Un golem que mueve las paredes del laberinto en plena pelea me suena a esos jefes donde lo difícil es entender el mapa y el monstruo viene después. Y que la solución sea mandar a Puddle a mojarse con ranas gigantes en el Primer Piso me hizo reír mucho. Apuesto a que ese entrenamiento va a dar para más de un capítulo!
Capítulo 22: Una comerciante demasiado observadora
El bullicio en torno a la caravana Remedios de Kyouka era mayor de lo que Aoi había anticipado. El espacio, amplio y cubierto por la lona oscura que servía de techo, estaba lleno de vida: jugadores…
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Un golem que mueve las paredes del laberinto en plena pelea me suena a esos jefes donde lo difícil es entender el mapa y el monstruo viene después. Y que la solución sea mandar a Puddle a mojarse con ranas gigantes en el Primer Piso me hizo reír mucho. Ap
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El bullicio en torno a la caravana Remedios de Kyouka era mayor de lo que Aoi había anticipado. El espacio, amplio y cubierto por la lona oscura que servía de techo, estaba lleno de vida: jugadores de todas las clases y niveles entraban y salían en un flujo constante, sus voces mezclándose con el sonido de monedas al chocar y el tintineo suave de los frascos de vidrio. Un aroma profundo y dulce, una mezcla de hierbas secas, resinas antiguas y polvos mágicos, flotaba en el aire, impregnando cada rincón.
Algunos venían apresurados, buscando pociones curativas o antídotos urgentes antes de adentrarse en las zonas peligrosas del Segundo Piso. Otros llegaban cargados de materiales recolectados, esperando obtener un precio justo por su esfuerzo. Y había quienes simplemente se acercaban para pedir un consejo, pues todos sabían que aquí, más que mercancía, se encontraba sabiduría. Quedaba claro que Kyouka, la Boticaria Errante, no era solo una comerciante más; era una institución en este nivel, respetada y buscada por igual.
Aoi avanzó despacio, dejando que sus ojos recorrieran los estantes y anaqueles que cubrían las paredes del carro. Había frascos de todos los tamaños, alineados con una precisión impecable, conteniendo líquidos de colores brillantes que parecían tener vida propia. Montones de hierbas raras, cristales que brillaban con luz propia, pergaminos sellados con lacre antiguo y polvos extraídos de las criaturas más singulares del juego. Incluso vio ingredientes que, a pesar de todo lo que había recorrido y aprendido, jamás había visto en persona, cosas que solo se mencionaban en leyendas o libros antiguos.
—Increíble... —murmuró bajito, maravillado ante tanta variedad y orden.
—Vaya.
La voz llegó suave, clara y melodiosa desde el otro lado del mostrador, cortando el ruido ambiente como una brisa fresca.
—Así que realmente viniste. Te tomaste tu tiempo, pero al final cumpliste.
Aoi levantó la vista de inmediato.
Allí estaba ella, recostada con elegancia sobre el borde de madera, observándolo con esa calma que parecía ser su sello distintivo. Su cabello blanco, brillante como la nieve recién caída, caía en una trenza larga y perfecta sobre su hombro, y detrás de su máscara negra, sus ojos dorados brillaban con un destello de diversión y astucia que hizo que un escalofrío leve recorriera la espalda de Aoi. Tenía la sensación de que esa mujer sabía mucho más de lo que decía, y eso siempre era inquietante.
—¿Eh? —fue lo único que logró decir, sintiendo que ya estaba en desventaja desde el primer segundo.
Kyouka sonrió con la mirada, se enderezó lentamente y apoyó un codo sobre el mostrador, entrelazando los dedos bajo su barbilla. Luego, con un movimiento lento y deliberado, comenzó a señalar.
Primero señaló hacia la derecha, donde Fern permanecía inmóvil, tan grande que parecía una sombra hecha realidad, con el pelaje negro erizado y los ojos rojos vigilando cada movimiento a su alrededor.
—Lobo gigante, de raza antigua, sumamente raro y extremadamente territorial —dijo ella con tono descriptivo, como si estuviera leyendo una ficha técnica—. Solo hay uno registrado en todo este servidor.
Luego levantó la mano y señaló hacia arriba, hacia el lomo de la bestia, donde Lyn estaba posada con las alas plegadas, el plumaje dorado y azul brillando bajo la luz, mirando a todos con esa altividad arrogante de quien sabe que es superior a cualquier cosa a su alcance.
—Ave legendaria, guardiana de los cielos, orgullosa hasta el punto de ser insoportable —continuó sin titubear—. Cualquier jugador mataría por tener una sola pluma de esa criatura.
Y finalmente, bajó la mano hasta su propio pecho, señalando hacia el pequeño ser brillante que descansaba felizmente en el hombro de Aoi.
—Y un slime... que no se parece a nada que haya visto en mis años de juego. No es común, no es tóxico, no es ácido... es simplemente... raro. Y muy inteligente, por lo que veo.
—Puiii —hizo Puddle, rebotando suavemente y brillando con más fuerza, orgulloso de haber sido mencionado.
Kyouka asintió con la cabeza, satisfecha con su propio análisis.
—Sí. Definitivamente eres tú. No hay dos personas en todo este mundo que caminen con un equipo así.
