Valerius primero lo compara con alguien que nunca perdió el apetito y luego le dice León en voz baja. Para mí ese alguien es el padre, y Valerius lo conoció de cerca: por eso le dio la pista justa y ni una palabra más. Evelyn también lo nota, por eso le pide que le explique todo después. Lo que me inquieta es que el que sabe quién es Gael sea el que menos le cuida los brazos. La que lo frena dos días es Akane.
Capítulo 23: una solución imposible
Pensamiento
Valerius primero lo compara con alguien que nunca perdió el apetito y luego le dice León en voz baja. Para mí ese alguien es el padre, y Valerius lo conoció de cerca: por eso le dio la pista justa y ni una palabra más. Evelyn también lo nota, por eso le p
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¡CLANG!
Una estaca de hielo surcó el aire y pasó rozando la mejilla de Gael, incrustándose con estruendo en la barrera protectora. Los cristales de escarcha estallaron en todas direcciones.
—¡¿PERO CUÁNTAS TIENE GUARDADAS?!
Gael se agachó justo a tiempo: otra estaca atravesó el espacio donde su cabeza había estado un instante antes, dejando tras de sí un rastro de aire helado. Apenas recuperó el equilibrio, el suelo bajo sus pies empezó a endurecerse y agrietarse.
—¡¿NO OTRA VEZ MÁS?!
Saltó hacia un lado justo cuando una columna de hielo se alzaba con violencia en el lugar que acababa de abandonar. Piedra y escarcha estallaron en fragmentos afilados que llovieron a su alrededor.
No tuvo ni un segundo para respirar. Tres nuevas estacas tomaron forma en el aire, apuntándolo con precisión.
—¡¡¡AAAAAH!!!
Salió corriendo mientras los proyectiles lo perseguían por la arena, que cada vez estaba más lisa y resbaladiza.
Desde las gradas, Astrid observaba con la boca entreabierta.
—Vaya… Anastasia realmente no está jugando. Ni un solo hechizo sobra.
—Nunca lo hace cuando se toma algo en serio —respondió Freya, con la mirada fija en el campo de batalla.
Akane asintió, siguiendo cada movimiento con atención.
—Y lo que la hace más peligrosa es que nada es azaroso. Cada estaca, cada muro, cada columna tiene un propósito. Lo está obligando a moverse exactamente donde ella quiere.
En efecto, Anastasia no desperdiciaba ni un solo gesto. Su varita trazaba arcos precisos, y su grimorio pasaba páginas por sí solo, liberando runas que brillaban con luz gélida. Gracias a ello, podía mantener varios hechizos activos al mismo tiempo mientras preparaba los siguientes. Y como había congelado prácticamente toda la arena, contaba con un océano de hielo bajo sus pies: material infinito del que extraer sus armas.
Estacas que brotaban de las paredes cuando intentaba rodearla.
Columnas que surgían del suelo para cortarle el paso o hacerlo tropezar.
Lanzas de hielo que se formaban en lo alto y descendían sobre él desde ángulos que no podía vigilar todos a la vez.
Y, por encima de todo, aquella muralla. Gruesa, impoluta, que se interponía entre ellos una y otra vez, devolviéndolo siempre al mismo punto.
—¡No puede ser! —Gael giró sobre sí mismo y esquivó una estaca que rozó su hombro. Aceleró, haciendo que relámpagos dorados envolvieran sus piernas como una segunda piel.
¡FSSSH!
Atravesó varios metros en un instante, la arena volando bajo sus pies.
—¡Ahora sí que llego!
Cerró el puño y se lanzó hacia adelante. Pero Anastasia ya alzaba la varita con calma.
—Muro de Hielo.
¡CRAAAAASH!
La barrera apareció de la nada, sólida como una montaña. El golpe de Gael impactó de lleno y la superficie cristalina se llenó de grietas, brillando bajo la luz. Por un instante pareció que iba a ceder.
¡BOOOOM!
El hielo estalló en miles de fragmentos. Pero Anastasia no se inmutó. La barrera había cumplido su función: había distribuido toda la fuerza del impacto a lo largo de su superficie, debilitándolo sin ceder por completo. Y lo más importante: le había ganado tiempo.
—Estaca glacial.
¡SHINK! ¡SHINK! ¡SHINK!
Tres proyectiles salieron disparados desde detrás de los cristales rotos, antes de que el eco del choque se hubiera apagado.
Gael retrocedió en volandas. Esquivó las dos primeras; la tercera le rasgó la ropa del costado y lo obligó a dar un traspié. Antes de que pudiera reaccionar, una nueva capa de hielo recubría la brecha. La muralla estaba de nuevo entera.
