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Capítulo 13: La Zona Habitable

DNavarrete
Pensamiento

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El Agua de Almendras en la caja, como si alguien dejara colación para los que se pierden. Igual no me fiaría po.

El Agua de Almendras en la caja, como si alguien dejara colación para los que se pierden. Igual no me fiaría po.

Contenido de la publicación

Lo primero que Esteban notó fue el frío. No era una diferencia especialmente grande, pero después de pasar tantos días en los pasillos amarillentos del Nivel 0, incluso aquella pequeña variación le resultó evidente. El aire tenía un olor distinto, una mezcla de polvo, humedad y metal que se hacía más intensa cuanto más avanzaba. Las paredes eran de hormigón: algunas presentaban grietas y manchas oscuras, mientras que otras dejaban ver barras metálicas expuestas. Sobre su cabeza, las luces fluorescentes descansaban sobre estructuras que parecían parte de un edificio industrial. Se detuvo junto a una columna y observó el entorno.

 

—Bienvenido al Nivel 1 —murmuró—. La famosa Zona Habitable.

 

La ironía no pasó desapercibida ni para él mismo. Si aquel lugar era habitable, prefería no imaginar cómo eran los que no lo eran. Sacó la libreta y anotó detalles sobre su punto de entrada, dibujó un esquema sencillo del corredor, señaló la dirección por la que había llegado y añadió referencias que pudieran guiarlo si necesitaba regresar. No cometería el error de avanzar sin dejar rastro; el Nivel 0 le había enseñado que un pasillo inofensivo podía volverse una trampa si perdía la orientación. Y aunque este entorno parecía más sólido, no tenía motivos para asumir que seguía reglas lógicas.

 

A unos metros encontró una puerta metálica entreabierta. Se acercó sin tocarla y miró por la rendija: al otro lado había una habitación pequeña, con estanterías vacías, una silla rota y un recipiente de plástico cubierto de polvo. Nada se movía. Iluminó el interior con la linterna, esperó unos segundos y empujó la puerta con el extremo de su herramienta. El metal chirrió, el sonido recorrió el pasillo… y nada más. Entró despacio y revisó todo. No había comida ni agua, pero sí una caja de herramientas con un destornillador, unos alicates y varias piezas que no supo identificar. Se guardó lo útil y comprobó que la puerta pudiera cerrarse desde dentro. Era un detalle pequeño, pero vital: aquel lugar podía servirle de refugio si algo lo perseguía. Marcó la ubicación en su mapa y siguió adelante.

 

El Nivel 1 resultó ser inmenso. Al salir del corredor inicial llegó a una zona abierta que se extendía en todas direcciones: columnas altas sostenían el techo, pasarelas metálicas cruzaban por encima y escaleras llevaban a plataformas que a veces no parecían ir a ningún lado. Entre las columnas vio estanterías industriales, carretillas abandonadas y montones de cajas. Una niebla tenue cubría el suelo, lo bastante ligera para no impedirle ver, pero suficiente para difuminar lo lejano. Se agachó junto a un charco: el agua parecía corriente, aunque no podía asegurarlo. Recordó los testimonios que hablaban de recursos que aparecían aquí de forma natural. No sabía si eran fiables, pero por primera vez sentía que aquel lugar podía ofrecerle algo más que peligro. Eso era bueno… y también podía ser una trampa.

 

No tardó en encontrar la primera caja. Estaba junto a una columna, semiescondida por la niebla: de cartón grueso, sin etiqueta comprensible, cerrada pero sin candado. Revisó los alrededores, miró hacia las pasarelas superiores, escuchó en silencio… y solo entonces la abrió. Dentro había botellas de Agua de Almendras, galletas, dos linternas pequeñas, un rollo de tela resistente y una caja de baterías.

 

—Vaya. Esto sí que es un cambio —sonrió en voz baja.

 

Guardó lo que necesitaba, dejó el resto ordenado y anotó el lugar. No quería cargar con más de lo justo, pero tampoco desperdiciar nada. Por primera vez en semanas sintió que el viaje podía darle un respiro. Eso no lo haría confiarse: en los Backrooms, los momentos de calma solían ser los más peligrosos.