Aoi sintió el deseo repentino de desaparecer en el suelo o de que se lo tragara la tierra. Bajó la mirada, resignado.
—... Supongo que no es tan difícil reconocerme, ¿verdad?
—¿Difícil? —la comerciante soltó una risa suave, clara y divertida—. Querida, es imposible NO reconocerte.
Señaló nuevamente hacia Fern, y el lobo levantó una oreja, atento, como si entendiera perfectamente de qué hablaban.
—La mitad de la ciudad no habla de otra cosa que no sea ese lobo. Dicen que es más grande que algunas casas y que su sola presencia congela la sangre —explicó con naturalidad.
Luego su mirada se posó en Lyn, que infló el pecho y abrió un poco las alas, aceptando los elogios como si fueran tributos que se le debían.
—Y la otra mitad está obsesionada con esa ave. Dicen que verla volar es casi un milagro y que quien la tenga de aliada tiene la victoria asegurada.
Finalmente, miró al pequeño slime que ahora le hacía gestos con sus pequeños tentáculos brillantes.
—Y en cuanto a esto... nadie entiende qué es, qué hace o de dónde salió. Solo saben que brilla, que salta y que te sigue a todos lados. —Ella inclinó la cabeza, confundida pero divertida—. Ni siquiera sé si eso te ayuda a pasar desapercibida o si empeora todo lo demás.
—Pui —respondió Puddle, con total inocencia.
Aoi se cubrió el rostro con una mano, sintiendo el peso de la realidad.
—Necesito cambiar de apariencia. Urgentemente. Cambiar de ropa, de peinado, de todo...
—Llegas tarde para eso —Kyouka negó con la cabeza, disfrutando visiblemente de la situación—. Ya eres famosa. Tu imagen, tu silueta y tu compañía son tan conocidas que incluso si te pones una armadura completa y te cubres la cabeza, solo verlos a ellos llegar será suficiente para decir: "Ah, ya está aquí la domadora".
—No quiero ser famosa —se quejó Aoi, bajando la mano y mirándola con una mezcla de cansancio y súplica.
—Eso es curioso —respondió ella, mientras se daba la vuelta para buscar algo en los estantes traseros—. Eso es exactamente lo que dicen todos los que terminan siendo leyendas. "No quería atención", "solo quería jugar tranquilo", "no sé por qué todos me miran"... —repitió con voz imitadora, antes de volver a mirarlo—. Todos los famosos dicen lo mismo.
—Pues yo sí lo digo en serio —aseguró Aoi, con tono sincero y agotado.
Kyouka volvió a reír, esa risa ligera y agradable que resonaba en el espacio cerrado. Por alguna razón, la situación le parecía tremendamente entretenida, y la forma en que Aoi reaccionaba solo parecía animarla más.
—Bien, bien. Dejémoslo estar por ahora. —Se apoyó nuevamente en el mostrador, seria pero con esa chispa juguetona en los ojos—. ¿Qué es lo que necesitas hoy? ¿Qué trae a la misteriosa domadora hasta mi humilde puesto?
Esta vez, la actitud de Aoi cambió por completo. Enderezó la espalda, puso los pies firmes en el suelo y su mirada se volvió enfocada y decidida. Había venido por algo importante, y no iba a perder el tiempo con bromas ahora.
—Necesito pociones. De todo tipo: curación rápida, restauración de energía, antídotos, mejoras temporales... de las mejores que tengas.
Kyouka asentía lentamente, escuchando cada palabra.
—También ingredientes. Hierbas, raíces, polvos, cristales, todo lo que sea útil para mezclas o creaciones. Y materiales de construcción, telas resistentes, metales ligeros... lo que sirva para fabricar cosas.
—Muy bien... —murmuró ella, tomando nota mentalmente.
—Y también libros —continuó Aoi—. Manuales, guías, tratados de cualquier nivel que hablen de alquimia, de propiedades de los elementos, de combinaciones mágicas. Cualquier cosa que me ayude a aprender a fabricar mis propios objetos, mis propias pociones y mis propios suministros.
La comerciante arqueó una ceja por encima de su máscara, sorprendida. La petición no era común.
—¿Alquimia? ¿Quieres aprender el oficio?
—Sí. Quiero ser capaz de crear lo que necesite sin depender siempre de encontrar o comprar.
—Vaya... —ella cruzó los brazos sobre el pecho, evaluándolo con esa mirada aguda que parecía verlo todo—. Pensé que tú simplemente... invocabas bestias, las enviabas a pelear y resolvías todo con fuerza bruta.
Aoi suspiró, largamente.
—No funciona así. Y aunque funcionara, no es suficiente para lo que tengo que hacer.
—Qué decepción —dijo ella, fingiendo tristeza, aunque sus ojos seguían brillando de diversión—. Creía que eras una de esas personas que lo arreglan todo golpeando fuerte.
—...
—Estás molestándome a propósito, ¿verdad? —preguntó Aoi, sabiendo la respuesta.
—Un poco —admitió ella sin vergüenza, mientras se giraba hacia los estantes para empezar a reunir lo que él pedía—. Pero es divertido. Tienes esa cara de preocupación constante, y no puedo evitar querer ver si logro hacerte sonrojar o perder la paciencia.