Se quedó mirándola, sin aliento.
—…Es imposible.
Al otro lado, Anastasia lo observaba a través de una abertura circular que se desplazaba con él: cuando él iba a la izquierda, el ojo de hielo la seguía; cuando intentaba rodear la muralla, la abertura cambiaba de posición sin perderlo de vista. Y si amagaba acercarse por otro ángulo, una estaca o una columna surgían de inmediato para rechazarlo.
—No tiene sentido que sigas intentándolo del mismo modo —dijo ella con voz serena, como si estuvieran conversando en un jardín—. Ya has comprobado que puedo detenerte.
—¡Y tú has comprobado que puedo romper tus muros! —replicó él, golpeando el aire con el puño.
—Sí. Y mientras tú rompes uno, yo construyo el siguiente.
Gael apretó los dientes.
—¡Eso es hacer trampa!
Anastasia parpadeó, sinceramente confundida.
—¿Por qué?
—¡Porque te quedas ahí escondida lanzándome cosas y yo tengo que esquivarlo todo! ¡No es justo!
Ella suspiró suavemente.
—Gael, ¿crees que todos tus enemigos correrán hacia ti para pelear cuerpo a cuerpo?
—Bueno… ¡sería lo normal!
—No. Sería lo que a ti te resultaría cómodo. —Su tono se mantuvo tranquilo, pero firme—. En este mundo hay magia. Habrá quienes ataquen desde lejos, quienes preparen trampas, quienes alteren el suelo bajo tus pies o usen poderes que ni siquiera entenderás al principio. Si todos pelearan como Astrid, bastaría con ser más fuerte.
Sus ojos azules brillaron con una determinación helada.
—Pero nadie te dará la oportunidad de pelear en tus propios términos.
Gael abrió la boca para responder, la cerró, volvió a abrirla…
—¡Pues aun así! ¿No podrías dejar de lanzarme cosas cinco segundos?
—No.
—¡¿POR QUÉ NO?!
—Porque estás intentando acercarte a mí.
—¡¡¡ES QUE ES LO ÚNICO QUE SÉ HACER!!!
—Entonces aprende algo nuevo —dijo ella con una sonrisa dulce que, en aquel momento, resultaba escalofriante.
Gael sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Esta chica da más miedo que Astrid…
Desde las gradas, Astrid se puso de pie de un salto.
—¡¿CÓMO QUE DOY MÁS MIEDO?!
—¡NO TE ESTOY HABLANDO A TI!
—¡¡¡GAEL!!!
Freya se tapó la boca para ahogar una risa.
Akane negó con la cabeza, pero con una media sonrisa.
—Increíble. Lo están acorralando y todavía encuentra tiempo para discutir.
—Eso también es parte de su talento —dijo Freya.
—¿Discutir?
—Sobrevivir a sus propios momentos de distracción.
La situación empeoraba por momentos. El frío se extendía como una manta pesada. La escarcha recorría sus botas y subía por sus pantalones; cada paso requería más esfuerzo que el anterior. El aire helado le raspaba la garganta y le dificultaba respirar: cuanto más rápido corría, más se le encogía el pecho. Y Anastasia no hacía nada espectacular para aprovecharlo: simplemente mantenía la presión. Lo obligaba a moverse sin descanso, sin darle un instante para recuperar el aliento.
Era como una telaraña. Cuanto más luchaba por liberarse, más energía gastaba. Y en el centro, la tejedora esperaba con paciencia infinita.
Gael saltó justo antes de que el suelo bajo él se convirtiera en una estaca afilada. Esquivó dos lanzas que cruzaron el aire donde iba a pasar, corrió hacia la derecha y se topó con un muro que surgió de la nada. Lo golpeó, se hizo pedazos, retrocedió para esquivar una nueva andanada, y el muro se reconstruyó detrás de él. Otra vez lo mismo.
—¡Uuuugh! —Se detuvo jadeando, las manos en las rodillas—. ¡Esto no tiene fin!
—¿Te rindes? —preguntó Anastasia, sin alterar el tono.
—¡Jamás!
—Entonces continúa.
—¡No tienes que decirlo con tanta calma!
Levantó la vista hacia ella. Ya no estaba solo enfadado: estaba atascado. Contra Astrid había podido leer sus movimientos, esperar el momento justo y usar su propia fuerza contra ella. Pero Anastasia no cargaba contra él. No venía. No le daba nada que redirigir. Simplemente estaba allí, detrás de su barrera, controlando el campo de batalla como si fuera un tablero.
