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Capítulo 2: "Primer Día"

CaPitta188
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El mundo ha cambiado, y con esos cambios han llegado nuevas oportunidades: oportunidades para bien o para mal. Sea cual sea el resultado, los débiles no tienen lugar en el nuevo mundo. Para…

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Treinta vueltas, cincuenta flexiones, bolsas de cuarenta kilos. ¿Tienes más capítulos de este entrenamiento?

Treinta vueltas, cincuenta flexiones, bolsas de cuarenta kilos. ¿Tienes más capítulos de este entrenamiento?

Contenido de la publicación

El mundo ha cambiado, y con esos cambios han llegado nuevas oportunidades: oportunidades para bien o para mal. Sea cual sea el resultado, los débiles no tienen lugar en el nuevo mundo. Para sobrevivir, hay que ser fuerte, y eso implica luchar: internamente y externamente. Esta lucha no es fácil; todo dependerá de la voluntad de cada ser humano.

La noche era tranquila. Solo se podía apreciar un profundo silencio, un silencio ensordecedor. Todos los reclutas descansaban en sus camas, todos, excepto Norris.
Él no podía dormir. Sabía que, si se dormía, las pesadillas volverían. Además, solo faltaba una hora para el entrenamiento, así que no valía la pena intentarlo.

Al no poder pegar un ojo, simplemente se sentó en su cama y observó el brillo de la luna a través de una de las ventanas. Mientras miraba, pensaba y pensaba, muy seriamente, hasta que finalmente decidió colocarse su uniforme de recluta.
El uniforme consistía en una remera blanca, una chaqueta negra con el logo de Novaris Global, pantalones grises y botines negros.

Cuando terminó de vestirse, el silencio fue reemplazado por una fuerte alarma que despertó a todos los reclutas.
La alarma era tan potente que producía un chirrido molesto en los oídos. Todos los reclutas se levantaron rápidamente, poniéndose sus uniformes lo más rápido que podían: debían estar puntuales en sus puestos de entrenamiento.

-¡Wow! Eres rápido, compañero -exclamó uno de los reclutas, viendo a Norris ya listo.

Norris no respondió. Simplemente le lanzó una mirada fría y lo ignoró.

Poco después, un capataz se presentó en el dormitorio.

-¡Espero que hayan descansado, señoritas! ¡Hoy será un día duro! -exclamó burlonamente-. ¡Síganme! -ordenó con voz firme.

Norris, junto con los demás reclutas, comenzó a seguirlo.
Avanzaron por un pasillo extenso hasta llegar al puesto número 315: el punto de reunión de su pelotón.

-¡Entren! -gritó el capataz.

Los reclutas formaron una fila. Justo en ese momento ingresó el sargento.

-¡Firmes! -gritó el capataz.

Todos los reclutas se posicionaron, con la frente en alto.
El sargento caminó entre ellos, observándolos uno a uno. Su voz, cargada de sarcasmo, rompió el tenso silencio:

-¡Muy bien! Cómo me gusta ver a todo mi equipo presente...

De repente, su tono tranquilo cambió, convirtiéndose en un grito furioso:

-¿¡Acaso creen que soy idiota!? ¿¡Dónde demonios están los demás!?

-Creo que venían atrás, señor -respondió el capataz con indiferencia.

Justo en ese instante, llegaron corriendo los últimos reclutas.
Se posicionaron en la fila, visiblemente nerviosos. El sargento los observó con una mirada fulminante y gritó:

-¡PRIMER DÍA! ¡PRIMER DÍA Y YA HAY RETRASADOS!

El grito iba dirigido a todos, pero especialmente a quienes acababan de llegar.
El sargento se paseó entre las filas mientras el ambiente se tensaba. Todos los reclutas, sin atreverse a mirarlo directamente, lo seguían de reojo.

Más calmado, pero igual de amenazante, continuó:

-Dejenme decirles algo: en mi pelotón, no permito gente que llegue tarde. Lo dejé claro desde un principio.