 

Exploró durante horas. El lugar cambiaba constantemente: pasillos estrechos daban paso a salones inmensos donde las columnas se perdían entre la niebla; escaleras subían y bajaban; puertas se abrían a corredores idénticos a los que acababa de dejar. En una ocasión, tras recorrer una pasarela y bajar unas escaleras, volvió a encontrarse frente a la misma columna que había marcado antes. Miró la raya, luego el mapa… y soltó el aire despacio.

 

—Está bien. Nada de suponer que entiendo este lugar.

 

Añadió una nota y reajustó su método: no confiar en distancias ni en apariencias, sino en marcas que coincidieran entre sí. Era lento, pero era la única forma de no perderse. No necesitaba comprender el lugar, solo aprender a reconocer cuándo algo fallaba.

 

El primer encuentro con una entidad ocurrió en un almacén. Había encontrado cajas vacías y una estantería caída cuando escuchó algo detrás de ella: un golpe seco, seguido del arrastre de algo sobre el hormigón. Apagó la linterna y se ocultó tras una columna. Una figura apareció entre la niebla: humanaide, de postura extraña, ropa desgarrada, movimientos que no encajaban con lo natural. No supo identificarla. Podía ser un Robapieles o algo distinto. No se acercaría para averiguarlo. Retrocedió sin hacer ruido, salió y cerró la puerta lentamente. Algo se acercó al otro lado. Esperó en silencio hasta que los pasos se alejaron.

 

—Primera regla del Nivel 1 —murmuró—. Si no sabes qué es, no te acerques.

 

Lo anotó todo: apariencia, comportamiento, sonido. Aquello podía salvar a otros que llegaran después.

 

Más tarde descubrió que el peligro también llegaba sin que nada se viera. Las luces empezaron a parpadear, luego se apagaron varias a la vez. Encendió su linterna y escuchó roces en la oscuridad detrás de él. Recordó lo que decían los informes: las criaturas salían más con la oscuridad. No se quedó a comprobarlo. Se metió en una habitación que había revisado antes, cerró la puerta y la bloqueó con un mueble. Apagó la linterna y esperó con el arma en la mano. Algo se detuvo fuera. La manija bajó. El mueble crujió. Contuvo la respiración. Luego, los pasos se alejaron. Las luces volvieron a encenderse tiempo después. Salió con el pulso acelerado.

 

—Segunda regla —susurró—. Si las luces fallan, busca refugio antes de que sea tarde.

 

Al caer la noche —o lo que equivalía a ella— encontró una oficina pequeña donde descansar. Cerraba bien, no había rastro de nada extraño. Dejó la mochila, bebió agua y repasó sus notas: el Nivel 1 daba recursos, pero era confuso, engañoso y peligroso. Sacó el teléfono; la señal era débil, pero funcionaba. Iba a escribirlo todo… y entonces vio la foto de fondo: su esposa y su hija sonriendo. Acarició la pantalla.

 

—Un paso más cerca —susurró.

 

No sabía si era verdad. No sabía si podría volver al Nivel 0 ni cuánto faltaba para la salida. Pero estaba allí. Eso era algo. Se recostó sin quitarse el equipo. Mañana seguiría explorando. Necesitaba rutas seguras, información, quizá a otros supervivientes. Y, sobre todo, no olvidar por qué estaba haciendo todo esto. Tenía una promesa que cumplir. Una niña que esperaba.

 

Cerró los ojos. Afuera, las luces zumbaban sobre el hormigón. La niebla se deslizaba entre las columnas. Y en algún lugar lejano, algo se movió en la oscuridad.