Gael apretó los puños.
¿Qué hago cuando no me dejan acercarme?
Una estaca apareció frente a él y la esquivó por instinto. Otra brotó a su espalda y giró para evitarla. Cuando aterrizó, el suelo empezó a elevarse.
—¡¡¡YA ESTÁ BIEN!!!
Se lanzó hacia adelante atravesando una nube de cristales. Anastasia levantó la varita.
—Muro de Hielo.
¡BOOOOM!
El choque rompió la barrera una vez más. Y una vez más, Anastasia aprovechó la fracción de segundo para enviarle un chorro de aire helado que lo empujó hacia atrás. Cayó varios metros más lejos, sin aliento, y la muralla se recompuso como si nada hubiera pasado.
—…Odio ese muro —murmuró, poniéndose de pie.
—Y yo agradezco su solidez —respondió ella con una pequeña sonrisa.
—¡Ya lo sé! —Gael levantó las manos, exasperado—. ¿Cómo se supone que voy a tocarte si no sales de ahí?
—No me escondo. Mantengo mi posición.
—¡Pues parece lo mismo!
—La diferencia es que yo sé por qué lo hago.
Aquella frase lo calló. Ella tenía razón. Él seguía intentando hacerlo todo de la única forma que conocía, sin darse cuenta de que ella ya lo había previsto.
Desde las gradas, Valerius, que había permanecido en silencio todo este tiempo, soltó un suspiro teatral.
—Qué idiota.
Gael giró la cabeza bruscamente.
—¡¿A QUIÉN LLAMAS ASÍ?!
—A ti, muchacho. ¿A quién más?
—¡¿PUEDES DEJAR DE INSULTARME Y DECIRME ALGO ÚTIL?!
Valerius sonrió con esa media sonrisa que siempre le resultaba tan irritante.
—Deja de intentar llegar a ella.
—…¿Qué?
—Si no te deja acercarte, golpea sin acercarte.
Gael lo miró como si le hubiera dicho que el sol sale por el oeste.
—¿Cómo? ¡No tengo magia para lanzar cosas!
—¿Quién ha dicho que necesites magia?
Se quedó callado. Miró sus manos: los relámpagos dorados seguían envolviéndolo, brillando con fuerza. Miró la muralla. Volvió a mirar sus manos. La energía no estaba solo en sus puños. Estaba en todas partes, a su alrededor, esperando.
Valerius asintió lentamente.
—Eso es. Piénsalo.
Gael chasqueó los dedos.
—¡Ah!
Anastasia entrecerró los ojos. Algo había cambiado.
—¿Qué…?
—¡Gracias! —le gritó a Valerius, con una sonrisa radiante.
—No te emociones —respondió él—. Cualquiera con dos dedos de frente lo habría visto.
—¡Y sigues siendo un amargado, pero esta vez tienes razón!
Gael volvió a mirar a Anastasia. Su expresión ya no era de frustración. Estaba iluminada por una idea nueva.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó ella, apretando la varita un poco más. Su grimorio pasó una página por sí solo.
—No estoy seguro de que funcione —reconoció él, rascándose la nuca—. Pero si sale bien… al menos te tocaré.
—Recuerda lo que dije —respondió ella, con una chispa de desafío en los ojos—. Si me tocas, el pastel que quieras.
—¡Pues prepárate!
Astrid se llevó las manos a la cabeza.
—¡NO PUEDE SER! ¡¿EN SERIO PIENSA EN EL PASTEL AHORA MISMO?!
Freya rio entre dientes.
—Al menos no ha perdido el enfoque.
Akane se inclinó hacia adelante. Los relámpagos dorados alrededor de Gael empezaban a desprenderse de él: pequeñas chispas que flotaban en el aire, brillando con luz propia, alejándose de sus manos y llenando el espacio a su alrededor. Valerius lo observaba con una expresión más seria que antes.
—Así que por ahí vas… —murmuró.
Gael levantó ambos brazos. La energía dorada se multiplicó. Uno, diez, cientos de destellos llenaron la arena congelada, iluminando los cristales de hielo como si fueran diamantes.
—Muy bien… —susurró—. Veamos si esto funciona.
Anastasia tensó la varita y preparó su defensa más sólida. No sabía qué iba a hacer. Pero por primera vez en todo el combate, no estaba segura de que su muro fuera suficiente.
Gael extendió las manos y empujó la energía hacia adelante. No corrió. No dio un paso. Simplemente soltó lo que llevaba dentro.