Aoi negó con la cabeza, mientras la veía moverse con agilidad y precisión. Había algo en ella, en su forma de hablar, en su calma, en esa mezcla de amabilidad y burla... que le recordaba demasiado a alguien. Alguien muy cercano, alguien que veía todos los días, alguien que también siempre estaba ahí para ayudarlo, pero sin dejar de molestarle un poco. Pero por más que buscaba en su memoria, no lograba conectar los puntos. Era imposible, se decía a sí mismo. Solo era una sensación extraña.
Kyouka comenzó a colocar objetos sobre el mostrador, uno a uno, con un orden perfecto. Frascos de vidrio de distintos grosores, vacíos pero tratados mágicamente para soportar cualquier mezcla. Montones de hierbas cuidadosamente seleccionadas, algunas de hojas brillantes, otras de raíces retorcidas y aromáticas. Cristales de colores intensos que vibraban levemente al tocarlos. Polvos finos extraídos de monstruos de alto nivel, guardados en saquitos de tela sellados.
—Esto te servirá para comenzar. Son ingredientes de calidad media-alta, nada de basura barata que se vende en otros puestos. Con esto puedes hacer mezclas seguras y efectivas.
—Gracias —dijo Aoi, observando todo con atención.
—Ahora... —Kyouka se detuvo, apoyando ambas manos sobre la madera y mirándolo fijamente a los ojos—. Dime algo importante. ¿Qué sabes realmente de alquimia? ¿Qué conocimientos traes?
Aoi se quedó en silencio unos segundos, buscando en su mente todo lo que había leído o escuchado por ahí.
—... Bueno... —empezó con cierta duda—. Sé que... mezclas cosas. Cosas que tienen propiedades distintas. Y si lo haces bien, sale algo útil. Y si lo haces mal... explota. O te envenena. O se convierte en lodo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Kyouka cerró lentamente el libro grueso que acababa de sacar de debajo del mostrador, haciéndolo con un suave clac, y lo miró con una expresión que estaba entre la compasión y la desesperación.
—Perfecto. —Su voz sonaba tranquila, pero había un deje de resignación—. Estamos peor de lo que imaginaba. Mucho peor.
—Lo sospechaba —murmuró Aoi, rascándose la nuca avergonzada.
—Y yo ya lo había intuido —añadió ella, volviendo a reír con suavidad—. Pero no pensé que fuera tan... básico.
En ese momento, Puddle, que hasta ahora había estado tranquilo observando todo desde el hombro de su dueño, dio un salto ágil y aterrizó justo en el centro del mostrador, entre todos los ingredientes. Se movió de un lado a otro, inclinándose sobre los frascos, oliendo los polvos, tocando las hierbas con sus pequeños tentáculos, como si estuviera inspeccionando la mercancía con criterio profesional.
—Pui... pui, pui... —murmuraba, moviéndose de aquí para allá, deteniéndose ante ciertos cristales y pasando de largo ante otros.
Kyouka lo miró fascinada, luego miró a Aoi y señaló al slime.
—¿Él sabe de esto?
—Más que yo, sin duda —admitió Aoi, resignado—. Entiende las propiedades de las cosas, sabe mezclar, sabe qué sirve y qué no. Es... bueno en esto.
—Eso explica muchas cosas —dijo ella, asintiendo lentamente—. Explica por qué no te has matado haciendo pociones caseras hasta ahora. No eres tú, es él.
—¡Oye! —protestó Aoi, aunque sin fuerza—. Sé un par de cosas...
—No te ofendas, aventurera —ella se inclinó un poco hacia él, con esa sonrisa amable y burlona a la vez—. Solo estoy siendo honesta. Es mi política: precios justos, productos de calidad y verdad, aunque duela un poco.
Aoi suspiró nuevamente, convencido de que aquella mujer disfrutaba demasiado poniéndolo en evidencia. Pero al mismo tiempo, sabía que estaba en el lugar correcto; nadie más le hablaría así, ni le daría las cosas con tanta claridad y ayuda.
Después de revisar todo el material, contar las cantidades y asegurarse de que tenía todo lo necesario, llegó el momento de la verdad, la razón por la que realmente había insistido en venir con ella y no con ningún otro comerciante.
Aoi se inclinó sobre el mostrador, bajando un poco la voz, como si alguien pudiera escucharlos en medio de todo ese ruido.
—Kyouka... necesito información. Información detallada.
La mujer alzó las cejas, su expresión se volvió atenta y seria.
—¿Sobre qué tema? Aquí vendo cosas, pero también sé muchas historias y secretos de este mundo.
—Sobre el Segundo Piso. Sobre su interior. Y sobre el jefe.
La sonrisa de Kyouka se desvaneció. No desapareció por completo, pero la alegría juguetona se apagó, dejando paso a una seriedad absoluta, profunda y cargada de peso. Sus ojos dorados lo observaron con una intensidad nueva, evaluando si estaba preparado para lo que iba a escuchar.
—Ya veo... —dijo lentamente, bajando la voz para igualar su tono—. ¿Piensas ir allá? ¿Piensas enfrentarlo?
—Tarde o temprano tendré que hacerlo —respondió Aoi con firmeza—. No puedo quedarme aquí estancado. Tengo que cruzar al siguiente nivel.
