Kizara cerrando la base y dejando prendidas solo las cámaras de las semillas me trajo a una casa que conozco de hace años: la familia se fue al norte cuando el trabajo se acabó, y el abuelo se quedó regando los limoneros del fondo, con una sola pieza en uso. Ta, la isla de Kizara me suena a eso, a un lugar que todos dejaron y alguno sigue cuidando. ¿Ya tenés decidido si queda alguien vivo en la isla cuando lleguen?
Capitulo 21: un cambio de ambiente
El sol comenzaba a ocultarse cuando el aerodeslizador aterrizó frente a la entrada oculta de la Base 17. La compuerta metálica se deslizó lentamente detrás de ellas, cerrándose con un golpe sordo…
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Kizara cerrando la base y dejando prendidas solo las cámaras de las semillas me trajo a una casa que conozco de hace años: la familia se fue al norte cuando el trabajo se acabó, y el abuelo se quedó regando los limoneros del fondo, con una sola pieza en u
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El sol comenzaba a ocultarse cuando el aerodeslizador aterrizó frente a la entrada oculta de la Base 17. La compuerta metálica se deslizó lentamente detrás de ellas, cerrándose con un golpe sordo que las aisló una vez más del mundo exterior.
Kizara permaneció unos segundos con la mano apoyada en el panel de control. Había estado dándole vueltas al asunto durante todo el camino de regreso, y ahora la certeza le pesaba más que cualquier carga. Dejó la mochila sobre la mesa de trabajo y soltó un suspiro profundo.
—Nara.
La androide levantó la vista del panel donde clasificaba piezas recuperadas, con una pequeña herramienta aún entre los dedos.
—¿Sí?
—Creo que deberíamos irnos una temporada —dijo Kizara directamente, sin rodeos.
Nara detuvo todo movimiento.
—¿Motivo de la propuesta?
—Ahora nos buscan dos grupos distintos —explicó ella, empezando a caminar despacio por el taller—. La IA Central ya consiguió una pista real, no solo sospechas. Y parte de la Resistencia… ellos tampoco nos van a dejar tranquilas. No quieren aliados, quieren control.
Se detuvo frente al mapa holográfico que brillaba sobre la mesa.
—Mientras más tiempo permanezcamos aquí, mayores son las probabilidades de que ambos caminos terminen cruzándose con el nuestro. Y no quiero esperar a ver quién llega primero.
Nara procesó la información en silencio durante unos instantes.
—Conclusión lógica confirmada —respondió finalmente—. Reducir nuestra presencia en la zona disminuye la probabilidad de detección y confrontación.
Kizara sonrió levemente.
—Exacto.
La androide extendió una mano y sobre la mesa apareció el mapa completo del continente.
—¿Destino propuesto?
Kizara señaló con el dedo hacia el extremo más alejado, donde el mapa se fundía con el azul profundo.
—Allí.
Nara amplió la imagen al instante. Primero apareció la costa lejana, luego la inmensidad del océano y, casi perdida entre las aguas, una pequeña isla de contornos irregulares.
—Distancia estimada: veinticuatro horas de desplazamiento terrestre —calculó al momento—. Posteriormente, doce horas de travesía marítima.
—Nadie llega hasta allá —dijo Kizara con voz más suave—. Queda fuera de todas las rutas de patrulla, fuera de los límites de monitoreo permanente… es como si el sistema se hubiera olvidado de que existe.
Nara la miró con atención.
—¿Conoces el lugar?
Kizara se quedó mirando aquel punto diminuto en el mapa, y su expresión se transformó: se volvió más tranquila, pero también más vulnerable.
—Nací allí —confesó—. Vivíamos en una comunidad pequeña, todos pescadores. Mis padres… allí fue donde aprendí todo lo que sé.
Hizo una pausa, como si estuviera desempolvando recuerdos que llevaban mucho tiempo guardados.
