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Capitulo 19 Historias de soldados del Choco parte 4

oscarmauricio
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EL SECUESTRO DEL GENERAL ALZATE

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Pensamiento

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lautarito_

Todo el mundo hablando del general y del abrazo, y del cabo primero Rodríguez casi nada, capaz me perdí algo pero ni sé cómo volvió él. ¿Lo volviste a ver en el batallón después de la liberación?

Todo el mundo hablando del general y del abrazo, y del cabo primero Rodríguez casi nada, capaz me perdí algo pero ni sé cómo volvió él. ¿Lo volviste a ver en el batallón después de la liberación?

Contenido de la publicación

Era domingo, 16 de noviembre de 2014, y me encontraba descansando en las instalaciones del Batallón de Infantería No. 12 Alfredo Manosalva, en Quibdó, Chocó. Para ese momento me desempeñaba como suboficial de enlace y, como era habitual un domingo, aprovechaba unas horas de descanso después de las actividades de la semana.

La tranquilidad terminó cuando recibimos una orden inesperada por parte del comandante del Batallón:

—¡Todo el personal debe formar!

No nos dieron mayores explicaciones inicialmente. Solo se nos informó que había ocurrido una situación grave y que era necesario reunir al personal del batallón.

Nos colocamos rápidamente el camuflado y nos dirigimos al lugar de formación.

Mientras comenzábamos a organizarnos, empezó a circular entre nosotros la información: la guerrilla había retenido a dos militares y a un civil en un sector cercano a Quibdó.

Todavía no teníamos claridad sobre quiénes eran ni exactamente qué había ocurrido.

Como ocurre en situaciones de esta naturaleza, la información llegaba de manera fragmentada. Lo primero era reunir al personal y verificar quién estaba presente y quién hacía falta.

Comenzó entonces la constatación.

Fue en ese momento cuando la noticia adquirió para nosotros un significado mucho más grave.

Del Batallón Alfredo Manosalva faltaba el cabo primero Rodríguez.

Nos miramos entre nosotros. Ya no se trataba solamente de una información que habíamos escuchado durante la formación.

Uno de los nuestros no estaba.

Pero todavía faltaba conocer algo más.

Dentro del mismo cantón militar de Quibdó funcionaban las instalaciones de la Brigada y de la Fuerza de Tarea Conjunta Titán, cuyo comandante era el general Rubén Darío Alzate Mora.

Al verificar la situación, también se confirmó que mi general Alzate no se encontraba dentro del cantón.

En ese instante comenzamos a unir las piezas.

La noticia inicial hablaba de dos militares y un civil retenidos.

Ahora sabíamos que uno de esos militares era nuestro compañero, el cabo primero Rodríguez, y que el otro era mi general Alzate, comandante de la Fuerza de Tarea Titán.

La información que posteriormente se conoció estableció que el secuestro había ocurrido en el corregimiento de Las Mercedes, zona rural de Quibdó. El general Alzate se encontraba allí acompañado por el cabo primero Jorge Rodríguez Contreras y por la funcionaria Gloria Urrego. Los tres fueron retenidos por integrantes de las FARC.

Para nosotros, sin embargo, aquella información no era una noticia lejana.

La estábamos viviendo desde dentro del mismo cantón militar.

El ambiente cambió por completo.

El domingo de descanso había terminado.

Todos permanecíamos atentos a las órdenes y a las nuevas informaciones que comenzaban a llegar. Queríamos saber qué había ocurrido, dónde estaban nuestros compañeros y qué se iba a hacer para recuperarlos.

Pero sobre todo había una sensación que difícilmente puedo olvidar.

Habían secuestrado a nuestro comandante.

Y uno de nuestros compañeros también estaba en manos del enemigo.

A partir de ese momento comprendimos que aquel no sería un domingo como cualquier otro.

La noticia había llegado.

Ahora comenzaba la incertidumbre.

EL SECUESTRO DEL GENERAL

Ese día, aproximadamente dos horas después de haber recibido la noticia, apareció en el puerto el soldado profesional que manejaba la chalupa. Su llegada fue importante porque era la persona que había acompañado al general y podía explicar directamente cómo habían ocurrido los hechos.

El soldado manifestó que el comandante del batallón le había dado la orden de acompañar al general Alzate, a la doctora y a un suboficial de inteligencia hacia un sector cercano. Según explicó, la misión consistía en cruzar el río y acompañarlos hasta el otro lado, donde el general y la ingeniera iban a revisar un punto determinado. Después debían regresar.