 

Esteban había aprendido una lección importante durante su estancia en los Backrooms: sobrevivir no consistía únicamente en evitar a las criaturas que intentaban matarte. También consistía en no perderse. En el Nivel 0 había pasado días recorriendo pasillos idénticos, aprendiendo a reconocer pequeñas diferencias en el papel tapiz, las manchas del techo y las variaciones en el zumbido de las luces. Después había conocido a Samuel y a los demás, y el mapa que compartían le había permitido orientarse mejor. Sin embargo, el Nivel 1 era otra historia. Las distancias resultaban engañosas. Los almacenes parecían extenderse durante kilómetros y algunos pasillos desembocaban en lugares que no deberían estar allí. Había columnas que se repetían, escaleras que conducían a plataformas demasiado altas y puertas que, dependiendo de cuándo las atravesara, parecían llevarlo a zonas diferentes. No podía confiar únicamente en su memoria.

 

Por eso, durante la mañana, había decidido comenzar una nueva sección en su bitácora. La libreta que llevaba consigo desde el Nivel 0 estaba completamente llena. Había aprovechado hasta los últimos espacios disponibles, escribiendo entre líneas, dibujando mapas en los márgenes e incluso utilizando la contraportada para registrar observaciones que no quería olvidar. Al final, había tenido que aceptar que ya no quedaba sitio. Por suerte, antes de abandonar el asentamiento, había pedido un cuaderno a Samuel.

 

—No es precisamente una obra de arte —le había comentado el hombre mientras se lo entregaba—, pero las páginas están en blanco. Te servirá.

 

—Mientras pueda escribir en él, me basta.

 

Esteban había guardado el cuaderno junto con sus provisiones y, ahora que se encontraba en el Nivel 1, estaba listo para utilizarlo. Se sentó sobre una caja metálica, apoyó el cuaderno en una rodilla y abrió la primera página. Bitácora de exploración. Nivel 1. Debajo escribió la fecha aproximada, aunque no estaba seguro de cuántos días habían transcurrido desde su llegada. En los Backrooms, medir el tiempo con precisión era complicado. No tenía amaneceres ni atardeceres que le permitieran orientarse, y las luces artificiales permanecían encendidas durante horas interminables. Después anotó las condiciones del entorno, la dirección por la que había llegado y los puntos de referencia que recordaba de su recorrido anterior. Dibujó una línea. Luego otra. Añadió una columna, una puerta metálica y una bifurcación. No era un mapa detallado, todavía no. Era apenas el esqueleto de una zona que tendría que completar a medida que avanzara.

 

—Muy bien, Esteban —murmuró para sí mismo—. Otra vez desde cero.

 

Guardó el lápiz durante unos segundos y examinó el pasillo que tenía delante. El Nivel 1 olía a hormigón húmedo, metal oxidado y polvo acumulado. A diferencia de los corredores amarillentos del Nivel 0, aquí las paredes eran grises y ásperas, reforzadas en algunos tramos con vigas de acero. Los cables colgaban del techo, y las lámparas fluorescentes producían un zumbido irregular que se mezclaba con el eco lejano de maquinaria que no conseguía localizar. Era un lugar más útil que el anterior. También era mucho más grande de lo que le habría gustado. Se levantó, ajustó las correas de su mochila y comprobó que la linterna siguiera en su sitio.

 

—Primero, reconocer el terreno. Después, buscar suministros. Y, si tengo suerte, encontrar una ruta que no intente mandarme de vuelta al mismo sitio.

 

Con esa pequeña promesa de optimismo, emprendió la marcha.

 

Durante las siguientes horas, Esteban exploró una sección nueva del Nivel 1. No avanzaba en línea recta. Se detenía en cada bifurcación, observaba el entorno y registraba los detalles que pudieran servirle para regresar. Marcaba algunas esquinas con pequeñas señales de tiza y anotaba las distancias aproximadas entre los puntos de referencia. Había aprendido a no confiar en las flechas que dibujaba si no las acompañaba de algo más concreto. Una flecha podía señalar el camino correcto cuando la dibujaba y convertirse en una invitación al desastre unas horas después. Por eso añadía descripciones: Pasillo estrecho. Dos lámparas parpadeantes. Tubería expuesta a la izquierda. Olor intenso a humedad. Más adelante: Puerta gris con manija rota. No abrir todavía. Escuché un ruido detrás. Y, después de recorrer un almacén con varias estanterías vacías: Zona aparentemente segura. Sin señales recientes de actividad. Revisar nuevamente si regreso. La palabra «aparentemente» había empezado a ocupar un lugar importante en su vocabulario. Nada en aquel lugar era completamente seguro.

