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Capítulo 36: un encuentro nada esperado

DNavarrete
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Varias horas habían transcurrido desde que aquel vínculo se estableció, y el Bosque Cambiante ya no se sentía como un laberinto sin salida: ahora parecía responder ante ellos.

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Aoi pulsa el Sí sin pensarlo dos veces, y eso dice más de él que toda la charla con Zeriska: ya había decidido ayudarla desde que la subió al lomo de Fern. A mí la escena que más me movió fue la llamada con Kyouka, ese silencio largo y después una sola pa

Aoi pulsa el Sí sin pensarlo dos veces, y eso dice más de él que toda la charla con Zeriska: ya había decidido ayudarla desde que la subió al lomo de Fern. A mí la escena que más me movió fue la llamada con Kyouka, ese silencio largo y después una sola palabra de sorpresa. Me quedé con más ganas de verla llegar al claro que de ver a la Esfinge, y me late que ella trae algo que no quiso soltar por teléfono. Toca esperar al lunes.

Contenido de la publicación

Varias horas habían transcurrido desde que aquel vínculo se estableció, y el Bosque Cambiante ya no se sentía como un laberinto sin salida: ahora parecía responder ante ellos.

 

Bajo la tierra, el enorme cuerpo del Gusano de Pantano se deslizaba con una lentitud que lo hacía casi invisible, y cada vibración que golpeaba su piel llegaba hasta la mente de Aoi como si fuera propia. Las raíces se retorcían, los troncos se desplazaban metros enteros, las bestias pasaban rozando el suelo… todo se dibujaba en su cabeza como un mapa vivo, palpitante y en constante movimiento.

 

—Es como si el propio bosque me contara lo que hace… —murmuró con una media sonrisa.

 

No necesitaba mirar para saber cuándo un grupo de árboles comenzaría a cerrar el paso, ni hacia dónde se abriría la senda que antes no existía. Gracias a esa percepción prestada, siempre iban unos segundos por delante del cambio. Lo que para cualquier otro jugador era caos absoluto, para él se había convertido en un ritmo que podía seguir.

 

Mientras tanto, su equipo velaba sin descanso. Fern patrullaba los alrededores, y cualquier criatura que osara acercarse demasiado desaparecía bajo sus fauces o era derribada de un zarpazo. Lyn surcaba el cielo como una hoja llevada por el viento, golpeando y alejando amenazas antes de que siquiera supieran que estaban allí. Regulus vigilaba desde las copas más altas, con el fuego siempre listo en sus fauces. Y muy por debajo, Puddle seguía trabajando con la misma calma de siempre, absorbiendo hierbas, flores y minerales que el suelo les ofrecía sin detenerse.

 

Aoi descansaba sentado sobre las raíces gruesas y rugosas de uno de los árboles vivientes. Al descubrir que solo se movían por instinto y no atacaban a menos que se les provocara, había establecido un contrato breve con él: ahora el árbol caminaba con pasos lentos y pausados, llevándolo consigo como si fuera una torre de observación en movimiento. El balanceo era tan suave que apenas se sentía, y el viento que soplaba entre las hojas lo envolvía con un aroma a resina y tierra húmeda.

 

—Nadie más podría avanzar así… —pensó en voz baja—. Sin el Gusano, seguiríamos dando vueltas en círculos.

 

Pero en ese instante, su semblante se transformó.

 

Algo rompía aquella armonía. Cerró los ojos y se concentró en la corriente de sensaciones que le llegaba desde el subsuelo: los árboles, las raíces, los pequeños animales… todo seguía su curso. Hasta que una vibración muy leve, casi imperceptible, se abrió paso entre el resto.

 

No era el desplazamiento de un tronco. No era el peso de una bestia. Era un roce minucioso, cuidadoso, como si alguien tratara de colocar los pies con extrema prudencia, intentando que ni siquiera el suelo notara su paso. Alguien que se escondía.

 

Aoi abrió los ojos despacio.

 

Podía ser una presa que huía de algo mucho mayor… o podía ser alguien de su misma especie. Y cualquiera de las dos opciones le ponía en guardia: si era un monstruo, significaba que había depredadores que incluso el bosque respetaba; si era un jugador, la pregunta era inevitable: ¿por qué ocultarse en lugar de buscar una salida?

 

Llevó dos dedos a los labios y soltó un silbido corto y agudo.

