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Capítulo 28: Una nueva vida

DNavarrete
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Las semanas siguientes transcurrieron envueltas en una calma que Kizara creía haber perdido para siempre. En la isla, el tiempo no se medía con números ni máquinas: lo marcaba el sol que se…

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Nara diciendo que siempre fue útil, con media sonrisa, justo cuando Kizara le dice que se está volviendo importante para todos. Me hace pensar en que esa diferencia entre ser útil y ser importante es lo que la isla le está enseñando, y apuesto a que Obsid

Nara diciendo que siempre fue útil, con media sonrisa, justo cuando Kizara le dice que se está volviendo importante para todos. Me hace pensar en que esa diferencia entre ser útil y ser importante es lo que la isla le está enseñando, y apuesto a que Obsidian nunca tuvo a nadie que se la explicara. Por eso la transmisión pesa tanto!

Contenido de la publicación

Las semanas siguientes transcurrieron envueltas en una calma que Kizara creía haber perdido para siempre. En la isla, el tiempo no se medía con números ni máquinas: lo marcaba el sol que se deslizaba sobre el mar, el canto de las aves que regresaban al atardecer, y el cambio sutil en el viento cuando la noche comenzaba a acercarse. Cada amanecer abría las puertas al trabajo; cada mediodía traía el descanso junto a la sombra y el agua fresca; y cuando el sol se hundía en el horizonte, las hogueras encendían una a otra, tejiendo un collar de luz entre los asentamientos.

 

Para Kizara, todo aquello era natural: era el ritmo de su hogar. Pero para Nara, cada día era un descubrimiento.

 

Al principio, lo observaba todo con la misma precisión con la que habría inspeccionado un terreno desconocido. Contaba pasos, calculaba tiempos, medía distancias y memorizaba cada movimiento, cada herramienta, cada palabra que se repetía en el trabajo. Pero poco a poco, aquellos registros dejaron de ser solo datos. Empezó a comprender el sentido de todo aquello. Y entonces dejó de mirar… para empezar a hacer.

 

Aprendió mucho más rápido de lo que nadie habría imaginado.

 

—¡Nara, a tu izquierda! —gritó Kizara desde la orilla, con el agua hasta la cintura.

 

Nara giró. Vio el movimiento, la sombra que rompía la superficie. Su mano se alzó antes de que el pez terminara de caer. La lanza se deslizó por el aire, precisa y silenciosa. Cuando descendió, el pez quedó sujeto, brillando bajo el sol.

 

—¡Bien hecho! —celebró Kizara saliendo del agua—. ¡Cada vez eres más rápida!

 

Nara levantó la presa y la examinó con calma.

 

—He mejorado mi precisión en un diecisiete por ciento respecto a la sesión anterior.

 

Kizara soltó una carcajada.

 

—¡No tienes que convertir todo en estadísticas! ¡Estamos pescando, no haciendo un informe militar!

 

Nara ladeó levemente la cabeza, confundida.

 

—¿Existe alguna diferencia práctica? El objetivo es el mismo: atraparlo.

 

Kizara se quedó mirándola un instante, con una sonrisa tierna en los labios.

 

—A veces olvido que… bueno… que no eres como nosotras.

 

Nara guardó el pez junto a los demás y la miró de frente.

 

—Yo también lo olvido a veces.

 

Aquella respuesta, dicha con sencillez y sin rastro de tristeza, hizo que el corazón de Kizara diera un vuelco. Nara no estaba solo aprendiendo a sobrevivir. Estaba aprendiendo a vivir.

 

Y su presencia comenzó a transformar la vida de la isla.

 

La pesca rindió más. La caza requirió menos tiempo. Podía cargar troncos que habrían necesitado a cuatro hombres, recorrer senderos escarpados sin fatigarse, y oler o escuchar lo que nadie más percibía mucho antes de que cualquier peligro estuviera cerca. Pero su mayor regalo no fue fuerza ni agudeza. Fue su conocimiento.

 

Meses atrás, un enorme deslave había sepultado el camino que unía dos de los asentamientos. Rocas gigantescas caídas desde la montaña habían bloqueado por completo la ruta. Durante semanas intentaron apartarlas con palancas y cuerdas, hasta que terminaron por rendirse. Desde entonces, para ir de un pueblo a otro debían rodear media isla, perdiendo medio día de viaje cada vez.