 

Al llegar a una intersección, Esteban se detuvo para comprobar el mapa. El pasillo de la derecha parecía prolongarse hacia una zona más oscura, mientras que el de la izquierda estaba iluminado por una hilera de fluorescentes que funcionaban con una estabilidad sospechosa. Eligió el primero. No porque le pareciera mejor, sino porque el segundo le daba mala espina. Era un criterio poco científico, pero hasta entonces su instinto le había salvado la vida en más de una ocasión. Avanzó despacio, atento a los sonidos. Sus botas resonaban sobre el suelo de hormigón. En algunos tramos había pequeñas acumulaciones de agua que reflejaban las luces del techo. En otros, el suelo estaba cubierto de polvo y fragmentos de plástico que crujían bajo sus pisadas. No oyó gruñidos. Tampoco los siseos que asociaba con las Bacterias. Ni el sonido de uñas arañando el suelo que había aprendido a relacionar con los Sabuesos. Aquello era una buena señal. O, al menos, eso quiso creer.

 

Llegó a una curva y consultó el cuaderno una vez más. Anotó la posición de una tubería gruesa que atravesaba la pared y dibujó una pequeña marca junto a la esquina. Cuando levantó la cabeza, vio a alguien. Una figura humana caminaba por el pasillo, unos diez metros más adelante. Esteban se quedó inmóvil. Era un hombre, o al menos eso parecía. Tenía una complexión corriente, los hombros ligeramente encorvados y vestía ropa oscura, bastante sencilla. Llevaba una camisa de manga larga y pantalones que parecían demasiado limpios para alguien que hubiera pasado varios días recorriendo aquel lugar. La figura caminaba de espaldas a él. Daba pasos cortos e irregulares. A veces se desviaba ligeramente hacia un lado; otras, se detenía durante un instante antes de continuar. No parecía seguir una dirección concreta. Más bien daba la impresión de estar paseando sin saber adónde iba.

 

Esteban sintió que la tensión de sus hombros disminuía un poco. Un superviviente. Su primera reacción fue de cautela. La segunda, de alivio. Desde que había abandonado el asentamiento, no había vuelto a ver a ninguna persona. Encontrarse con otro ser humano podía significar información, recursos compartidos o, simplemente, la posibilidad de mantener una conversación que no consistiera en hablar consigo mismo. También podía significar problemas. Pero no iba a asumir lo peor sin motivo.

 

—¡Eh! —llamó, sin alzar demasiado la voz—. ¿Me escuchas?

 

La figura continuó caminando. Esteban esperó unos segundos.

 

—Oye, amigo. ¿Estás perdido?

 

Ninguna respuesta. El hombre se detuvo brevemente, aunque Esteban no pudo saber si lo había escuchado. Después reanudó su marcha con el mismo movimiento errático. Quizá estaba herido. Quizá llevaba tanto tiempo allí que había dejado de esperar encontrar a alguien. Esteban conocía aquella sensación de aislamiento. Recordaba demasiado bien sus primeros días en el Nivel 0, cuando cualquier ruido parecía anunciar una amenaza y la ausencia de voces humanas empezaba a pesar más que el hambre. Decidió acercarse.

 

—Tranquilo, no voy a hacerte daño —dijo mientras avanzaba despacio—. Solo quiero hablar.

 

La distancia se redujo a unos pocos pasos. El desconocido seguía sin volverse. Esteban pudo distinguir entonces más detalles de su ropa. La camisa estaba arrugada en la espalda y los pantalones tenían algunas manchas oscuras en las rodillas. No llevaba mochila, botella de agua ni ningún otro objeto que indicara que estuviera preparado para sobrevivir allí. Aquello le pareció extraño. ¿Había llegado hacía poco? ¿Había perdido sus pertenencias? ¿O llevaba tanto tiempo vagando que ya no le importaba cargar con nada?

