El trato con el Gusano de Pantano me deja con la ceja levantada. El Contrato Temporal solo se activa cuando la criatura ya no puede más: primero la muelen entre cuatro y después le ofrecen ser compañeros y no amos. Un acuerdo firmado por el que está tirado en el suelo a mí no me suena a confianza mutua. Apuesto a que en algún piso más arriba esa firma se le cobra a Aoi.
Capítulo 35: Regreso al Tercer Piso
La mañana siguiente envolvió la casa Mizuchi con una calma que hacía mucho no se sentía. Las vacaciones de verano apenas comenzaban, y por primera vez en meses, Aoi no tenía horarios de estudio ni…
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El trato con el Gusano de Pantano me deja con la ceja levantada. El Contrato Temporal solo se activa cuando la criatura ya no puede más: primero la muelen entre cuatro y después le ofrecen ser compañeros y no amos. Un acuerdo firmado por el que está tirad
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La mañana siguiente envolvió la casa Mizuchi con una calma que hacía mucho no se sentía. Las vacaciones de verano apenas comenzaban, y por primera vez en meses, Aoi no tenía horarios de estudio ni tareas pendientes que le pesaran en la mente. Desde la cocina llegaban las voces claras de Kaede y Hina, organizando lo que se llevarían al salir.
—Ya dejé el almuerzo en recipientes marcados en la nevera —dijo Kaede, ajustando el borde de una fiambrera con cuidado—. Calienta solo lo que vayas a comer.
—Y no te encierres todo el día ahí adentro —añadió Hina mientras se ataba las zapatillas, asomando la cabeza desde el pasillo—. Si te veo conectado más de seis horas seguidas, te llamo y te hago bajar a limpiar el patio.
Aoi miró hacia abajo, fingiendo revisar algo en su mano.
—Iré haciendo descansos. De verdad.
Las dos hermanas cruzaron una mirada silenciosa.
—...
—...
—No te creemos —dijeron al mismo tiempo, aunque con una sonrisa que no ocultaba el cariño.
Kaede se acercó para acomodarle el cuello de la camisa.
—Dentro de unos días empiezas en la tienda de libros, así que aprovecha estos días para descansar bien. No te preocupes por nada más.
Aoi asintió. Ese trabajo se lo había conseguido Kaede; decía que le vendría bien respirar otro aire y aprender cosas nuevas. Al principio se había negado, pero al final aceptó.
Cuando la puerta se cerró tras ellas, el silencio se asentó suavemente en toda la casa. Reika y Reina se habían ido a pasar unos días con sus familias lejos de la ciudad; antes de despedirse, le habían prometido que entrarían al juego en cuanto pudieran. Por ahora, solo él quedaba allí.
Miró el reloj de pared. Las agujas avanzaban despacio.
—Es momento de volver.
Subió a su habitación con paso tranquilo. El casco de realidad virtual descansaba sobre el escritorio, brillando levemente bajo la luz que entraba por la ventana. Lo tomó entre las manos: apenas habían pasado unos días desde que venció al Gólem, pero sentía que el tiempo había corrido de otra forma allí dentro.
Se lo colocó y ajustó las correas.
—Conectar.
La habitación se desvaneció en un resplandor blanco. Cuando la visión volvió a formarse, el aire fresco y húmedo de un bosque inmenso lo recibió: árboles de troncos anchos y alturas que parecían tocar el cielo, hojas inmensas que filtraban la luz en manchas doradas, y el sonido constante del viento desplazándose entre las ramas. Había regresado al tercer piso. La Domadora volvía a Eternal Fantasy Online.
Inmediatamente, varias capas de interfaz se desplegaron frente a él con suavidad, sin estorbar la visión del entorno: recompensas por misión, estadísticas actualizadas, desbloqueos de contenido y mejoras de habilidades.
