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Capítulo 4: La energía que no debía existir

DNavarrete
Pensamiento

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calleyplaza

Me cuadra cómo monta Elena la expedición: rastreadores, magos y médicos, para buscar y no para pelear, y nada de traerlos a la fuerza. Me late que en Brisa Clara la que negocia es Aria, y con un Rango SS delante el asilo se le va a quedar corto al Imperio

Me cuadra cómo monta Elena la expedición: rastreadores, magos y médicos, para buscar y no para pelear, y nada de traerlos a la fuerza. Me late que en Brisa Clara la que negocia es Aria, y con un Rango SS delante el asilo se le va a quedar corto al Imperio.

Contenido de la publicación

La luz que había estallado en medio del bosque no pasó desapercibida. Durante unos segundos iluminó el cielo como si un segundo sol hubiera nacido sobre el horizonte. Incluso a cientos de kilómetros de distancia, la gente la vio. Y para el Imperio, algo así no podía ignorarse.

 

Pocas horas después, un grupo de investigadores y soldados imperiales llegó al lugar.

 

—Hemos llegado.

 

Desmontaron y comenzaron a inspeccionar. La zona no mostraba destrucción masiva, pero el cambio era inconfundible: árboles quemados, grietas en la tierra, zonas donde la vegetación se había marchitado por completo. Sin embargo, no había cadáveres, ni criaturas, ni objetos extraños. Nada que explicara qué había ocurrido.

 

—¿Están seguros de que fue aquí? —preguntó un soldado.

 

Un investigador se agachó y colocó una piedra cristalina sobre el suelo. La piedra comenzó a brillar con una luz tenue pero constante.

 

—No hay ninguna duda.

 

Otro acercó un instrumento mágico; la aguja se movía de forma errática.

 

—La concentración de energía sigue siendo anormal.

 

—¿Magia residual?

 

El investigador negó lentamente.

 

—No. Esto no es magia común.

 

Todos lo miraron. Él tomó la piedra transparente y la sostuvo entre sus dedos.

 

—La magia convencional deja una firma clara: fuego, hielo, viento… cada elemento tiene su huella. Pero esto… —guardó silencio un instante—. La energía que queda aquí es demasiado densa. Demasiado pura.

 

Una soldado frunció el ceño.

 

—¿De qué nivel estamos hablando?

 

—Según los registros antiguos… se parece al Éter.

 

El silencio cayó sobre el grupo. Incluso quienes no eran expertos conocían esa palabra.

 

—¿El Éter? —repitió uno, incrédulo—. Eso es leyenda.

 

—No es simplemente magia más poderosa —explicó el investigador—. Es una fuente distinta. La mayoría de los magos jamás la tocan. Incluso los más grandes necesitan décadas de dominio, y aun así no hay garantía de alcanzarla.

 

Entonces una voz femenina, firme y serena, llegó desde atrás:

 

—¿Están completamente seguros de eso?

 

Todos se giraron y se apartaron de inmediato.

 

—¡Su Alteza!

 

Avanzaba entre ellos Elena Valeria. Tenía diecinueve años. Su cabello rojo intenso, recogido en una trenza alta que caía sobre su hombro, brillaba bajo la luz del atardecer como fuego vivo. Sus ojos del mismo color, claros y penetrantes, observaban todo con una atención que no dejaba pasar ningún detalle. Vestía una armadura blanca y dorada con detalles en rojo carmesí, el águila imperial bordada en el pecho y en la capa. La espada ceremonial descansaba en su cintura. Alta, de porte elegante y firme, caminaba sin prisa pero con paso decidido.

 

—Repito mi pregunta. ¿Esto es Éter?

 

El investigador hizo una reverencia.

 

—No existe duda, Alteza. La densidad, la pureza, la forma en que se adhiere al entorno… coincide con las descripciones antiguas.

 

Elena se agachó, tocó la tierra agrietada con los dedos enguantados y frunció el ceño.