—Cuando cumplí doce años, los recursos empezaron a faltar. Los peces dejaron de llegar, las cosechas no daban para todos… y decidieron cruzar al continente buscando una oportunidad. Fue la primera vez que vi tierras tan grandes, ciudades en ruinas… y luego…
Su voz bajó casi hasta un susurro.
—Ellos no sobrevivieron al viaje. Nunca volví.
El silencio llenó la sala, denso y respetuoso. Nara no dijo nada de inmediato; simplemente observó el rostro de Kizara, registrando cada matiz, cada cambio en su postura, guardando aquellas palabras en un lugar especial de su memoria.
—La probabilidad de detección en esa ubicación es inferior al tres por ciento —informó al final con suavidad—. Las condiciones de aislamiento coinciden con lo que necesitamos.
Kizara levantó la vista y sonrió con gratitud.
—¿Entonces estamos de acuerdo?
—Sí —asintió Nara—. Partiremos al amanecer.
Las horas siguientes transcurrieron entre preparativos. Cajas con herramientas, repuestos, alimentos racionados, medicinas y cuadernos llenos de anotaciones fueron colocados con cuidado en el compartimento de carga del aerodeslizador.
Mientras ajustaba las correas de una caja pesada, Kizara miró hacia un rincón del taller. Allí estaba la motocicleta de Nara, con su diseño elegante y resistente, brillando bajo la luz tenue. Se acercó despacio y le dio una palmada cariñosa al asiento.
—Oye, Nara —llamó sin girarse.
—¿Sí?
—¿Crees que ella pueda aguantar el viaje hasta la isla?
Nara revisaba una lista de suministros sin levantar la vista.
—Sí.
Kizara arqueó una ceja y soltó una risa.
—¿Así de fácil? ¿No hay nada que revisar, modificar o adaptar?
La androide dejó la lista sobre la mesa y comenzó a explicar con claridad:
—Su estructura cuenta con tres modos de desplazamiento principales: terrestre, con tracción adaptativa a cualquier superficie; acuático superficial, mediante impulsores de chorro de agua; y un tercer modo de contención sellada.
Kizara se quedó quieta, mirándola.
—¿Tercer modo?
—En caso de necesidad —continuó Nara con total naturalidad—, el habitáculo se sella herméticamente, los neumáticos se retraen y el sistema de propulsión se ajusta para navegar sumergida a profundidades moderadas. Alcance: dos horas sin reposición de aire.
Kizara tardó unos segundos en procesarlo. Dio unos pasos lentos hacia la moto, la miró de arriba abajo y luego… la abrazó con fuerza, apoyando la mejilla en el depósito.
—Te adoro —murmuró—. Eres la cosa más increíble que he visto en mi vida. ¿Cómo puedes hacer tanto y tan bien?
Nara se quedó inmóvil en su sitio. Sus sensores captaban cada movimiento, cada latido acelerado de Kizara, la calidez de su contacto con la máquina.
Cinco segundos. Diez. Quince.
La androide miró la moto, luego se miró a sí misma y analizó internamente: “Capacidades comparables. Versatilidad superior. Sin embargo, nivel de interacción afectiva recibido: menor.”
Kizara se separó finalmente y al girarse encontró a Nara observándola con fijeza.
—¿Qué pasa? —preguntó con una sonrisa pícara.
—Nada relevante —respondió ella con calma.
—No me creo eso —se acercó un poco más—. ¿Estás celosa de una motocicleta?
Nara parpadeó dos veces mientras sus sistemas revisaban la definición del término.
—Celos: estado emocional asociado a la posesión o la exclusividad… —recitó brevemente—. Negativo. No cuento con parámetros que definan ni generen esa respuesta. Por lo tanto, no es posible que experimente lo que mencionas.
Kizara soltó una carcajada.
—Claro, claro…
—Sin embargo —añadió Nara de inmediato—, he registrado que el tiempo de contacto físico positivo dirigido a esa unidad mecánica ha sido de cuarenta y tres segundos. Mientras que el tiempo dedicado a mí durante la misma jornada ha sido de veintisiete segundos.