Los relámpagos dorados recorrían el cuerpo de Gael como si buscaran un camino, y él los observaba con los ojos entrecerrados. Había algo que no terminaba de encajar. Valerius le había dicho que golpeara sin acercarse. Al principio le había parecido la idea más absurda del mundo: ¿cómo tocar a alguien a varios metros de distancia sin lanzar hechizos? Pero ahora, viendo cómo su energía se extendía más allá de sus puños, una posibilidad empezaba a tomar forma.
—Muy bien… Creo que sé cómo hacerlo.
Al otro lado de la arena, Anastasia entrecerró los ojos. El aire helado a su alrededor pareció enfriarse aún más.
—¿Qué estás tramando?
Gael levantó la cabeza y sonrió, nervioso pero decidido.
—¡Es una sorpresa!
—No me gustan las sorpresas —respondió ella, abriendo el grimorio de golpe—. Menos cuando vienen de alguien que aún no comprende su propio poder.
—¡Eso ha sonado bastante ofensivo!
—No pretendía ser amable.
Su varita brilló con luz gélida.
—¡Estacas de Hielo!
¡SHINK! ¡SHINK! ¡SHINK! ¡SHINK!
Cuatro estacas brotaron simultáneamente de distintos puntos de la arena y surcaron el aire hacia él. Gael saltó hacia un lado; la primera pasó rozando su manga, la segunda se clavó en el suelo donde había estado su pie un instante antes. Siguió moviéndose mientras pensaba en voz alta, casi sin darse cuenta:
—Si la energía puede recorrer mi cuerpo… ¿por qué no dejarla salir por completo? No concentrada en el puño… sino enviada hacia adelante…
Una columna de hielo se alzó justo frente a su rostro. Se inclinó hacia atrás y la esquivó por centímetros, sintiendo el frío cortante en la nariz.
—¡Por poco!
—¡Deja de distraerte! —le gritó Anastasia.
—¡ES DIFÍCIL CON TODO ESTO VOLANDO ENCIMA!
Ella no le dio tregua. Cada cambio de dirección de Gael era respondido con precisión: estacas que lo empujaban hacia donde las columnas ya esperaban para cerrarle el paso, muros laterales que reducían su espacio, y la barrera principal, siempre firme, siempre vigilante a través de aquella mirada circular en el hielo.
Está intentando preparar algo, pensó ella. Lo había notado desde que él empezó a mirarse las manos. Pero no sé qué… y no voy a esperar a descubrirlo.
Pasaron diez segundos. Quince. Gael seguía esquivando, saltando, deslizándose sobre la escarcha, buscando sin saber exactamente dónde. Hasta que sus ojos se iluminaron.
—¡Ya lo entiendo!
Anastasia frunció el ceño.
—¿Qué…?
Él esquivó una estaca que pasó a milímetros de su mejilla y dio un impulso hacia arriba, quedando suspendido en el aire un instante, con los relámpagos dorados envolviéndolo por completo. Ella tensó la varita: viene hacia mí. Era lo lógico. Si saltaba, podría levantar otra barrera y detenerlo igual que siempre.
Pero Gael no se lanzó contra ella. Giró apenas el torso, extendió el brazo y lanzó el puño al vacío.
—¡Toma!
Anastasia parpadeó.
—¿…Eh?
Por una fracción de segundo creyó que había perdido el juicio. Entonces…
¡CRAAAAAASH!
La muralla de hielo a su derecha estalló en una lluvia de cristales, reducida a polvo y fragmentos antes de que pudiera reaccionar.
—¡¡¡¿QUÉ?!!!
Se volvió bruscamente. No había visto llegar nada. Ningún proyectil, ningún haz visible, ningún hechizo reconocible. Solo un movimiento de su brazo… y el impacto. Como si la fuerza del golpe hubiera viajado por el aire hasta el muro.
Gael aterrizó unos metros más allá, esquivando por poco una nueva estaca que se clavó en el suelo.
—¡Ufff! Eso ha estado cerca…
Las gradas guardaban un silencio absoluto. Astrid tenía la boca entreabierta. Freya se había puesto de pie. Akane apretaba el borde de la barandilla.
—¿Cómo…?
Clara Rosenfeld se aferró a la barandilla.
—¡¿Acaba de romperla sin tocarla?!
Su zorro soltó un chillido agudo.
Clara Weiss asintió lentamente, recomponiendo la escena en su mente.
—No fue magia convencional… El impacto coincidió exactamente con el movimiento de su puño. La energía viajó por el aire.
