Kael había sobrevivido a una guerra. Había derrotado a cuatro generales en segundos, se había enfrentado a bestias que devoraban ejércitos, había convencido a las Dríades y puesto orden en un reino roto. Y sin embargo… jamás pensó que llegaría el día en que añoraría todo eso antes que enfrentarse a lo que tenía delante.
—Ah… ya veo la luz… —gimió tumbado boca arriba sobre la mesa, un brazo colgando, la mirada perdida—. Padre… Madre… ya voy…
A su alrededor, montañas de pergaminos, informes, cuentas, peticiones de reparación, solicitudes de nobles que querían más tierras y más títulos. Lili lo sacudía del hombro.
—¡Kael! ¡Despierta! ¡Todavía tienes que firmar todo esto!
Nada.
—¿Kael…? —lo miró preocupada.
—No te preocupes —suspiró Silvarena, frotándose el entrecejo—. Tu rey no ha muerto… solo está intentando convencer a su alma de que se vaya sin permiso.
Ragnha, con los brazos cruzados, miraba la escena como quien no puede creer lo que ven sus ojos.
—¿Este? —murmuró—. ¿Este es el mismo que nos venció a las cuatro?
Entonces algo pequeño y brillante cruzó la habitación volando. Era Kael, pero diminuto, luminoso, con cara de desesperación absoluta.
—¡ME NIEGO! ¡ME NIEGO ROTUNDAMENTE!
Velzaria avanzaba detrás, con una sonrisa peligrosamente tranquila y un talismán en la mano.
—¡Vuelve a tu cuerpo ahora mismo!
—¡NO!
—¡KAEL!
—¡QUIERO IRME A CONOCER A MIS ANTEPASADOS!
—¡No tienes antepasados aquí!
—¡Pues me busco unos nuevos!
La pequeña alma se coló entre dos estanterías. Velzaria la siguió.
—¡No puedes abandonar tu cuerpo solo porque hay papeles!
—¡No son papeles! ¡Es una tiranía! ¡Una conspiración contra mi salud mental!
Lili los miraba de uno a otro.
—¿Ese… es Kael?
—Lamentablemente —respondió Silvarena.
—Le pedimos que revise asuntos del reino. Una mañana. Solo una.
—¡UNA MAÑANA ENTERA! —gritó la vocecita desde detrás de una lámpara—. ¡Eso es crueldad!
—¡Estás bien vivo! —le gritó Velzaria—. ¡Y tienes deberes!
—¡Detalles, detalles!
Ragnha se tapó la cara con la mano.
—No puedo. No puedo creerlo. Nos derrotó a las cuatro. En menos de lo que tardo en desenvainar. ¿Y ahora huye de unos sellos de cera?
—Parece que sí —admitió Silvarena.
—¡Os estoy oyendo! —gritó Kael desde dentro de un jarrón—. ¡Y duele!
—¡Pues sal y firma! —le retó Ragnha.
—¡JAMÁS!
Velzaria respiró hondo. Una, dos veces. Su sonrisa se volvió aterradoramente dulce.
—Kael, querido. Sal ahora o usare el método B.
—¿Me vas a dejar todo para mañana?
—Peor.
El pequeño Kael asomó la cabeza.
—¿Peor cómo?
—Se lo contaré todo a Lili.
Silencio absoluto. Incluso Ragnha abrió los ojos. El alma palideció.
—Eso… eso es jugar sucio.
—Lo sé —sonrió Velzaria.
—¡Eres un monstruo!
—Soy la única que intenta que no nos quedemos sin rey.
Kael miró hacia la ventana.
—¡Adiós mundo cruel!
—¡No! —Velzaria lo atrapó justo antes de que escapara.
Cinco minutos después, acorralado contra una estantería, no tuvo escapatoria.
—¡Te tengo!
—¡NOOOOO!
¡PAM! El talismán se pegó directamente en su frente.
—¡Me has pegado un papel en la cara!
—Es un talismán de retorno.
—¡Me da igual cómo se llame!
—¡Llevas diez minutos intentando morir para no trabajar!
—¡Tengo principios!