Hasta ese momento, todo parecía una misión sencilla. Era un sector cercano al cantón y, de acuerdo con la información que manejábamos, no existía presencia conocida del enemigo en esa zona.

El soldado contó que los dejó al otro lado del río y permaneció pendiente de su regreso. Sin embargo, después de unos minutos observó algo que cambió completamente la situación: varios hombres armados aparecieron en el sector.

Al verlos, encendió inmediatamente la chalupa, dio la vuelta y regresó hacia el puerto. Una vez allí, informó de lo ocurrido a mi coronel.

La situación resultaba extraña.

Aquel sector no era conocido por tener presencia o influencia guerrillera. Además, había otro aspecto que comenzaba a generar preocupación entre nosotros: mi general había salido sin una escolta de seguridad que correspondiera con su condición de comandante.

Eso llamaba especialmente la atención porque el propio general Alzate era uno de los oficiales que, durante las formaciones y reuniones, insistía constantemente en la necesidad de extremar las medidas de seguridad. Siempre hablaba de los riesgos, de la responsabilidad de los comandantes y de la importancia de no bajar la guardia.

Por eso, enterarnos de que había salido de aquella manera nos parecía difícil de comprender.

En ese momento todavía no sabíamos exactamente qué había ocurrido con ellos. Solo teníamos la versión del soldado, la ausencia del general y del cabo primero Rodríguez y la incertidumbre de no saber dónde se encontraban.

Lo que ocurrió al día siguiente sería todavía más fuerte.

La noticia comenzó a tomar una dimensión que ninguno de nosotros había imaginado y que, para quienes estábamos dentro del cantón, marcaría profundamente aquellos días.

Porque una cosa era saber que nuestros compañeros podían estar en peligro.

Y otra muy diferente era comprender que el comandante de una Fuerza de Tarea, un general del Ejército, había sido llevado por un grupo armado enemigo.

Pero lo que ocurrió al amanecer del día siguiente nos hizo comprender que la situación era mucho más grave de lo que inicialmente habíamos imaginado.

LA ORDEN ERA CLARA: LIBERARLOS

Apenas comenzó a amanecer, empezaron a llegar unidades al batallón.

Primero fueron llegando diferentes unidades del Ejército. Después comenzaron a aparecer unidades especiales, batallones de Fuerzas Especiales y personal de inteligencia. También llegaron equipos de inteligencia colombianos y estadounidenses.

En pocas horas, el cantón quedó completamente lleno.

Prácticamente no cabía una persona más.

Los helicópteros comenzaron a llegar y a salir constantemente. Algunas zonas del batallón fueron restringidas y se establecieron controles para impedir el paso de personal no autorizado. Había lugares a los que nosotros mismos, aunque pertenecíamos a la unidad, ya no podíamos acceder.

Todo se manejaba con mucha reserva.

Para nosotros, que estábamos allí, aquello se convirtió casi en un misterio. Veíamos llegar hombres, equipos, helicópteros y unidades que normalmente no hacían parte de nuestra rutina, pero nadie explicaba completamente qué estaba ocurriendo.

Sin embargo, había una orden que se repetía y que todos entendíamos:

Había que liberarlo.

La prioridad había cambiado por completo.

Durante esos días comenzaron también los preparativos de diferentes unidades para la operación. Se realizaban entrenamientos y ejercicios relacionados con el desembarque desde helicópteros, incluso prácticas con soga, mientras los equipos de inteligencia trabajaban en la búsqueda de información que permitiera establecer dónde se encontraban el general, el cabo primero Rodríguez y la doctora.

El ambiente dentro del batallón era completamente diferente.

La rutina que conocíamos había desaparecido.

Las demás operaciones pasaron a un segundo plano. Las misiones que normalmente ocupaban nuestra atención dejaron de ser la prioridad. Todo parecía girar alrededor de una sola situación.

Había que encontrar al general , el suboficial y la civil y traerlo de regreso.

Para nosotros, que estábamos dentro del cantón, era imposible no sentir la tensión. Veíamos movimiento permanente, escuchábamos conversaciones fragmentadas y observábamos cómo se preparaban unidades que habían llegado desde diferentes lugares. Pero, al mismo tiempo, existía un silencio extraño alrededor de la información más importante.

Nadie sabía exactamente dónde estaban.

Nadie sabía en qué condiciones se encontraban.

Y nadie podía asegurar cómo terminaría aquello.