 

—Se supone que solo unos pocos en el mundo pueden manejarlo —dijo en voz baja, más para sí misma que para los demás—. Entonces… ¿quién pudo producir algo así?

 

Nadie respondió.

 

Ella se incorporó. Su expresión no mostraba miedo, sino una mezcla de curiosidad y preocupación contenida.

 

—Si esto es real… debemos informar a la corte.

 

—¿Al Consejo de Magos?

 

—Sí. Y quiero que el informe llegue directamente a quien sabe trabajar con el Éter.

 

Todos entendieron a quién se refería.

 

—Dejen un equipo aquí —ordenó—. Busquen huellas, objetos, cualquier rastro. Quiero saber qué ocurrió. Y si encuentran algo, me avisan a mí y al Emperador de inmediato.

 

—Así se hará.

 

Antes de montar, un soldado se acercó con premura.

 

—Su Alteza, mensaje de la capital. Del Emperador.

 

Su expresión cambió levemente.

 

—¿Qué desea?

 

—Le pide regresar de inmediato. Quiere que conozca a los héroes invocados.

 

Elena se quedó inmóvil un segundo. La invocación había ocurrido mientras ella estaba fuera del territorio. No había visto a ninguno de los recién llegados.

 

Miró por última vez la zona marcada por aquella energía misteriosa. Algo en su pecho le decía que aquello no era casualidad.

 

—Regresaremos —dijo, montando—. Pero no pierdan de vista este lugar.

 

El caballo comenzó a avanzar. Mientras se alejaba hacia la capital, una sola pregunta no la abandonaba:

 

¿Quién eres?

 

Habían pasado varias horas desde que Elena regresó al Imperio. La investigación sobre aquella extraña manifestación de energía había quedado en manos de un grupo de magos y soldados, mientras ella cumplía con la petición de su padre.

 

Y finalmente había conocido a los héroes.

 

La reunión terminó hacía apenas unos minutos.

 

—Ha sido un placer conocerlos —dijo Elena con una ligera inclinación de cabeza—. Espero que su estancia en el Imperio sea provechosa.

 

Los tres jóvenes respondieron con cortesía. Riku Hayase fue el primero en sonreír.

 

—El placer ha sido nuestro, princesa Elena. Estoy seguro de que tendremos muchas oportunidades para conversar nuevamente.

 

—Estoy segura de ello.

 

Elena mantuvo una expresión educada. Después se despidió del emperador y abandonó la sala. Las enormes puertas se cerraron detrás de ella. En cuanto estuvo fuera, su sonrisa desapareció por completo.

 

Caminaba por los largos pasillos con la mirada seria, sin prisa pero sin pausa. Cada paso resonaba con la misma firmeza que usaba en el campo de batalla.

 

Junto a una columna la esperaba una figura imponente y serena. Mireya Falken, segunda comandante del ejército imperial. Veinte años. Cabello de un azul profundo, largo y brillante, parcialmente trenzado y recogido en una alta coleta que dejaba al descubierto sus orejas de elfa. Ojos del mismo tono, calmados y atentos. Vestía un uniforme impecable: blanco con detalles en negro, oro y azul oscuro. La capa ondeaba suavemente a su espalda. La empuñadura de su espada élfica sobresalía a un costado.

 

Era la mano derecha de Elena. La persona en quien más confiaba. Y probablemente la única que podía hablarle con absoluta sinceridad.

 

Mireya se incorporó al verla y caminó a su lado.

 

—¿Y bien? ¿Qué te parece el grupo de héroes?

 

Elena ni siquiera la miró. Siguió avanzando.

 

—Un grupo de idiotas.

 

Las orejas de Mireya se movieron levemente por la sorpresa, pero su rostro se mantuvo sereno.

 

—¿…Perdón?

 

—He dicho que son un grupo de idiotas.

 

—Eso fue bastante directo —respondió con una pequeña sonrisa tranquila.

 

—Es la verdad.

 

Mireya soltó una suave risa.

 

—Pensé que al menos uno de ellos te había causado una buena impresión.