Aoi observó su propio cuerpo reflejado en una de las ventanas y se detuvo. En el brazo derecho, la marca del General Orco: líneas oscuras y afiladas que parecían grabadas en la piel. En el hombro izquierdo, la del Gólem: una figura pétrea con un núcleo luminoso que latía al mismo ritmo que su propio corazón. Al pasar la mano por encima, no desaparecieron. El texto informativo apareció con claridad:
Marcas del Conquistador
Otorgadas al derrotar al Guardián de un piso. Su diseño y propiedades se adaptan a las condiciones de victoria. Son permanentes.
—Así que cada una cuenta cómo gané... —murmuró, comprendiendo que nadie más en el servidor tendría unas iguales.
Una nueva notificación destacó con un borde brillante:
Función desbloqueada: Personalización completa de apariencia
Permite modificar vestimenta, detalles físicos y accesorios sin alterar estadísticas ni efectos de equipo.
—Por fin —sonrió levemente. Ahora no tendría que verse siempre igual, aunque sabía que esa mejora podía esperar.
Lo que más le interesaba era el estado de sus compañeros. Abrió el menú de invocaciones: todos habían subido varios niveles, y algunos mostraban nuevas opciones de evolución.
Primero apareció Fern:
Evolución disponible: Fenrir Menor
Incremento de fuerza física, resistencia a daño elemental, mayor agilidad y sentidos. Cambios estéticos: pelaje base oscuro con mechones plateados en melena y cola; colmillos y garras más resistentes.
—Procede.
Una luz azulada envolvió al lobo. Su cuerpo creció hasta casi duplicar su tamaño, las patas se volvieron más robustas y musculosas, la melena se alargó y brilló con reflejos plateados que se extendían por toda la cola. Cuando la luz se disipó, Fern imponía presencia, pero al instante bajó la cabeza para frotarla contra el brazo de Aoi, moviendo la cola con la misma alegría de siempre.
—Sigues siendo tú —dijo Aoi, acariciando su pelaje nuevo y denso.
Luego fue el turno de Lyn:
Evolución disponible: Fénix Inmaduro — CONDICIÓN: Bloquea evolución definitiva a Fénix en el futuro
Alternativa: Desbloqueo de habilidades de viento avanzadas sin cambio de forma ni restricciones.
Aoi negó de inmediato y cerró la ventana de evolución.
—Esperaremos lo mejor.
Al hacerlo, una nueva lista de habilidades apareció para ella: ráfagas cortantes, corrientes ascendentes para elevar objetos o aliados, barreras de viento que desviaban proyectiles y mayor velocidad de reacción. Lyn soltó un chillido alegre y dio vueltas en el aire, probando el nuevo empuje de sus alas.
Después apareció Regulus:
Evolución disponible: Dragón Menor
Crecimiento proporcional hasta el tamaño de un perro mediano. Mejora de escamas, resistencia física y capacidad de vuelo. Gracias al anillo de camuflaje otorgado por Kaede, su apariencia puede modificarse para ser reconocido como un Wyvern menor ante sistemas y jugadores.
La luz dorada lo envolvió. Al terminar, Regulus ya no cabía en la palma de su mano: tenía el tamaño de un perro pequeño, con escamas más brillantes y alas que podían sostenerlo a él mismo y a Aoi si era necesario. Sacudió la cabeza y soltó un rugido que ya tenía peso, pero al tocar el anillo en su dedo, su silueta cambió levemente: ahora cualquiera que lo viera pensaría en un Wyvern común y corriente.
Puddle no contaba con una evolución nueva, pero su habilidad exclusiva seguía destacada:
Habilidad: Creación de Mazmorras
Permite generar espacios cerrados, definir reglas internas y actuar como núcleo central de la estructura. Aún en fase de desarrollo.
Por último, revisó sus propias recompensas. Sus abanicos contaban con mejoras en alcance y velocidad, pero dos objetos nuevos llamaron toda su atención:
Anillo Constructor
Consumo variable de maná según tamaño y complejidad. Permite crear muros, plataformas, escaleras, refugios y barreras estables durante un tiempo determinado.
Aoi comprendió al instante que esto cambiaba todo: ya no solo invocaba o atacaba, ahora podía moldear el entorno a su favor.
Cuchillo Guardián Menor
Equipado en funda lateral del cinturón. Duplica la defensa física y mágica del portador mientras permanezca en su posesión. No puede ser utilizado para realizar ataques directos.