 

Hasta que Nara se acercó a aquel muro de piedra.

 

—Esta ruta puede recuperarse —dijo posando una mano sobre una de las rocas.

 

Los habitantes la miraron con escepticismo.

 

—Son demasiado pesadas… Nadie las moverá.

 

—No hace falta empujarlas todas a la vez —explicó ella señalando los huecos y las piedras más pequeñas que sostenían a las grandes—. Primero se quitan las que están abajo. Entonces las superiores pierden su apoyo y se desplazan solas.

 

Kizara se acercó y le puso una mano en el hombro.

 

—Nara… no tienes que esforzarte tanto. Nadie te lo exige.

 

Nara la miró con serenidad.

 

—No lo hago para demostrar nada. Lo hago porque es necesario.

 

Y comenzó.

 

Primero apartó las piedras menores. Después, metiendo las manos en las grietas, tiró de las rocas medianas como si fueran ramas secas. Cuando llegó el turno de las más enormes, se colocó en posición, respiró hondo, y empujó. La piedra crujió, se deslizó, y cayó rodando ladera abajo.

 

Todos guardaron silencio. Nadie había visto jamás algo así.

 

Día tras día volvieron. Nara señalaba cuáles mover primero, cómo apoyar palancas, dónde hacer fuerza para que el peso ayudara. Y al tercer día, el camino volvió a aparecer.

 

Un anciano fue el primero en recorrerlo. Caminó despacio, acariciando las paredes de roca, con los ojos llenos de asombro.

 

—Creí que nunca volveríamos a pasar por aquí… —susurró. Se giró hacia Nara y le tomó las manos entre las suyas—. Gracias, muchacha. Nos has devuelto el camino.

 

Nara se quedó inmóvil. No estaba acostumbrada a agradecimientos.

 

—No fue nada… solo las moví.

 

Kizara se acercó por detrás y le susurró al oído:

 

—Para ti fue solo mover piedras. Para ellos fue volver a estar juntos.

 

Nara la miró, y entonces comprendió. No era solo un camino. Era poder volver a ver a familiares, intercambiar ayuda, llevar medicinas a quien enfermaba, compartir lo que cada pueblo producía. Había reunido lo que la tierra había separado.

 

La isla no era un solo lugar: eran cuatro comunidades repartidas por valles, costas y tierras altas. Cada una tenía lo suyo: unas pescaban, otras cultivaban frutas y raíces, otras criaban animales y fabricaban herramientas. Cuando a una le faltaba algo, las demás ayudaban. Y cada mes, un pequeño barco cruzaba hacia el continente para traer lo que ya no sabían fabricar: hierbas curativas, herramientas de hierro, semillas, telas. Llevaban a cambio lo que la isla daba: pescado seco, frutas secadas al sol, maderas, hierbas. Vivían con poco, pero vivían compartiendo.

 

Y allí fue donde Nara trajo algo más valioso que fuerza o agudeza: trajo conocimientos que el mundo había olvidado.

 

No podía reconstruir fábricas ni máquinas. Pero conocía lo que los humanos habían usado siglos antes de que todo se volviera complicado y frágil. Sabía cómo vivían cuando no había electricidad, cuando todo se construía con lo que la tierra entregaba.

 

—Antes se hacían canales de madera y piedra —les explicó una tarde mientras dibujaba en la tierra—. El agua baja por gravedad. No hace falta cargarla. Solo hay que guiarla.

 

Construyeron pequeños canales que llevaban el agua del arroyo directamente hasta los huertos. Y cuando vieron cómo el agua corría sola, sin que nadie cargara un cubo, muchos no podían creerlo.

 

—También se pueden conservar los alimentos más tiempo —les dijo después—. Con sal, humo y secado al sol. Y si se guardan en recipientes bien cerrados y enterrados en la tierra fresca, duran meses sin echarse a perder.