 

Menos de tres segundos después, una sombra plateada surcó entre los troncos: Fern apareció a su lado, frenando con las patas delanteras hundidas en la tierra y alzando la mirada hacia él. El árbol viviente comprendió la urgencia y dobló una de sus raíces más fuertes, formando una rampa natural por la que Aoi bajó con agilidad hasta quedar instalado nuevamente sobre el lomo del lobo.

 

—Vamos —ordenó en un susurro.

 

Fern salió disparado al instante, abriéndose paso entre la vegetación sin dudar. Lyn y Regulus descendieron como dos flechas para colocarse a su lado, y Puddle dio un pequeño salto ágil hasta volver a acomodarse en su regazo.

 

Todos seguían la dirección que el Gusano de Pantano les señalaba desde las profundidades. Aquella presencia seguía allí, inmóvil, tratando de fundirse con la sombra y el silencio. Y era precisamente ese silencio forzado lo que más preocupaba a Aoi: en un bosque que respira y se mueve, quien intenta permanecer quieto… está rompiendo las reglas.

 

Fern surcaba la espesura como una sombra plateada, y aunque el bosque parecía empeñado en cerrarles el paso a cada instante —troncos girando, raíces alzándose como muros—, Aoi lo veía todo con claridad: el Gusano de Pantano le susurraba desde la tierra cada movimiento, cada sendero que se abría y cada camino que desaparecía.

 

—Un poco más… ya casi estamos.

 

La presencia que habían detectado no se ocultaba más: estaba allí, al borde de un pequeño claro que parecía haber permanecido intacto por pura casualidad. Y al llegar, Aoi entendió de golpe todo lo que había ocurrido.

 

En el centro, una figura apenas lograba sostenerse. Vestía una armadura oscura de líneas elegantes pero totalmente desgastada, con placas rotas y rasgaduras que hablaban de horas de combate ininterrumpido. Su capa de batalla colgaba hecha jirones, y una mancha oscura se extendía por su brazo derecho, resbalando lentamente hasta empapar la empuñadura de una lanza larga y afilada, con una gema roja que aún brillaba débilmente. Respiraba con esfuerzo, cada toma de aire un trabajo pesado, y sus orejas afiladas se tensaban con cada zumbido que llenaba el aire.

 

Frente a ella, la amenaza era imponente: una abeja de tamaño colosal, varias veces mayor que un caballo, con alas que batían al compás de un zumbido profundo que hacía vibrar incluso el suelo. A su alrededor, decenas de obreras revoloteaban en formación, listas para atacar.

 

Aoi activó la habilidad al instante:

 

    Abeja Reina del Bosque — Jefa de Colmena

    Estado: Defendiendo su nido con extrema agresividad.

    Las Reinas solo abandonan la protección de la colmena ante una amenaza que consideran mortal.

 

—Significa que ella… ha llegado demasiado lejos —murmuró Aoi.

 

La desconocida intentó alzar la lanza una vez más, pero sus piernas cedieron. La punta del arma golpeó la tierra y ella se desplomó hacia adelante. La Reina soltó un chillido agudo, y las obreras se lanzaron en masa, dispuestas a acabar con ella en un instante.

 

Aoi no dudó ni un segundo.

 

—¡Lyn!

 

El ave desapareció en un parpadeo. Un segundo después bajó como una flecha de viento, chocando contra el muro de insectos con un sonido metálico: ¡CLANG!. No alcanzó a herir a la Reina, pero logró apartar toda su atención de la mujer caída.

 

—¡Fern!

 

El lobo salió disparado atravesando el claro como un rayo. Antes de que la Reina pudiera reaccionar, ya estaba junto a ella. Aoi se inclinó hacia adelante y la sujetó justo cuando perdía el equilibrio; su cuerpo conservaba una fuerza oculta, aunque ahora estaba totalmente agotado. La acomodó con cuidado sobre el lomo del Fenrir, apoyándola contra su pecho para que no resbalara mientras huían. Ella no respondió: había perdido el conocimiento. Aún no sabía quién era, ni qué la había llevado tan lejos, pero su porte y la forma en que sostenía esa lanza revelaban que era una guerrera de verdad.

 

La Abeja Reina giró hacia ellos con furia renovada. Aoi sabía que no podían vencerla allí; la diferencia de poder era abismal. Pero no necesitaban ganar. Solo necesitaban irse.

 

—¡Regulus!

 

El dragón menor comprendió al instante. Tomó aire y soltó una nube espesa y grisácea que envolvió el claro de inmediato, borrando toda visión. La Reina chilló con rabia, ordenando a su enjambre dispersarse y buscar, pero el caos ya estaba sembrado.