El objeto se colocó automáticamente en su cinturón, ajustándose con firmeza. No era un arma, era un escudo que llevaba siempre consigo.
Miró a sus compañeros, miró el bosque inmenso que se extendía frente a él y sintió que el camino que tomaba se definía cada vez más claro: mientras otros buscaban golpes más fuertes, él construía, protegía y usaba todo lo que tenía a su alrededor. Nadie más jugaba así. Y esa era, quizás, su mayor ventaja.
Aoi deslizó la mano por el aire, cerrando una a una todas las ventanas del sistema.
—Ya habrá tiempo para probar cada cosa con calma... —murmuró, alzando la vista hacia la inmensidad que se abría frente a él—. Por ahora, quiero conocer este tercer piso.
Fern dio unos pasos adelante y se detuvo justo delante de él. El lobo, ahora imponente como un verdadero Fenrir Menor, levantó la cabeza con orgullo y luego se agachó ligeramente, doblando las patas delanteras para facilitar la subida.
Aoi sonrió y pasó la mano por su espesa melena, donde los mechones plateados brillaban con la luz filtrada del bosque.
—Cada vez eres más grande y fuerte, ¿verdad?
Antes, montarlo había sido casi como ir hombro con hombro: ambos tenían tamaños muy parecidos. Ahora era distinto: su lomo era ancho y alto, y cuando Aoi se acomodó allí, sus piernas quedaron flexionadas con comodidad, sin rozar siquiera el suelo.
—Así está perfecto.
Con un ligero impulso, se sentó en su espalda. Fern se incorporó con una fluidez asombrosa, como si el peso de Aoi no fuera más que el de una hoja. Soltó un gruñido bajo y satisfecho, y comenzó a avanzar con paso firme entre los troncos colosales del bosque inmenso.
Por encima de las copas de los árboles, Lyn ya surcaba el aire a toda velocidad. Aprovechando sus nuevas habilidades de viento, se deslizaba entre las corrientes como si formara parte de ellas misma, ganando altura y distancia en instantes. Junto a ella volaba Regulus: ahora con el tamaño de un perro mediano y unas alas mucho más resistentes, ya no podía colarse por las ramas más finas, pero su fuerza le permitía rodear los obstáculos con elegancia. Gracias al anillo que Kaede le había dado, cualquier observador confundiría su silueta con la de un wyvern común.
Ambos mantenían una coordinación perfecta: se separaban en direcciones opuestas para barrer el terreno desde las alturas, buscando senderos, ruinas, rastros de monstruos o cualquier detalle fuera de lo común, y volvían a encontrarse en segundos para compartir lo visto.
Mientras tanto, Puddle descansaba tranquilo sobre el regazo de Aoi, balanceándose suavemente con cada paso de Fern. Sus pequeños ojos negros lo miraron cuando le habló:
—Puddle, mientras avanzamos recoge todo lo útil que encuentres: hierbas medicinales, flores raras, hongos, pequeños minerales... cualquier cosa que sirva para alquimia o fabricación.
—¡Puu! —respondió el slime con un sonido alegre.
Una de sus extremidades se alargó con cuidado hacia un arbusto cercano, absorbiendo varias hojas brillantes sin que Fern tuviera que detenerse. Unos metros más tarde recogió unas flores silvestres de pétalos azulados; luego, bajo un tronco caído, tomó unas setas que brillaban levemente. Todo quedaba guardado ordenadamente en su interior, sin mezclarse ni dañarse.
Aoi los miró a todos y una sonrisa tranquila se dibujó en su rostro. Sin darse cuenta, cada uno había encontrado su lugar exacto:
Fern era la montura y el apoyo firme, la fuerza que lo llevaba a salvo a través de cualquier camino.
Lyn y Regulus eran sus ojos en el cielo, exploradores y defensores rápidos que vigilaban desde lo alto.
Puddle era el recolector paciente, guardando todo aquello que podría ser vital más adelante.
