"El amor y el abuso no pueden coexistir. El amor cuida."
bell hooks
La prueba de la realidad
Después de la magia de Cartagena, la distancia volvió a caer sobre nosotros como un balde de agua fría. Y no llegó sola al poco tiempo se instaló la pandemia a nivel mundial, trayendo consigo el cierre de fronteras, los vuelos cancelados de forma sistemática, la incertidumbre total y una espera que se hacía eterna y agobiante. Y junto con el encierro y el aislamiento, comenzaron a brotar las lógicas frustraciones, los desencuentros horarios y aquellas pequeñas heridas vinculares que rara vez irrumpen con un gran estallido, pero que lentamente, como el agua sobre la piedra, van desgastando la forma en que dos personas se encuentran y se reconocen.
La pandemia no solo cerró fronteras; también fue cerrando, poco a poco, muchos de los espacios de libertad que habíamos construido entre nosotros. La incertidumbre, la frustración de no saber cuándo volveríamos a abrazarnos y el desgaste de una espera que parecía interminable comenzaron a transformar nuestro vínculo. Aquel joven alegre, atento y esperanzado que había conocido en Cartagena empezó a dejar lugar a momentos de enojo, pesimismo y reacciones que yo no alcanzaba a comprender. Las conversaciones dejaron de ser un refugio para convertirse, en ocasiones momentos de angustia, de discusiones, silencios incómodos y reproches.
Sin darnos cuenta, ambos fuimos entrando en una dinámica que hoy reconozco como toxica. La inseguridad comenzó a ocupar un lugar que nunca debimos darle. En nombre de la confianza terminamos haciendo exactamente lo contrario, compartimos las contraseñas de nuestras redes sociales, convencidos de que no tener secretos era una forma de demostrar amor. Hoy sé que fue uno de los mayores errores que cometí. Sin advertirlo, confundí transparencia con control, y empecé a naturalizar conductas que tiempo atrás jamás habría aceptado.
Todavía me hago una pregunta que durante mucho tiempo no pude responder, ¿cómo fue posible que yo, que venía de un profundo proceso de reconstrucción personal, que había aprendido a poner límites y a fortalecer mi mundo interior, terminara cediendo espacios que tanto esfuerzo me había costado recuperar? La respuesta no es sencilla. El amor, cuando se mezcla con el miedo a perder, puede hacernos negociar con aspectos de nuestra libertad que creíamos definitivamente conquistados. O se activó en mi ese dispositivo que de niña me instalaron la soledad. Todavía no encuentro respuesta a eso, pero si fui consiente que empecé a retroceder.
Fue entonces cuando comprendí, en la soledad de mi casa, que el verdadero desafío de una relación no consiste en el chispazo inicial de enamorarse, sino en la capacidad madura de sostener la realidad cotidiana cuando la ilusión de los primeros meses ya no alcanza para explicarlo ni para justificarlo todo. Y fue justamente en ese período de crisis donde comencé a desconfiar de mi propia intuición. Llegué a pensar, con culpa, que eran mi pasado doloroso y mis viejas defensas los que intentaban boicotear una historia que, en el fondo, seguía deseando con toda el alma. Me negaba a reconocer las señales de alerta porque la posibilidad de haber encontrado a un hombre que me hacía sentir elegida y profundamente querida era un tesoro que no quería perder.
Entre los dos fuimos tejiendo con paciencia una historia donde, al principio, las contradicciones apenas tenían lugar. Y, sin embargo, toda idealización tiene un límite biológico; tarde o temprano la realidad cruda reclama ser vista tal cual es. A medida que el vínculo avanzaba y la distancia se prolongaba, comenzaron a aparecer situaciones y actitudes que despertaban en mí viejas emociones que yo creía haber dejado definitivamente atrás en el camino de la sanación. Empecé a sentir una inquietud constante en el estómago, difícil de explicar con palabras. Me descubrí de repente pendiente del teléfono, interpretando con angustia los silencios de un mensaje clavado, buscando señales de aprobación donde antes encontraba tranquilidad. Poco a poco, regresaron a mi cuerpo la ansiedad, el viejo temor neurótico a no ser elegida y esa pésima costumbre de intentar convencerlo de que todo iba a cambiar cuando el estuviera en Argentina, aun cuando el éxito de la pareja no dependía únicamente de mi esfuerzo. Pero caprichosamente elegí seguir sosteniendo esas emociones pesadas, porque estaba profundamente enamorada de ese joven que había descubierto en Cartagena y de esa maravillosa sensación de plenitud que jamás en mi vida entera había experimentado.
Hasta que, el 5 de enero de 2022, el contador finalmente llegó a cero. Después de años de distancia geográfica, pantallas frías y esperas interminables, ese joven llegó a la Argentina. Por fin, aquello que durante tanto tiempo había existido entre videollamadas y mensajes podía habitar el mismo espacio y al mismo tiempo.
Durante meses había imaginado ese reencuentro. Soñábamos con volver a caminar juntos por la playa, el mismo lugar donde había comenzado nuestra historia. Convertir ese sueño en realidad me demandó mucho esfuerzo, organización y dinero, pero estaba decidida a lograrlo. Fui a esperarlo al aeropuerto de Ezeiza y, al día siguiente, emprendimos viaje hacia Villa Gesell. Sentía que la vida nos estaba regalando una segunda oportunidad para abrazarnos sin relojes, sin pantallas y sin despedidas.
Creía, con una fe casi absoluta, que nuestros sueños por fin podían comenzar a construirse bajo un mismo techo y compartiendo la misma cotidianidad. Ya no habría kilómetros de por medio ni diferencias horarias que interrumpieran nuestras conversaciones. Ahora empezaba el verdadero desafío, aprender a vivir juntos.