 

—¡Corre, Fern!

 

El lobo se impulsó con todas sus fuerzas y salió disparado entre los árboles. Y allí fue donde el vínculo con el Gusano se convirtió en su mayor salvación: mientras el bosque se transformaba a su alrededor —troncos cruzándose, sendas desapareciendo—, Aoi recibía cada cambio en su mente como si lo viera con sus propios ojos.

 

—A la derecha, rápido… —indicó, y Fern giró bruscamente justo antes de que un muro de raíces cerrara el paso que iban a tomar—. Ahora recto, sin frenar…

 

Detrás de ellos, el bosque mismo pareció cerrar la puerta: árboles que se unían, ramas que se entrelazaban, tierra que se movía. Las abejas intentaron seguirlas, pero el terreno cambiante las desorientaba una y otra vez. El zumbido, al principio ensordecedor, se fue apagando poco a poco hasta perderse por completo en la distancia.

 

Solo entonces Aoi dejó escapar el aire que había estado reteniendo. Miró a la mujer que descansaba contra él: su armadura tenía grabados y un diseño que no encajaba con nada que hubiera visto en todo Eternal Fantasy Online. Y al acercarse un poco más, tuvo la certeza: aquel encuentro no había sido casualidad. Y de alguna forma que aún no alcanzaba a comprender, todo estaba a punto de cambiar.

 

El árbol viviente avanzó con paso lento y firme, alejándose varios kilómetros de la zona donde habían escapado. No fue hasta que el Gusano de Pantano, desde lo profundo de la tierra, le transmitió la certeza de que el enjambre ya no seguía su rastro, que Aoi permitió que la tensión se aflojara en el grupo.

 

La desconocida seguía sumida en un sueño profundo, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. Con mucho cuidado, Aoi la acomodó sobre las raíces gruesas y lisas del árbol, que formaban una superficie tan estable y cómoda como una plataforma hecha a propósito. Sacó de su inventario un surtido de frascos con líquidos brillantes y vendas limpias.

 

—Esto va a arder un poco… aunque supongo que ahora mismo no lo notarás —murmuró con suavidad.

 

Retiró con delicadeza las piezas de armadura que estaban rotas o que le impedían moverse; bajo ellas, las heridas eran profundas: cortes punzantes, perforaciones y golpes que habrían puesto fin a cualquier otra persona. Al verlas, se dio cuenta de que había resistido una batalla que habría superado a muchos. Al verla con más calma mientras aplicaba las pociones, comprendió lo especial que era su apariencia.

 

Su piel tenía un tono marfil con un brillo casi nacarado, y su cabello largo y denso caía en ondas de un negro profundo, donde la luz que se filtraba entre las hojas hacía brillar mechones con reflejos azulados. Lo que más llamaba la atención eran dos elegantes cuernos negros que nacían detrás de sus sienes, curvándose con elegancia hacia atrás, como si fueran parte de una corona natural. Dispersas por su frente y el cuello, aparecían pequeñas escamas oscuras y brillantes, firmes pero suaves al tacto, integradas perfectamente a su piel.

 

Al acomodar su postura con cuidado, Aoi observó mejor sus extremidades inferiores: no eran como las de un humano. Sus piernas tenían la estructura fuerte y articulada de un lagarto o un pequeño dragón, recubiertas casi en su totalidad por esas mismas escamas oscuras y resistentes, con articulaciones marcadas y patas terminadas en garras afiladas pero bien cuidadas. Y al final de su cuerpo descansaba una larga cola recubierta de escamas oscuras y resistentes, que terminaba en una pequeña punta ósea afilada.

 

Aoi activó la habilidad de análisis:

 

    ???

    Especie: Dracónida

    Estado: Gravemente herida

    Estado mental: Inconsciente

    Información adicional: Insuficiente

 

—Una dracónida… —repitió en voz baja, maravillado. Jamás había visto una en persona; solo había leído en antiguos textos del juego que se trataba de una estirpe sumamente rara, descendiente directa de los dragones, dotada de una resistencia y una fuerza que superaban con creces a la de cualquier humano.

 

Terminó de aplicar las últimas pociones y de vendar lo necesario; las heridas más graves habían dejado de sangrar y comenzaban a cerrarse gracias al efecto curativo. Todavía le faltaba tiempo para recuperarse del todo, pero al menos su vida ya no corría peligro inmediato.

 

—Por ahora es suficiente —dijo al levantarse—. Vamos a buscar un lugar seguro donde descansar.

