Nicolás descubrió que una persona puede pedir ayuda sin pronunciar jamás las palabras necesito ayuda.
Lo descubrió demasiado tarde.
Durante mucho tiempo creyó que pedir ayuda consistía en sentarse frente a alguien y decirlo todo:
Estoy deprimido.
Estoy pensando en morir.
No puedo más.
Pero aquellas palabras le parecían enormes, como puertas demasiado pesadas para abrirlas solo.
Así que utilizó otras.
—Estoy cansado.
—Ya no disfruto las cosas.
—No le encuentro sentido.
—A veces quisiera desaparecer.
—No sé cuánto tiempo pueda seguir así.
Pensó que alguien entendería. Que alguien escucharía lo que había detrás de aquellas frases.
A veces ocurría.
A veces no.
Y otras veces las personas escuchaban exactamente las palabras que él decía y ninguna de las que intentaba decir realmente.
El cumpleaños de Nicolás llegó en noviembre.
Su madre organizó una comida. Lucía llevó un pastel. Sergio apareció con una botella de vino que Nicolás ni siquiera abrió.
Elena llegó después de todos.
—Feliz cumpleaños.
Lo abrazó.
Nicolás sonrió.
—Gracias.
—¿Cómo estás?
Él la miró.
Por un instante estuvo a punto de responder la verdad completa, sin filtros y sin la costumbre.
—Estoy...
Se detuvo.
—Estoy bien.
Elena sonrió.
—Eso ya lo conozco.
—¿Qué?
—Esa respuesta.
Nicolás soltó una risa.
—Pues es que sigo estando bien.
—Claro.
Pero Elena no pareció convencida.
Durante la comida hablaron de todo: historias familiares, anécdotas del trabajo, películas, vacaciones y esas cosas pequeñas que parecen normales cuando nadie sospecha que algo está cambiando.
Nicolás hizo reír a todos. Imitó a uno de sus jefes y consiguió que su madre casi derramara el agua de la risa.
Lucía tomó fotografías.
Muchas.
En una de ellas Nicolás apareció sonriendo.
Años después, aquella fotografía se convertiría en una de las más difíciles de mirar.
No porque mostrara tristeza.
Precisamente porque no la mostraba.
Porque hay veces en que una sonrisa termina convirtiéndose en un escondite.
Aquella noche, después de que todos se fueron, Nicolás permaneció sentado en el suelo de la sala.
La casa estaba en silencio.
Observó las fotografías en su teléfono.
Ahí estaba él: sonriendo, conversando, celebrando.
Parecía feliz.
O al menos parecía alguien que todavía sabía cómo serlo.
Y eso fue lo que más le dolió.
Tomó el teléfono.
Abrió la conversación con Elena.
Escribió:
Gracias por todo.
Lo leyó.
Lo borró.
Escribió:
Te quiero mucho.
También lo borró.
Permaneció varios segundos mirando la pantalla.
Finalmente escribió:
A veces pienso que, si yo no estuviera, ustedes estarían mejor.
Su dedo quedó suspendido sobre el botón de enviar.
Después cerró los ojos.
Borró el mensaje.
Dejó el teléfono.
Fue a la cocina, abrió una cerveza y decidió que no volvería a hablar del tema.
La decisión le duró exactamente dos semanas.
Volvió a intentarlo con Sergio.
Estaban solos en la oficina. La mayoría ya se había ido. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado y el sonido ocasional de algún teclado.
—¿Alguna vez has sentido que ya no quieres seguir?
Sergio continuó mirando la computadora.
—¿Con el trabajo?
Nicolás sonrió.
—Sí.
—Todo el tiempo.
Nicolás bajó la mirada.
—No, hablo en serio.
Sergio finalmente levantó la vista.
—Yo también hablo en serio.
Hubo un silencio breve.
Después Sergio volvió a la pantalla.
La conversación terminó ahí.
No porque no le importara ni porque fuera indiferente.
Simplemente no entendió.
Y Nicolás volvió a sentir aquella sensación conocida: como si hubiera dejado una puerta entreabierta y nadie hubiera notado que estaba ahí.
