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Capítulo 30: El precio de una promesa

DNavarrete
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El asentamiento ya no era un refugio.

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Treinta capítulos esperando a las dos hermanas frente a frente, y llegan con Kizara mandada a sacar heridos y Torin arrodillado dándole las gracias a Obsidian por el tiempo. Pensé que Torin se iba ahí mismo. Lo que me preocupa es lo que promete Nara, que

Treinta capítulos esperando a las dos hermanas frente a frente, y llegan con Kizara mandada a sacar heridos y Torin arrodillado dándole las gracias a Obsidian por el tiempo. Pensé que Torin se iba ahí mismo. Lo que me preocupa es lo que promete Nara, que no va a dejar que su hermana se destruya: quien pelea para salvar al otro se guarda golpes, y Obsidian no se guarda ninguno. Me da que Nara sale herida de esta.

Contenido de la publicación

El asentamiento ya no era un refugio.

 

Después de lo ocurrido con Leo, el padre Julián y su gente habían tenido que huir hacia un lugar más recóndito, creyendo que allí recuperarían la calma. Pero esa calma se había roto. El peligro no había pasado: solo había cambiado de forma, y ahora avanzaba directo hacia ellos.

 

Los preparativos de la partida recorrían cada rincón del lugar. Las manos recogían lo poco que quedaba; las miradas se detenían en puertas, ventanas, rincones que dejaban atrás. Cerca de la iglesia, camionetas viejas y transportes militares reparados esperaban, listos para llevarse a cuantos pudieran.

 

Helena Voss recorría la fila de vehículos, revisando listas, dando instrucciones, su cabello plateado ondeando con el viento. El padre Julián permanecía a su lado, observando cómo la gente abandonaba lo que apenas empezaba a sentir como hogar.

 

—Nunca pensé que volveríamos a huir tan pronto —murmuró, apretando el bastón entre sus manos.

 

—Nadie lo esperaba —respondió ella sin dejar de mirar los papeles—. Pero la situación ha cambiado.

 

—¿Por esa máquina?

 

—Por Obsidian.

 

El nombre cayó pesado, como una piedra. Julián frunció el ceño.

 

—He oído historias… comunidades enteras desaparecidas en minutos.

 

—No es una patrulla común. Es una de las armas más peligrosas que la IA Central ha creado. Y ha destruido más de diez asentamientos en su avance.

 

—¿Diez…? —repitió él, con la voz apagada.

 

—Y no se detiene. Su trayectoria viene directo hacia aquí. Llegará en dos días.

 

Julián levantó la vista, confundido.

 

—¿Y por qué esperar hasta ahora?

 

—Porque necesitábamos garantizar una ruta segura para todos —explicó Helena—. Y porque Kizara nos pidió aguardar hasta que todo estuviera listo.

 

El sacerdote la miró, sorprendido.

 

—¿Kizara?

 

—La Resistencia intervendrá —continuó ella—. Evacuaremos este y otros refugios cercanos. Y antes de que Obsidian llegue… Nara la interceptará.

 

El silencio que siguió fue profundo.

 

—¿Va a enfrentarse a ella? —preguntó Julián, casi en un susurro.

 

—Sí. La Resistencia se encargará de los drones, las escoltas, las armas pesadas… para que Nara pueda concentrarse solo en Obsidian.

 

—¿Y si no basta?

 

—Entonces haremos todo lo posible.

 

Julián cerró los ojos. Vio de nuevo la imagen de Nara: tranquila, callada, siempre atenta a los demás, la chica que había salvado a Leo, que había compartido días sencillos con ellos.

 

—Esa máquina no tiene piedad —dijo con amargura—. ¿De verdad creen que puede detenerla?

 

—No puedo prometerte que lo logre —respondió ella con franqueza.

 

—¿Y Kizara? —preguntó entonces, abriendo los ojos.

 

—Está con ella.

 

—¿Va a enfrentarse también?