 

—Escucha —insistió Esteban—. Sé que este lugar puede ser bastante desagradable, pero puedo ayudarte a encontrar una zona más segura. Hay un asentamiento en el Nivel 0. Si conseguimos regresar…

 

Extendió la mano y le sujetó suavemente el hombro.

 

—Oye, mírame un segundo.

 

La figura se detuvo. Por un instante, no ocurrió nada. Esteban sintió bajo los dedos la tela de la camisa y, debajo de ella, la solidez de un hombro humano. No notó espasmos, deformaciones ni nada que le hiciera pensar que estaba tocando a una criatura. Entonces el desconocido comenzó a girarse. Primero movió los hombros. Después la cabeza. Esteban soltó su hombro casi de inmediato.

 

El hombre no tenía rostro. No era que estuviera herido. Tampoco parecía llevar una máscara ni tener la cara oculta por una capucha. Simplemente, no había nada. Donde deberían encontrarse los ojos, la nariz y la boca, había una superficie lisa, de aspecto humano, sin una sola abertura o irregularidad. La piel se extendía por toda la cabeza como si alguien hubiera tomado el rostro de una persona y hubiera borrado cuidadosamente cada uno de sus rasgos. Esteban retrocedió un paso. Su mano se dirigió instintivamente hacia el arma.

 

—¿Qué…?

 

No terminó la pregunta. El desconocido permaneció frente a él, inmóvil. No había gruñido. No se había abalanzado sobre él. Ni siquiera había adoptado una postura amenazante. Simplemente lo miraba. O, al menos, eso parecía. Esteban sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Sabía que no había ojos en aquella superficie, pero aun así tenía la incómoda impresión de estar siendo observado directamente. La ausencia de un rostro volvía imposible interpretar cualquier expresión. No podía saber si la criatura estaba enfadada, confundida, asustada o si ni siquiera comprendía lo que tenía delante.

 

—Vale… —murmuró, levantando lentamente las manos—. De acuerdo. No voy a tocarte otra vez.

 

El humanoide ladeó la cabeza. El movimiento fue pequeño, casi curioso. Esteban no se movió. La figura inclinó la cabeza un poco más hacia la derecha, como un animal que intentara comprender un sonido desconocido. Después la enderezó y volvió a ladearla hacia el lado contrario. No parecía estar preparándose para atacar. Parecía… confundida. Aquello no tenía sentido. Esteban había visto criaturas capaces de imitar voces humanas, seres que corrían por los pasillos y cosas que se arrastraban por el techo. Había aprendido que una apariencia familiar no garantizaba nada. Sin embargo, nunca se había encontrado con algo así. Un cuerpo humano. Ropa humana. Movimientos humanos. Y una cabeza sin rostro.

 

—¿Puedes entenderme? —preguntó con cautela.

 

El desconocido no respondió. Esteban tragó saliva.

 

—¿Sabes dónde estamos?

 

Nada.

 

—¿Hay más como tú?

 

El humanoide volvió a inclinar la cabeza. Esteban apretó la mandíbula. No sabía qué hacer. Una parte de él le exigía alejarse inmediatamente. Otra, la misma que lo había llevado a acercarse en primer lugar, insistía en que quizá estaba frente a alguien que necesitaba ayuda. Pero ¿cómo se ayudaba a algo que ni siquiera parecía comprender una pregunta sencilla? El desconocido dio un paso hacia él. Esteban retrocedió de inmediato y llevó la mano hasta la empuñadura de su pistola. La figura se detuvo. Durante varios segundos permanecieron así, separados por apenas un par de metros. Finalmente, el humanoide se volvió hacia el pasillo por el que había estado caminando. Y continuó su recorrido. Sin prisas. Sin mirar atrás. Sus pasos volvieron a ser irregulares, como si nada hubiera ocurrido. Se alejó hasta llegar a la curva siguiente y desapareció detrás de ella.

 

Esteban permaneció quieto. Escuchó sus pasos durante unos segundos más, cada vez más débiles, hasta que el zumbido de las lámparas los devoró por completo. Entonces bajó lentamente la mano de la pistola.

 

—¿Qué demonios acabo de ver…?