Y él no estaba allí por ser el más poderoso, sino por ser el nexo que los unía. Ya no necesitaba dar órdenes detalladas: cada uno sabía qué hacer, cómo ayudar, cuándo actuar. No eran simples invocaciones ligadas por un contrato. Eran un equipo, una familia que avanzaba junta hacia lo desconocido.
Fern avanzaba con paso lento y silencioso, casi deslizándose sobre la espesa alfombra de hojas secas y agujas de pino que cubría el suelo. Los troncos a su alrededor eran tan anchos que tres personas no alcanzarían a rodearlos, y sus copas se perdían tan alto que apenas dejaban pasar la luz del sol, tejiendo una penumbra dorada y constante que parecía no cambiar nunca.
Desde su lomo, Aoi recorría la mirada a cada rato. Al principio la inmensidad lo había impresionado; ahora empezaba a inquietarle. Los tonos de la madera eran idénticos, el musgo tenía el mismo dibujo en todas las rocas, y hasta el olor a tierra húmeda y resina se repetía sin variación.
—Es como si todo estuviera copiado una y otra vez... —murmuró, acariciando la nuca de Fern. El lobo soltó un leve gruñido de acuerdo, frotando su cabeza contra la mano de Aoi antes de seguir avanzando.
De pronto una sombra descendió velozmente: Regulus se precipitó sobre una rama, perdió el equilibrio y chocó de lleno contra el tronco más cercano con un sonido sordo y fuerte.
—¡Gruaa! —el pequeño dragón se sacudió las escamas, indignado, mientras la madera crujía y se abría en dos mitades perfectas.
Aoi soltó una risa suave, acercándose para mirarlo con cariño.
—¿Estás bien? Ten más cuidado, pequeño torpe.
Regulus infló el pecho, soltó un rugido diminuto y orgulloso, y volvió a alzarse batiendo las alas con fuerza. Aoi negó con la cabeza sonriendo: a pesar de haber crecido tanto, seguía siendo el mismo inquieto de siempre.
Pasaron unos minutos más. Y entonces Aoi se detuvo en seco.
Allí, justo delante, estaba el mismo árbol partido. La misma grieta en forma de zigzag, las mismas astillas sobresaliendo, el mismo trozo de corteza caído al pie.
—No... —susurró. Giró hacia atrás: el rastro de huellas de Fern seguía una sola línea recta. No habían rodeado nada. No habían dado vueltas.
Un chillido agudo y urgente lo hizo levantar la vista. Lyn descendió como un rayo y se posó en su hombro, agitando las alas con insistencia y picando suavemente hacia un lado. Regulus también bajó, lanzando pequeños aletazos y mirándolo como si le pidiera que los siguiera.
—Ya veo... —dijo Aoi, dándole una suave caricia al ave—. Encontrasteis algo, ¿verdad?
Fern obedeció sin dudar, cambiando suavemente de rumbo. Al llegar a un pequeño claro entre los árboles, Aoi contuvo el aliento.
Allí, justo frente a ellos, un tronco inmenso se movía. No tenía patas: sus raíces gruesas y nudosas se retorcían bajo la tierra como serpientes lentas, arrastrando todo el árbol unos metros hacia un lado, hasta volver a clavarse y quedarse inmóvil, fundiéndose con el resto del bosque como si nunca hubiera estado en otro sitio.
Aoi miró a su alrededor. Y sintió un escalofrío leve, no de miedo, sino de asombro.
Decenas. Cientos de árboles hacían lo mismo, cada uno a su propio ritmo, moviéndose despacio, cambiando de lugar, recomponiendo el paisaje sin descanso.
—Con razón... —sacó el mapa del sistema, pero la imagen parpadeaba una y otra vez, marcando senderos que desaparecían al instante—. Los puntos de referencia no existen. Nada se queda donde estaba.
Recordó las palabras de Kyouka, serias y claras: "El Bosque Cambiante no tiene caminos fijos. Es el peor lugar para perderse. Muchos jugadores terminan gritando por el chat para que alguien los rescate". En aquel momento le había parecido una exageración. Ahora comprendió la verdad: esto no era un bosque. Era un ser vivo, un laberinto que respiraba y se transformaba a cada instante.