 

—Dos de ellos ni siquiera entienden dónde están —Elena giró ligeramente la cabeza—. Tienen el título de héroes y se comportan como si hubieran sido invitados a un parque de diversiones.

 

—¿Tan mal?

 

—No saben nada de este mundo. No conocen nuestra historia, nuestras fronteras, nuestras guerras… Pero ya están convencidos de que son especiales.

 

Mireya suspiró, asintiendo con gravedad.

 

—Supongo que necesitarán tiempo para adaptarse.

 

—Eso espero. Pero hay uno que me preocupa especialmente.

 

—Riku Hayase —dijo Mireya de inmediato.

 

—Sí.

 

—A mí me pareció bastante cortés.

 

Elena soltó una risa seca.

 

—Precisamente.

 

—¿Precisamente?

 

—La cortesía no significa que una persona sea buena —Elena se detuvo frente a una ventana—. Riku es mucho más peligroso que los otros. Sabe fingir. Ocultó sus verdaderas intenciones detrás de una sonrisa. Cuando me saludó, no me veía como princesa… me veía como algo que quería poseer.

 

La expresión de Mireya se endureció. Sus ojos azules se volvieron fríos.

 

—¿Estás segura?

 

—Completamente. Fue solo un instante, pero lo vi. No había respeto. Solo deseo.

 

—Entonces es un manipulador.

 

—Y de los peores —Elena apretó el puño—. Convencerá a otros de hacer cosas que jamás harían solos.

 

Mireya asintió lentamente.

 

—Entonces debemos vigilarlos. A los tres.

 

—Pero especialmente a él —dijo Elena—. No quiero que mueva los hilos del Imperio a su antojo.

 

—Me encargaré personalmente.

 

En ese momento, una sombra se movió entre las columnas. La mano de Mireya fue en un instante a la empuñadura de su espada.

 

—Puedes salir —dijo Elena.

 

Un hombre de negro apareció y se arrodilló. Entregó un informe sellado y desapareció. Mireya observó a Elena leer; vio cómo su expresión cambiaba.

 

—¿Qué ocurre?

 

—Nos mintieron —la princesa levantó la vista—. Fueron cinco los invocados, no tres. Dos fueron expulsados por considerarlos inútiles. Uno era Invocador.

 

Mireya se quedó inmóvil.

 

—¿Solo por eso lo desecharon? Es absurdo.

 

—Eso pensé —Elena siguió leyendo—. La otra expulsada es una profesora. Riku habló de ella con desprecio. Controló la versión de lo ocurrido desde el principio.

 

Mireya apretó los dientes.

 

—No me gusta.

 

—Tampoco a mí —Elena dobló el informe—. Vamos a encontrarlos.

 

Mireya la miró, sorprendida pero firme.

 

—¿A los dos? Podrían estar lejos.

 

—Lo sé. Fueron traídos aquí y abandonados. Eso no es justo.

 

—¿Quieres ofrecerles ayuda?

 

—Un lugar seguro. Asilo, si lo necesitan.

 

—¿Incluso si su profesión es inútil?

 

Elena la miró a los ojos.

 

—Eso no lo sabemos. Y hay algo más… la energía que vi en el bosque, el Éter… coincide en el tiempo con su llegada. Quiero averiguar si hay conexión.

 

Le entregó el documento.

 

—Prepara una expedición. Los suficientes para buscar, no para luchar. Rastreadores, magos, médicos. Y si los encuentran… no los obliguen a volver. Díganles que el Imperio quiere ayudarlos.

 

Mireya asintió con solemnidad.

 

—Entendido. Será una misión de rescate.

 

—Todavía no sabemos si necesitan ser rescatados —respondió Elena mirando el horizonte—. Primero hay que encontrarlos.

 

 

La noche había cubierto el Imperio. Desde la torre más alta del castillo, las luces de la capital brillaban como estrellas caídas bajo el cielo oscuro.