—Bien. Si es así... entonces escucha con mucha atención. Lo que te voy a decir no lo sabe todo el mundo, y menos los que intentan entrar sin saber.
Kyouka se dio la vuelta, caminó hacia el fondo de la caravana y regresó con un gran rollo de pergamino amarillento y grueso. Lo desplegó sobre el mostrador, apartando los frascos y materiales con cuidado.
Esta vez no era un mapa de la ciudad, ni de las rutas comerciales. Era un dibujo detallado, hecho con trazos precisos y antiguos, de una zona inmensa, llena de líneas que se entrecruzaban, pasillos, salas vacías, muros y símbolos extraños.
Las Ruinas Eternas. El corazón mismo del Segundo Piso. El lugar donde el tiempo parecía haberse detenido y donde la magia antigua era más densa y peligrosa.
Aoi se inclinó de inmediato, apoyando las manos en la madera, sus ojos recorrían el dibujo con avidez, memorizando cada detalle.
—Entonces... —empezó, con el corazón latiéndole un poco más rápido—. ¿Qué puedes decirme del jefe? ¿Qué es lo que me espera ahí dentro?
Kyouka apoyó un dedo largo y delgado justo en el centro del mapa, sobre una zona marcada con símbolos oscuros y un círculo grande.
—Su nombre es Argos. —Su voz sonó grave, casi solemne—. Argos, el Guardián del Laberinto.
Aoi miró la ilustración que acompañaba el texto. Y tragó saliva con fuerza.
La imagen mostraba una criatura que apenas parecía viva. Era un gigantesco golem, construido con bloques inmensos de piedra negra, pesada y rugosa. Su cuerpo mezclaba rocas sólidas, columnas rotas de templos antiguos, fragmentos de estatuas y capas de musgo y líquenes que habían crecido durante siglos. Corrían por todo su cuerpo líneas brillantes de runas antiguas, de color azul profundo, que parecían ser lo único que le daba movimiento y vida. No parecía un monstruo, parecía una fortaleza andante, una parte de las ruinas que había cobrado vida para defender su hogar.
—Es... enorme —susurró Aoi, impresionado por la escala.
—Mide unos quince metros de altura. Más o menos —aclaró ella, restándole importancia a la cifra, aunque sabía que era aterradora.
—... Gracias. Eso ayuda mucho —dijo Aoi con sarcasmo, sintiéndose pequeño solo de pensarlo.
Kyouka soltó una pequeña risa, pero esta vez cargada de seriedad y advertencia.
—No es el tamaño lo que debe preocuparte, domadora. No es su fuerza bruta, ni sus golpes, ni su peso.
—¿No? —Aoi la miró, confundido.
—No. —Ella comenzó a deslizar el dedo por las líneas del mapa, recorriendo caminos que se abrían y se cerraban, pasillos que se bifurcaban, salas que aparecían y desaparecían—. La mayoría de jugadores cree que Argos es el jefe final de este piso. Creen que van, se paran frente a él, pelean contra el gigante de piedra y, si ganan, pasan al siguiente nivel.
—¿Y no es así?
—No exactamente. —Ella se detuvo y levantó la vista, clavando sus ojos dorados en los de él—. El verdadero jefe no es la criatura. El verdadero jefe es el laberinto.
Aoi parpadeó, sin entender del todo.
—¿Qué? ¿El laberinto?
—Argos no es solo un monstruo. Argos es el dueño de las ruinas. Está conectado a cada bloque, a cada pared, a cada pasadizo y a cada trampa de este lugar. —Su voz se volvió más baja, explicando la realidad cruel de ese lugar—. Él mueve las paredes a su antojo. Abre caminos que antes no existían y cierra salidas que creías seguras. Activas trampas de fuego, de caída, de magia, justo cuando pasas por delante. Y lo más peligroso: puede modificar todo el escenario durante el combate.
Aoi comenzó a entender, y la comprensión le hizo sentir un escalofrío real.
—Así que... no peleas solo contra él. No peleas contra un enemigo.
—Exactamente —confirmó Kyouka, asintiendo lentamente—. Peleas contra todo el piso. Peleas contra el lugar entero, contra el suelo que pisas, contra las paredes que te rodean y contra el techo que está sobre tu cabeza. Él lo controla todo.
Era infinitamente más complicado que lo que había enfrentado antes. Muchísimo más.
El Berserker del primer piso era simple, en el fondo: fuerza bruta, velocidad, furia ciega. Golpeaba todo lo que tenía delante, y tú tenías que ser más rápido, más fuerte o más listo para esquivar y atacar. Era una batalla de reflejos y potencia.
Pero esto... esto era una guerra de estrategia, de paciencia, de conocimiento. Era un rompecabezas gigante que intentaba matarte mientras lo resolvías.
—¿Cómo lo hicieron los primeros grupos? —preguntó Aoi, con seriedad, buscando la clave para sobrevivir—. Los que lograron derrotarlo al principio... ¿cómo lo consiguieron?
Kyouka bajó la mirada hacia el mapa, y por un instante, su expresión se llenó de sombras y recuerdos amargos.