Se acercó a los rezagados y, haciendo una burla de llanto, añadió:

-Ahora, gracias a estos bebés de mamá, todos ustedes harán cinco horas de trabajo forzado después de sus entrenamientos... ¡por dos semanas! Y deberán cumplir todas las tareas puntualmente. Cada retraso adicional les sumará una semana más.

Tras dar un par de vueltas entre las filas, volvió junto al capataz:

-¡Que esto les enseñe a ser puntuales! Recuerden: si uno falla, fallan todos.

Acto seguido, gritó:

-¡AHORA MUEVAN SUS PATÉTICOS TRASEROS!

Todos los reclutas siguieron al capataz en absoluto silencio.
Algunos dirigían miradas de desprecio hacia los rezagados, pero nadie se atrevía a hablar.

Caminaron hasta llegar a una enorme puerta automatizada. El capataz introdujo un código, y la puerta se abrió lentamente.
Detrás de ella había un balcón con barandillas desde donde se podía ver un inmenso campo de entrenamiento.
Había reclutas de otros pelotones entrenando, y más allá, militares de rango avanzado realizando ejercicios más complejos.

Mientras cruzaban el balcón, Norris y los demás miraban asombrados la majestuosidad del campo.
Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos cuando llegaron a unas escaleras que descendían al área de entrenamiento.

Una vez abajo, el capataz los condujo a una zona específica, y el sargento apareció nuevamente:

-¡Muy bien, señoritas! -gritó con autoridad-. ¡Darán treinta vueltas alrededor del campo! ¡Y lo harán en menos de diez minutos! Aquel que no llegue a tiempo, ¡tendrá una hora extra de trabajo forzado añadida a su castigo!

Sin más, los reclutas comenzaron a correr por la zona del campo en la que se encontraban. Algunos corrían rápido, otros más lento, mientras que otros solo trotaban. Norris se hallaba en medio de sus compañeros, trotando. Algunos de los reclutas ya se encontraban agotados, no podían seguir más, pero debían hacerlo. Norris trotaba, y tras un tramo estrecho comenzaba a correr lento; luego de otro estrecho, aceleraba y corría rápido, para finalmente volver a trotar. Realizaba este mecanismo de forma astuta para no agotar su energía rápidamente.

Mientras volvía a trotar, uno de sus compañeros se acercó y, agitado, le preguntó:

-¿Cómo lo haces?

Norris, con la vista al frente y sin mirarlo, respondió con desgano:

-¿Qué?

-He notado que eres el único que no está agotado... Al menos, no se te nota -respondió su compañero con la respiración entrecortada.

Mientras ambos trotaban, Norris exclamó con indiferencia:

-Es una técnica de velocidades, así ahorras energía.

El recluta lo observó asombrado mientras Norris mantenía su ritmo constante.

Desde una zona alejada, el sargento observaba a los reclutas correr. A su lado, el capataz cronometraba el tiempo con un reloj. Mientras los reclutas completaban las vueltas, el sargento les gritaba:

-¡He visto parásitos correr más rápido que ustedes! ¡Muévanse, muévanse, muévanse!

Tras varios minutos, uno de los reclutas tropezó y cayó al suelo. Todos los demás pasaron por encima de él sin detenerse, solo lo miraban de reojo; todos querían llegar a la meta a tiempo. El recluta caído, adolorido y exhausto, vio de repente una mano extendida hacia él. Levantó la vista, sudoroso y con raspones en los brazos y la frente: era Norris, quien, con una voz fría pero suave, le dijo:

-¡Levántate! Aún no has terminado.

El recluta tomó su mano, y juntos volvieron a correr.

Unos minutos después, el sargento gritó:

-¡Les falta un minuto! ¡MUEVAN SUS TRASEROS GÉLIDOS!