Kizara abrió los ojos sorprendida.
—¿Llevas la cuenta?
—Es un registro estadístico —aclaró ella—. No una opinión ni una emoción. Solo una diferencia cuantificable que he detectado.
—Pues suena exactamente como si estuvieras celosa —rio la joven, acercándose más y mirándola con ternura.
—Corrección: solo expongo datos objetivos —insistió Nara, aunque su tono no tenía rigidez, solo precisión—. La interpretación que haces es ajena a mis procesos.
Kizara no dijo nada más. Simplemente dio un paso adelante y rodeó a Nara con sus brazos, apretándola suavemente contra sí misma.
La androide se quedó inmóvil durante dos segundos exactos. Luego, sus manos se alzaron despacio hasta apoyarse levemente en la espalda de Kizara.
—¿Y ahora? —preguntó ella en voz baja.
—Ahora ya está igualado —respondió Kizara con una sonrisa contra su hombro.
Nara revisó sus registros.
—Los valores han sido corregidos y superados —confirmó—. La diferencia estadística ha desaparecido.
Kizara soltó una risa suave.
—Me alegro.
Nara volvió a insistir internamente en que aquello no era más que un ajuste de cifras, un cambio en los datos que analizaba. Pero al mismo tiempo, en una parte de su sistema que todavía no tenía nombre ni etiqueta, guardó la sensación de aquel abrazo como algo que, sin saber explicar por qué, hacía que todo lo demás pareciera mucho más sencillo.
El amanecer apenas comenzaba a teñir de gris y naranja el horizonte cuando la Base 17 inició su protocolo de cierre definitivo. Las luces del hangar permanecían encendidas, bañando el espacio con una luz fría mientras los últimos preparativos llegaban a su fin.
Kizara ajustó una de las correas del remolque hermético que la motocicleta arrastraría durante todo el trayecto. Dio un último golpe suave sobre la tapa metálica.
—Lista.
A diferencia de cualquier remolque común, aquel compartimiento estaba sellado al vacío. Nara había revisado cada junta, cada cierre y cada sello durante la noche, asegurándose de que ni una partícula de polvo del desierto ni una gota de agua salada pudiera entrar en su interior.
Todo estaba organizado con una precisión casi obsesiva: alimentos deshidratados, filtros purificadores, herramientas de todo tipo, medicinas, ropa resistente, baterías de alta duración y repuestos para cualquier eventualidad. También había libros cuidadosamente envueltos en materiales impermeables.
Pero junto a todo eso, ocupando un lugar especial, iban pequeñas bolsas etiquetadas: semillas de tomate, papa, lechuga, zanahoria, legumbres e incluso algunas especies de árboles frutales conservadas en el banco genético de la propia base.
Nara revisó la lista final que aparecía en su visor interno.
—Inventario completo —informó—. Peso total dentro del margen operativo recomendado. La estabilidad del vehículo no se verá afectada en ningún tipo de terreno.
Kizara miró todo aquello y soltó una pequeña sonrisa.
—Tal vez exageré un poco con las provisiones...
Nara negó con la cabeza, respondiendo con su lógica habitual:
—Evaluación de riesgo: la probabilidad de encontrar asentamientos o recursos disponibles en la isla es desconocida. Por lo tanto, cualquier preparación adicional reduce el margen de error y aumenta la probabilidad de supervivencia y establecimiento.
Kizara cerró lentamente la tapa del remolque y apoyó la mano sobre el metal frío.
—Eso mismo pensé yo —dijo en voz baja—. Si todavía vive gente allí… estaremos preparados para ayudar. Y si no…
Miró las etiquetas escritas con su propia letra.
—Al menos tendremos con qué empezar de nuevo.
Nara guardó aquella frase en su memoria: “Empezar de nuevo”. Era una expresión que la joven repetía en momentos importantes, y que empezaba a comprender como algo más que una simple secuencia de palabras.