—¡Tienes una pila de documentos sin firmar!
—¡Que los firme alguien que quiera ser rey!
Ambos se quedaron mirándose, de pie, ella imponente, él diminuto y furioso. Ninguno cedía.
—Esto es ridículo —murmuró Ragnha.
—Mucho —coincidió Silvarena.
Lili, en cambio, se tapó la boca para no reírse.
—¡Vamos, Kael! ¡Tú ganas! —lo animó.
—¡Lili, no lo incites! —advirtió Silvarena.
Demasiado tarde.
—¡Dile que me deje ir! —suplicó él.
Lili inclinó la cabeza.
—Pero si te vas… ¿quién me enseña a volar cometas? ¿Quién me lleva a ver el lago?
Kael se quedó congelado. Bajó los brazos lentamente.
—Eso… eso es muy bajo.
—¿Vas a volver? —preguntó ella suavemente.
Miró los pergaminos. Miró a Velzaria. Miró a Lili. Suspiró, profundamente, como quien acepta un destino terrible.
—Está bien. Vuelvo.
—Excelente —dijo Velzaria—. No lo lamentarás.
—Constará en mi testamento como la peor decisión de mi vida.
Activó el talismán. Una luz envolvió al pequeño espíritu y salió disparado de vuelta a su cuerpo.
—¡COF, COF! —se incorporó de golpe—. ¡Estoy aquí! ¡Sigo vivo! ¡Qué desgracia!
Velzaria sonrió satisfecha.
—Técnicamente nunca dejaste de estarlo.
—No me alegres la vida.
Se palpó todo el cuerpo. Luego se llevó una mano a la cabeza.
—¿Eh? Tengo un chichón.
—Te movías mucho —dijo Velzaria con total naturalidad.
—¿Me golpeaste siendo alma?
—Fue después de volver. Cuando intentabas esconderte debajo de la mesa.
Kael la miró horrorizado.
—¿Se puede hacer eso?
—Acabo de hacerlo.
—Padre… Madre… de verdad venid a buscarme…
—¡KAEL! —gritaron las cuatro al unísono.
Lili estalló en risas. Kael se quedó mirándola, luego sonrió a su pesar.
—Bueno… al menos alguien se divierte con mi sufrimiento.
—A mí también me ha parecido gracioso —admitió Ragnha, sin poder contenerse.
—Traición. Toda la vida he recibido traición.
Silvarena puso la primera pila de documentos justo delante de él.
—Bien. Ahora que has vuelto del más allá, a trabajar.
Kael miró los pergaminos. Apoyó la frente sobre ellos.
—Velzaria.
—¿Sí?
—La próxima vez que intente escapar… no me detengas.
—¿Ah no?
—Mátame directamente. Hazlo rápido. Sin dolor.
Y así, el héroe que había desafiado reinos descubrió que había un enemigo contra el que ni su ingenio, ni su fuerza, ni su sarcasmo podrían jamás: la burocracia.
Kael permaneció unos segundos con la frente apoyada sobre los pergaminos, el chichón palpitando al ritmo de su resignación.
—Tengo una pregunta.
—Si es sobre cómo abandonar tu cuerpo, la respuesta es no —respondió Velzaria sin levantar la vista.
—No era eso, mujer. Aunque ahora que lo dices, cada vez me parece una opción más sensata. —Levantó la cabeza y señaló la montaña de papeles—. ¿Por qué demonios hay tanto papeleo?
Silvarena suspiró y se acercó a la mesa.
—Se acumuló durante la ausencia de un rey. Nosotras intentamos mantener el reino en pie, pero los nobles se negaron a aceptar nuestras decisiones. Insistían en que solo el soberano podía autorizar ciertas cosas.
—¿Aunque las decisiones fueran correctas? —frunció el ceño Kael.
—Aunque fueran imprescindibles —respondió ella—. Para ellos, una general no tiene autoridad sobre lo que consideran asuntos del trono.
Kael la miró un instante. Luego dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—Ya entiendo.
—¿Qué entiendes? —preguntó Ragnha.