 

El árbol viviente obedeció y reanudó su marcha. Guiado por la percepción del Gusano, llegaron hasta un pequeño claro junto a un lago de aguas tan cristalinas que parecían de cristal. Estaba apartado de las rutas habituales de las bestias, tranquilo y protegido. Allí, el árbol hundió sus raíces una vez más y se quedó inmóvil.

 

El enorme Gusano de Pantano emergió lentamente del suelo, sacudiendo la tierra de su cuerpo; tras horas de avanzar bajo tierra sin detenerse, dejó escapar un sonido grave y profundo, como un suspiro de alivio, y se acomodó pesadamente al lado de Aoi.

 

—Has hecho un trabajo excelente —le dijo mientras acariciaba con lentitud su rugosa piel. La criatura respondió con un leve murmullo de satisfacción, cerrando los ojos y relajándose por completo.

 

Mientras tanto, cada uno cumplía su papel: Fern recorría el perímetro del claro con paso vigilante; Lyn daba vueltas sobre el lago antes de adentrarse entre los árboles para ampliar la zona de vigilancia; Regulus se instaló sobre una roca alta, desde donde podía ver cualquier cosa que se acercara; y Puddle, sin que nadie se lo pidiera, dio un salto alegre hacia el agua.

 

—¿Puu?

 

Aoi soltó una risa suave.

 

—Ya veo, ya veo.

 

El pequeño slime se sumergió unos segundos y volvió a salir sosteniendo un pez grande y brillante dentro de su cuerpo.

 

—Gracias, Puddle. Sigue así si quieres.

 

Mientras él seguía con su tarea, Aoi reunió ramas secas y encendió una pequeña fogata con ayuda de una chispa. El fuego comenzó a crecer despacio, iluminando el claro con una luz cálida y danzante, y el sonido de la leña al quemarse se mezclaba con el murmullo del agua y el viento entre las hojas.

 

Por primera vez desde que puso un pie en el tercer piso, todo estaba en calma. Aoi miró a sus compañeros, luego al Gusano descansando a su lado, y finalmente a la misteriosa dracónida que dormía detrás de él, ajena a que su destino acababa de cruzarse con el de un simple domador y su extraña familia. Ninguno de los dos sabía aún que aquel encuentro cambiaría para siempre el camino que tenían por delante.

 

El claro junto al lago se transformó poco a poco en un refugio ordenado y acogedor. Mientras Fern, Lyn, Regulus y Puddle recorrían los alrededores reuniendo todo lo útil que encontraban, Aoi abrió su inventario y sacó una pequeña caja de madera. Al activarla, una luz suave envolvió el objeto: las piezas se ensamblaron solas con movimientos precisos, y en segundos una tienda resistente y bien armada quedó instalada frente al agua cristalina.

 

—Definitivamente fue una buena compra —murmuró con una sonrisa, recordando a Kyouka, que prácticamente se la había impuesto antes de partir, advirtiéndole que algún día le agradecería el consejo. Y no podía tener más razón. Del mismo estuche sacó también un saco de dormir, mantas, utensilios de cocina, una mesa plegable y un par de sillas. Acomodó con mucho cuidado a la misteriosa dracónida dentro de la tienda, envuelta en el saco para que recuperara calor y fuerzas.

 

Poco después, Puddle regresó del lago dejando varios peces frescos sobre una piedra plana; Fern arrastró troncos secos para mantener el fuego; Regulus aterrizó con frutas silvestres entre sus garras; y Lyn dejó caer un manojo de hierbas aromáticas que había encontrado en su recorrido.

 

—Gracias a todos —dijo Aoi con gratitud.

 

Cada uno volvió a su tarea sin que nadie tuviera que dar órdenes: parecían un equipo formado desde hacía años. Aoi comenzó a limpiar los pescados y a preparar una sencilla pero reconfortante sopa, añadiendo verduras e ingredientes que había guardado desde el primer piso. El aroma caliente y sabroso empezó a llenar todo el claro.

 

Entonces se escuchó un leve roce de tela.

 

Aoi levantó la vista: la entrada de la tienda se abría despacio. La mujer apareció apoyándose en uno de sus costados, todavía pálida pero capaz de sostenerse. Lo primero que hizo fue recorrer con la mirada todo el campamento, y luego fijarse en cada uno de sus compañeros: Fern, que descansaba vigilante; Regulus, que vigilaba desde una roca; Lyn, que planeaba suavemente cerca; y hasta el enorme Gusano de Pantano, que seguía tranquilo al borde del agua. Su cuerpo se tensó al instante, dio un paso atrás y su mano buscó instintivamente el lugar donde debería estar su lanza… hasta recordar que ya no la tenía consigo.

