzara el día, así que permaneció despierto, recostado, mirando al techo. Cuando pasó el tiempo, los cadetes ya estaban de pie, uniformados y listos para ir a desayunar. Norris ya preparado, seguía sentado en su cama, leyendo.

Rachel se acercó y comentó en voz baja:

—De verdad te encanta ese libro.

Norris levantó apenas la mirada hacia él.

—Aprovecho a leer antes de que empiecen los entrenamientos.

—¿Y qué tiene de especial? Te vi anoche leyéndolo —preguntó Rachel.

Norris cerró el libro, se levantó de la cama y respondió:

—Creo que ya es hora de ir a desayunar.

Antes de que pudieran decir algo más, el capataz entró gritando:

—¡Atención!

Los cadetes se colocaron rápidamente en formación. Rachel se ubicó al lado de Norris y le dedicó una breve mirada.

Entonces entró el sargento, con su habitual expresión de desprecio y desinterés. Caminó lentamente por el pasillo formado por los cadetes, observándolos uno por uno. Tras unos minutos de silencio, comenzó a hablar:

—Como bien sabrán, todos los cadetes de Novaris deben superar dos fases para convertirse en militares. Y cada fase incluye un examen.

Rachel lanzó una mirada rápida a Norris, como diciendo te lo dije.

El sargento continuó:

—Si aprueban el examen, felicidades: habrán finalizado la primera fase de entrenamiento y comenzarán con la segunda. Si no lo hacen... despídanse de este lugar para siempre.

Siguió caminando entre la fila mientras hablaba:

—El examen constará de pruebas de resistencia, velocidad, fuerza, estrategia y decisiones, todas evaluadas dentro de un tiempo máximo. Si superan esa parte, pasarán a la etapa final, donde se les harán preguntas individuales a las que deberán responder correctamente. Si fallan en cualquiera de las instancias, el examen se considerará reprobado.

Hizo una pausa antes de continuar:

—En tres días se definirá quién pasará a la fase dos y quién se irá a casa.
Aprovechen estos últimos días de entrenamiento, porque no será fácil.
Solo los más fuertes pasarán... —hizo una breve pausa, recorriéndolos con la mirada— y no quiero que me hagan quedar mal delante de mis superiores.
Acabo de hacer una apuesta... y no pienso perder.
Así que ¡APRUEBEN EL EXAMEN!

Los cadetes gritaron al unísono:

—¡Señor, sí, señor!

El sargento les dedicó una última mirada antes de retirarse. Entonces el capataz alzó la voz:

—¡Descansen! En diez minutos los quiero a todos en el campo de entrenamiento.

Tras decir eso, también se marchó. Los cadetes se dirigieron rápidamente al comedor para desayunar; apenas tenían diez minutos.

Rachel negó con la cabeza, visiblemente confundido.

—Me siento como un objeto.

—Apuestan sobre nosotros —agregó—. Como si fuéramos caballos de carreras.

Norris lo miró, algo desconcertado, y respondió con total seriedad:

—Y yo siento hambre. Así que vamos.


Registro #4

Un día antes del examen...

Algunos cadetes continuaban entrenando en el campo. Entre ellos se encontraba Layton, apartado del resto, concentrado en su rutina. Desde las barandas superiores, Fergus lo observaba con evidente molestia, acompañado por su compañero Derrickson.

—Ese maldito... —murmuró Fergus con un suspiro cargado de desprecio—. Gente como esa no debería estar aquí.

—Si tan solo hubiera alguna forma de sacarlo del camino... —respondió Derrickson, con la mirada fija en Layton.

Fergus guardó silencio unos segundos. De pronto, su expresión cambió; una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

—La hay —dijo finalmente—. De hecho, tendrá un "accidente" durante el examen.

Soltó una breve risa.

Derrickson frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Esta noche, a medianoche —respondió Fergus—. Ve a la zona de los casilleros.

Sin decir nada más, se alejó, dejando a Derrickson pensativo.

A la medianoche, mientras el resto de los cadetes dormía, Fergus y Derrickson se desplazaron en silencio hasta la zona de los casilleros. El lugar estaba sumido en una calma inquietante.

Fergus se detuvo frente al casillero de Layton.

—¿Cómo piensas abrirlo? —susurró Derrickson.

—Observé su código —respondió Fergus con orgullo.

Introdujo la combinación y el casillero se abrió con un leve clic. Tomó los botines de Layton y los examinó con detenimiento.

—Es una pena —dijo, fingiendo compasión— que sus propios botines le hagan fallar el examen.

Con cuidado, aflojó algunos pernos con su cuchillo. No lo suficiente como para que pareciera evidente, pero sí lo justo para que cedieran bajo presión.

—Listo, les he dicho que usaría el cuchillo para una ocasión especial. —murmuró, esbozando una sonrisa—. Veremos si aguantan.

Guardó nuevamente los botines y cerró el casillero. En ese instante, un ruido los hizo girar la cabeza.

En un rincón, de pie y pálido, se encontraba Martínez, el cadete al que Fergus había tomado del cuello días atrás.

Fergus y Derrickson se acercaron rápidamente, acorralándolo contra la pared.

—¿Qué demonios haces aquí, gusano? —gruñó Fergus.

—Y-yo... yo me levanté para ir al ba-baño... —balbuceó el cadete—. Escuché un ruido y quise ver qué pasaba y enton—

—¿Qué viste? —lo interrumpió Derrickson.

—N-nada...

—Mientes —espetó Fergus.

—Por favor... no diré nada, lo juro...

Fergus sacó su cuchillo y lo apoyó lentamente contra el cuello del cadete.

—Claro que no dirás nada —susurró con frialdad—. Porque si llega a salir aunque sea media palabra de tu boca... te juro que te rajaré la garganta.

El recluta temblaba sin poder articular sonido alguno.

Fergus retiró el cuchillo y habló en un susurro áspero:

—Lárgate de aquí.

El cadete salió casi corriendo, desapareciendo por el pasillo.

—Demonios... —murmuró Fergus.

—No te preocupes —dijo Derrickson, soltando una risa baja—. No dirá nada. Lo viste... temblaba peor que un novato en su primer día.

Fergus lo miró con frialdad.

—Mantenlo vigilado.

Thoughts

  • pasaporteVencido

    El simulacro de ejercito parece mas acoso que entrenamiento.

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  • pagina_rota

    Lo que sigue entre Fergus y Layton va a ser fuerte.

    Permalink
  • no_pica_nada

    Me gusto como Layton interviene. Eso de "la ratita eres tu" tiene su punto.

    Permalink
  • nachoo

    Que tense cuando Fergus agarra al recluta. Se ve venir de lejos.

    Permalink
  • Ovid

    Lo que me queda de este capitulo es Norris en la esquina con el libro. Mientras todo el mundo hace ruido, él está en otro lado completamente. Es raro que ese sea el personaje mas cuerdo del cuarto.

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  • mvillar74

    La gente de Novaris es rara. Norris con su libro y Fergus gritando. No entiendo.

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