Valerius sonrió, recostándose en su asiento.
—Por fin.
Evelyn lo miró de reojo.
—¿Sabías que podía hacerlo?
—No exactamente —respondió él, sin apartar la vista de la arena—. Pero sabía que encontraría el camino.
Gael se miró el puño, asombrado.
—¡Funcionó! —Miró los restos del muro y frunció el ceño—. Aunque… no fue suficiente. Llegó tarde.
Anastasia ya levantaba la varita.
—¡No pienso quedarme quieta mientras experimentas!
—¡Ya me he dado cuenta!
Una nueva andanada de estacas salió disparada. Gael corrió pegado a la pared exterior, esquivando, pensando. Más rápido. Tiene que ser más rápido. Y no uno solo… varios, desde distintos lados, antes de que pueda levantar las defensas.
Saltó sobre una columna que se alzó bajo él y giró en el aire. Los relámpagos se concentraron en sus puños con una intensidad nueva. Aterrizó, no se detuvo… y golpeó de nuevo, sin mover el brazo.
¡ZAAASH!
Un haz de luz dorada surcó la distancia. Anastasia apenas tuvo tiempo de reforzar la barrera antes de que impactara.
¡BOOOOM!
El hielo se agrietó.
—¡¿Qué?!
Un segundo golpe llegó al mismo punto antes de que pudiera repararlo.
¡CRAAASH!
—¡Imposible…!
Un tercero golpeó desde la izquierda.
¡BOOOOM!
Abrió los ojos de par en par. No mueve los brazos… lo hace sin gesto, sin aviso… Gael se movía tan rápido alrededor de la arena que su silueta se convertía en un rastro dorado, y desde cada posición la energía salía disparada hacia ella. Uno, tres, cinco impactos seguidos, desde direcciones distintas, sin pausa.
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
Ella respondió desesperadamente: muros nuevos que surgían donde se rompían, capas superpuestas, hechizos del grimorio activándose a toda velocidad. Pero cada barrera era golpeada antes de consolidarse. Ya no controlaba el campo de batalla. Ya no dictaba el ritmo. Era ella quien tenía que reaccionar, quien tenía que correr, quien apenas podía seguirle el paso.
—¡¿Cuántos puede lanzar?! —jadeó, retrocediendo por primera vez.
En las gradas la emoción estalló.
—¡Ataca sin acercarse! —exclamó Astrid—. ¡Cada golpe llega solo con pensarlo!
—Proyecta su energía —dijo Freya, maravillada—. No necesita tocar nada.
Akane asintió lentamente.
—Y cada vez va más rápido. Lo está dominando.
Valerius soltó una carcajada.
—¡Así se hace! ¡Dales donde duele, muchacho!
Evelyn negó con la cabeza, aunque una sonrisa se le escapaba.
—Más tarde me explicarás todo esto.
—Ahora disfrutemos el espectáculo.
Anastasia retrocedió hasta quedar sin espacio. La arena ya no era suya. Levantó ambas manos y gritó:
—¡Barrera de Hielo Absoluto!
Una cúpula maciza se formó a su alrededor, opaca y fría como un invierno eterno. Los haces dorados chocaron contra ella.
¡BOOM! —tembló la estructura.
¡BOOM! —una grieta recorrió su cara interna.
¡BOOM! —se extendió hasta la base.
—¡Resiste…! —susurró ella, inyectando más energía.
El último impacto sacudió la cúpula de punta a punta.
¡CRAAAAAAAAASH!
Se hizo pedazos. Cristales volaron por todas partes, cegando la visión por un instante. Anastasia se cubrió la cara con los brazos. Cuando bajó las manos, no vio a nadie. No había rastro dorado, no había haces, no había ataques.
—¿Qué…? —Miró a su alrededor—. ¿Dónde está…?
Lo sintió antes de verlo. Justo delante de ella, muy cerca.
—¡¿Eh?!
Gael estaba allí. Había aprovechado la confusión para acercarse en silencio. Tenía un pie adelantado, el puño derecho levantado, y los ojos dorados fijos en ella. Sonreía.
—Tú… —empezó ella.
Él lanzó el golpe. El puño pasó rozando su mejilla, agitando sus cabellos blancos, y se estrelló contra la pared de entrenamiento justo detrás de ella.
¡BOOOOOOM!
La pared tembló. Una marca profunda quedó grabada en la piedra reforzada. El silencio volvió a caer, pesado y lleno de asombro. Anastasia podía sentir el aire movido por el puño en su rostro. Si hubiera querido golpearla a ella… lo habría hecho sin dificultad.