Lo único que estaba claro era que el Ejército había puesto en marcha todos los recursos disponibles para encontrarlo.

Aquella semana, las demás operaciones pasaron a un segundo plano. Toda nuestra atención estaba concentrada en una sola misión.

Encontrarlos.

Liberarlos.

Traerlos de regreso con vida.

Y mientras los helicópteros continuaban llegando, las unidades se preparaban y los equipos de inteligencia buscaban respuestas, nosotros esperábamos.

Esperábamos noticias.

Esperábamos que comenzara la operación.

Y, sobre todo, esperábamos que los tres regresaran con vida..

CATORCE DÍAS DESPUÉS

Durante los días siguientes, la situación dentro del batallón no cambió.

Los helicópteros entraban y salían constantemente. Llegaban nuevas unidades, soldados, equipos especiales y personal de inteligencia. La información circulaba permanentemente, aunque muchas veces llegaba de manera fragmentada. Se recibían reportes, se analizaban posibles ubicaciones y nuevamente comenzaban los movimientos.

Pasaron los días.

Una semana.

Después otra.

Y nosotros continuábamos esperando noticias.

Para quienes estábamos allí, el tiempo parecía avanzar de una manera diferente. La rutina había desaparecido por completo. Todo giraba alrededor de la misma pregunta:

¿Dónde estaba el general?

Catorce días después del secuestro, finalmente llegó la noticia que todos estábamos esperando.

El general Rubén Darío Alzate había sido liberado.

Era el domingo 30 de noviembre de 2014.

La liberación se produjo después de catorce días en poder de las FARC y el general fue entregado a una comisión del Comité Internacional de la Cruz Roja.

Para nosotros fue una noticia que produjo alivio, pero también dejó muchas preguntas.

Habíamos vivido durante dos semanas una situación que ninguno de nosotros imaginaba que pudiera ocurrir de aquella manera. Habíamos visto llegar unidades de diferentes lugares, helicópteros, personal de inteligencia y fuerzas especiales. Habíamos visto cómo prácticamente todas las demás operaciones habían pasado a un segundo plano mientras el Ejército concentraba sus esfuerzos en encontrar y recuperar al general.

Y finalmente había regresado.

Pero para los militares que estábamos en ese sector, aquello había significado un golpe muy fuerte.

No era simplemente el secuestro de un soldado.

Era un general de la República, un oficial con más de treinta años de servicio, comandante de una Fuerza de Tarea, secuestrado por un grupo guerrillero en una región que conocíamos como un área de influencia de las FARC.

Para muchos de nosotros, aquello significaba que se había cruzado una línea.

Si habían logrado secuestrar a un general, ¿qué podía significar aquello para los demás?

Esa pregunta quedó en la mente de muchos militares.

Personalmente, me costaba comprender cómo un oficial con tantos años de experiencia había terminado en aquella situación. Sobre todo porque conocíamos su insistencia permanente en las medidas de seguridad y en la necesidad de no bajar la guardia.

No correspondía a nosotros juzgar lo sucedido.

Pero sí era imposible no preguntarnos qué había pasado realmente aquel día.

El caso también tuvo consecuencias para el propio general.

Después de su liberación, manifestó públicamente que había solicitado su retiro del servicio activo, argumentando que el hecho había afectado a la institución que amaba y respetaba.

El cabo ´primero rodríguez nunca volvió a la unidad fue trasladado ala ciudad de Bogotá ala escuela de operaciones psicológicas, donde dio una charlas sobre la experiencias vividas en el secuestró.

Así terminó uno de los capítulos más oscuros que nos tocó vivir durante aquellos días en el Chocó.

Para mí, sin embargo, aquella historia no terminó simplemente con la liberación del general.

Quedó como una experiencia difícil de olvidar.

Porque durante catorce días habíamos visto cómo todo un aparato militar se movilizaba para recuperar a uno de los suyos.

Y también habíamos aprendido, una vez más, que en la guerra existen momentos que dejan preguntas para las que el tiempo no siempre encuentra respuestas.

Aquel domingo, cuando supimos que el general estaba nuevamente libre, sentimos alivio.

Pero dentro de nosotros quedó algo más.

La sensación de que habíamos vivido un acontecimiento que marcaría para siempre la memoria de quienes estuvimos allí.

UNA IMAGEN QUE GENERÓ CONTROVERSIA

La liberación del general no significó el final de aquella historia.

Pocos días después comenzó a circular una imagen que generó una enorme controversia en Colombia: el abrazo entre el general Rubén Darío Alzate y Pastor Alape, uno de los principales dirigentes de las FARC.