Caminaron despacio hacia la plataforma central. A su alrededor, la inmensa instalación permanecía en silencio, como si contuviera el aliento. Era difícil asimilar que bajo esa montaña descansaba el último gran laboratorio de una civilización que ya no existía.
Kizara recorrió con la mirada el taller, los pasillos y las puertas que tantas veces había cruzado. Aquel lugar había sido su único hogar durante años.
—Nara —llamó finalmente.
—¿Sí?
—Si dejamos la base funcionando en modo espera… ¿hay alguna posibilidad de que la IA Central la detecte?
La androide alzó una mano y proyectó una imagen esquemática de todos los sistemas. Decenas de luces y líneas fueron apagándose una tras otra.
—Protocolo de ausencia iniciado —explicó—: Laboratorios desconectados. Sistemas de fabricación suspendidos. Red de comunicaciones principal inactiva. Iluminación general apagada. Mantenimiento automático reducido a ciclo mínimo.
Solo unos pocos puntos verdes permanecieron encendidos en la proyección.
—Únicamente seguirán operativos los sistemas de conservación de muestras biológicas, semillas y componentes sensibles. No consumirán energía innecesaria ni emitirán señal alguna.
—¿Nada más? —preguntó Kizara.
—Correcto —confirmó Nara—. El consumo total se reducirá al 1,8 % de la capacidad máxima. Para cualquier escáner externo, la base dejará de existir como fuente energética distinguible.
Mostró luego una simulación de barrido sobre la montaña: la imagen mostraba solo roca y tierra, sin ninguna anomalía.
—La firma energética será idéntica a la del entorno natural circundante. No habrá diferencias detectables desde la superficie.
Kizara soltó el aire que había estado reteniendo.
—Entonces estaremos seguros.
—La única forma de localizarla sería mediante una perforación geológica profunda realizada exactamente sobre esta coordenada —aclaró Nara—. La probabilidad de que eso ocurra es inferior al 0,02 %.
La joven rió suavemente.
—Espero que a nadie le dé por cavar una montaña al azar.
—Probabilidad prácticamente nula —respondió la androide con seriedad.
Una a una, las enormes compuertas internas comenzaron a cerrarse. El eco del acero al desplazarse resonó suavemente por toda la instalación. Las luces fueron apagándose en secuencia: primero los talleres, luego la biblioteca, los laboratorios, los almacenes y los pasillos. Hasta que solo quedaron aquellos pequeños puntos verdes junto a las cámaras de conservación.
La Base 17 había entrado en hibernación.
Kizara ajustó los últimos amarres y se colocó el casco. Nara hizo lo mismo. Antes de subir, la joven se detuvo un instante frente a la gran puerta blindada que acababa de sellarse. Una mezcla de gratitud y nostalgia la recorrió.
—¿Lista? —preguntó Nara.
Kizara asintió.
—Sí. Pero antes…
Sacó del bolsillo el comunicador analógico que el Viejo les había entregado. Lo activó solo unos segundos y envió un mensaje breve y codificado:
Viejo. Aquí Kizara. Nos marchamos una temporada. Todo bien. Estaremos fuera de vista. Contactaremos cuando sea seguro. Gracias.
Lo apagó de inmediato y lo guardó.
—Sin nombres, sin rutas, sin detalles —dijo—. Tal como acordamos.
Nara asintió.
—La transmisión no contiene datos suficientes para trazar nuestra ubicación ni nuestro destino. Es indetectable y no deja rastro.
Kizara montó en la motocicleta. El motor eléctrico emitió un zumbido suave y potente al mismo tiempo que todos los sistemas de navegación se activaban. En el pequeño panel aparecieron los cálculos precisos:
Destino: Costa Este
Viaje terrestre: 23 h 41 min
Trayecto marítimo: 11 h 56 min
Estado del vehículo: Óptimo
—Tenemos camino por delante —comentó Kizara con una mezcla de emoción y determinación.