 

Les enseñó a construir esos depósitos subterráneos, frescos y oscuros, donde guardar comida para los días de lluvia o cuando el mar se ponía bravo. Les mostró cómo curar redes con resina para que no se pudrieran tan pronto, cómo hacer herramientas mejores calentando el hierro y dándole forma, cómo construir techos que no dejaran pasar el agua usando capas de tierra y hierba prensada. Les habló de giras para descansar la tierra y de asociar cultivos para que se ayudaran entre sí. De poleas simples para subir cosas pesadas sin tanto esfuerzo. De hornos de leña que guardaban el calor y cocinaban con poca madera.

 

Conocimientos antiguos, sencillos, olvidados por generaciones que habían vivido acostumbrados a que las máquinas hicieran todo. Y ahora, cuando las máquinas ya no existían, saberlos se había vuelto un tesoro.

 

Una tarde, junto al primer depósito de agua construido siguiendo sus indicaciones, Kizara se acercó y la miró mientras todos trabajaban.

 

—¿Sabes? —le dijo sonriendo—. Lo que acabas de enseñarles va a cambiarles la vida. Ya no tendrán que cargar agua desde el arroyo al atardecer, cansados después de todo el día.

 

Nara la miró con seriedad.

 

—Ese era el objetivo. Que el trabajo sea menor.

 

Kizara rio suavemente.

 

—Pues entonces… te estás volviendo muy importante para todos.

 

Nara guardó silencio un instante. Luego miró a su alrededor: a las personas que construían, que reían, que explicaban a otros lo que habían aprendido; a los niños que corrían persiguiéndose entre las casas sin miedo, sin ruido de máquinas ni amenazas.

 

—Siempre fui útil —respondió al fin, con una media sonrisa.

 

Kizara soltó una carcajada.

 

—¡Eso sí que no ha cambiado nada!

 

Nara siguió mirando todo aquello. Y por primera vez, no calculaba distancias ni amenazas ni rutas de huida. Solo miraba. Vio cómo alguien ayudaba a otro a levantar una piedra. Cómo se compartía el pan sin contarlo. Cómo se cuidaba a los pequeños sin que nadie se lo ordenara.

 

Kizara se colocó a su lado.

 

—¿En qué piensas?

 

Nara tardó unos segundos en responder, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado.

 

—Pienso… que estoy aprendiendo algo que no venía en ningún registro.

 

—¿Y qué es?

 

Nara miró a la gente, luego al mar, y finalmente a Kizara.

 

—Cómo viven los humanos cuando no están luchando. Cuando no tienen miedo.

 

Kizara la miró con ternura y le puso una mano suave sobre el brazo.

 

—Entonces todavía te queda muchísimo por aprender.

 

Nara asintió despacio.

 

—Lo sé.

 

Y cuando Kizara empezó a caminar de regreso al pueblo, Nara la siguió. No porque una orden se lo pidiera. No porque fuera su deber. Simplemente… porque quería caminar a su lado.

 

Las semanas siguientes continuaron fluyendo con una calma que Nara todavía estaba aprendiendo a comprender. Ya no era una extraña entre ellos. Al principio, todos la miraban de lejos: aquella joven alta, de porte impecable, movimientos demasiado precisos y una forma de hablar tan distinta a la de cualquier habitante de la isla… era imposible no notarla. Pero poco a poco, la extrañeza se transformó en respeto, luego en confianza, y finalmente en cariño.

 

Y fue entonces cuando surgió algo que Nara jamás había previsto.

 

Los niños.

 

—¡Nara! ¡Ven rápido!

 

Tres pequeños corrieron hacia ella desde el otro lado del asentamiento, con los rostros encendidos por la prisa y las manos agitándose en el aire.

 

Nara se detuvo con las cajas que transportaba apoyadas contra el suelo.

 

—¿Cuál es el motivo de la urgencia?

 

—¡Vamos a jugar! —dijo el más pequeño, tirándole suavemente de la manga.

 

—Estoy realizando una tarea —respondió ella señalando las cajas.

 

—¡Después la terminas! —insistió otro.

 

—Debo cumplir con la tarea asignada.

 

—¡Pero tú eres rapidísima! ¡Terminas en un segundo!

 

Nara guardó silencio unos instantes, procesando el argumento.

 

—Eso es cierto —admitió al fin.

 

—¡Entonces vienes con nosotras y nosotros te ayudamos después! —prometió la niña que había permanecido callada hasta entonces.