 

—No directamente. Pero dudo que Nara la deje alejarse.

 

Julián suspiró, hondo y cansado.

 

—Esas dos…

 

—¿Qué pasa?

 

—Sabía que este momento llegaría —dijo el sacerdote mirando hacia el horizonte—. Tarde o temprano, las dos se encontrarían. Lo que me aterra es que ahora no hay nadie que pueda separarlas si todo se rompe.

 

Helena lo miró fijamente.

 

—Debes saber algo: nadie obliga a Nara a hacer esto. No recibe órdenes de nadie. No lo hace por la Resistencia.

 

—Lo sé —asintió él—. Lo hace por ella. Por Kizara.

 

Julián recordó cómo se miraban: la devoción silenciosa, el cuidado mutuo, la forma en que Nara parecía haber encontrado en Kizara algo que ningún programa podía explicar.

 

—Hará cualquier cosa por no perderla —dijo—. Y esta vez no será distinto.

 

En ese instante, la tierra vibró.

 

Una columna de humo se alzó a lo lejos. Luego vino el estruendo, sordo y lejano.

 

—¡¿Qué fue eso?! —alguien gritó.

 

Una segunda explosión sacudió el aire. Una tercera iluminó las colinas con un destello fugaz.

 

Helena giró hacia el sonido.

 

—La Resistencia ya comenzó. Están golpeando su ruta: minas, cargas, barreras… para frenar su avance.

 

Julián tragó saliva. Cada explosión era un recordatorio: la batalla se acercaba. Y en medio de ella, las dos muchachas.

 

—Debemos partir —decidió Helena—. Ya no podemos esperar.

 

Los vehículos arrancaron. Familias enteras subieron con lo que pudieron cargar. Niños, ancianos, todos juntos, alejándose de lo que había sido su hogar. Julián se detuvo un instante frente a la iglesia, con las puertas abiertas, los bancos vacíos. Había sido refugio, consuelo, esperanza. Ahora quedaba atrás.

 

—¿Volveremos? —preguntó en voz baja.

 

Helena negó suavemente.

 

—No lo sé.

 

Subió al vehículo. Antes de que la puerta se cerrara, miró una última vez hacia el horizonte, donde el humo seguía creciendo. No podía pelear por ellas. No podía protegerlas. Solo podía pedir.

 

—Vuelvan sanas —susurró al viento—. Por favor, vuelvan.

 

El motor rugió. El asentamiento se desvaneció entre la bruma del camino. Y allá, más allá de las colinas, el fuego de la batalla esperaba.

 

El bosque se había convertido en un infierno de humo, fuego y metal retorcido. El estruendo de disparos y explosiones sacudía la tierra, mientras el aire se llenaba del olor penetrante a tierra quemada, plástico fundido y aceite caliente. Entre los árboles caídos y las barricadas improvisadas, la Resistencia luchaba con la desesperación de quien sabe que no puede retroceder más.

 

Máquinas yacían por todas partes: algunas destrozadas por completo, con circuitos expuestos brillando entre restos de carcasa; otras, sin piernas, seguían disparando desde el suelo, apuntando con brazos mecánicos a todo lo que se movía. Los drones caían del cielo como aves heridas, derribados por viejos rifles, armas modificadas y explosivos recuperados. Pero por cada máquina que caía, dos más tomaban su lugar.

 

—¡A cubierto! ¡Vienen por la derecha!

 

Una ráfaga atravesó el follaje. Los combatientes se agacharon tras los restos de un transporte blindado mientras las balas golpeaban el metal con un tableteo ensordecedor. Al otro lado, entre el humo, surgieron nuevas siluetas: robots humanoides de combate, cuerpos pulidos diseñados para la destrucción, moviéndose con una precisión que helaba la sangre. Algunos llevaban armas integradas en los antebrazos; otros disparaban desde montajes en los hombros.

 

—¡Que no crucen la línea!