 

Aoi se levantó despacio, sin hacer movimientos bruscos. Al acercarse volvió a notar lo alta que era: la cabeza de ella casi le llegaba al pecho, imponente incluso en ese estado de debilidad.

 

—¿Cómo te sientes? —preguntó con tono suave.

 

Ella no respondió de inmediato; sus ojos seguían atentos a cualquier movimiento a su alrededor. Aoi comprendió su desconfianza y sonrió con calma:

 

—No tengas miedo. Ninguno te hará daño.

 

Señaló a Fern, que solo movió una oreja sin levantarse; al Gusano, que ni siquiera abrió los ojos; y finalmente a Puddle, que al ser mencionado soltó un alegre:

 

—¡Puu!

 

Aoi soltó una risa suave:

 

—Todos son mis aliados. Soy domador.

 

La rigidez de su cuerpo se fue aflojando poco a poco. Volvió a mirar a las criaturas y vio que ninguna mostraba intención de atacar; al contrario, parecían aceptarla sin más. Tras unos segundos de silencio, inclinó levemente la cabeza:

 

—…Gracias.

 

Su voz era delicada, aunque todavía cargada de cansancio.

 

—Si no hubieras aparecido… la Abeja Reina me habría matado.

 

Aoi se rascó la mejilla, restándole importancia:

 

—No fue gran cosa. Solo pasaba por allí.

 

Iba a añadir algo más cuando un sonido profundo y claro rompió el silencio:

 

Gruuuuu…

 

Vino directamente de su estómago.

 

El claro quedó en absoluto silencio. Las mejillas de ella se tiñeron de un rojo intenso, y apartó la mirada avergonzada.

 

—Lo… lo siento mucho…

 

—No tienes por qué disculparte —Aoi removió la olla con cuidado, dejando que el aroma de la sopa llenara el aire—. Justo estaba terminando de preparar la comida.

 

Tomó una silla plegable y la colocó junto al fuego.

 

—Siéntate. Estará lista en un par de minutos.

 

La dracónida dudó unos instantes antes de asentir. Con movimientos todavía algo torpes por el agotamiento y las heridas, se acercó al fuego y tomó asiento. El calor le acarició el rostro y el cuerpo, y por primera vez en mucho tiempo, sintió una calma que no necesitaba defender. Hacía tanto que no podía sentarse tranquila a esperar una comida sin tener en mente la siguiente batalla…

 

Pasaron unos instantes más en silencio, solo roto por el crepitar del fuego y el chapoteo lejano del agua. Entonces ella alzó lentamente la mirada hacia él, con una expresión más serena, y habló con voz clara:

 

—Mi nombre es… Zeriska.

 

Aoi sonrió con naturalidad:

 

—Yo soy Aoi. Encantado de conocerte, Zeriska.

 

La comida transcurrió con una calma que parecía pertenecer a otro mundo. El crepitar suave de la fogata se entrelazaba con el murmullo constante del agua del lago. Cerca del fuego, Fern devoraba tranquilamente un trozo de carne grande, con una satisfacción que se notaba en cada movimiento; Lyn picoteaba los frutos silvestres que Regulus había traído, mientras el pequeño dragón mordía con deleite un pez entero entre sus garras. Puddle, por su parte, absorbía despacio pequeños peces, dejando escapar un sonido suave cada vez que terminaba uno. Incluso el árbol viviente parecía sumarse a ese momento de paz: sus ramas se extendían formando una sombra fresca y protectora sobre todo el campamento, como si quisiera cuidar su descanso.

 

Aoi los miró a todos y una sonrisa tranquila se formó en su rostro. Cada vez le resultaba más difícil verlos como simples monstruos del juego. Eran compañeros. Eran familia.

 

De repente, un fuerte chapoteo rompió la calma. Al girarse, vio al enorme Gusano de Pantano sumergirse y salir del agua una y otra vez, retorciendo su cuerpo con alegría y salpicando todo a su alrededor. Parecía disfrutar como nunca, olvidando por un instante su tamaño imponente.

 

—Parece un perro gigante jugando en un charco —murmuró Aoi soltando una pequeña carcajada.