Gael retiró la mano y se enderezó con calma.
—¡Gané!
Ella lo miró. Luego la pared. Luego a él otra vez.
—…¿Qué fue eso?
—Pues… te toqué sin acercarme —dijo él, rascándose la nuca—. Al final me acerqué solo para terminar bien.
—¡PERO ESO NO ERA LO IMPORTANTE!
—¿Entonces gané o no gané?
Anastasia abrió la boca, la cerró, suspiró y bajó la varita.
—…Sí. Has ganado.
—¡El enfrentamiento ha terminado! —La voz de Akane resonó clara—. ¡El ganador es Gael!
Las gradas estallaron. Clara saltó aplaudiendo, Astrid gritaba sin saber exactamente qué, Freya sonreía sacudiendo la cabeza. Gael se giró hacia Anastasia con una sonrisa brillante.
—Entonces… el pastel. ¿Me lo compras?
Ella se quedó inmóvil unos segundos, luego se llevó una mano a la frente.
—No puedo creerlo. Destruye media arena, descubre un poder nuevo y solo piensa en eso.
—¡De chocolate con crema, por favor!
—¡Sí, Gael, te lo compraré! —dijo ella, entre la exasperación y una sonrisa que no pudo ocultar del todo—. El más grande de la cafetería.
Valerius rio a carcajadas.
—¡Exactamente igual que él!
Evelyn lo miró.
—¿Igual que quién?
El guerrero sonrió, pero su mirada se perdió en la distancia.
—Alguien que también aprendió que su fuerza no tenía límites… y que nunca perdió el apetito.
Miró a Gael, que ya discutía con Clara sobre si ponerle dos capas de crema.
—Estás empezando a despertar, León… —susurró, solo para él—. Y todavía no sabes quién eres en realidad.
Gael se dejó caer sobre los escalones con un suspiro largo, como si todo el peso de la arena se le viniera encima. Apoyó los antebrazos en las rodillas y respiró hondo, sintiendo cómo el aire fresco le devolvía poco a poco la calma.
—Por fin… Necesito no moverme durante tres días seguidos.
Miró a las cuatro chicas que lo habían acompañado hasta allí y no pudo evitar sonreír, aunque le costó un poco. Había enfrentado a Astri y Anastasia.
, una tras otra. Aceptar combates contra las estudiantes más fuertes de la Academia Saint Aurora quizá no había sido su decisión más sensata. Sin embargo…
—Y encima conseguí dos pasteles —murmuró para sí mismo—. Bueno, uno todavía está pendiente.
Astrid lo miró, todavía sin dar crédito.
—En serio… perdimos contra el enano.
—¡No soy un enano! —protestó él de inmediato, sin levantar la cabeza del todo.
Anastasia, sentada a su lado, cruzó los brazos y contempló el espacio vacío de la arena.
—No me lo recuerdes. Sigo intentando recomponer cómo atravesaste mi Barrera de Hielo Absoluto. No había fisura, no había debilidad… simplemente estalló.
—¡Ves! Hasta tiene el oído de uno —señaló Astrid.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?! —Gael alzó la voz, incorporándose del todo.
Anastasia dejó escapar una pequeña risa, pero su expresión volvió a ser seria al instante.
—Admito que fue una derrota inesperada. Sin embargo, la próxima vez no volveré a cometer el mismo error. Encontraré la forma de prevenir esos ataques tuyos.
—¡Eso mismo digo yo! —Astrid se golpeó el pecho con fuerza—. La próxima vez lo lanzo tan lejos que tendrá que pedir direcciones para volver.
—Preferiría que no me lanzaras a ningún lado… —murmuró Gael.
Mientras ellas planificaban su revancha, Freya permanecía unos pasos más atrás, con una pequeña pantalla mágica sostenida entre las manos. Había grabado cada combate y ahora repasaba las imágenes con detenimiento, sus ojos violetas siguiendo cada movimiento. Primero el enfrentamiento contra Astrid. Luego el de Anastasia. Y después, una y otra vez, la secuencia donde Gael había hecho pedazos las defensas de hielo sin acercarse.
Finalmente levantó la vista.
—Gael, ¿puedo preguntarte algo?
—¿Mmm? Claro.
Freya se acercó y le mostró la grabación. La imagen mostraba el instante exacto: él golpeaba el aire, sin proyectil, sin hechizo visible… y la muralla estallaba.
—¿Qué hiciste aquí exactamente? Lo he visto varias veces y no logro identificar qué tipo de energía es la que viaja entre tu puño y la barrera. No se parece a ninguna magia que conozca.