 

Miró hacia la curva por la que había desaparecido el desconocido. No había oído ninguna respiración extraña. No había visto garras, colmillos ni deformaciones corporales. El individuo no había intentado atacarlo cuando lo tocó, ni cuando se acercó para observarlo. Ni siquiera había reaccionado cuando Esteban amenazó con sacar el arma. Solo lo había mirado con aquella superficie vacía y había continuado caminando. Eso era, de algún modo, lo que más lo inquietaba. Las criaturas hostiles solían darle alguna razón para temerlas. Incluso cuando no comprendía su comportamiento, podía observar sus movimientos, reconocer patrones y tratar de anticipar sus ataques. Pero aquel ser no le había ofrecido nada. No podía saber si era pacífico. No podía saber si era peligroso. Y tampoco podía saber si había entendido una sola palabra.

 

Sacó el cuaderno con dedos algo rígidos y buscó una página en blanco. La punta del lápiz permaneció suspendida sobre el papel durante unos segundos. Después comenzó a escribir. Primero redactó y tachó una frase, hasta que encontró las palabras adecuadas: Entidad desconocida. Cuerpo y vestimenta similares a los de un hombre adulto. Carece completamente de rasgos faciales. No presenta ojos, nariz ni boca visibles. Anotó la ubicación aproximada y dibujó un pequeño esquema del pasillo. Comportamiento observado: marcha errática, sin dirección aparente. No reaccionó verbalmente al escucharme. Al establecer contacto físico con su hombro, se volvió hacia mí. No mostró agresividad. Ladeó la cabeza varias veces, aparentemente confundido, y continuó su

 

recorrido. Contempló lo que había escrito. La palabra «aparentemente» volvió a aparecer.

 

Soltó un suspiro.

 

—No tengo ni idea de qué eres.

 

Cerró el cuaderno, pero no guardó el lápiz. Se quedó mirando el pasillo por el que el desconocido había desaparecido. ¿Era una persona? ¿Una criatura que imitaba a los humanos? ¿O algo intermedio, una forma de vida propia de aquel lugar que no tenía nada que ver con el mundo del que él procedía? No disponía de información suficiente para responder. Y no iba a inventar una explicación solo para tranquilizarse. Por el momento, lo único que sabía era que había encontrado algo que no lo había atacado. Eso no significaba que pudiera confiar en ello. Guardó el cuaderno, ajustó las correas de la mochila y comprobó que la pistola siguiera bien sujeta. Antes de continuar, miró una última vez hacia la curva.

 

—Si vuelvo a encontrarte, espero que para entonces haya averiguado qué demonios eres.

 

Se alejó en dirección contraria, decidido a mantener la distancia hasta comprender mejor el comportamiento de aquella criatura. Sin embargo, después de avanzar unos metros, se detuvo y añadió una última anotación en el margen de la página: No asumir que todo lo que parece humano es humano. Pero tampoco asumir que todo lo desconocido es hostil.

 

Guardó la libreta. Y continuó explorando. A su alrededor, las luces del Nivel 1 zumbaban sobre las paredes de hormigón, iluminando pasillos que parecían extenderse mucho más allá de lo que cualquier edificio debería permitir. Esteban había llegado a aquel nivel creyendo que su mayor desafío sería encontrar suministros, evitar a las entidades y descubrir una salida. Ahora comprendía que había otra dificultad. Tendría que aprender a distinguir qué cosas de los Backrooms querían matarlo… y cuáles, sencillamente, no comprendían lo que significaba estar vivo.

 

Esteban tardó casi dos horas más en encontrar un lugar que le pareciera adecuado para descansar. Después de su encuentro con el humanoide sin rostro, había decidido ser todavía más cuidadoso. No sabía si aquella criatura era inofensiva, si simplemente lo había ignorado o si existían circunstancias bajo las cuales podía volverse peligrosa. Hasta disponer de más información, prefería no acercarse a otro individuo de su especie.

 

Si es que realmente pertenecía a una especie.

 

El pensamiento lo hizo fruncir el ceño.

 

—Necesito dormir un poco más —murmuró—. Estoy empezando a discutir conmigo mismo sobre cosas que ni siquiera entiendo.