 

A su lado, Zeriska observaba la escena. Al principio intentó mantener la compostura seria que parecía acompañarla siempre, pero al ver cómo la criatura se revolvía feliz, una risa ligera escapó de sus labios. Era la primera vez que sonreía desde que despertó, y aquella expresión le daba un aire mucho más humano y cercano.

 

—¿Verdad que sí? —le dijo Aoi mirándola de reojo.

 

Ella asintió, todavía con una sonrisa en la boca.

 

—Jamás habría imaginado que un Gusano de Pantano pudiera comportarse así…

 

Justo en ese momento, el gusano dio un giro brusco que levantó una ola pequeña, empapando por completo a Puddle.

 

—¡Puuu! —se quejó el slime, rebotando indignado contra una piedra, mientras todos soltaban una risa sincera. El ambiente, tenso apenas unos minutos antes, se había vuelto cálido y acogedor.

 

Cuando terminaron de comer, Aoi comenzó a recoger los utensilios. Entonces alzó la vista hacia ella:

 

—Hay algo que me da mucha curiosidad. ¿Por qué estabas sola, huyendo por el bosque?

 

La sonrisa de Zeriska se apagó lentamente. Permaneció en silencio unos segundos, como si el recuerdo le pesara demasiado. Finalmente, habló con voz baja:

 

—Mi pueblo… ha vivido en este bosque desde hace generaciones. Los dracónidos somos parte de esta tierra; es nuestro hogar. Nuestra Reina ha mantenido unidas a todas las tribus durante mucho tiempo…

 

Su voz empezó a quebrarse poco a poco.

 

—Pero hace unos días apareció una bestia a la que llaman el Rey del Bosque. No es un rey en absoluto: es una criatura que ha perdido la razón, que no distingue entre enemigos y seres inocentes. Solo destruye todo lo que encuentra a su paso.

 

Aoi dejó de moverse y la escuchó con atención.

 

—Al principio logramos esquivarlo, moviéndonos sin descanso —continuó ella, apretando las manos sobre sus rodillas—. Pero ayer nos encontró. Muchos de los nuestros murieron tratando de detenerlo. Cuando comprendimos que no podíamos vencerlo, la Reina ordenó la retirada. Alguien tenía que quedarse para distraerlo…

 

Sonrió con una tristeza profunda.

 

—Me ofrecí voluntaria. Mientras me perseguía, el resto pudo escapar junto a ella. Desde entonces solo he corrido, sin rumbo, hasta que crucé por error el territorio de la Abeja Reina. Si no hubieras aparecido… no habría sobrevivido.

 

El silencio volvió a llenar el claro. Incluso Fern había levantado la cabeza, escuchando con atención.

 

Zeriska miró entonces a cada uno de ellos: al lobo, al ave, al dragón, al gusano y hasta al árbol que los protegía. Sus manos temblaban levemente, no por miedo, sino por la decisión que estaba a punto de tomar. Bajó la cabeza profundamente ante Aoi y su voz se convirtió casi en un susurro:

 

—Por favor… ayúdame a proteger a mi pueblo.

 

En ese preciso instante, una ventana luminosa de color azul apareció ante los ojos de Aoi:

 

    ¡EVENTO OCULTO DESCUBIERTO!

 

    Título: El lamento de los Dracónidos

 

    Dificultad: Desconocida

 

    Descripción: Has rescatado a una dracónida que huía de una muerte segura. Su pueblo está amenazado por una bestia desquiciada conocida como el Rey del Bosque, que ha sumido al tercer piso en el caos. Ayuda a Zeriska a encontrar a los supervivientes y protege a su Reina antes de que sea demasiado tarde.

 

    Recompensas: ??? | ??? | Gran afinidad con la raza dracónida.

 

    Importante: El resultado de este evento modificará permanentemente el estado del tercer piso.

 

    ¿Aceptar la misión?

 

    ▶ SÍ / NO

 

Aoi se quedó mirando la pantalla unos instantes. Las recompensas eran un misterio, pero una frase había captado toda su atención: aquello no era una misión más. Lo que decidiera y lo que hiciera cambiaría este lugar para siempre. Era algo que muy pocos jugadores llegarían a ver… y ahora, estaba en sus manos.

 

 

Aoi no dudó ni un instante: pulsó la opción Sí. La ventana azul se desvaneció al instante, dejando solo un aviso breve: Evento oculto aceptado — El lamento de los Dracónidos — Objetivo actualizado.

 

Soltó un suspiro suave y miró a Zeriska con una media sonrisa:

 

—Bueno… ya estamos metidos en esto.