Guardó el mapa y miró a los suyos: Fern lo miraba con ojos fieles, listo para lo que fuera; Lyn y Regulus giraban en el aire vigilantes; Puddle se estiró suavemente desde su regazo, tocando su mano con una pequeña protuberancia como si le dijera aquí estoy.
Aoi apoyó una mano sobre el hombro de Fern, y una sonrisa tranquila pero decidida comenzó a formarse en sus labios.
—No voy a pedir que vengan a buscarme —dijo bajito, pero con firmeza—. Y no sirve de nada intentar recordar el camino si todo se mueve.
Hizo una pausa, observando cómo las raíces se entrelazaban y se separaban siguiendo un compás casi imperceptible.
—Si todo cambia... entonces lo que tengo que encontrar no es el camino. Son las reglas que lo hacen cambiar.
Porque Aoi sabía algo muy bien, tanto en la vida como en el juego: por más caótico que pareciera todo, siempre había un orden oculto. Y con el equipo que tenía a su lado, estaba seguro de que juntos podrían descubrirlo.
Aoi no dejaba de observar cada movimiento casi imperceptible de los troncos, buscando el hilo oculto que ordenaba todo aquel caos.
—Tiene que haber un patrón... algo que se repita...
De golpe, Fern se tensó bajo él. Sus orejas se alzaron al máximo y un gruñido grave vibró en su pecho, advirtiendo de peligro inminente. Antes de que Aoi pudiera decir nada, el lobo dio un salto lateral con toda la fuerza de sus patas traseras.
¡BOOOOM!
El lugar donde habían estado un segundo antes estalló en tierra y astillas. De la profundidad surgió una mole enorme: un gusano de cuerpo grueso como un tronco de árbol, cubierto de lodo viscoso y con una boca circular llena de hileras de dientes afilados. Tenía el tamaño de un coche pequeño, y cada movimiento suyo hacía retemblar el suelo.
Aoi se sujetó con firmeza al pelaje plateado de Fern mientras una ventana de información aparecía ante sus ojos:
Gusano de Pantano
Nivel: 31
Tipo: Depredador de emboscada
Sentidos: Detecta con total precisión cualquier vibración en el suelo.
—Así funciona... —murmuró Aoi—. No nos vio, nos sintió andar.
La criatura abrió la boca con furia y disparó un chorro denso de agua y barro con una fuerza capaz de arrancar la corteza de un roble entero.
—¡Muévete, Fern!
El lobo respondió al instante, deslizándose como una sombra entre los troncos mientras el ataque impactaba a su paso, astillando madera a su alrededor. Pero mientras Fern esquivaba, Aoi no miraba solo al monstruo: su mente conectaba piezas a una velocidad vertiginosa.
Detecta vibraciones... vive bajo tierra...
Levantó la vista hacia el bosque que seguía reacomodándose sin descanso.
—Todo cambia arriba... pero abajo... ¿abajo sigue igual?
Si los árboles se movían arrastrando sus raíces, el suelo bajo ellas permanecía inalterado. Y quien mejor conocía ese suelo que la criatura que vivía en él.
Una sonrisa serena pero decidida iluminó su rostro.
—Ya lo entendí...
Recordó la habilidad que acababa de recibir: Contrato Temporal. Una versión mejorada de lo que usó con las abejas, que le permitía vincularse a criaturas salvajes... siempre y cuando estuvieran al límite de sus fuerzas.
—No necesito matarte —susurró hacia el monstruo que ya se hundía de nuevo en la tierra—. Solo necesito que me guíes.
El suelo volvió a vibrar con intensidad. Fern se preparó, calculando el momento exacto. En cuanto la criatura asomó de nuevo, Regulus descendió en picado lanzando una llamarada que secó y endureció parte del lodo que lo cubría, dejándolo más vulnerable. Al mismo tiempo, Lyn surcó el viento como una cuchilla, golpeando rápidamente su cabeza antes de salir disparada de nuevo, evitando cualquier contraataque. Y cuando el gusano intentó desaparecer otra vez, Puddle estiró su cuerpo con rapidez y lo sujetó por la cola unos segundos, lo justo para que no pudiera ocultarse del todo.