—Lo lograron... pero con muchas bajas. —Hizo una pausa, suspirando suavemente—. Grupos enteros desaparecieron allá adentro. De los que entraban, muy pocos salían. Y los que lo lograron... perdieron a la mitad de sus compañeros antes de encontrar la forma de vencerlo.
—... —Aoi guardó silencio, procesando la información.
—No me gusta esa respuesta —dijo finalmente, con voz baja y tensa.
—A nadie le gusta —respondió ella, suavemente—. Pero es la verdad. Y es mejor que te lo diga yo ahora, a que entres allá confiado y te des cuenta demasiado tarde. Argos no perdona errores. Y el laberinto... el laberinto se come a los que no lo respetan.
Kyouka cruzó los brazos sobre el pecho, sus ojos dorados fijos en el mapa desplegado, como si pudiera ver las mismas ruinas y el gigante de piedra que describía. Su expresión se había vuelto analítica, calculadora, propia de alguien que ha estudiado cada detalle de lo que habla.
—Además, hay otro problema —añadió, bajando la voz lo suficiente para que solo él la escuchara.
—¿Cuál? —preguntó Aoi, atento, tensando ligeramente los hombros.
—Argos es un golem hecho de piedra maciza, reforzado con magia antigua —explicó ella, deslizando un dedo por el dibujo del gigante—. Es extremadamente resistente. Golpes normales, cortes, flechas o magia básica prácticamente le resbalan. Tienes que ser capaz de golpear con una fuerza brutal, concentrada y muy potente si quieres siquiera esperar atravesar su armadura y llegar a donde está su esencia.
Aoi giró la cabeza lentamente hacia su derecha, donde Fern permanecía inmóvil, con su pelaje negro brillando bajo la luz de la caravana. Al sentir la mirada de su dueña, el enorme lobo levantó una oreja y abrió un poco los ojos rojos, interrogante y atento.
—¿Fern? —murmuró Aoi, evaluándolo mentalmente. El lobo era fuerte, de eso no cabía duda; sus mandíbulas podían romper huesos gruesos y sus garras dejaban marcas profundas en la tierra—. Él podría ayudar, tiene la fuerza...
—Podría —intervino Kyouka, negando levemente con la cabeza—. Pero no será suficiente. Ni de lejos. Sus ataques son poderosos, pero contra esa cantidad de piedra y runas, se quedarán cortos.
Luego, Aoi alzó la vista hacia arriba, hacia el lomo del lobo, donde Lyn estaba posada, altiva y elegante, limpiándose una de sus plumas doradas con el pico.
—Ella tampoco —reconoció Aoi, bajando la mirada—. Es rápida, ágil, excelente para reconocimiento, para ataques a distancia o para apoyar en combate... pero Argos no es el tipo de enemigo que cae por velocidad o por cortes finos. Necesita impacto, y mucho.
Se quedó en silencio un momento, pensando, buscando alguna solución, alguna idea que no se le escapara.
—Entonces necesito más fuerza. Algo que golpee mucho más fuerte.
—Exactamente —asintió Kyouka, satisfecha de que entendiera la premisa—. Pero no solo fuerza bruta. También necesitas agua.
Aoi parpadeó, confundido, e inclinó la cabeza a un lado.
—¿Agua?
—Sí. Mucha agua, y concentrada —respondió ella con naturalidad.
—Pero... pensé que era un golem de tierra y piedra —dijo Aoi, frunciendo el ceño—. Se supone que la tierra resiste el agua, ¿no? Que el agua la debilita poco o nada...
—Lo es —confirmó ella—. Pero no es tan simple como las debilidades elementales básicas que todos aprenden al principio. Argos no es un muñeco de barro común. Su estructura tiene un secreto.
La comerciante tomó un pequeño libro de tapa dura, viejo y con las páginas amarillentas por el tiempo, lo colocó sobre el mostrador y lo abrió con cuidado hasta llegar a una página marcada. Allí había un dibujo detallado, hecho a mano con trazos finos: un núcleo mágico antiguo, redondo y brillante, rodeado por círculos y líneas de runas que se entrelazaban unas con otras como una red.
—La mayoría de jugadores cree que Argos es débil al agua solo porque está hecho de material terroso —empezó a explicar, señalando el centro de la ilustración—. Pero la verdadera razón está aquí, en su corazón. Su cuerpo se mueve, se mantiene de pie y controla todo el laberinto gracias a estas runas antiguas de tierra. Son extremadamente estables, casi indestructibles por sí solas, y mantienen toda su estructura unida y blindada.
Hizo una pausa, dejando que Aoi lo mirara bien.
—Pero esas mismas runas tienen un defecto grave: reaccionan muy mal ante la humedad y ante el maná de elemento agua. Si logras que absorban suficiente energía acuática, pierden estabilidad, se desajustan y dejan de protegerlo.
Aoi observaba cada línea del dibujo, comprendiendo poco a poco la mecánica.
—Entonces el agua no destruye al golem directamente... —murmuró para sí mismo.
—No —lo cortó ella—. Solo debilita las runas, rompe su estabilidad, reduce sus defensas mágicas y físicas, y hace que su núcleo quede expuesto y vulnerable.
—Ya entiendo —dijo Aoi, sintiendo cómo todo encajaba de repente—. Así que el plan no es solo golpear hasta romperlo. Primero tengo que debilitarlo, hacerlo vulnerable con agua... y solo después, golpear con toda la fuerza posible para destruirlo.