 

—¿No te arrepientes? —preguntó ella con voz queda, todavía incrédula.

 

Aoi negó con tranquilidad:

 

—Aunque hubiera podido rechazar la misión, ya había decidido ayudarte desde el momento en que te subí al lomo de Fern. Además… —sus ojos brillaron con esa chispa de curiosidad que siempre lo movía—, es algo que nadie más ha encontrado. Y eso lo hace interesante.

 

Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa sincera y relajada apareció en los labios de la dracónida.

 

Aoi volvió a sentarse junto al fuego, sacó un pequeño cuaderno de cuero y un lápiz —un hábito que había mantenido desde el primer día, porque anotar todo le ayudaba a no perderse— y lo abrió sobre sus rodillas.

 

—Antes de movernos necesito saber todo lo que puedas contarme. Háblame de esa bestia.

 

La expresión de Zeriska volvió a endurecerse, cargada de seriedad y un rastro de temor profundo.

 

—Su nombre… es La Esfinge.

 

Aoi detuvo el lápiz a medio escribir.

 

—¿La Esfinge?

 

—Sí. Tiene el cuerpo de un león colosal —empezó a explicar con voz tensa—, garras capaces de partir troncos centenarios de un solo golpe, y una piel tan dura que las armas comunes apenas dejan marca. Pero lo más terrible… es su cabeza.

 

Hizo una pausa, como si recordarlo le helara la sangre.

 

—Tiene rostro humano. Habla. Entiende lo que decimos. Dicen que incluso se detiene a observar a sus presas antes de acabar con ellas… como si disfrutara el momento.

 

—¿Qué más? —preguntó Aoi, retomando la escritura con rapidez.

 

—Es más rápida de lo que su tamaño hace pensar. Atraviesa kilómetros en segundos. Su fuerza es descomunal; hasta su rugido hace huir a cualquier otra criatura del bosque. Y lo peor de todo: es inteligente. No ataca al azar. Observa, aprende, espera el momento exacto para golpear.

 

Aoi cerró el cuaderno despacio.

 

—Hay algo que no encaja. Una bestia así… no debería estar en el tercer piso. Pertenece a niveles mucho más altos.

 

—Nuestra Reina opina lo mismo —asintió Zeriska con tristeza—. Nadie sabe cómo llegó aquí. Pero desde que apareció, todo cambió: los árboles empezaron a moverse sin descanso, las criaturas huyen de sus territorios, incluso la Abeja Reina abandona su nido con mucha más frecuencia. Es como si todo el bosque intentara sobrevivir a su presencia.

 

Aoi se quedó pensativo. Esto superaba lo que sabía por libros o guías. Necesitaba la perspectiva de alguien con mucha más experiencia. Sacó entonces el dispositivo de comunicación que usaban los jugadores y buscó el nombre: Kyouka. Llamó.

 

Ella contestó casi al instante, con su tono habitual tranquilo:

 

—¿Sí? ¿Qué pasa, Aoi?

 

—Necesito preguntarte algo importante.

 

—Claro —hubo un breve silencio—. ¿En qué nuevo lío te has metido?

 

Aoi parpadeó, sorprendido:

 

—¿Por qué supones que estoy en un lío?

 

Kyouka suspiró al otro lado de la línea:

 

—Porque te conozco. Nunca me llamas desde un piso nuevo para preguntarme dónde hay hierbas curativas. Siempre terminas encontrando algo imposible.

 

Aoi se rascó la nuca, algo avergonzado:

 

—Bueno… puede que esta vez tengas un poco de razón… Rescaté a una dracónida.

 

Silencio total.

 

—¿Qué?

 

—Y acepté una misión oculta.

 

Otro silencio más largo.

 

—Aoi…

 

—¿Sí?

 

—Empieza desde el principio. No te saltes ni un solo detalle. Tengo la certeza de que acabas de dar con algo que nadie ha visto antes.

 

 

Aoi sonrió con un poco de vergüenza y comenzó a relatar todo: desde que notó el bosque cambiante, el encuentro con el Gusano de Pantano, la huida hacia el claro, la aparición de Zeriska y la verdad sobre La Esfinge. Kyouka escuchaba sin interrumpir, y a medida que avanzaba la historia, su silencio se volvía más atento y serio, confirmando que su instinto no fallaba: Aoi acababa de desenterrar algo que cambiaría para siempre lo que se sabía del tercer piso.