 

Continuó avanzando entre pasillos de hormigón, estructuras metálicas y tuberías que recorrían las paredes. El zumbido de las luces fluorescentes lo acompañaba constantemente, aunque en algunas zonas se volvía tan débil que podía escuchar el eco de sus propias pisadas. Fue entonces cuando encontró algo interesante.

 

A primera vista, parecía un tramo de pared corriente, situado en una sección estrecha del almacén. Sin embargo, una de las placas metálicas que la cubrían estaba ligeramente desplazada, dejando una abertura oscura entre el borde y el hormigón. Esteban se acercó sin tocarla. Primero escuchó. Nada. Después iluminó la abertura con su linterna. Detrás había un pequeño espacio que parecía prolongarse hacia el interior de la estructura.

 

—¿Y tú qué escondes?

 

Examinó los bordes y descubrió una puerta estrecha, casi completamente oculta por una tubería gruesa. No tenía letreros ni manija visible desde el exterior. Solo pudo abrirla después de encontrar un pestillo oxidado detrás de una placa suelta. La puerta cedió con un chirrido apenas audible. Esteban esperó unos segundos antes de entrar.

 

El espacio interior era más amplio de lo que esperaba. No llegaba a ser una habitación grande, pero sí lo bastante espaciosa para colocar su mochila, sentarse y dormir sin quedar tendido directamente en medio de un pasillo. Había varias tuberías que atravesaban el techo, una superficie de hormigón relativamente seca y algunos restos de estanterías empotradas en las paredes.

 

Lo más interesante, sin embargo, no era el tamaño del cuarto. Eran sus salidas.

 

Descubrió la primera al fondo de la habitación. Una puerta estrecha conducía a un pasillo de servicio situado entre varias tuberías. El espacio era incómodo, apenas iluminado y demasiado angosto para que una criatura grande pudiera avanzar con facilidad.

 

La segunda salida era todavía más extraña. Se encontraba en una pared lateral, a una altura considerable sobre el suelo del corredor exterior. Desde dentro de la habitación parecía una puerta normal, pero al asomarse comprobó que desembocaba en un pasillo elevado, casi pegado al techo de otra sección del Nivel 1. Era como si aquella habitación estuviera encajada entre dos partes distintas de la estructura.

 

Esteban se quedó mirando ambas salidas durante unos instantes. Después sonrió ligeramente.

 

—Bueno… esto sí que es útil.

 

No era una sonrisa de felicidad. Era la expresión de alguien que acababa de encontrar una ventaja en un lugar que rara vez se las ofrecía. Si una salida quedaba bloqueada, todavía podría intentar utilizar la otra. Y, a diferencia de una habitación con una sola puerta, aquel espacio no lo condenaría necesariamente a esperar a que cualquier cosa que estuviera al otro lado decidiera marcharse.

 

Por supuesto, también existía la posibilidad de que ambas salidas terminaran siendo trampas. Pero no podía vivir rechazando todos los lugares que tuvieran algún inconveniente.

 

Dejó la mochila en el suelo y comenzó a inspeccionar el cuarto. Revisó las esquinas, las tuberías, el techo y el interior de los armarios metálicos que quedaban en una pared. No encontró comida, agua ni objetos de utilidad inmediata. Tampoco descubrió señales evidentes de que alguien hubiera utilizado el lugar recientemente. El polvo acumulado era irregular, aunque no lo suficiente como para determinar si alguna criatura había pasado por allí.

 

Esteban anotó mentalmente el detalle. Después sacó su cuaderno. Dibujó la habitación en el centro de una página y representó las dos salidas con flechas de distinto trazo. Junto a la primera escribió: Pasillo entre tuberías. Estrecho. Difícil de recorrer con mochila grande. Junto a la segunda: Salida elevada. Cerca del techo del corredor exterior. Requiere comprobar acceso y altura desde el otro lado. Añadió varios puntos de referencia que había visto durante el recorrido y marcó el camino de regreso hasta la última intersección conocida.

 

A continuación, rodeó el dibujo con un recuadro.