Nara se sentó detrás de ella, sujetándose con firmeza mientras conectaba sus propios sistemas a la motocicleta para optimizar el rendimiento.
—Ruta verificada y optimizada —informó—. Estoy lista para partir.
Kizara giró el acelerador. La máquina avanzó suavemente por el túnel de salida. Al cruzar el último arco, los sensores confirmaron su alejamiento y la inmensa compuerta comenzó a descender lentamente detrás de ellas. El acero volvió a cerrarse, ocultando para siempre a los ojos del mundo el último refugio de quienes se negaron a rendirse.
Desde afuera, nada delataba su existencia. Solo rocas, viento y silencio.
Sin volver la vista atrás, Kizara aceleró. La motocicleta tomó velocidad y el remolque la siguió con una estabilidad perfecta. Frente a ellas se abría un largo camino, hacia un lugar lleno de recuerdos y quizás… hacia un nuevo comienzo.
Las primeras horas del viaje transcurrieron con una calma casi irreal. La motocicleta avanzaba suavemente sobre la arena mientras el sol se elevaba lentamente, bañando el desierto de tonos dorados. Detrás de ellas, el remolque hermético seguía cada movimiento con una estabilidad asombrosa, su suspensión adaptativa absorbiendo cualquier irregularidad del terreno. Solo el viento rompía el silencio.
Kizara sonrió bajo el casco.
—Hace mucho que no recorría tantos kilómetros sin tener que esconderme.
Nara iba sentada detrás de ella. Aunque su mirada parecía perdida en el paisaje, una parte de su conciencia permanecía conectada directamente a los sistemas de la moto: velocidad, consumo energético, temperatura del motor, tensión de las correas del remolque, dirección y fuerza del viento… todo se analizaba y ajustaba mil veces por segundo.
—Velocidad óptima —informó—. Consumo dentro de los márgenes calculados. Estabilidad del remolque: 100 %.
Kizara soltó una risa suave.
—Sabía que dirías algo así.
Ambas guardaron silencio unos minutos, disfrutando de la sensación de movimiento. Hasta que Kizara volvió a hablar, con la voz más baja y tranquila:
—¿Sabes? La isla donde nací… no era nada parecido a esto.
—Describe —pidió Nara con interés.
—Era pequeña, llena de rocas y de gente que se conocía de toda la vida —empezó a contar Kizara, como si viera las imágenes pasar frente a ella—. Todos nos ayudábamos. Los niños corríamos por la orilla sin miedo a nada. Mi padre salía a pescar al amanecer y mi madre tenía un huerto cerca de la playa donde cultivaba todo lo que podíamos comer.
Una sonrisa tierna apareció en sus labios.
—Por las tardes nos reuníamos todos en el muelle. Los hombres arreglaban las redes, las mujeres preparaban la cena… y nosotros apostábamos a ver quién encontraba el cangrejo más grande escondido entre las piedras.
Soltó una pequeña risa nostálgica.
—Nunca gané. Siempre se me escapaban.
Nara guardó cada detalle en su memoria.
—¿Sientes la ausencia de ese lugar?
Kizara tardó unos segundos en responder, mirando el horizonte infinito.
—Sí. Mucho. A veces pienso que tal vez ya no queda nadie. O tal vez todos se fueron cuando las cosas empeoraron. Pero…
Hizo una pausa breve.
—…tengo la esperanza de que, si alguien sigue allí, al menos encuentre el modo de sobrevivir.
—La probabilidad de supervivencia de una comunidad aislada sin recursos externos es variable —respondió Nara con calma—. No hay datos suficientes para afirmar ni descartar ninguna posibilidad.
Kizara volvió a reír levemente.
—Siempre tan… exacta.
—No es una actitud —aclaró la androide—. Es una evaluación basada en la información disponible.
—Ya lo sé —dijo la joven—. Pero me gusta igual.
Habían transcurrido unas tres horas desde que salieron de la base. No habían visto ni una sola señal de patrullas, ni drones, ni rastro de nadie. Todo parecía confirmar que habían tomado la decisión correcta.