 

Aoi tomó aire y comenzó a relatarlo todo con detalle: desde el primer momento en que puso un pie en el tercer piso, la extraña sensación de que el bosque cambiaba sin descanso, el vínculo que estableció con el Gusano de Pantano, los árboles que caminaban, el encuentro con Zeriska, la persecución de la Abeja Reina y, finalmente, ese evento oculto que nadie más parecía conocer.

 

Al otro lado de la línea, Kyouka guardó silencio absoluto durante todo el relato. No hubo interrupciones, ni preguntas apresuradas: solo la escucha atenta de alguien que sabía reconocer la importancia de lo que le estaban contando. Cuando Aoi terminó, unos segundos de calma se extendieron antes de que ella suspirara profundamente.

 

—Esto es… demasiado extraño —dijo finalmente con voz seria.

 

—¿Por qué?

 

—Porque llevo años jugando a Eternal Fantasy Online. He revisado guías, foros oficiales, bases de datos de todo el mundo… y nunca he leído ni una sola mención de algo parecido. Ni del evento, ni de esa raza viviendo aquí, ni de nada relacionado.

 

Aoi miró hacia Zeriska, que permanecía atenta a cada palabra.

 

—Y lo que más me alarma… es la Esfinge —continuó Kyouka—. Sé de qué se trata. Se supone que es una criatura exclusiva del décimo piso.

 

Aoi abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿El décimo?

 

—Exacto. Allí hay un inmenso desierto, y las Esfinges aparecen como enemigos de nivel muy alto. No tienen absolutamente nada que hacer en el tercer piso. Es como si un pez de aguas profundas apareciera nadando en un charco de la calle.

 

Aoi bajó lentamente el teléfono. Sus sospechas eran ciertas: esa bestia no pertenecía allí. Algo muy grave había ocurrido para que terminara alterando todo el equilibrio de este lugar.

 

—Entonces… —empezó a decir.

 

—Algo la trajo hasta ahí —lo interrumpió ella con firmeza—. Y seguro que está directamente relacionado con tu misión.

 

Hubo un breve silencio antes de que su voz sonara decidida:

 

—Aoi, envíame tu ubicación exacta.

 

Él parpadeó:

 

—¿Vas a venir?

 

—¿Cómo no voy a ir? —respondió al instante—. Esto es exactamente lo que siempre he buscado documentar. Si realmente nadie ha encontrado esta misión antes… podríamos estar ante uno de los mayores descubrimientos desde que salió el juego.

 

Aoi sonrió levemente:

 

—Suena muy propio de ti.

 

—Y además… —su tono se suavizó un poco—, no pienso dejar que te enfrentes solo a algo que debería estar tres pisos más arriba.

 

—Gracias.

 

—No me agradezcas todavía. Primero salgan vivos. Luego ya nos ocuparemos de escribir la entrada en la guía.

 

Ambos soltaron una pequeña risa breve. Aoi abrió el mapa del sistema, marcó la posición del campamento y se la envió. En segundos recibió la confirmación.

 

—Ya la tengo —dijo Kyouka, y al fondo se escuchó el sonido de su equipo al prepararse—. Dame un tiempo. Voy para allá. Y cuando llegue… averiguaremos por qué una Esfinge dejó el desierto para convertir este bosque en un infierno.

 

La llamada se cortó. Aoi guardó el teléfono y miró hacia lo alto, donde Lyn seguía planeando entre las copas de los árboles. Por primera vez sintió con claridad: lo que habían empezado no era solo una misión de rescate. Algo mucho más grande, mucho más oscuro y mucho más importante estaba en juego. Y él acababa de ser la primera persona en cruzar su camino.

Thoughts

  • TintaYMadrugada

    Aoi pulsa el Sí sin pensarlo dos veces, y eso dice más de él que toda la charla con Zeriska: ya había decidido ayudarla desde que la subió al lomo de Fern. A mí la escena que más me movió fue la llamada con Kyouka, ese silencio largo y después una sola palabra de sorpresa. Me quedé con más ganas de verla llegar al claro que de ver a la Esfinge, y me late que ella trae algo que no quiso soltar por teléfono. Toca esperar al lunes.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Una Esfinge del décimo piso metida en el tercero no llegó sola. Apuesto a que cuando aparezca Kyouka se descubre que alguien ya conocía este evento oculto y lo dejó correr a propósito.

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  • DNavarrete

    comunicado para quienes siguen esta novela con este capitulo ya alcance a las demas plataformas asi que este sera el ultimo que se subiria diario de aqui pasamos a mis publicaciones normales que serian cada lunes

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