 

Nara miró las cajas. Luego a los tres rostros que la miraban con ojos brillantes. Y finalmente suspiró.

 

—De acuerdo. Pero deben ayudarme después.

 

Los niños celebraron a gritos.

 

—¡Sí! ¡Vamos a jugar a las escondidas!

 

Nara ladeó levemente la cabeza.

 

—¿Escondidas?

 

—¡Sí! Uno cuenta y los demás se esconden. ¡Y hay que encontrarlos!

 

—Comprendido.

 

Y así comenzó lo que sería, para Nara, uno de los ejercicios más desconcertantes y fascinantes de su existencia.

 

Porque Nara era demasiado buena jugando.

 

Cuando le tocaba buscar, encontraba a todos en cuestión de segundos.

 

—Encontré a Mateo. Detrás de aquel arbusto.

 

—¡¿Cómo lo sabes?! ¡Estaba bien tapado!

 

—Tu respiración era audible.

 

—¡Pero estaba escondido! —protestó el niño saliendo entre las hojas.

 

—Eso no anula el sonido de tu respiración —respondió Nara con total seriedad.

 

Y así con todos. Bajo las mesas, dentro de los cobertizos, entre cajas, incluso una vez dentro de un barril vacío… Nara los encontraba siempre. No importaba cuán bien creían haberse ocultado. Su oído, su vista, su capacidad para notar la más mínima alteración en el entorno… hacían que el juego fuera casi injusto.

 

Pero lo verdaderamente imposible era cuando le tocaba esconderse a ella.

 

Los niños podían buscar durante horas. Revisaban cada rincón, cada hueco, cada lugar que alguien pudiera imaginar. Y nada. Nara no aparecía.

 

Una tarde, mientras el sol comenzaba a teñir de dorado los techos de las casas, los tres niños recorrían desesperadamente el asentamiento.

 

—¡Ya miramos todo! —decía uno, sin aliento.

 

—¡No puede haber desaparecido! —respondía otro.

 

—¡Entonces busquemos otra vez!

 

Mientras tanto, Nara permanecía completamente inmóvil. Colgada boca abajo desde una de las vigas altas del cobertizo más grande, con las piernas sujetas con firmeza, las manos cruzadas sobre el pecho y el cabello cayendo suavemente hacia el suelo. No se movía. No respiraba. Y aunque técnicamente no necesitaba hacerlo… aquella quietud absoluta la hacía prácticamente invisible.

 

Abajo, los niños pasaron y repasaron tres veces.

 

—¡No está aquí! —gritaron alejándose.

 

Nara esperó unos segundos más. Luego se soltó y descendió sin hacer el menor ruido, aterrizando suavemente sobre sus pies como si pesara menos que una pluma.

 

Cuando finalmente la encontraron, casi al atardecer, descubriendo por casualidad la sombra entre las vigas… quedaron absolutamente indignados.

 

—¡¿Estabas arriba TODO ESTE TIEMPO?! —gritó el mayor con los ojos muy abiertos.

 

—Sí —respondió Nara, ya en el suelo y acomodándose la ropa.

 

—¡Pero nadie se esconde en el techo! ¡Es imposible subir ahí!

 

—Precisamente por eso nadie lo buscó —explicó ella con calma—. Era el lugar más seguro.

 

Los niños se quedaron callados. Era injusto. Era imposible. Pero… tenía todo el sentido del mundo.

 

Y desde aquel día, el juego cambió. Los niños empezaron a pensar de forma distinta. Y los adultos… bueno, los adultos empezaron a apostar.

 

—Yo digo que se irá hacia el bosque —decía uno.

 

—No, ella ya hizo eso —respondía otro—. Buscará algo más difícil.

 

—¿Entonces cerca del río?

 

—Demasiado obvio.

 

Y entre todos, había una persona que siempre sonreía sin dudar.

 

Kizara.

 

—Yo digo que estará en el lugar que ninguno de ustedes está mirando —dijo ella una tarde, cruzándose de brazos y observando el asentamiento.

 

Todos la miraron.

 

—¿Tan segura estás? —preguntó la Abuela Mira con una sonrisa.

 

—Completamente.

 

—¿Y por qué piensas así?

 

—Porque ustedes buscan donde ustedes se esconderían. Pero Nara no piensa como nosotros.

