Hola… No sé muy bien cómo estructurar esta carta. No sé si llegará a tus manos, si la guardarás con el mismo celo con el que yo atesoro las tuyas. Pero aquí me tienes, escribiéndote desde mi rincón en Japón, donde todo hacia afuera parece perfecto y ordenado, pero por dentro habitan silencios que nadie se detiene a escuchar.
Hoy la lluvia cayó durante horas sobre el tragaluz. Y pensé en ti. Me pregunté cómo sonará tu voz, cuál será el eco de tu risa y de qué manera miras el mundo. No tengo tu rostro, pero me bastan tus palabras para dibujarte en mi mente.
En este internado la exigencia es ahogante. Se me pide ser la mejor, la más fuerte, la más brillante. Pero cuando despliego tus cartas, me me es permitido ser simplemente yo: la chica que suspira en la penumbra, la que sonríe a solas por las noches, la que sueña con un amor que no exige presencia para sentirse profundamente real.