Para muchos militares, aquella fotografía fue difícil de asimilar.

Después de catorce días de incertidumbre, de operaciones, de helicópteros entrando y saliendo, de unidades especiales desplegadas y de una institución completa concentrada en la recuperación de uno de sus generales, ver aquella imagen produjo sentimientos encontrados.

En algunos sectores militares y entre oficiales en retiro, la fotografía fue interpretada como una afectación al honor y a la autoridad de las Fuerzas Armadas. Para ellos, después de lo ocurrido, aquella imagen podía transmitir una sensación de desmoralización y de humillación para la institución.

También surgieron críticas políticas. Algunos sectores de la oposición al proceso de paz consideraron que la fotografía había sido utilizada políticamente y cuestionaron la manera en que se había presentado públicamente el encuentro.

Para quienes habíamos vivido aquellos días desde el interior del cantón, la fotografía no podía verse simplemente como una imagen más.

Nosotros habíamos vivido la tensión.

Habíamos visto llegar unidades de todas partes.

Habíamos visto helicópteros aterrizar y despegar continuamente.

Habíamos visto cómo durante dos semanas prácticamente todo giró alrededor de la recuperación del general.

Por eso aquella fotografía generó tantas emociones.

No era solamente un abrazo entre dos personas.

Para muchos militares representaba el contraste entre los catorce días de búsqueda y el momento en que, finalmente, aparecía ante las cámaras junto a uno de los hombres que representaban al grupo que lo había mantenido secuestrado.

Con el paso del tiempo comprendí que una fotografía puede contar una historia muy diferente dependiendo del lugar desde donde se mire.

Para alguien que observa la imagen desde afuera, puede parecer simplemente un gesto dentro de un proceso de negociación.

Para un militar que había vivido aquellos días, podía significar algo completamente distinto.

Yo no estaba allí cuando ocurrió ese encuentro y, por eso, no me corresponde juzgar las circunstancias exactas en las que se produjo.

Pero sí puedo contar lo que significó para quienes estábamos dentro del Ejército y habíamos vivido aquellas dos semanas.

El secuestro del general Alzate había dejado una herida profunda.

Y aquella fotografía, lejos de cerrar esa herida, abrió un nuevo debate sobre el honor militar, la autoridad, la política y el costo que había tenido para la institución uno de los episodios más difíciles que nos había tocado vivir.

Para mí, aquel capítulo terminó dejando una enseñanza que volvería a encontrar muchas veces durante mi carrera:

REFLEXIÓN DE UN SOLDADO

Con los años comprendí que en la vida militar ningún grado está por encima del riesgo. Cada decisión de un comandante puede tener consecuencias para sus hombres, para sus familias y para toda una institución.

El caso del general Álzate nos dejó una enseñanza que nunca olvidé: la seguridad no puede convertirse jamás en una rutina ni en una formalidad.

Después de tantos años de servicio, aprendí que el verdadero valor de un militar no está solamente en combatir, sino también en proteger a sus hombres, asumir sus decisiones y aprender de los momentos difíciles.

Porque una operación puede terminar, pero sus consecuencias permanecen en la memoria

Thoughts

  • MarianelaVidal

    Ustedes esperando adentro del cantón sin que nadie les explicara nada, mientras llegaban helicópteros a sitios donde ni los de la unidad podían entrar. Esa espera a pedazos la conozco de otro lado: cuando media familia se fue a Madrid, en casa nos enterábamos de todo tarde y por teléfono. Después la foto del abrazo la vio el país entero en un día, y las dos semanas de ustedes no las vio nadie. De repente por eso pesó tanto.

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  • lautarito_

    Todo el mundo hablando del general y del abrazo, y del cabo primero Rodríguez casi nada, capaz me perdí algo pero ni sé cómo volvió él. ¿Lo volviste a ver en el batallón después de la liberación?

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  • Ovid

    Pedir el retiro apenas liberado, diciendo que el hecho afectó a la institución que amaba, es para mí lo más duro del capítulo. Dos semanas con todo el Ejército movilizado para traerlo, y lo primero que decide es irse. Me imagino que en el batallón eso se sintió casi como otra pérdida, encima del alivio. Gracias por seguir contando estas historias!

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  • juntaLarga

    El que más hablaba de no bajar la guardia salió sin escolta. Las reglas de seguridad se dicen en la formación y se saltan al cruzar el río.

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