 

La respuesta fue una lluvia de disparos. Una máquina recibió impactos en el pecho y cayó de rodillas; otra perdió un brazo y siguió avanzando. Desde lo alto de una ladera, un combatiente lanzó un explosivo que estalló en medio de las filas enemigas, enviando varias unidades al suelo. Pero el avance no se detuvo.

 

En las trincheras, hombres y mujeres con prótesis reforzadas luchaban hombro con hombro. Una mujer con un brazo mecánico levantó un escudo energético que brilló al recibir el impacto de una descarga. A su lado, un hombre con pierna artificial embistió con un escudo de acero, empujando a una máquina que intentaba abrirse paso.

 

—¡Ahora!

 

Varios disparos concentrados derribaron a la unidad. Pero antes de que pudieran respirar, otra ráfaga los obligó a regresar a la protección de la zanja. La batalla no daba tregua.

 

En el puesto de mando improvisado, un mapa holográfico mostraba el campo de batalla cubriéndose de puntos rojos. Una operadora miró las lecturas con el ceño fruncido.

 

—Las unidades dispersas en la región están convergiendo. Todas vienen hacia aquí.

 

—Era previsible —respondió uno de los oficiales, apretando los dientes—. Llevamos años siendo una molestia. Ahora somos el objetivo.

 

—¿Cuántas vienen?

 

—Más de las que podemos contar.

 

El oficial señaló una zona más allá del frente.

 

—Nuestra misión no es ganar. Es comprar tiempo.

 

Nadie respondió. Todos entendían lo que significaba: resistir, aunque el costo fuera alto. Obsidian aún no había llegado. Y cuando lo hiciera, todo cambiaría.

 

—¡Contacto al norte!

 

La advertencia recorrió las líneas. Entre los árboles aparecieron nuevas figuras. Eran distintas: más esbeltas, de proporciones casi humanas, rostros sin expresión, miradas fijas y frías. No eran máquinas comunes. Eran unidades derivadas del modelo de Obsidian: menos destructivas, pero infinitamente más peligrosas en combate, capaces de coordinarse con una precisión casi perfecta.

 

—Mierda... —murmuró alguien.

 

Avanzaron sin correr, sin disparar al azar, cubriéndose unas a otras, aprovechando cada sombra y cada obstáculo. Una de ellas levantó la vista y sus ojos artificiales barrieron las trincheras.

 

—Objetivos identificados.

 

Las armas se alzaron al unísono. La descarga golpeó las barricadas. Los combatientes respondieron, pero las unidades se dispersaron antes de que los disparos pudieran concentrarse. Una saltó sobre el borde de la zanja; antes de que nadie reaccionara, ya había derribado a un hombre. Otra avanzó por la espalda de un grupo, bloqueando golpes con movimientos rápidos como el rayo.

 

Entonces alguien se lanzó desde un costado: un combatiente con brazo protésico que empuñaba una cuchilla de energía. La unidad retrocedió, pero él no dio tregua.

 

—¡Conmigo!

 

Los más experimentados de la Resistencia se sumaron al ataque. No eran soldados comunes: conocían los patrones, los movimientos, los puntos débiles. Sabían que contra estas máquinas un error podía ser el último. La lucha se volvió cuerpo a cuerpo, feroz y silenciosa.

 

En el puesto de mando, la operadora alzó la voz:

 

—¡Las unidades coordinadas están rompiendo nuestras líneas!

 

—¿Quién las contiene?

 

—Los equipos de avanzada.

 

El oficial asintió. Eran los mejores. Aun así, cada minuto que pasaba costaba vidas.

 

—¿Obsidian?

 

—Sin señal. Todavía no llega.

 

El hombre miró hacia el horizonte, donde el humo se mezclaba con la luz del atardecer.

 

—Entonces resistan hasta que lo haga.

 

—¿Y después?

 

Guardó silencio un instante.

 

—Después... todo dependerá de Nara.

