Leí tu carta bajo la luz tenue de mi lámpara. Y aunque me cueste explicarlo, por primera vez en la vida me sentí visto. Alguien que no conoce mi nombre, ni mi voz, ni mis fracturas, logró contemplar exactamente quién soy.
Imaginarte al otro lado del océano, en Japón, escribiéndome desde la soledad de tu internado, se siente casi surrealista. Es como si el destino hubiese decidido trazar un puente entre dos puntos que jamás debieron tocarse.
A veces me descubro intentando adivinar cómo eres. No solo físicamente, aunque no puedo evitarlo. Me pregunto cómo suena tu risa cuando te pillan desprevenida, cómo habitas tus silencios, si prefieres la amargura del café o el calor del té, si te reconforta la lluvia o si alguna vez has sentido que no perteneces a ningún lugar.