De repente, una alerta silenciosa cruzó la conciencia de Nara.
ANOMALÍA DETECTADA
Sus sensores recorrieron el entorno en una fracción de instante: una concentración de energía enfocada, dirección izquierda, distancia 812 metros, tiempo estimado hasta el impacto: 0,42 segundos.
—Kizara —dijo Nara con voz seca y urgente.
Antes de que la joven pudiera preguntar, la moto obedeció directamente a la voluntad de Nara: el sistema de control tomó el mando y giró bruscamente hacia la derecha.
—¡¿Qué…?! —alcanzó a decir Kizara, sujetándose con fuerza al manillar.
En ese mismo instante, un rayo láser cruzó el aire con un zumbido agudo.
¡FZZZZZZT!
Pasó tan cerca que el calor abrasó el costado del remolque y la arena estalló justo donde habían estado un segundo antes.
—¡¿Qué demonios fue eso?! —gritó Kizara, tratando de recuperar el equilibrio mientras la moto derrapaba.
Consiguieron frenar finalmente, envueltas en una nube de polvo. Kizara respiraba agitadamente, pero Nara no se movía ni un milímetro. Su mirada estaba fija en la cima de una gran duna cercana.
Kizara siguió su mirada.
Allí, recortada contra el cielo despejado, había una figura inmóvil: cabello negro, uniforme oscuro, postura perfecta. A sus flancos, dos enormes unidades de asalto pesado con los cañones ya cargándose. Y muy por encima, más de veinte drones trazando círculos cerrados, cortando cualquier posible vía de escape.
La formación era impecable. No había fallos. No había dudas.
La figura abrió los ojos, brillando con una luz roja tenue pero inconfundible. Su voz resonó con una frialdad absoluta:
—Unidad independiente localizada.
Una pausa breve, calculada. Hasta ese momento no había enviado ni una sola señal. Ahora, el protocolo había cambiado.
—Iniciando Protocolo de Destrucción.
La luz roja se intensificó. La transmisión hacia la IA Central se activó al fin, informando del hallazgo. Y en el mismo instante, una única orden recorrió toda la red de máquinas:
Eliminar al objetivo.
Thoughts
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PermalinkLo de la isla donde dejaron de llegar los peces y la gente cruzó a buscar algo mejor lo he visto de cerca, con otros nombres: casi nadie se va porque quiere. Que Kizara vuelva justo ahí con semillas me parece sensato.
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PermalinkOye, las bolsitas de semillas etiquetadas con la letra de Kizara, entre las baterías y los filtros. Ahí va toda la esperanza del viaje, en tomate y zanahoria.
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PermalinkÓrale, lo de Nara y la moto nos hubiera tenido una hora discutiendo en el club. Rosa diría que claro que está celosa, que nadie cuenta segundos si no le importa, y Maru le contestaría que Nara solo mide porque es lo único que sabe hacer con lo que siente. Yo me quedo en medio: la parte donde guarda el abrazo en un lugar sin nombre me dice que las dos tienen razón. Y la duna del final nos habría dejado sin cena.
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PermalinkCuarenta y tres segundos para la moto y veintisiete para Nara: se nota que ella ya siente más de lo que admite, aunque lo llame registro estadístico. Apuesto a que esa cuenta le va a pesar cuando Kizara esté en peligro en la duna, y que ahí se le acaba lo de los datos objetivos. Me alegra que la historia siga, gracias!
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PermalinkKizara cerrando la base y dejando prendidas solo las cámaras de las semillas me trajo a una casa que conozco de hace años: la familia se fue al norte cuando el trabajo se acabó, y el abuelo se quedó regando los limoneros del fondo, con una sola pieza en uso. Ta, la isla de Kizara me suena a eso, a un lugar que todos dejaron y alguno sigue cuidando. ¿Ya tenés decidido si queda alguien vivo en la isla cuando lleguen?
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