 

Posible refugio. Dos salidas. Ubicación favorable para establecer un punto de retorno.

 

Se quedó observando el mapa. Hasta entonces había estado dibujando cada sección del Nivel 1 como una continuación del recorrido anterior. Pero eso no bastaba. Si quería explorar de verdad, necesitaba construir una red de rutas que le permitiera volver sobre sus pasos sin depender de recordar cada giro. El Nivel 0 le había enseñado lo peligroso que podía ser confiar únicamente en la memoria. Y el Nivel 1 parecía decidido a recordárselo.

 

—A partir de aquí, el mapa empieza de verdad —dijo.

 

Marcó la habitación con un símbolo que pudiera reconocer fácilmente incluso si encontraba el dibujo después de varios días. Desde aquel punto, construiría el mapa hacia el exterior. Cada nuevo pasillo tendría que conectarse con una referencia conocida; cada puerta, cada escalera y cada bifurcación quedarían registradas. Si las distancias cambiaban o las rutas se alteraban, al menos tendría una base con la que comparar sus observaciones.

 

No podía impedir que los Backrooms cambiaran. Pero podía dejar constancia de cómo lo hacían.

 

Cuando terminó de trazar el último detalle, cerró el cuaderno y lo colocó junto a su mochila. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra una pared seca, y dejó que la fatiga se manifestara por fin. Las piernas le pesaban y los ojos le ardían de mantenerlos fijos en la penumbra durante horas. Aquel lugar era seguro, o al menos tan seguro como podía esperar. Las dos salidas le daban opciones, y el silencio que lo rodeaba no tenía la tensión que solía preceder la llegada de algo peligroso.

 

Cuando terminó el dibujo, sacó el teléfono. Tenía la imagen que había tomado en cuanto la criatura se alejó, con la cámara apenas asomada desde detrás de la columna: la figura de espaldas, la cabeza lisa sin rasgos, caminando despacio. La observó un instante y luego redactó la publicación.

 

    ¿Alguien sabe qué es esto?

    Encontré esto en el Nivel 1. Cuerpo humano completo, ropa normal, pero sin rostro. Ningún rasgo, ni ojos ni boca. No me atacó. Solo se quedó mirando y siguió su camino. ¿Alguien lo ha visto antes?

 

Subió la foto y envió. La señal era débil, pero llegó. Casi de inmediato empezaron a aparecer respuestas.

 

«He visto algo parecido. Se llaman los Sin Rostro. No hacen daño si no los molestas.»

 

«Mentira, mi grupo encontró uno y nos persiguió durante horas.»

 

«Son personas que se perdieron aquí hace mucho tiempo. El lugar les borró la cara.»

 

«No son personas. Nunca lo fueron. Son algo que aprendió a caminar como nosotros.»

 

«Si te fijas bien, cuando crees que no te miran, se giran. Todos al mismo tiempo.»

 

Esteban leyó una por una, sintiendo cómo el frío regresaba a su espalda. Las teorías chocaban entre sí, algunas tranquilas, otras aterradoras, ninguna confirmada. Nadie sabía con certeza qué eran.

 

Guardó el teléfono lentamente. No había respuestas claras, solo más preguntas. Pero ahora sabía que no era el único que los había visto. Y que no todos coincidían en si eran inofensivos.

 

Se recostó en el rincón más protegido, con la mano cerca del arma. Cerró los ojos, pero no del todo. Afuera, en algún pasillo lejano, algo caminaba despacio. Y Esteban supo que al día siguiente, cuando saliera de su refugio, tendría que andar con mucho más cuidado.

 

Porque ahora sabía que estaban allí. Y que lo sabían a él.

Thoughts

  • preguntaAbierta

    El Agua de Almendras en la caja, como si alguien dejara colación para los que se pierden. Igual no me fiaría po.

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  • dharma_y_estoa

    La cara lisa funciona como una hoja en blanco: en el foro cada quien le escribe encima lo que trae. La nota del margen, no suponer que lo humano es humano ni que lo raro es hostil, es la regla más difícil de cumplir, y apuesto a que Esteban la rompe con el próximo que se cruce.

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