—Que esperaban esto. —Levantó la mirada, serio—. Querían apartar a Lili del poder. O esperar a que creciera para casarla con alguno de sus parientes y quedarse con el control. Todo, claro, «por el bien del reino».
Silencio. Ninguna lo negó. Ragnha desvió la mirada. Velzaria sonrió con amargura.
—En serio… —suspiró Kael—. Da igual en qué mundo esté. Los nobles son iguales en todas partes.
—No todos —corrigió Silvarena.
—Claro. Algunos son peores.
—¡Kael!
—¿Qué? Estoy siendo optimista.
Lili soltó una risita y se tapó la boca rápidamente cuando Silvarena la miró. Kael comenzó a leer, uno tras otro. Su sonrisa se fue apagando.
—Pide materiales para sus tierras… Exige compensaciones por lo perdido… Reclama tierras que quedaron vacías… Quiere que cubramos sus pérdidas personales… —Dejó el pergamino sobre la mesa—. ¿Hay alguno que ofrezca algo a cambio?
Silencio. Cinco segundos. Diez. Kael se reclinó en la silla.
—Ya veo.
—Así son las cosas —dijo Velzaria—. Creen que sus privilegios son derechos. Cuando todo va bien, se lo apropian. Cuando va mal, exigen que la corona lo arregle.
—Qué cómodo —murmuró él.
—Algunos ayudaron de verdad —añadió Silvarena—. Pero otros han protegido sus bolsillos antes que a su gente.
Kael tomó otro documento. Una risa seca le escapó.
—Este pide guardias para su casa mientras las aldeas cercanas no tienen comida.
—Ese es el problema —dijo Ragnha—. Ahora creen que eres débil. Quieren presionarte, demostrar que no puedes gobernar… y quedarse con el poder.
—¿Mientras la gente pasa hambre?
—Tienen soldados y tierras. No cederán solo porque se lo pidas.
Kael siguió leyendo. Y poco a poco, una sonrisa diferente apareció en su rostro. Silvarena lo reconoció y entrecerró los ojos.
—¿Qué estás tramando?
—Nada. Solo pensando que si ellos pueden presionar… nosotras también.
—¿Cómo? —preguntó Lili.
Kael miró a las tres, una por una.
—¿Ninguna lo ve?
Todas negaron. Él se llevó una mano a la cara y respiró hondo.
—Derroté a las cuatro, convencí a las Dríades, sobreviví a la burocracia… y sigo siendo el único que piensa en esta habitación.
—¡Oye! —protestó Ragnha.
—¡No seas grosero! —añadió Silvarena.
Señaló el mapa extendido.
—¿Sabéis por qué fui primero con las Dríades?
—Por los alimentos —dijo Silvarena.
—Exacto. Y aquí viene la parte importante. —Se inclinó sobre la mesa—. Ellos creen que controlan todo lo que comemos. Acumulan grano, guardan reservas, nos obligan a pedirles ayuda. Pero ahora… —las miró a los ojos—. Nosotras tenemos otra fuente de alimento. Que no depende de ellos. Que no responde a sus órdenes. Que crece rápido y puede llegar a todos.
Velzaria abrió los ojos.
—Si la gente descubre que hay comida…
—Y que sus señores la tienen guardada mientras ellos pasan hambre —completó Kael—, ¿qué crees que pasará?
—Se enfadarán —dijo Lili bajito.
—Muchísimo, pequeña. —Le revolvió el cabello con suavidad antes de volver a mirar a las generales—. Y no habrá guardia que los calme. Ningún soldado quiere pelear contra su propia familia cuando tiene hambre.
—Podrían levantarse contra sus señores —dijo Ragnha, comprendiendo—. Y entonces esos nobles pedirán ayuda… o caerán solos.
—O entregarán lo que han escondido —dijo Kael—. Para salvarse a sí mismos.
Silvarena asintió lentamente.
—Podremos exigirles que compartan sus reservas. Que entreguen lo que le deben al pueblo. Y si se niegan… la gente misma se lo pedirá.
—Exacto. —Kael golpeó suavemente la mesa—. No necesitamos declararles la guerra. Solo necesitamos que sepan que ya no tienen el control de la comida. Que la corona puede alimentar a su gente sin depender de ellos.