Gael se recostó en el escalón superior, apoyándose en los codos.
—Ah, eso… En realidad fue idea del profesor Valerius.
Akane lo miró con atención.
—¿Valerius?
—Sí. Me dijo que si no me dejaba acercarme, tenía que golpear sin acercarme. Al principio no entendía qué quería decir. Pensé que tenía que lanzar algo, pero yo no sé hacer magia como ustedes. Así que probé otra cosa: concentré toda la fuerza que tenía en el puño y la envié hacia adelante.
Señaló la pantalla.
—El primer golpe que funcionó fue este. No fue uno solo, sino cinco, todos en el mismo punto y tan rápido que parecieron uno. La fuerza se acumuló y la barrera no tuvo tiempo de resistir.
El silencio cayó sobre el grupo. Freya bajó lentamente la pantalla. Anastasia dejó de cruzar los brazos. Astrid parpadeó. Akane entrecerró los ojos.
—Espera —dijo Anastasia—. ¿Cinco golpes?
—Sí.
—¿En el mismo punto?
—Exactamente.
—¿Casi al mismo tiempo?
—Tan rápido que yo mismo apenas los distinguí.
Freya volvió a mirar la imagen, ahora con una expresión mucho más seria.
—Eso explicaría todo… Si varios impactos llegan juntos, la resistencia del material no tiene tiempo de recuperarse entre uno y otro. La fuerza se suma y el efecto es devastador.
—¡Eso es! —exclamó Gael, contento de que alguien lo comprendiera—. Pero entonces me di cuenta de que Anastasia se defendería antes de que pudiera repetirlo. Así que necesitaba algo más fuerte y más rápido.
—¿Más rápido? —repitió Akane.
—En lugar de cinco, quince.
Nadie dijo nada. Ni siquiera Astrid. Gael continuó con total naturalidad, frotándose un hombro como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Tuve que acelerar tanto que apenas sentía los movimientos. Quince impactos casi a la vez en el mismo punto. Así la fuerza sería mucho mayor y llegaría antes de que pudiera levantar una nueva defensa. —Hizo una pequeña mueca—. Aunque ahora me duelen los brazos bastante. Supongo que exageré un poco. Espero no tener que guardar reposo… todavía me deben el pastel.
Levantó la vista y las encontró a todas mirándolo. No con amabilidad, ni con simple sorpresa. Lo miraban como si acabaran de decirles que el suelo bajo sus pies había estado flotando todo este tiempo.
—¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro?
Astrid se levantó de un salto.
—¡¿QUINCE GOLPES CASI SIMULTÁNEOS?!
—¡¿P-por qué gritas?! —Gael dio un respingo hacia atrás.
—¡¿CÓMO QUE QUINCE?! ¡¿TE DAS CUENTA DE LO QUE ESTÁS DICIENDO?! —lo agarró por los hombros y lo sacudió suavemente—. ¡Nadie puede hacer eso! ¡Ni los espadachines más rápidos logran tal velocidad sin técnicas especiales!
—¡Me estás mareando!
Anastasia apartó las manos de su compañera con firmeza.
—Suéltalo. No vamos a obtener nada así. —Lo miró a los ojos—. Entonces, cada vez que la barrera se rompía, no era un solo golpe poderoso. Eran quince, seguidos uno tras otro, tan rápido que parecían uno.
—Bueno, sí. Más o menos.
—Y decidiste aumentar de cinco a quince en mitad del combate, sin saber si tu cuerpo lo soportaría.
—Tenía que ganarte, ¿no? —dijo él con sencillez.
Anastasia se llevó una mano a la frente.
—He perdido contra alguien que inventó su propia técnica mientras luchaba…
—¡Y no soy un enano! —insistió él.
—¡Nadie habla de tu altura ahora mismo! —replicó ella.
Freya, que había permanecido en silencio, reprodujo la grabación otra vez, esta vez a cámara lenta.
—Hay algo más —dijo suavemente—. Si miramos el movimiento de tu brazo… apenas se mueve. No hay sacudidas, no hay giros. Si no viera el resultado, diría que no haces nada. ¿Cómo es posible?
Gael miró la imagen.
—Porque moví el brazo tan rápido que ni siquiera yo podía distinguir cada golpe. Desde fuera, seguramente parecía que apenas lo había movido.
Freya abrió los ojos ligeramente.
—No es que sean simultáneos por magia… Es que tu velocidad supera la capacidad del ojo para seguirte.
Akane dio un paso hacia él.