 

En su habitación, Elena permanecía sentada en el alféizar de la ventana. Había dejado atrás el uniforme, la espada y las insignias. Llevaba solo un camisón blanco de encaje fino, tan delgado que la luz de la luna marcaba con claridad la silueta de su cuerpo. Sobre los hombros se había puesto una bata de seda carmesí, pero no se la había cerrado del todo. El nudo flojo dejaba entrever el escote y la curva de su pecho cada vez que se movía. Su cabello rojo caía largo y suelto, libre de la trenza estricta que siempre llevaba como comandante.

 

Sin la armadura que la protegía de las miradas del mundo, se veía hermosa… y vulnerable.

 

Pero ni siquiera en su refugio podía descansar. Apoyó la mejilla en una mano, la mirada perdida en el horizonte.

 

—Éter…

 

Horas habían pasado desde la confirmación de los investigadores. Cuanto más pensaba, menos encajaba. La magia tenía reglas. El Éter era otra cosa: algo que requería vidas enteras de estudio y que casi nadie alcanzaba. Y alguien lo había liberado en su territorio.

 

Toc, toc.

 

—¿Quién es?

 

—Princesa Elena.

 

Su expresión se endureció al instante. Reconocía esa voz.

 

Riku.

 

Se levantó y abrió la puerta sin molestarse en ajustar la bata.

 

Él estaba allí, sonriendo. Y en cuanto la vio, sus ojos se abrieron un segundo de más. La luz del pasillo iluminaba el camisón casi transparente, la piel pálida de sus hombros, la forma de su cuerpo apenas cubierta. Riku no apartó la mirada. La recorrió con una lentitud que no intentó disimular del todo. En su mente, aquella imagen ya no era la de una princesa. Era un trofeo. Algo hermoso que podía poseer.

 

Elena lo notó. Por supuesto que lo notó. Pero no se cubrió. No retrocedió. Solo lo miró con la misma expresión fría con la que miraba a un soldado que había fallado una orden.

 

Para ella, Riku no era más que un idiota con una sonrisa bien ensayada.

 

—Buenas noches —dijo él, recuperando el tono suave y respetuoso, aunque la codicia seguía brillando en sus ojos—. Disculpe la hora. Quería preguntarle sobre el Imperio: costumbres, política, territorio… cosas que debo comprender. Voy a vivir aquí, y si voy a ser un héroe, quiero conocer el mundo que protegeré.

 

Elena lo observó en silencio. Vio cómo sus ojos volvían a bajar un instante hacia su pecho antes de subir de nuevo.

 

—¿Y quieres que yo te enseñe?

 

—Usted lo conoce mejor que nadie —se inclinó levemente—. Podríamos estudiar juntos en la biblioteca, o hablar en el patio… conocernos mejor.

 

—¿Conocernos? —repitió ella, fría.

 

—Sí. Quiero llevármela bien. Usted es la comandante, la princesa… la mujer que sostiene este Imperio. Quiero comprenderla también a usted.

 

Elena comprendió entonces la magnitud de su ambición. No quería solo su favor. La imaginaba a su lado: esposa, aliada, llave para todo el poder del Imperio. Con ella, no necesitaría conquistar nada. Todo le sería entregado.

 

Era el plan más viejo y el más peligroso: casarse con el trono.

 

—Lo lamento —dijo, firme—. Estoy demasiado ocupada. Hay aldeas atacadas, fronteras que vigilar, semanas fuera del castillo. No tengo tiempo.

 

—Podría ser cuando regrese —insistió él, la sonrisa intacta aunque algo en su mirada se endureció—. Sería más agradable aprender de usted. La admiro. Sería un honor conocerla mejor.

 

—No. —Elena no titubeó—. Puedo recomendarle expertos que lo ayudarán.

 

—Preferiría su compañía —bajó la mirada con falsa modestia—. Creo que podríamos hacer un gran equipo. Usted dirige, yo protejo… juntos seríamos invencibles.

 

Ahí estaba. La máscara se había deslizado apenas. No era interés. Era posesión.