—Y los que colaboren… —dijo Velzaria—, tendrán nuestro apoyo. Los que no… quedarán solos.
—Bonito, ¿verdad? —sonrió Kael—. Ellos mismos nos han dado las pruebas. Estos documentos muestran quién pide y quién da, quién exige y quién ayuda. Separaremos el grano de la paja. Literalmente.
Ragnha negó con la cabeza, pero sonreía.
—Maldito astuto…
—Gracias. Tú también eres encantadora.
—No te confundas.
Kael separó los papeles en tres pilas.
—Los que de verdad necesitan ayuda, la recibirán. Los que piden sin dar nada, se les pedirán cuentas. Y los que ocultan comida mientras su gente muere… se les obligará a compartir.
—¿Y si se oponen? —preguntó Silvarena.
—Entonces tendrán que explicarlo a sus propios vecinos. —Su sonrisa se volvió firme—. Yo no voy a dejar que nadie use el hambre del pueblo como moneda de cambio. No mientras esté aquí.
Lili lo miró con los ojos brillantes.
—¿Entonces todos comerán?
—Sí, pequeña. Todos. —Le acarició la cabeza—. Nadie debería irse a la cama con el estómago vacío.
Silvarena observó cómo organizaba todo, con claridad y firmeza. Por primera vez en mucho tiempo, no veía solo al chico que hacía bromas y escapaba del trabajo. Veía al rey que el reino necesitaba.
—Tienes un plan —dijo ella.
—Tengo un plan. Y sí, incluye firmar algunos papeles. —Hizo una mueca—. Pero esta vez firmaré con gusto.
Tomó la pluma. El chichón todavía le dolía. La pila de documentos seguía ahí. Pero ya no parecía una sentencia. Ahora era el primer paso para cambiar las reglas del juego.
—Bien —dijo, mojando la pluma—. Vamos a devolverles algo de lo que llevan tanto tiempo guardando.
Kael terminó de separar los documentos y se volvió hacia Lili, que lo miraba con ojos atentos.
—Oye, pequeña, ¿me harías un favor?
—¡Sí! —se iluminó ella de inmediato—. ¿Qué necesitas?
—Ve a la cocina y pide té y unos pastelillos. Vamos a estar aquí un buen rato y prefiero comer algo antes de desmayarme de inanición ante tanto sello de cera.
Lili salió corriendo, feliz de poder ayudar. Kael la siguió con la mirada hasta que desapareció, y su expresión se suavizó un instante. Luego volvió a los papeles.
—Bien. Ahora que está fuera…
Silvarena cruzó los brazos, seria.
—Si este es tu plan, debemos advertirte: no será tan sencillo. Pueden falsificar registros, culpar a otros, ganar tiempo… y presentarte como un rey incapaz mientras tanto.
Kael sonrió. Una sonrisa que hizo que a todas se les helara la sangre.
—Entonces adelantaremos las cosas.
—Kael… —Silvarena lo miró con cautela—, ¿qué significa eso?
Él ignoró la pregunta y levantó la mirada hacia el techo.
—Necesito que vengas.
Una sombra se desprendió de una viga. Una figura femenina apareció arrodillada como si el techo fuera suelo: traje oscuro, cuernos, cola escamada, manos y piernas con rasgos reptilianos que se movían sin hacer el menor ruido. Inclinó la cabeza.
—Su Majestad. ¿Cuál es su orden?
Ragnha abrió los ojos.
—Los Espías del Rey…
Nadie los veía desde hacía años. Solo obedecían al legítimo portador de la corona. Y Kael la había llamado como quien pide una taza de té.
—¿Cuánto tardarían en infiltrarse entre la gente de estos territorios? —preguntó él, señalando los documentos.
—Depende de la extensión, Majestad. ¿Qué busca?
—Difundir rumores. Con cuidado, sin inventar nada que no tenga fundamento, pero que la gente empiece a preguntarse: ¿por qué hay hambre si el señor pide más comida? ¿Dónde va todo lo que envía la corona? ¿Por qué los almacenes parecen llenos mientras en casa no hay nada?