—Sí —dijo finalmente—. Yo también.
Dos días después, Sergio lo invitó a comer.
No hablaron de depresión ni de salud ni de nada que sonara demasiado serio.
Hablaron de fútbol, del jefe y de un compañero que llevaba tres semanas diciendo que iba a renunciar.
A mitad de la comida, Sergio dejó el tenedor.
—Te voy a decir algo que no me gusta decir.
—Eso sí es grave.
—Mi papá está enfermo.
Nicolás dejó de sonreír.
—¿Qué tiene?
—No sé bien. Los estudios siguen. Mi mamá está hecha polvo y yo...
—Sergio se encogió de hombros—.
Yo no sé qué hacer.
Era la primera vez que Nicolás lo veía sin una respuesta preparada.
—¿Tienes miedo?
Sergio asintió.
—Mucho.
Nicolás esperó que el otro hiciera una broma.
No la hizo.
—Entonces no estás tan bien como dices —comentó Nicolás.
Sergio sonrió con cansancio.
—Mira quién habla.
Los dos se quedaron callados.
Por un momento ninguno tuvo que fingir.
Fue una conversación pequeña. No resolvió nada. El padre de Sergio siguió enfermo. Nicolás siguió sintiéndose mal.
Pero años después, Sergio recordaría aquella comida como una de las primeras ocasiones en que comprendió que entre hombres también podía existir otra forma de decir: tengo miedo.
La tercera vez fue con Lucía.
Iban en el automóvil.
La radio estaba encendida y la ciudad pasaba junto a ellos como cualquier otro día.
—Lu.
—¿Qué?
—Si algún día me pasa algo...
—No empieces.
—Solo escucha.
Lucía bajó el volumen.
—No me gusta cuando hablas así.
—Necesito que me escuches.
Esta vez apagó la radio por completo.
—Te escucho.
Nicolás miró por la ventana. Los semáforos, las personas caminando, los negocios. Todo parecía pertenecer a un lugar cada vez más lejano.
—No sé cómo explicarlo.
—Inténtalo.
—Siento que estoy desapareciendo.
Lucía esperó.
—Estoy aquí —continuó Nicolás—, pero siento que no estoy.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé.
—¿Y eso te da miedo?
Nicolás tardó unos segundos.
—Sí.
Lucía lo miró.
—¿Estás pensando en hacerte daño?
Nicolás volvió la cabeza.
Era la primera vez que alguien nombraba aquello en voz alta.
—No sé —respondió.
Y era verdad.
No lo sabía.
Solo sabía que algo dentro de él seguía rompiéndose.
Lucía tomó su mano.
—Entonces vamos a averiguarlo juntos.
Nicolás respiró profundamente.
El dolor seguía ahí. El miedo también. Pero, por primera vez en mucho tiempo, dejó de sentir que estaba enfrentándolos solo.
Aquella misma tarde buscaron ayuda.
No discutieron si era grave. No intentaron resolverlo en el automóvil ni buscaron frases perfectas.
Buscaron a alguien que supiera escuchar.
A Nicolás le costó hablar.
Varias veces guardó silencio. En más de una ocasión estuvo a punto de levantarse e irse. Lloró, miró al suelo y volvió a empezar.
Pero habló.
Y después de muchos meses, alguien escuchó no solo lo que decía, sino también lo que había detrás de sus palabras.
Cuando terminó, permaneció sentado unos segundos, como si el simple hecho de haberlo dicho hubiera cambiado algo.
—Pensé que nadie iba a entender —dijo.
Lucía sonrió con tristeza.
—Yo tampoco entendía.
—¿Y ahora?
Ella apretó suavemente su mano.
—Ahora quiero entender.
Al salir, el mundo seguía igual. Los autos circulaban, la gente caminaba por las banquetas y la ciudad continuaba con su rutina indiferente.
Pero algo había cambiado.
No era una solución.
Tampoco una recuperación.
Ni siquiera una mejoría.
Era algo más pequeño y, precisamente por eso, más valioso.
Una posibilidad.
La primera posibilidad real que Nicolás había tenido en mucho tiempo.