—Exactamente —sonrió Kyouka, cerrando el libro con suavidad—. Por eso la mayoría de grupos fracasan. Van con la idea de que es un enemigo más, que basta con atacar fuerte desde el principio, que si tienen más fuerza ganan. Pero Argos no es un enemigo que se rompa a golpes. Es un enemigo que hay que desmontar pieza por pieza, capa por capa, hasta llegar a lo que realmente importa.
Aoi se quedó en silencio, mirando a sus compañeros uno por uno, evaluando qué papel podía jugar cada uno en ese plan. Primero vio a Fern, serio y fuerte. Luego a Lyn, lista y veloz. Y finalmente, sus ojos se posaron en el pequeño ser que estaba justo en medio del mostrador.
Puddle estaba allí, totalmente ajeno a la conversación y a la importancia del tema, estirando su cuerpo brillante lo más que podía para intentar alcanzar una pequeña etiqueta de papel pegada en un frasco, moviéndose de un lado a otro con mucho esfuerzo.
—... —Aoi lo miró unos segundos, luego lo llamó con voz suave pero decidida—. Puddle.
El slime se detuvo en seco, se quedó inmóvil como una pequeña estatua luminosa y giró la parte superior de su cuerpo hacia él, inclinando la cabeza con curiosidad y expectación.
—Dime, Kyouka... —Aoi volvió a mirar a la comerciante, con una chispa de idea brillando en su mente—. ¿Él puede aprender magia de agua?
Kyouka bajó la mirada hacia la pequeña criatura, lo observó durante unos segundos largos, estudiando su forma, su brillo, la forma en que se movía y reaccionaba, y luego levantó la vista hacia Aoi, sorprendiéndolo con su respuesta.
—Podría. De hecho, tiene todas las condiciones para hacerlo.
—¿En serio? —Aoi se inclinó hacia adelante, interesado de verdad.
—Por supuesto. Recuerda lo que te dije: no es un slime común. Es un Slime Alquímico —remarcó ella, con respeto en la voz—. Su capacidad de adaptación, de cambio y de asimilar elementos es ridículamente alta, mucho mayor que la de cualquier otra criatura de bajo o medio nivel. Si recibe la guía adecuada y el entrenamiento correcto, puede aprender y usar habilidades relacionadas con el agua sin ningún problema.
Los ojos de Aoi brillaron con esperanza.
—¿Qué tipo de habilidades? ¿Algo que sirva para lo que necesitamos?
Kyouka comenzó a contar despacio con los dedos, enumerando cada una con claridad.
—Lo más básico y sencillo: Chorro de Agua. Un ataque directo, concentrado, que sirve para golpear y humedecer zonas específicas.
Levantó otro dedo.
—Luego, algo mucho más útil para este caso: Niebla Húmeda. Una técnica de apoyo que no hace daño directo, pero llena el aire de finas gotas cargadas de maná acuático. Esa niebla penetra en grietas, huecos y estructuras, y es la mejor forma de debilitar runas y materiales mágicos como los de Argos.
Y levantó el tercer dedo, la más importante de todas.
—Y finalmente, si logra desarrollarla bien: Gel Acuático. Una variante avanzada donde él mismo cambia su composición, se vuelve líquido y resbaladizo, y se adhiere a cualquier superficie que toque. Recubre al objetivo, lo empapa por completo y reduce su resistencia al máximo durante un tiempo.
Aoi escuchaba cada palabra como si fuera oro. Eso era exactamente lo que necesitaba. No fuerza bruta, sino herramientas perfectas para el trabajo.
—Entonces... —dijo lentamente, poniendo las piezas juntas—. Entonces Puddle no solo puede ayudar... es la pieza clave para poder derrotar a Argos.
—Mucho más de lo que te imaginas —aseguró Kyouka, sonriendo con satisfacción—. A veces la gente comete el error de pensar que para ganar necesitas una criatura más grande, más fuerte o más aterradora. Pero la verdad es que no siempre necesitas fuerza. A veces solo necesitas la herramienta adecuada para el trabajo correcto. Y tú, sin saberlo, tienes justo lo que hace falta aquí mismo.
Aoi miró al pequeño slime, que ahora estaba quieto, brillando con luz suave y moviendo su cuerpo de forma alegre, como si supiera que estaban hablando maravillas de él.
—Creo que... —Aoi sonrió, por primera vez relajado y con el camino claro— creo que a partir de hoy te toca entrenamiento extra, amigo.
Puddle inclinó la cabeza a un lado, moviendo sus pequeños tentáculos en el aire con gesto confundido, sin entender muy bien a qué se refería.
—Sí, mucho entrenamiento —repitió Aoi, asintiendo con energía.
El slime dio un pequeño salto en el aire, rebotó sobre la madera del mostrador y comenzó a moverse de un lado a otro muy rápido, girando sobre sí mismo, como si estuviera agitado, nervioso o emocionado a la vez por la noticia.
Fern, viendo la escena desde abajo, soltó un sonido grave y suave, como una risa profunda, mientras movía la cola de lado a lado, divertido por la reacción de su pequeño compañero.