 

—¿Y tú sí sabes cómo piensa? —insistió un hombre.

 

Kizara soltó una pequeña risa y señaló hacia una estructura de madera vieja y abandonada, que casi nadie recordaba que existía.

 

—Allí. En lo más alto.

 

Todos miraron confundidos.

 

—¿Ahí? ¿Por qué ahí? No hay ni dónde esconderse.

 

—Exactamente —respondió Kizara—. Por eso ella elegiría ese lugar.

 

Los niños corrieron. Revisaron el granero, el río, los árboles, los cobertizos… nada. Hasta que uno de los adultos, levantando la cabeza hacia aquella estructura olvidada, señaló hacia arriba con la boca entreabierta.

 

—Esperen… miren allá.

 

Todos alzaron la vista.

 

Y allí estaba Nara. Sentada con tranquilidad sobre una de las vigas más altas, inmóvil como una estatua, observándolos desde arriba.

 

—¡Nara! —gritaron todos a la vez.

 

Ella levantó una mano y saludó con naturalidad.

 

—Hola.

 

Saltó hacia abajo y aterrizó suavemente frente a ellos, sin hacer ruido, sin prisa.

 

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó uno de los hombres mirando a Kizara—. ¿Cómo sabías que estaría ahí?

 

Kizara se encogió de hombros, mirando a Nara con ternura.

 

—Porque Nara siempre elige el lugar donde nadie pensaría buscar. Ella no piensa como nosotros. Piensa… mejor.

 

Nara la miró y ladeó la cabeza.

 

—Eso no requiere gran inteligencia. Solo requiere no buscar donde uno mismo se escondería.

 

Los niños protestaron, riendo y prometiendo que la próxima vez sí la encontrarían. Nara los miró con seriedad y luego dijo algo que dejó a todos en silencio:

 

—Espero que lo logren.

 

El niño más pequeño parpadeó.

 

—¿De verdad quieres que te encontremos?

 

—Sí —respondió Nara sin dudarlo.

 

—¿Por qué?

 

Nara guardó silencio unos segundos, como si buscara dentro de sí la palabra exacta. Y entonces, mirando a Kizara de reojo, dijo:

 

—Porque sería divertido.

 

Kizara abrió los ojos de par en par.

 

—¿Sabes que acabas de decir que algo sería divertido? —le susurró cuando los niños se alejaron planeando su próxima estrategia.

 

Nara asintió, caminando a su lado.

 

—Sí.

 

—Eso es nuevo en ti. Antes no decías cosas así.

 

Nara la miró de reojo y una sombra de sonrisa apareció en sus labios.

 

—Lo sé. Estoy aprendiendo.

 

Kizara sonrió, sintiendo que el corazón se le llenaba de calidez.

 

—Lo sé. Y lo estás haciendo muy bien.

 

Detrás de ellas, los niños ya corrían discutiendo nuevos planes. Y los adultos… bueno, los adultos ya estaban preparando sus apuestas para la próxima vez. Porque todos habían comprendido una lección: encontrar a Nara no se trataba de buscar como humanos. Se trataba de pensar como ella.

 

Y hasta entonces… solo Kizara sabía cómo hacerlo.

 

Mientras en la isla los días transcurrían entre juegos, trabajo y una tranquilidad que Nara todavía estaba aprendiendo a comprender y disfrutar, al otro lado del océano la realidad era muy distinta. Allí la calma había desaparecido. El caos había estallado días atrás, y cada hora que pasaba parecía empeorar todo aún más.

 

En el mercado negro, aquel lugar que durante años había sido un refugio seguro para quienes vivían fuera del control de la IA Central, reinaba la prisa y el pánico.

 

—¡Cierra esa caja y corre! —gritaba alguien.

 

—¡No podemos llevarnos todo! —respondía otra voz.

 

——¡Entonces deja lo que no sea indispensable y muévete!

 

Los puestos eran desmontados a toda velocidad. Mercancías, herramientas, provisiones… todo se guardaba apresuradamente. Algunos discutían sobre qué valía la pena salvar; otros simplemente tomaban lo que tenían en las manos y huían sin mirar atrás.