La espía asintió.
—Siete días para que se extienda lo suficiente.
—Proceded ahora mismo.
—Como ordene.
La figura se desvaneció. El despacho quedó en silencio. Ragnha lo miraba como si lo viera por primera vez. ¿Quién eres en realidad?
—¿Qué? —preguntó Kael, notando las miradas—. ¿Tengo algo en la cara?
—Un chichón —dijo Velzaria.
—Aparte de eso.
—Una expresión inquietante —respondió Ragnha.
—Gracias. Es un don.
Silvarena apoyó las manos en la mesa.
—¿Manipular desde las sombras?
—No manipular. Prevenir que ellos cuenten la historia a su manera —explicó él—. Si esperamos a tener todas las pruebas, dirán que la corona los abandonó, que no hicimos nada… y la gente se lo creerá antes que dudar de su propio señor. No quiero eso. Quiero que tengan dudas. Que pregunten. Que exijan respuestas.
—¿Y si se descontrola? —preguntó Ragnha.
—Si son inocentes, la investigación lo demostrará y quedarán fortalecidos. Si no lo son… que respondan ante su gente. No voy a proteger a nadie que se aproveche del hambre de los demás.
Las tres se quedaron calladas. No era destruir a ciegas. Era distinguir, exponer, dejar que las consecuencias hablaran. Era algo muy distinto a gobernar con miedo.
—Ya entiendo por qué la mandaste a buscar el té —dijo Velzaria de pronto.
Kael parpadeó.
—¿Qué?
—No querías que escuchara esto.
El joven bajó la mirada hacia la pluma.
—No tiene por qué cargar con todo. Para eso tiene a su padre.
Silencio absoluto. Las tres se quedaron inmóviles. Él siguió escribiendo, como si no hubiera dicho nada extraordinario. Hasta que levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijo Silvarena, con la voz un poco más suave.
—Absolutamente nada —asintió Ragnha.
Velzaria sonrió lentamente, acercándose a la mesa.
—Sabes… cada día me resultas más aterrador.
—Gracias.
—Y cada día más interesante. Un rey capaz, justo, que piensa antes de actuar… y que cuida de una niña como si fuera suya. —Se inclinó hacia él—. Serías un esposo magnífico.
Kael se echó hacia atrás.
—¿Cómo pasamos de política a matrimonio en tres segundos?
—Mi instinto de súcubo es muy perspicaz.
—Dile que se tome unas vacaciones.
—Piénsalo —susurró ella, acercándose demasiado—. Inteligente, valiente, buen corazón…
—Ronco —la interrumpió él—. Soy desordenado. Tengo deudas con la burocracia. Probablemente me caiga de un caballo algún día.
—Detalles —Velzaria sonrió, rozando casi su cuello—. Me gusta el paquete completo.
Kael le puso una mano en la cara y la apartó suavemente.
—Escucha, no me caso con nadie que me mira como si fuera un postre.
Velzaria parpadeó… y sonrió más.
—¿Así que ya lo has pensado?
—¡NO HE PENSADO NADA!
Ragnha soltó una carcajada. Silvarena se frotó el entrecejo.
—Por todos los dioses…
—¿Puedes mantener distancia? —le pidió Kael.
—¿Te pongo nervioso?
—Me preocupa que me muerdas.
—Podría hacerlo.
—¡Eso no ayuda!
Ella se apartó, satisfecha.
—Está bien. Te dejaré trabajar… por ahora.
Kael bajó la mano y suspiró, profundamente. Miró los documentos. Miró el techo. Miró a las tres.
—Voy a decir algo que jamás imaginé decir.
—Adelante —dijo Silvarena.
—Prefiero enfrentarme otra vez a las cuatro a la vez.
Ragnha mostró los dientes en una sonrisa.
—Podemos organizarlo.
—Era una forma de hablar.
—Demasiado tarde, idiota.
Kael tomó aire, agarró la pluma y volvió a los papeles. La batalla apenas comenzaba. Y lo peor era que, comparado con Velzaria, los nobles empezaban a parecerle lo más sencillo del mundo.