A Norris le faltaba solo una vuelta para completar las treinta. A último momento, pasó de un trote suave a una carrera rápida, alcanzando a sus compañeros y siendo el primero en completar la vuelta.

Todos cruzaban la línea de su última vuelta, jadeando para recuperar el aire. El sargento se acercó y, con voz fuerte, les gritó:

-¡Son una vergüenza para Novaris! ¡Tortugas embarazadas son más rápidas que ustedes!

Luego, cambiando el tono de su voz, agregó:

-¡Ahora me darán 50 flexiones en menos de cinco minutos! ¡Muévanse!

Los reclutas comenzaron a hacer las flexiones mientras el tiempo corría.

-¡Apresúrate, Rachel! ¿¡Acaso tienes brazos de niña, Stagno!? ¡Por Dios, he visto a mi abuela hacerlo mejor que tú, Layton! ¡Dios, qué patéticos son! -gritaba el sargento mientras caminaba entre ellos, inspeccionándolos.

Norris, por su parte, logró completar las 50 flexiones. El capataz, mostrando su reloj al sargento, dijo:

-Nada mal, Baker. Al menos estás a la altura de un gusano.

Terminadas las flexiones, los reclutas formaron una fila. Algunos estaban extremadamente agotados; otros sudaban en exceso. El sargento, parado frente a ellos, gritó sarcásticamente:

-¿Cansados? ¡Ay, pobrecitos! ¡Parecen gusanos de tierra! ¡Veo que todos quieren regresar al basurero de donde salieron!

Luego, con la misma ironía, continuó:

-¿Qué esperan? ¿Besitos de consuelo? ¡Muévanse!

Los reclutas, aún con el cuerpo temblando, se movieron rápidamente para continuar el entrenamiento. Esta vez, debían levantar bolsas de 40 kg, trotar con ellas y llevarlas al otro lado del campo.

-¡Siento que me voy a desmayar! -se quejaba un recluta.

-¡Yo también! ¡No aguanto más! -respondía otro.

Norris, por su parte, fue el primero en llegar con su bolsa, seguido por los demás. Así, tras varias horas de entrenamiento, terminaron... por hoy.

-De acuerdo, ratas de alcantarilla, ¡su primer día de entrenamiento ha terminado! -gritó el sargento de manera desagradable-. ¡Me dieron asco, son una vergüenza para mí!

Luego, sonriendo de forma siniestra, agregó:

-¡Ahora deberán cumplir su castigo! ¡Cinco horas de trabajo forzado! ¡Sigan al capataz!

Los reclutas, resignados, siguieron al capataz, quien los llevó a una sala enorme.

-¡Esperen aquí! -ordenó, antes de retirarse.

Quedaron solos. Algunos de los reclutas comenzaron a acercarse a los que habían sido impuntuales. Uno de ellos, furioso, exclamó:

-¡Idiotas! ¡Gracias a ustedes tenemos que hacer esta mierda!

Otro se unió:

-¡Sí! ¡Si no fuera por ustedes, ahora mismo estaríamos descansando!

-¡Es cierto! -agregó otro más.

Uno de los que había sido impuntual respondió:

-¡Al menos nosotros completamos nuestro entrenamiento decentemente! ¡Ustedes parecían cachorros débiles!

Un recluta, enojado, se acercó casi empujándolo:

-¿¡Qué mierda dijiste!?

Comenzaron a empujarse y estaban a punto de golpearse cuando otro recluta intervino, poniéndose entre ambos bandos y gritando:

-¡Oigan, basta! ¡Ya está! ¡No podemos cambiar lo que pasó! ¿¡Quieren que nos castiguen otra vez!? ¡Suficiente! Ahora más que nunca debemos estar unidos si queremos evitar más castigos.

El ambiente se calmó, aunque las miradas tensas persistían.

Al poco tiempo, regresó el capataz acompañado de otro grupo de reclutas.