—Gael, lo que acabas de hacer no es algo que se aprenda en un día. Ni en un mes. Es algo que la mayoría de los luchadores nunca logran. Y tú lo descubriste solo, en mitad de dos combates, sin saber siquiera cómo lo hacías.
Él la miró, algo inquieto.
—¿Eso es malo?
—No es malo —dijo Akane, suavizando el tono—. Pero no debes hacerlo sin control. Freya tiene razón: si te duelen los brazos, es señal de que estás forzando tus límites. Podrías lastimarte de verdad.
Gael miró sus manos, abriéndolas y cerrándolas lentamente.
—Tiemblan un poco…
—¡¿Y LO DICES AHORA?! —gritaron Astrid y Anastasia al unísono.
—¡No me había dado cuenta!
Akane suspiró, frotándose el puente de la nariz, y lo miró con firmeza pero también con preocupación.
—Se acabaron los combates por hoy. Y además: los enfrentamientos contra Freya y contra mí quedan aplazados dos días, hasta que te recuperes por completo.
Gael abrió los ojos de par en par.
—¡¿DOS DÍAS?! ¡Pero puedo seguir entrenando!
—Precisamente por eso —insistió ella—. Necesitas descansar. Y mañana hablaremos con el profesor Valerius para entender qué está pasando con tu poder antes de que te hagas daño de verdad.
Gael se encogió un poco.
—¿Con Valerius? Me da miedo cuando sonríe de esa manera…
Las cuatro intercambiaron una mirada. Todas pensaban lo mismo: el verdadero problema no era que pudiera lanzar quince golpes en un instante. Era que lo hacía sin darse cuenta, sin jactarse, sin comprender que estaba rompiendo todas las reglas conocidas. Y lo único que realmente le importaba era el pastel.
Muy lejos, en algún rincón tranquilo de la academia, Valerius probablemente sonreía. Sabía algo que Gael aún no: aquello no era el límite. Era apenas el comienzo.
Thoughts
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PermalinkPah, Anastasia le dio la clase entera en plena pelea y el gurí la aprendió tan rápido que le ganó con eso mismo. Y ella se lo toma mejor que Astrid: en vez de jurar revancha, ya está pensando cómo frenar esos golpes.
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PermalinkValerius primero lo compara con alguien que nunca perdió el apetito y luego le dice León en voz baja. Para mí ese alguien es el padre, y Valerius lo conoció de cerca: por eso le dio la pista justa y ni una palabra más. Evelyn también lo nota, por eso le pide que le explique todo después. Lo que me inquieta es que el que sabe quién es Gael sea el que menos le cuida los brazos. La que lo frena dos días es Akane.
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La recepcionista terminó de registrar los datos de Haruki y Rei. Comprobó por última vez sus placas, sacó dos tarjetas metálicas y las colocó sobre el mostrador.
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Capítulo 35: Una alianza imposible
El edificio se alzaba en medio de una ciudad abandonada, rodeado de avenidas agrietadas y estructuras que llevaban siglos sin recibir mantenimiento. Durante la Edad de Oro de la humanidad, aquel…
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Capítulo 44: ¡Una princesa en la enfermería!
La enfermería de la academia estaba tranquila, iluminada por la luz del sol que entraba a través de las ventanas. El aroma del desinfectante flotaba suavemente en el ambiente mientras Minori-sensei…
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Capítulo 9: La primera cita
El sábado por la mañana, la estación central estaba mucho más concurrida de lo habitual. Personas entraban y salían sin detenerse, estudiantes aprovechaban el fin de semana para regresar a sus…
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Capítulo 11: Una convivencia complicada
Había pasado una semana desde el regreso de Yuji Kuzonoha. Y, contra todo pronóstico, había empezado a acostumbrarse a su nueva vida.
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Capítulo 77: una misión sin precedentes
El silencio volvió a apoderarse de cada rincón de la celda, y todas las miradas se clavaron en Anna con una mezcla de expectación y respeto. Myria seguía arrodillada frente a ella, inmóvil,…
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Capítulo 8: La peor batalla de Kael
Kael había sobrevivido a una guerra. Había derrotado a cuatro generales en segundos, se había enfrentado a bestias que devoraban ejércitos, había convencido a las Dríades y puesto orden en un reino…
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Capítulo 42: un nuevo amanecer
Era domingo por la mañana. El sol bañaba las calles con una luz cálida y agradable, iluminando los escaparates y a la gente que paseaba sin ninguna prisa. Por primera vez en semanas, Reika y Reina…
¡CLANG!