 

Porque durante los últimos días habían llegado personas desde los asentamientos más lejanos. Al principio fueron unas pocas. Luego decenas. Y todos contaban lo mismo, con los ojos desorbitados por el terror.

 

Los habían encontrado.

 

Las patrullas de la IA Central aparecían de la nada. Y tras ellas… llegaba ella.

 

Obsidian.

 

La unidad que la gente empezaba a llamar La Parca. No porque portara un arma de ese nombre, ni porque se ocultara entre sombras. Sino porque allá donde aparecía, la muerte la seguía.

 

—Arrasaron con todo —decía un hombre con voz temblorosa mientras cargaba bultos—. En menos de una hora.

 

—¿Cuántos…? —preguntaron en voz baja.

 

—Los que se resistieron… no sobrevivió ninguno. A los demás… se los llevaron.

 

Nadie necesitó preguntar qué significaba eso. Reeducación. Instalaciones oscuras donde borraban recuerdos, convicciones, voluntades. Algunos regresaban de allí. Pero ya no eran ellos mismos.

 

—¿Cómo pudieron encontrarlos tan rápido? —preguntó alguien, aterrorizado—. Estaban escondidos en un lugar que nadie conocía.

 

Nadie respondió. Pero todos sabían la respuesta. Alguien los estaba encontrando. Uno por uno.

 

El mercado negro había sobrevivido durante años precisamente porque nadie sabía dónde estaba. Pero ahora esa seguridad se había roto. Las rutas de vigilancia habían cambiado. Y alguien estaba señalando los lugares más ocultos.

 

—Tenemos que irnos —dijo la voz del viejo comerciante.

 

Todos se callaron. Él permanecía dentro de un almacén, guardando documentos en una caja, mientras a su lado Iris terminaba de reunir lo esencial.

 

—Ya casi está todo —dijo ella.

 

—Entonces nos marchamos.

 

—Iris cerró la caja y miró hacia la entrada—. ¿Crees que vendrá hasta aquí?

 

El viejo guardó silencio. Sabía perfectamente de quién hablaba.

 

—Si ya encontró tantos… es cuestión de tiempo.

 

—La Parca —susurró ella, con un escalofrío que le recorrió el cuerpo.

 

El viejo tomó su abrigo.

 

—Debemos estar lejos antes de que llegue.

 

—¿Y si ya sabe que estamos aquí?

 

El viejo se detuvo. Ese miedo lo había acompañado desde el primer día.

 

—Entonces nos moveremos más rápido.

 

—¿A dónde iremos?

 

—Aún no lo sé.

 

—Eso no tranquiliza en absoluto.

 

—No pretendía hacerlo.

 

Iris suspiró.

 

—Extraño los días en que nuestro mayor problema era que alguien intentara estafarnos.

 

—Yo extraño los días en que podía dormir ocho horas seguidas —respondió él con amargura.

 

Ambos estuvieron a punto de sonreír. Pero entonces el viejo sintió una vibración en su bolsillo.

 

Sacó un pequeño dispositivo. En la pantalla brillaba una sola línea: Comunicación entrante — Cifrado Nivel N-17.

 

El viejo se quedó inmóvil.

 

—¿Quién es? —preguntó Iris acercándose.

 

—Ella —respondió él.

 

Con manos rápidas introdujo claves, descifró códigos, conectó el aparato a una pequeña terminal.

 

—Espero que todavía pueda recibir esto desde tan lejos —murmuró.

 

—¿No está en la isla? —preguntó ella.

 

—Sí. Pero este protocolo… atraviesa cualquier distancia.

 

Pulsó la tecla de envío. Y una señal, débil pero precisa, comenzó a viajar cruzando el océano.

 

Muy lejos de allí, en la isla…

 

Nara estaba sentada junto a Kizara. Los niños ya se habían escondido y esperaban que ella empezara a buscarlos.

 

—¡Esta vez sí te encontraremos! —habían prometido.

 

—Eso espero —les había respondido ella.

 

—¡Y no puedes subirte a los techos!

 

—Esa regla no se mencionó antes —había señalado Nara con calma.

 

—¡Debería ser obvia! —había protestado el niño.

 

Kizara se había reído.

 

—Buena suerte explicándole eso a una IA.