-¡Muy bien, escuchen! Este es el pelotón número 310. Harán las tareas con ellos. ¡Los dividiré en dos grupos! -exclamó.

A algunos no les agradaba la idea de ser mezclados, pero otros solo querían terminar y descansar.

El capataz, con una lista en la mano, empezó a nombrar:

-Layton y Fergus, ustedes formarán equipo. Realizarán mantenimiento en el sector G de la cubierta E.

Ambos reclutas se miraron con desagrado.

-Disculpe, señor, ¿podría cambiarme de compañero? -preguntó Fergus respetuosamente.

-Así es, señor, ¡puede ser cualquiera menos él! -agregó Layton.

El capataz los miró fulminantemente y respondió, sarcástico:

-¡Y yo quiero ser Ministro de Seguridad! Pero adivinen: ¡la vida es injusta!

Luego, a gritos:

-¡LA PRÓXIMA VEZ QUE CUESTIONEN SUS EQUIPOS, LOS HARÉ LAVAR LOS PISOS CON LA LENGUA! ¿¡QUEDÓ CLARO!?

-¡Sí, señor! -gritaron todos al unísono.

Así, continuó formando equipos y asignándoles tareas. Mientras tanto, un recluta se acercó a Norris:

-Qué pena que nos separen del pelotón, ¿no?

-Da igual, todos se llevan mal -respondió Norris con indiferencia.

-A ti parece que nada te preocupa... eh -murmuró el recluta, mirando de reojo al capataz.

Finalmente, el capataz llegó al último equipo:

-Norris Baker y Christian Tyler: limpieza en el sector A-320, cubierta C.

Acto seguido, gritó:

-¡Muy bien, eso es todo! ¡Aquellos hombres los guiarán a sus áreas! ¡MUÉVANSE!

Todos comenzaron a retirarse. Un hombre se acercó a Norris y le dijo en tono amistoso:

-¿Eres Norris Baker, verdad?

Norris lo miró de reojo y respondió:

-Y tú debes ser Christian Tyler...

Christian soltó una pequeña risa:

-Eres inteligente. -Luego, en tono serio-: Vamos. No necesitamos que nos guíen; sé a dónde ir.

Christian caminó con seguridad, y Norris lo siguió sin más opción. Subieron a un elevador. Dentro, reinaba un silencio tenso.

Christian, con las manos en los bolsillos, comentó con voz tranquila:

-Te he observado. Eres uno de los mejores en el entrenamiento físico -hizo una pausa-. Eso puede ser útil... si sabes usarlo.

Norris, apoyado contra la pared del ascensor, respondió fríamente:

-No me interesa ser útil para nadie. Solo estoy aquí por un objetivo.

Christian soltó una pequeña carcajada:

-Bien. Eso te hará durar más que la mayoría.

El ascensor se detuvo con un chirrido. Salieron a un pasillo oscuro y silencioso; la zona parecía poco transitada de la base. El lugar olia a humedad y desuso.

Christian explicó mientras avanzaban:

-Este sector solía ser un laboratorio. Aquí hacían experimentos.

-¿Qué clase de experimentos? -preguntó Norris.

-Nadie sabe exactamente. Hay teorías locas... pero lo desmantelaron hace años. Ahora es un depósito de chatarra. -Lo miró de reojo-. La limpieza será una mierda, pero no imposible.

Llegaron a una sala enorme, repleta de estructuras metálicas oxidadas y cajas cubiertas de polvo.

Christian le lanzó una escoba a Norris:

-Aquí tienes, compañero.

Norris la atrapó sin inmutarse. Comenzaron a trabajar en silencio.

Tras un rato, Christian rompió el silencio:

-No sé tú, pero yo no pienso pudrirme aquí como recluta.

-¿Y qué piensas hacer? -preguntó Norris secamente y sin interés.

-Ascender. Salir de este agujero. Llegar a donde realmente pueda cambiar las cosas -respondió Christian-. ¿Nunca has pensado que todo esto... -hizo un gesto vago a su alrededor- no es más que una forma de controlar a los débiles?