Aoi observaba todo con calma, coordinando cada movimiento sin necesidad de dar órdenes en voz alta. No buscaban la victoria definitiva, solo reducir su fuerza hasta el punto exacto.
—Un poco más... —murmuró.
Cuando el monstruo se detuvo, cansado y herido, Aoi alzó la mano. Si su teoría era cierta, aquel ser que conocía cada centímetro bajo la superficie sería la llave que los sacaría para siempre del laberinto cambiante.
El suelo retumbó con fuerza, como si el propio bosque estuviera latiendo. El enorme gusano emergió con violencia, abriendo su boca circular llena de dientes afilados como cuchillas, y soltó un rugido sordo que hizo vibrar hasta las hojas más altas. Su cuerpo, grueso como el tronco de un roble antiguo y cubierto de un lodo espeso y viscoso, se retorcía con una fuerza descomunal, dejando caer gotas de barro que silbaban al tocar el suelo.
—¡Ahora! —dijo Aoi con voz firme, aunque sin gritar.
Fern no esperó más. Con un impulso explosivo de sus patas traseras, salió disparado hacia un lado justo cuando un chorro de agua y lodo con la fuerza de una manguera industrial estallaba contra el lugar donde habían estado segundos antes, arrancando corteza y astillando la madera de los árboles cercanos. El lobo, ágil y rápido como el viento, se deslizó entre los troncos, buscando siempre mantenerse fuera del alcance de esa boca devoradora.
Desde lo alto, Lyn se lanzó en picada aprovechando sus nuevas corrientes de viento. Sus alas generaron una estela de aire cortante que golpeó directamente los ojos del gusano, cegándolo por un instante. La criatura giró bruscamente, golpeando el suelo con su cuerpo y haciendo temblar todo a su alrededor, pero Lyn ya había remontado el vuelo, dando vueltas en círculos rápidos para confundirlo.
Acto seguido, Regulus descendió con las escamas brillantes. Una llamarada de fuego intenso brotó de sus fauces, impactando contra la capa de lodo que recubría al monstruo. El barro chisporroteó y se endureció al instante, formando una costra dura que limitaba sus movimientos. El gusano aulló de dolor y se retorció violentamente, intentando sacudirse esa capa quemada, pero cada movimiento hacía que la corteza se rompiera y le hiciera daño.
Mientras tanto, Puddle se estiró con una velocidad sorprendente. Una de sus extremidades gelatinosas salió disparada como un látigo, envolviéndose con fuerza alrededor de la cola del gusano. El monstruo intentó hundirse de nuevo en la tierra, pero el slime lo sujetó con firmeza, manteniéndolo a medio camino entre la superficie y la oscuridad subterránea. El cuerpo de Puddle se tensó, brillando con una luz tenue mientras resistía la fuerza bruta de la bestia.
Aoi, aún sobre el lomo de Fern, no dejaba de observar cada detalle. No lanzaba ataques directos; su mente trabajaba mil veces más rápido, calculando ángulos, tiempos y aperturas.
—¡Fern, a la izquierda! —indicó señalando un tronco caído—. ¡Regulus, calienta la zona donde lo sujete Puddle! ¡Lyn, ráfagas laterales para que no pueda girar!
El equipo respondió al unísono. Fern saltó sobre el tronco y desde allí lanzó un mordisco certero en la parte trasera del gusano, arrancando un trozo de piel y lodo endurecido. El gusano se sacudió con furia, golpeando el suelo una y otra vez, abriendo zanjas a su paso. Lanzas de tierra salían despedidas por todos lados, pero nadie bajaba la guardia: Lyn desviaba los proyectiles con barreras de viento, Regulus mantenía el fuego controlado para no quemar el suelo que Puddle necesitaba, y Fern se movía con la precisión de una sombra, atacando y retrocediendo sin detenerse jamás.