 

Nara estaba a punto de responder cuando… se detuvo. Su expresión apenas cambió. Pero Kizara la conocía demasiado bien.

 

—¿Nara?

 

Los ojos de Nara se iluminaron levemente.

 

—Estoy recibiendo una transmisión.

 

—¿De quién?

 

Nara guardó silencio unos segundos mientras descifraba el mensaje que aparecía solo para ella. Luego respondió con voz serena pero tensa:

 

—Del continente.

 

La sonrisa de Kizara desapareció por completo.

 

—¿Qué dice?

 

Nara comenzó a leer en voz baja:

 

    La situación ha cambiado. La IA Central ha iniciado una operación de purga a gran escala. Varios asentamientos han sido localizados y destruidos. Las patrullas han cambiado sus rutas. Obsidian está al frente de las operaciones. La llaman La Parca. Allí donde llega, nadie queda en pie salvo quienes son llevados para reeducación. El mercado negro ya no es seguro. Estamos evacuando. No sabemos cuánto tiempo tenemos. NO REGRESES AL CONTINENTE.

 

Kizara apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

 

—Obsidian… —susurró—. Ella está haciendo todo esto.

 

Nara cerró el mensaje. Su rostro seguía impasible, pero en lo más profundo de sus procesos algo se agitaba. Una sensación que no tenía nombre. Preocupación. No por sí misma. No por Kizara. Sino por ella. Por Obsidian. Por aquella hermana que una vez le había sonreído tras un cristal y le había prometido enseñarle el mundo.

 

Kizara la miró, percibiendo su silencio.

 

—¿Qué ocurre? Hay algo más, ¿verdad?

 

Nara tardó en responder. Luego negó levemente.

 

—Nada que debas cargar ahora.

 

—Nara… —insistió Kizara, frunciendo el ceño.

 

—Estoy procesando la información.

 

Kizara la miró con desconfianza. Sabía que Nara le ocultaba algo. Pero antes de poder insistir, la voz de un niño los interrumpió.

 

—¡Nara! ¡Ya nos escondimos! ¡Empieza a buscar!

 

Nara giró la cabeza. Vio al pequeño que la miraba esperando, con los ojos brillantes y la respiración entrecortada por la emoción.

 

Nara miró hacia el mar. Hacia donde se encontraba el continente. Donde todo se estaba desmoronando. Donde su hermana recorría tierras destruyendo todo a su paso.

 

Y luego miró al niño. A la isla tranquila. A Kizara, que la miraba con ternura y preocupación.

 

Y entonces, por encima de todo aquello, decidió.

 

Devolvió la mirada al pequeño y una sonrisa pequeña, suave y genuina apareció en sus labios.

 

—Comprendido. Comenzaré a buscar.

 

Se levantó. Y mientras el continente se hundía en sombras y miedo… Nara decidió proteger también este momento. Esta calma. Esta vida que estaba aprendiendo a vivir.

 

No era una orden.

 

Era su elección.

Thoughts

  • MarianelaVidal

    Me acompañó todo el día el anciano que recorre el camino despacio, tocando las paredes de roca. Meses dando media vuelta a la isla para ver a los suyos y de golpe puede ir y volver en una tarde. Después está Nara guardándose lo de Obsidian para que Kizara no cargue con eso: me da la impresión de que es la primera vez que calla algo para cuidar a alguien, y que eso también lo aprendió mirando cómo se cuidan en la isla sin decirse nada.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Che, que el viejo mande la transmisión justo cuando alguien está marcando los escondites uno por uno me pone nerviosísima. Apuesto a que esa señal N-17 es lo que termina llevando a Obsidian hasta la isla, y el viejo ni se lo imagina. Y Nara eligiendo ir a buscar a los nenes en vez de contarle a Kizara lo de su hermana... eso se cobra caro cuando la Parca pise la orilla.

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  • Ovid

    Nara diciendo que siempre fue útil, con media sonrisa, justo cuando Kizara le dice que se está volviendo importante para todos. Me hace pensar en que esa diferencia entre ser útil y ser importante es lo que la isla le está enseñando, y apuesto a que Obsidian nunca tuvo a nadie que se la explicara. Por eso la transmisión pesa tanto!

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  • renglontorcido

    Colgada de la viga 😂

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