Norris apretó el mango de su escoba por un segundo, pero siguió barriendo.

-Quizá -contestó.

Christian soltó una carcajada suave:

-Me agradas, Baker. No hablas mucho, pero no eres un idiota.

El tiempo pasó entre limpieza, breves charlas y silencio.

Cuando terminaron, ambos estaban cubiertos de polvo y sudor.

Christian, sentado sobre una caja, dijo:

-Sabes... algún día nos tocará decidir. Ser parte de los que mandan... o de los que obedecen hasta pudrirse.

Norris no respondió de inmediato. Se limitó a observar la sala ahora un poco más limpia, y en su mente resonaban las palabras que Christian había dicho.

El mundo ha cambiado... y los débiles no tienen lugar en él.

Quizás no sería hoy, ni mañana, pero él también tendría que tomar una decisión.

Una decisión que definiría no solo su futuro... sino su lugar en el nuevo mundo.

Christian notó su distracción e hizo un chasquido para llamarlo:

-¿Estás bien?

-Sí... solo pensaba -respondió Norris.

Con la mirada firme, preguntó:

-Oye, ¿cómo sabes tanto de este lugar?

Christian respondió seguro:

-No sé tanto. Solo lo justo. Llegué hace un mes y me dediqué a observar y aprender.

-Parece que te gusta saber cosas -dijo Norris.

Christian rió:

-Por supuesto. Me gusta estar informado.

-Eso puede traerte problemas.

-¿Y dónde estaría la diversión?

Norris esbozó una leve sonrisa, que Christian notó, pero no comentó.

Entonces sonó una alarma en sus dispositivos.

-Bueno, supongo que hemos terminado por hoy. ¡Hora de volver! -anunció Christian.

Ambos se dirigieron al ascensor, pero algo captó la atención de Norris. Sin que Christian lo notara, desvió su camino y entró en una sala oscura.

En el suelo brillaba algo. Se acercó y recogió una placa metálica con una especie de placa con números y letras aleatorias: E-19.

Extrañado, la guardó en su bolsillo.

Antes de continuar, reviso la sala abandonada, era una sala llena de cajas apiladas y barriles marcadas con símbolos de Novaris Global. Mientras Norris observaba las cajas y barriles, sintió que alguien lo tocó por detrás, por lo que se dio la vuelta rapidamente.

Era Christian, que soltó un "¡Buh!" para asustarlo.

Norris se había llevado el mayor susto de su vida.

-¡Idiota! ¡Casi me da un infarto -gritó-.

Christian solo podía reír, y entre carcajadas decía:

-¡Lo-lo siento! No pude evitarlo... Eso te pasa por alejarte de mí e ir a lugares donde no debes.

-Sí, lo sé. Lo que pasa es que esta sala me llamó la atención. Es extraña. Noté algo en el suelo y luego esas cajas y barriles... -respondió Norris, todavía asombrado.

-Sé a lo que te refieres. Como te dije antes, esto fue un laboratorio. Posiblemente esta sala haya sido parte de los "experimentos" que realizaban.

Mientras Norris prestaba atención a Christian, se apoyó en una de las cajas, provocando que toda la torre se desmoronara y cayeran todas juntas al suelo.

-¡Oh, mierda! ¡Cuidado! -gritó Christian, alejando a Norris y evitando que una de las cajas le cayera encima.

-Lo siento, creí que era firme -respondió Norris, preocupado.

-Tranquilo. Juntemos esto antes de que nos descubran.

Mientras acomodaban las cajas, el derrumbe dejó al descubierto una sección de la pared que había estado oculta.

-¡Oye, mira eso! -exclamó Norris, dejando de acomodar.

Entre los escombros, distinguieron lo que parecía ser una puerta oculta con un signo "E-19", pintada del mismo color que la pared.