 

—Riku —lo miró a los ojos sin apartarse, sin cubrirse, sin darle la satisfacción de incomodarse—. Entiendo perfectamente lo que busca. Y no puedo ayudarlo. Buenas noches.

 

Cerró la puerta suavemente.

 

Click.

 

En el pasillo, la sonrisa de Riku se desvaneció. Golpeó la pared con el puño, apenas un instante, antes de recomponerse.

 

—Tarde o temprano cederás —murmuró, todavía con la imagen de su cuerpo bajo el camisón grabada en la mente—. Todos quieren poder. Y yo te lo daré. Serás mi esposa. Y este Imperio será mío.

 

Se alejó con paso decidido. No aceptaba un no. Para él, las personas eran piezas. Y Elena era la más valiosa de todas.

 

Dentro de la habitación, ella se apoyó contra la puerta y soltó un suspiro largo. Se sentó en el borde de la cama, abrazándose a sí misma. Había visto a muchos hombres así: nobles, caballeros, pretendientes que la miraban y veían la corona antes que a ella. Pero Riku era diferente. Los demás eran torpes. Él sonreía mientras planeaba cada paso.

 

—Mucho más peligroso… —susurró, mirando la ventana—. Los otros solo querían mi título. Él quiere controlarme.

 

Se recostó, pero el sueño no llegaba.

 

—No te daré nada —prometió en la oscuridad—. No soy un premio. Y este Imperio no es tu botín.

 

Haruki había enfrentado muchas cosas desde que llegó a aquel mundo. Había sido expulsado. Llamado inútil. Había visto reaparecer a su madre tras ocho años. Había visto el poder de una Santa. Había sobrevivido a un lobo gigante.

 

Pero nada de eso lo había preparado para aquella mañana.

 

Encontrar posada fue fácil. Encontrar habitación con dos camas… fue prácticamente un milagro.

 

El problema no eran las camas.

 

—Yo dormiré aquí —anunció Aria la noche anterior, señalando la cama de Haruki.

 

—¿Qué? Hay otra cama justo ahí.

 

Aria lo miró como si hubiera dicho algo absurdo.

 

—¿Y dejar a mi niño solo?

 

—Tengo dieciséis años.

 

—Precisamente.

 

Y así terminó la discusión.

 

A la mañana siguiente, Haruki abrió los ojos lentamente. No recordaba dónde estaba… hasta que sintió el calor. Y unos brazos rodeándolo con firmeza.

 

Abrió los ojos de golpe.

 

No. No, no, no.

 

Estaba atrapado. Aria dormía profundamente, abrazándolo contra su pecho como si fuera el peluche más preciado del mundo. Su respiración era suave, su rostro relajado. Y Haruki no podía mover ni un músculo.

 

Es mi madre, se repitió mentalmente.

 

Conocía ese abrazo. Cuando era pequeño, ella lo hacía así todo el tiempo. El calor, la sensación de seguridad… todo era igual. Pero ahora era distinto. Demasiado distinto.

 

Cerró los ojos, intentando no pensar en nada.

 

—Jejeje…

 

Abrió un ojo. En la otra cama, Rei se tapaba la boca con una mano para contener la risa.

 

—No es gracioso… —susurró él, con la voz un poco estrangulada.

 

—Un poquito sí —sonrió ella.

 

—Nunca pensé que vería al gran Invocador siendo asfixiado contra el pecho de su mamá.

 

—No me está asfixiando… —mintió.

 

—Desde aquí lo parece. Y además, te estás poniendo rojo.

 

—¡No! Es el calor.

 

—Claro que sí —Rei se inclinó—. ¿Quieres que te ayude?

 

—Sí. Por favor.

 

Se acercó suavemente.

 

—Aria… buenos días.

 

Nada.

 

—No funciona —susurró Haruki.

 

—¡Aria!

 

Los ojos de Aria se abrieron de golpe.

 

—¿Mmm…?

 

Haruki sintió alivio. Por fin. Me va a soltar.

 

Aria parpadeó, lo miró y sonrió dulcemente.