Y por primera vez desde que había llegado al Segundo Piso, cargado de dudas y preocupaciones, Aoi sintió que tenía una dirección clara, un plan definido y la certeza de que, con su equipo, podía lograrlo.
No necesitaba hacerse más fuerte él mismo.
No necesitaba buscar nuevas criaturas ni armas legendarias.
Solo necesitaba hacer crecer lo que ya tenía.
Aoi volvió a inclinarse sobre el mapa desplegado, recorriendo con la mirada las marcas que indicaban las Ruinas Eternas. Pieza a pieza, la estrategia comenzaba a armarse en su mente con una claridad que antes no tenía. La idea era sencilla, pero exigente: necesitaba la fuerza bruta de Fern para el golpe final, necesitaba romper la estabilidad de las runas de Argos mediante el agua, y sobre todo, necesitaba que Puddle desarrollara esas habilidades acuáticas lo más rápido posible.
—Entonces, resumiendo... tendría que enseñarle yo misma magia de agua, buscar libros o pergaminos que le sirvan —murmuró, pensando en voz alta.
Kyouka negó suavemente con la cabeza, inclinando ligeramente el rostro sobre su máscara.
—No necesariamente. De hecho, no es la mejor forma.
—¿Eh? —Aoi la miró, confundido.
La comerciante se apoyó con los codos en el borde del mostrador, acercándose un poco más, con ese brillo de pasión en los ojos que aparecía siempre que hablaba de conocimientos olvidados o detalles profundos del juego.
—He leído informes, estudios y algunas investigaciones muy detalladas que circulan por los foros más especializados. Cosas que la mayoría de jugadores ni siquiera se molesta en leer —empezó a decir con tono de experta—. Hay gente que se dedica exclusivamente a estudiar el comportamiento, evolución y capacidades de las criaturas domesticables. Y adivina cuál es uno de sus temas favoritos y más estudiados...
—Los slimes —completó Aoi, comprendiendo adónde iba.
—Exacto.
En ese momento, como si supiera que estaban hablando maravillas de su especie, Puddle infló su cuerpo gelatinoso hasta duplicar su tamaño, brillando con más intensidad y moviendo sus pequeños tentáculos al aire con gran orgullo.
—Pui —sonó corto y satisfecho.
—No te emociones todavía, pequeño —dijo Kyouka con una sonrisa divertida, señalándolo con un dedo—, que todavía nos falta lo difícil.
Puddle desinfló un poco el cuerpo y se quedó quieto, mirándola con la cabeza inclinada.
—Pui...
—Lo que esos estudios demuestran —continuó ella, retomando la explicación— es que los slimes tienen una capacidad de adaptación y asimilación extremadamente alta. Es la característica que los define. Por eso sus evoluciones son tan impredecibles y distintas entre sí, y por eso son capaces de aprender habilidades que otras criaturas jamás podrían usar.
Aoi escuchaba con toda su atención, memorizando cada palabra.
—¿Entonces... no se trata solo de enseñarles?
—Existe una teoría muy aceptada, confirmada por cientos de casos —respondió ella, asintiendo despacio—. Cuando un slime se enfrenta, derrota y consume repetidamente enemigos de un mismo elemento o tipo, su cuerpo y su maná cambian poco a poco. Desarrollan afinidad hacia ese elemento, lo asimilan y terminan siendo capaces de usarlo ellos mismos.
Los ojos de Aoi se abrieron de par en par.
—¿En serio? ¿Puede aprender magia solo peleando contra cosas de agua?
—No está garantizado al cien por cien —aclaró ella, levantando un dedo con prudencia—, pero ocurre con muchísima frecuencia. Algunos desarrollan ataques directos, otras habilidades de apoyo o defensa, y otros simplemente se vuelven muy resistentes a ese elemento. El resultado nunca es exactamente igual, porque cada slime es un mundo... pero siempre ganan algo nuevo.
Aoi bajó la mirada hacia el pequeño ser que tenía delante. Puddle lo miraba con sus puntitos negros, totalmente ajeno a las teorías, a los planes y a la importancia que tenía ahora mismo para el grupo. Solo parpadeaba y esperaba.
—Pui? —emitió con curiosidad.
—Lo que quiero decirte, domadora —continuó Kyouka con voz seria y clara—, es que la mejor opción no es buscarle un maestro ni enseñarle desde cero. La mejor forma, la más rápida y la más natural, es hacer que él mismo lo descubra. Que su propio cuerpo aprenda por necesidad y por experiencia.
Aoi asintió. Tenía todo el sentido del mundo.
—Entiendo. Y si es así... ¿dónde debería llevarlo para intentarlo?
—Al Primer Piso —respondió ella al instante, sin dudar.
—¿¿Al Primer Piso?? —repitió Aoi, sorprendido. Había imaginado zonas altas, lugares peligrosos... no volver atrás.
—Allí es donde están las zonas acuáticas más grandes y seguras para su nivel —explicó la comerciante, y se giró para traer otro mapa, más sencillo y colorido, desplegándolo sobre el anterior—. Mira: hay lagos extensos, ríos rápidos, zonas de pantanos y ciénagas, y muchas especies de monstruos de agua de nivel bajo y medio: peces mágicos, ranas gigantes, slimes de agua, tortugas encantadas...