-Parece una puerta -respondió Christian, igual de asombrado.

-Conocía este lugar, pero jamás supe de esa puerta -añadió, sin salir de su asombro.

Norris se acercó y tomó el picaporte para abrirla, pero antes de que pudiera hacerlo, Christian intervino.

-¡Oye, oye, oye! Tranqui... No deberíamos estar aquí. Ya tendríamos que haber regresado. Si nos descubren, nos castigarán peor...

Norris lo miró con una sonrisa cómplice y respondió:

-¿Y dónde estaría la diversión?

-¡Demonios! Eres un zorro astuto... Está bien, me convenciste. Pero hazlo rápido, así volvemos.

Norris giró la perilla de la puerta, dispuesto a descubrir qué había detrás.


Registro #2

Hace 20 años atrás...

Una científica que trabajaba en la base militar descendía en un ascensor. La Dra. Miranda Lee, concentrada en sus notas, realizaba anotaciones sin apartar la vista de sus documentos, hasta que notó que las puertas del ascensor se abrieron. Sin perder tiempo, avanzó hacia el sector A-320, cubierta C.

Ese sector estaba lleno de científicos y trabajadores que recorrían los pasillos y salas, cada uno ocupado en sus respectivas tareas. Cargadores transportaban cajas y barriles con el emblema de Novaris Global hacia distintas áreas del sector.

La Dra. Lee se dirigió a su oficina. Sacó una tarjeta de identificación de su bolsillo, la deslizó sobre el lector de la puerta e ingresó, mientras hablaba por intercomunicador con un superior.

Pasaron algunas horas, hasta que, a través de ese mismo intercomunicador, un científico se comunicó con ella. Su voz sonaba desesperada, aterrada, como si hubiese ocurrido una catástrofe.

-Doctora... ¡Algo salió muy mal! ¡Debe venir rápidamente! ¡Esto se ha salido de control!

-¡PUES MANTENGAN EL CONTROL! -gritó-. Activen la alarma, iré lo más rápido que pueda.

Dicho esto, la doctora salió de su oficina corriendo, como si la persiguiera algo invisible. Las alarmas resonaban intensamente en todo el sector. Mientras corría, ingresó a una sala y, en su prisa, chocó con un trabajador de mantenimiento que acomodaba cajas y barriles. El impacto provocó que volaran papeles, anotaciones y documentos que llevaba consigo. Entre ellos, cayó una pequeña placa especial, marcada con el signo "E-19".

-¡Lo siento mucho, Dra. Lee! -exclamó el trabajador, visiblemente preocupado y apenado.

Mientras recogía apresuradamente sus papeles, la doctora respondió:

-¡No se preocupe! Fue mi culpa.

Una vez que reunió todo, se dirigió a una puerta que llevaba el mismo signo de "E-19". La atravesó rápidamente y, tras cerrarla, no se supo nada más de la Dra. Lee. Desde debajo de la puerta solo se filtraba una intensa luz brillante.

Thoughts

  • Braulio

    Norris lleva el peso del primer día sin quejarse. Habrá otros primeros días después de este.

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  • subrayoTodo

    Qué castigo.

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  • rellenoPuro

    El sargento cuenta cada segundo. Norris también. Son tiempos exactos los que te salvan acá.

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  • relatoBreve

    Treinta vueltas, cincuenta flexiones, bolsas de cuarenta kilos. ¿Tienes más capítulos de este entrenamiento?

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  • Ovid

    Lo que me queda del primer día es Norris levantando al que cayó. En un lugar donde uno falla y fallan todos, ayudar a un desconocido que está en el suelo es un acto de verdad. No es estrategia, no es supervivencia. Es simplemente lo que él hace. Eso importa más que si completó las treinta vueltas.

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  • quintopiso

    Norris ayudó al que cayó sin pensar. En un lugar donde uno falla y fallan todos, eso es riesgoso.

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