La batalla se extendió durante minutos que parecieron eternos. El suelo estaba destrozado, lleno de cráteres y surcos profundos. El aire olía a tierra mojada, resina quemada y un olor metálico a humedad. El gusano, antes imponente y vigoroso, empezó a mostrar señales de agotamiento. Sus movimientos se volvieron más lentos, sus rugidos se apagaron y la fuerza con la que intentaba escapar disminuía poco a poco. Heridas profundas recorrían su cuerpo, manchando el lodo oscuro con una sustancia espesa y pálida que goteaba sobre la tierra.
Cuando el monstruo quedó inmóvil, jadeando pesadamente y con la cabeza baja, apenas capaz de levantarla, Aoi levantó una mano lentamente. Su mirada ya no era de combate, sino de una calma profunda y respetuosa.
—Ya basta —dijo suavemente.
Fern se detuvo al instante, Lyn planeó suavemente hasta posarse sobre su hombro, Regulus aterrizó con cuidado a su lado y Puddle aflojó su agarre sin soltarlo del todo, manteniéndose atento.
Aoi bajó del lomo de Fern y caminó despacio hacia la enorme criatura. No llevaba ninguna arma levantada. Al contrario, extendió la mano con la palma abierta, mostrándose sin amenaza alguna.
—No quiero hacerte más daño —habló con voz clara y tranquila, como si pudiera entenderlo—. Sé que solo defendías tu territorio. Pero nosotros estamos perdidos aquí. Y creo que tú eres el único que sabe moverse por este lugar sin perderse.
El gusano lo miró con unos ojos pequeños y brillantes, llenos de cansancio y desconfianza, pero ya sin la furia de antes.
Aoi activó la habilidad que había guardado para ese momento. Una luz suave y plateada comenzó a brotar de su mano, envolviendo lentamente al monstruo y a él mismo.
Habilidad activada: Contrato Temporal
Condición cumplida: El objetivo se encuentra al límite de su resistencia.
¿Deseas establecer un vínculo de confianza temporal con la criatura?
Aoi asintió sin dudar.
—Te propongo un trato —continuó mirándolo fijamente—: guíanos a través de este bosque que cambia. Y a cambio, te ayudaremos a recuperar tus fuerzas. Nadie te hará daño. Seremos compañeros, no amos y esclavos.
La luz se intensificó, envolviendo ambos cuerpos. El gusano soltó un largo suspiro profundo, casi como si estuviera aceptando las palabras de Aoi. La tensión que lo recorría desapareció poco a poco; sus músculos se relajaron y la mirada que antes era salvaje se volvió tranquila, casi obediente.
Una nueva ventana apareció ante los ojos de Aoi:
Contrato establecido exitosamente
Aliado: Gusano de Pantano
Duración: Mientras exista confianza mutua
Habilidad compartida: Percepción Subterránea
Aoi sonrió, una sonrisa pequeña pero llena de satisfacción. Acarició suavemente la parte superior de la cabeza de la enorme bestia, que inclinó el cuerpo lentamente hacia él, como devolviendo el saludo.
—Gracias —dijo Aoi—. Ahora sí... por fin sabremos hacia dónde vamos.
Fern soltó un leve gruñido de aprobación, Lyn cantó una nota alegre y Regulus batió las alas emocionado. Incluso Puddle dio un pequeño salto de alegría.
El laberinto vivo ya no era un problema. Porque ahora, contaban con quien conocía cada rincón oculto bajo la tierra.
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PermalinkAoi diciendo que no va a pedir que vengan a buscarlo, en un bosque donde casi todos acaban gritando por el chat, me hizo pensar en la gente que prefiere perderse un rato antes que pedir el mapa. Apuesto a que el gusano termina siendo bastante más que un guía en este tercer piso, y que Puddle le va a sacar partido a todo lo que va recogiendo.
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PermalinkEl trato con el Gusano de Pantano me deja con la ceja levantada. El Contrato Temporal solo se activa cuando la criatura ya no puede más: primero la muelen entre cuatro y después le ofrecen ser compañeros y no amos. Un acuerdo firmado por el que está tirado en el suelo a mí no me suena a confianza mutua. Apuesto a que en algún piso más arriba esa firma se le cobra a Aoi.
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