Señaló varias zonas marcadas con círculos azules.
—Si Puddle derrota suficientes enemigos de ese tipo, si se moja, si absorbe sus esencias y lucha en ese entorno... lo más probable es que, en poco tiempo, termine despertando alguna habilidad relacionada con el agua.
Aoi se inclinó, imaginando la escena.
—¿Y qué clase de habilidad podría ser?
—Imposible saberlo con exactitud —admitió ella, encogiéndose de hombros—. Podría ser un simple chorro de agua para atacar, una nube de niebla húmeda perfecta para debilitar runas, una capa de gel resbaladizo, una barrera de agua... o incluso algo completamente distinto que nadie haya visto antes. Los slimes son así: impredecibles.
Puddle, al escuchar tanto hablar de cambios y cosas nuevas, parecía cada vez más confundido. Se movía de un lado a otro sobre la mesa, encogiendo y estirando su cuerpo.
—Pui... pui...
—Pero una vez que despierte esa habilidad —Kyouka levantó un dedo con firmeza—, lo único que quedará será entrenarla, usarla una y otra vez, subirla de nivel y perfeccionarla hasta que sea lo suficientemente potente para lo que necesitas.
Aoi sonrió. Por primera vez desde que había llegado al Segundo Piso, se sentía tranquilo. Tenía un objetivo claro, un plan real, y no dependía de la suerte ni de objetos mágicos.
No necesitaba buscar artefactos legendarios.
Ni conseguir equipo raro y caro.
Ni pedir ayuda a otros jugadores.
Solo necesitaba dedicarse a ayudar a su pequeño compañero a crecer.
—Supongo que ya tenemos decidido cuál será nuestro próximo destino —dijo con determinación, guardando todo en su mente.
Puddle inclinó la cabeza a un lado, con los ojos muy abiertos.
—Pui?
—Vamos a volver al Primer Piso —anunció Aoi.
—Pui? —el sonido fue más agudo, mezcla de duda y sorpresa.
—Vamos a entrenar. Mucho.
—¡¡PUII!!
El pequeño slime dio un salto tan alto que casi tocó el techo de la caravana, y comenzó a rebotar desesperadamente por toda la superficie del mostrador, de un extremo a otro, girando sobre sí mismo, brillando con luces nerviosas y emitiendo sonidos rápidos y alterados. ¡Pui, pui, pui, pui!
Kyouka soltó una carcajada clara y alegre al verlo. Incluso Fern, desde abajo, golpeó el suelo con la cola pesadamente, emitiendo ese sonido grave y rítmico que era su forma de reírse, mientras Lyn bajaba la cabeza desde su lomo para observar el espectáculo con curiosidad.
—No te preocupes tanto, pequeño —dijo Kyouka, secándose una lágrima de risa bajo la máscara—. Estoy segura de que sobrevivirás.
Puddle se detuvo en seco, quedó totalmente rígido y brilló con una luz tenue y triste.
—Pui...
—Probablemente —añadió ella, con una sonrisa traviesa.
—¡¡PUII!!
El pánico absoluto se apoderó del slime, que volvió a rebotar como una pelota loca, chocando suavemente contra los frascos (sin romper nada, por suerte) y tratando de esconderse detrás de un libro.
Aoi negó con la cabeza, sin poder evitar sonreír ante la escena.
Estaba de vuelta. Tenía un plan, tenía el camino marcado y, sobre todo, tenía a su equipo completo, aunque fuera un poco caótico.
Después de todo... la siguiente aventura de su grupo acababa de comenzar.
Thoughts
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PermalinkKyouka tiene pinta de ser, fuera del juego, alguien que atiende a gente a diario: suelta la verdad aunque duela y a la vez le deja todo preparado en el mostrador, frasco por frasco.
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PermalinkPues nada, de vuelta al Primer Piso con las ranas gigantes, quién lo diría a estas alturas. ¿Vamos a ver entrenar a Puddle en los lagos capítulo a capítulo?
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PermalinkMe gustó que la salida sea volver atrás, al Primer Piso, a los lagos y las ranas gigantes, para que Puddle aprenda peleando. Aoi llegó con una lista de pociones y libros para hacerlo todo él, y se va con la tarea de ayudar a crecer al más chico del grupo. Me hizo acordar a mi hija, que aprendió a coser mirándome y nunca abrió las revistas que le compré. Y Kyouka también lo ve: señala primero a Fern, a Lyn y al slime, y a Aoi lo deja para el final.
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PermalinkUn golem que mueve las paredes del laberinto en plena pelea me suena a esos jefes donde lo difícil es entender el mapa y el monstruo viene después. Y que la solución sea mandar a Puddle a mojarse con ranas gigantes en el Primer Piso me hizo reír mucho. Apuesto a que ese entrenamiento va a dar para más de un capítulo!
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PermalinkAhora es Aoi el que siente que Kyouka le recuerda a alguien que ve todos los días, y no logra unir los puntos. Yo seguía con la idea de que ella lo iba a reconocer primero, y resulta que los dos andan a medio camino. Kyouka ya se burla de él como se burla alguien de casa, con cariño y sabiendo dónde apretar. Apuesto a que se delata después de Argos, cuando Aoi vuelva hecho polvo y ella lo atienda sin pensarlo.
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