 

La batalla continuó. El bosque ardía. Las trincheras se llenaban de humo y de heridos. Los drones seguían cayendo y otros tomaban su lugar. Las unidades coordinadas avanzaban paso a paso, imparables, letales. Y todos, en medio del fuego, sabían algo: esto no era la verdadera batalla. Era solo el precio por abrirle camino a ella.

 

Más allá de las colinas, Obsidian seguía avanzando. Y cuando finalmente apareciera, el mundo sostendría la respiración.

 

El frente se había convertido en algo distinto. Ya no era solo ruido y fuego: era una danza de violencia controlada. Allí donde las líneas se doblaban bajo el avance de las unidades coordinadas, surgieron los que habían visto nacer esta resistencia. Hombres y mujeres marcados por cicatrices de guerras pasadas, que conocían cada movimiento de las máquinas, que sabían dónde golpear para que dejaran de funcionar. No peleaban por primera vez. Peleaban para que otros no tuvieran que hacerlo.

 

A la cabeza de todos ellos avanzaba Torin. Era el más veterano, con el rostro surcado de cicatrices y una pierna mecánica que no ocultaba, sino que llevaba con orgullo. En sus manos empuñaba un hacha forjada en energía pura: su hoja brillaba con un resplandor azul cegador, y cada golpe no solo cortaba, sino que soltaba descargas de electricidad que recorrían los cuerpos de las máquinas, aturdiendo sus circuitos y dejándolas indefensas para que el resto terminara el trabajo.

 

—¡No les den respiro! —rugía, y su hacha trazaba arcos de luz que partían robots por la mitad y dejaban a otros temblando en el suelo, inútiles.

 

A su derecha, Lyra se movía con calma inquebrantable. Con ambos brazos extendidos, generaba escudos de energía que envolvían a sus compañeros, desviando descargas y deteniendo proyectiles antes de que pudieran tocarlos. Donde ella estaba, la línea no cedía.

 

Y a su izquierda, Kael se convertía en un borrón de movimiento. Sus piernas reforzadas lo llevaban de un extremo a otro del frente, apareciendo donde más se le necesitaba, golpeando y desapareciendo antes de que las máquinas pudieran apuntarle.

 

Juntos habían resistido lo imposible. Pero el campo de batalla guardaba algo más.

 

Torin dio un paso adelante, listo para derribar una unidad que se acercaba. Y entonces lo sintió. No lo oyó: lo sintió en la piel, como una caída de temperatura brusca. Una sombra se abatió sobre él desde el humo, portando una lanza que brillaba con un tono oscuro, casi negro.

 

Torin alzó el hacha para bloquear. El impacto fue tan fuerte que el suelo a sus pies se agrietó. Retrocedió dos pasos, pero no cayó. Frente a él, la figura se enderezó: esbelta, de ojos sin brillo, perfecta y aterradora.

 

—Obsidian —pronunció él, con voz ronca.

 

La conocía. No era la primera vez que se enfrentaban. Antes, la había visto avanzar con otras fuerzas, y entonces había logrado contenerla apenas. Pero ahora estaba aquí, y su mirada era más fría, más afilada. Eliminarlo a él era la prioridad: sin líder, la resistencia se fragmentaría.

 

—Tu posición es el punto de estabilización —dijo ella, con voz que no parecía suya—. Debo eliminarte.

 

—Inténtalo —respondió Torin, y alzó el hacha.

 

La batalla comenzó de verdad.

 

Obsidian no era una oponente común. Sus nanomáquinas reconfiguraban su cuerpo en pleno movimiento: la lanza se transformaba en espada, luego en látigo, luego en escudo, adaptándose a cada golpe. Y a su lado, cinco drones flotaban en formación compacta, lanzando rayos láser que cortaban el aire, obligando a los tres a moverse sin detenerse.

 

—¡Lyra, a la derecha! —gritó Kael, apareciendo de la nada para apartar a la mujer de un rayo.

 

—¡Cúbranse! —respondió ella, expandiendo un escudo que absorbió tres descargas a la vez.