 

—Buenos días, mi niño. Qué calentito estás aquí…

 

Y lo apretó aún más fuerte contra su pecho.

 

—¡Mamá! ¡Ya despertaste! No puedo respirar de verdad!

 

—Cinco minutos más. Te extrañé mucho.

 

—¡Pero ya estás despierta!

 

—Precisamente. Así puedo sentirte mejor.

 

Volvió a cerrar los ojos. Haruki quedó completamente inmovilizado, con la cara roja como un tomate.

 

—¡Sensei!

 

—No puedo… —Rei se tapaba la boca, temblando de risa—. Estoy intentando no reírme, pero es imposible.

 

—¡Pues no te rías y ayúdame!

 

—Estoy intentándolo, lo juro.

 

—¡Mamá, de verdad, me estoy ahogando!

 

Aria abrió un ojo y miró hacia abajo.

 

—¿Te aprieto demasiado? Pero antes te gustaba cuando te hacía así.

 

—¡Cuando era pequeño!

 

—¿Y ahora no? —preguntó ella con una pizca de tristeza.

 

Haruki se derrumbó internamente.

 

—Me gusta… pero necesito respirar. Y… —tragó saliva—. Mamá… ¿puedes darme un poco de espacio?

 

Aria se quedó quieta.

 

Lo miró. Realmente lo miró.

 

Luego hizo un puchero evidente, como una niña a la que le quitan un juguete.

 

—¿Espacio?

 

—Sí. Solo… un poco. Ya no soy un niño pequeño. Y esto… me pone muy rojo.

 

Aria sostuvo el puchero unos segundos más. Sus ojos dorados se entrecerraron, molesta, claramente molesta. Pero al final soltó un suspiro largo y lo liberó.

 

—Está bien…

 

Haruki se sentó de un salto y respiró hondo, con la cara aún roja.

 

—Gracias…

 

Aria se incorporó, cruzándose de brazos. Todavía tenía el puchero.

 

—No es justo. Te extrañé ocho años y ahora me pides espacio.

 

—No es que no quiera abrazos —se apresuró a decir él—. Solo… no así. No todo el tiempo. Y no cuando me dejas sin aire.

 

Ella lo miró de reojo, todavía molesta, pero asintió una sola vez.

 

—Lo respetaré. Aunque no me guste.

 

Rei, desde la otra cama, observaba la escena con una sonrisa más suave esta vez. Ya no se reía a carcajadas. Solo sonreía.

 

Haruki se pasó una mano por la cara, exhausto.

 

—Las batallas de un Invocador no siempre se libran contra monstruos —murmuró—. A veces se libran contra una madre que todavía no acepta que su hijo creció.

 

Aria lo miró de reojo otra vez. El puchero seguía ahí… pero en el fondo de sus ojos dorados había una chispa de orgullo.

 

Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, un pequeño grupo de rastreadores imperiales avanzaba por el mismo camino que días atrás había recorrido un carruaje con un lobo negro arrastrado detrás.

 

Uno de ellos se agachó, tocó la tierra y levantó la vista.

 

—Las huellas siguen frescas.

 

Mireya, que encabezaba el grupo, asintió con seriedad.

 

—Entonces no están lejos.

 

Su mirada se dirigió hacia el horizonte, donde la ciudad de Brisa Clara empezaba a dibujarse entre la niebla de la mañana.

 

—Encuéntrenlos —ordenó en voz baja—. Y recuerden: no son enemigos.

 

El viento sopló entre los árboles, llevando consigo el eco lejano de una promesa que aún no se había roto.

Thoughts

  • sprintFallido

    Rei le dice buenos días, nada. Le grita, Aria abre los ojos, sonríe y lo aprieta más fuerte. Operativo rescate: cero de dos, che.

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  • calleyplaza

    Me cuadra cómo monta Elena la expedición: rastreadores, magos y médicos, para buscar y no para pelear, y nada de traerlos a la fuerza. Me late que en Brisa Clara la que negocia es Aria, y con un Rango SS delante el asilo se le va a quedar corto al Imperio.

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