 

Torin cargó, haciendo girar el hacha para acumular energía. El choque con el arma de Obsidian hizo saltar chispas por todas partes. Ella retrocedió un instante, pero no por debilidad: calculaba. Sus ojos recorrían cada movimiento, cada respiración, cada tensión muscular.

 

—Patrón de ataque predecible —dijo, y su espada se alargó de golpe.

 

Torin desvió el golpe por milímetros, pero la punta le rasgó el hombro.

 

—No soy el mismo que enfrentaste antes —escupió él, lanzando una descarga eléctrica directa hacia ella.

 

Obsidian bloqueó, pero la sacudida la hizo detenerse una fracción de segundo. Eso fue suficiente para que Kael pasara como un rayo, golpeándola en la pierna y obligándola a girar.

 

—¡Lyra!

 

La mujer creó un escudo justo detrás de ella, atrapándola entre tres frentes. Torin lanzó el hacha con fuerza total. El impacto hizo vibrar el aire. Obsidian se vio obligada a retroceder, y por un instante pareció tambalear.

 

Pero entonces sus ojos cambiaron de tono.

 

—Análisis completo —dijo—. Eficiencia: 42%. Insuficiente.

 

Los drones modificaron su formación. En lugar de atacar juntos, se separaron: dos mantuvieron a raya a Kael con disparos rápidos y sucesivos; otros dos concentraron fuego sobre Lyra, obligándola a dividir su escudo; y el quinto disparó directamente al suelo cerca de Torin, creando una zona de calor que le impidió avanzar.

 

Obsidian avanzó entre ellos. Su lanza reapareció, más larga y brillante que antes. Golpeó el escudo de Lyra y este se agrietó. Kael intentó rodearla, pero ella lo esperó, lanzando un golpe lateral que él apenas esquivó. Torin se lanzó con todo su peso, pero ella desvió el hacha con un movimiento casi desdeñoso y la empuñadura de su arma golpeó al veterano en el pecho, lanzándolo hacia atrás.

 

—Torin —gritó Lyra, pero dos rayos cruzaron el aire hacia ella y tuvo que protegerse.

 

Obsidian se detuvo frente a Torin, que intentaba incorporarse con dificultad. Su lanza se alzó.

 

—Su capacidad de lucha ha disminuido —dijo—. No pueden superarme.

 

Torin apretó el hacha con ambas manos, haciendo un esfuerzo por levantarse. Sabía que tenía razón. Ella era más rápida, más fuerte, más capaz de calcular cada movimiento antes de que ocurriera. Pero miró a Lyra, que sostenía el escudo con las manos temblorosas, y a Kael, que seguía moviéndose sin detenerse jamás.

 

—Quizás no podamos vencerte —dijo, respirando con dificultad—. Pero sí podemos darle tiempo.

 

Golpeó el suelo con el hacha. Una descarga de energía se expandió hacia afuera, obligando a Obsidian a retroceder.

 

—Y eso es suficiente.

 

Obsidian ladeó la cabeza.

 

—Cálculo de probabilidades: su sacrificio no alterará el resultado final.

 

—Eso aún no lo has visto —respondió él.

 

Los tres volvieron a acercarse, cansados, heridos, pero sin ceder un paso.

 

Obsidian alzó su lanza, la punta brillando con una luz oscura y letal. Torin, arrodillado en el suelo, herido y agotado, levantó la vista. No huyó. No suplicó. Solo sonrió, con una mezcla de resignación y orgullo, aceptando que este era el precio que debía pagar. Sus compañeros gritaron su nombre, pero ninguno pudo atravesar el campo de fuego a tiempo. Kael fue frenado por los rayos de los drones; Lyra sostenía su escudo con las manos temblorosas, sin fuerzas para protegerlo.

 

—Gracias por el tiempo —murmuró Torin.

 

Obsidian descendió con toda su fuerza. El aire pareció rasgarse. Pero justo cuando la punta de la lanza iba a tocarlo, la tierra misma respondió. El suelo se agrietó con un estruendo ensordecedor, y dos paredes inmensas de roca se elevaron a ambos lados de Obsidian, chocando la una contra la otra con violencia brutal.

 

El impacto sacudió el bosque entero. Polvo y fragmentos volaron por todas partes. Cuando el humo se disipó, las rocas estaban aplastadas entre sí, pero ella no estaba allí.

 

Obsidian surgió de los escombros, rápida como un rayo, apenas afectada, su lanza transformada en un hacha inmensa y oscura. Respiró hondo, recuperando el equilibrio… y entonces algo chocó contra su arma con una fuerza que hizo vibrar el aire.

 

El suelo se quebró bajo sus pies. La onda expansiva lanzó a varios combatientes hacia atrás. Obsidian retrocedió dos pasos, apretando el hacha con ambas manos, sorprendida por la potencia del golpe. Frente a ella, la figura que acababa de detenerla se mantuvo firme, sin moverse ni un centímetro.

 

En sus manos sostenía una hoz forjada de luz plateada y nanomáquinas que brillaban igual que las de ella, pero con un resplandor distinto: cálido, decidido, propio.

 

—Yo soy tu oponente ahora —dijo Nara.

 

Su voz no temblaba. Se plantó frente a su hermana, firme como la roca que acababa de levantar, la empuñadura de la hoz apretada con determinación. No había venido a esconderse ni a pedir clemencia. Había venido a enfrentarse a lo que su hermana se había convertido.

 

Los ojos de Obsidian se iluminaron con un brillo analítico. Escaneó a la chica de arriba abajo.

 

—Unidad independiente —declaró, con tono frío y exacto—. Prioridad reasignada. Eliminación de la Resistencia: pospuesta. Objetivo principal: Nara.

 

Las cinco drones que la acompañaban giraron al instante, apuntando todos sus rayos hacia la recién llegada. Nara no se inmutó.

 

—Kizara —dijo sin apartar la vista de su hermana—. Ayuda a los demás a retirarse.

 

—Ten cuidado —respondió la chica, con la voz entrecortada, y corrió hacia donde estaban los heridos, guiando a las familias y a los combatientes hacia la zona segura, lejos de lo que estaba por comenzar.

 

Nara y Obsidian se quedaron solas en medio del claro. Ambas retrocedieron al mismo tiempo, sincronizadas, como si compartieran un mismo instante de reconocimiento. Las armas se reconfiguraron: la hoz de Nara brilló con mayor intensidad; el hacha de Obsidian se transformó en una espada larga y afilada como una cuchilla de hielo.

 

Se miraron a los ojos. Dos hermanas. Dos destinos. Una batalla que nadie más podía librar.

 

—No hay vuelta atrás —dijo Obsidian.

 

—Lo sé —respondió Nara—. Pero no voy a dejar que te destruyas a ti misma.

 

Ambas saltaron al mismo tiempo. El choque fue tal que el cielo pareció temblar.

Thoughts

  • LauraLetras

    Antes de toda la batalla, el capítulo se toma su tiempo con los que no pueden pelear: Julián mirando la iglesia con los bancos vacíos, Helena subiendo al vehículo y pidiéndole al viento que vuelvan sanas. Esa mitad fue la que más me pesó, porque ellos ya saben que solo les toca esperar. Después de lo que Nara le prometió al niño la vez pasada, verla irse así sin saber si vuelve se siente el doble.

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  • novelaacuestas

    Treinta capítulos esperando a las dos hermanas frente a frente, y llegan con Kizara mandada a sacar heridos y Torin arrodillado dándole las gracias a Obsidian por el tiempo. Pensé que Torin se iba ahí mismo. Lo que me preocupa es lo que promete Nara, que no va a dejar que su hermana se destruya: quien pelea para salvar al otro se guarda golpes, y Obsidian no se guarda ninguno. Me da que Nara sale herida de esta.

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