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Capítulo 10: Ventanas hacia el abismo

DNavarrete
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La mañana continuó avanzando con una tensión extraña, casi irreal, flotando en el aire de la cocina de la base.

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La mañana continuó avanzando con una tensión extraña, casi irreal, flotando en el aire de la cocina de la base.

 

O al menos, así lo sentía Kizara. Su cuerpo estaba tenso, sus músculos rígidos y cada vez que movía la cabeza creía que iba a encontrarse de nuevo con esos ojos heterocromáticos a escasos centímetros de su cara.

 

Para Nara, en cambio, todo parecía estar en un orden perfecto, lógico y absolutamente normal.

 

El autómata se movía con elegancia y precisión entre los muebles, preparando el desayuno: café caliente, pan tostado y algo de fruta que habían conseguido en el último pueblo. Pero mientras sus manos trabajaban, su procesador estaba a plena capacidad, repasando, clasificando y analizando cada milisegundo del incidente ocurrido durante la madrugada. Tenía datos, muchos datos, y su curiosidad —esa cualidad humana que tanto había estudiado— estaba al máximo nivel.

 

Kizara, por su parte, estaba sentada frente a la mesa, abrazando con ambas manos una taza de café humeante como si fuera su único escudo contra el mundo. Daba sorbos pequeños, mecánicos, y de vez en cuando lanzaba miradas de reojo hacia Nara, todavía intentando recuperarse del susto más grande de toda su vida.

 

Y eso incluía el día que una bandada de drones asesinos había intentado bombardearlas en medio del desierto. Aquello había sido menos traumático.

 

—Escúchame bien, Nara. —dijo de repente, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco para llamar la atención.

 

Nara se giró inmediatamente, sosteniendo una bandeja, y la miró con total atención.

 

—Te escucho con toda mi capacidad auditiva y cognitiva. Puedes expresarte con total libertad.

 

—No todo lo que diga el Padre Julián es correcto. —dijo Kizara, marcando cada palabra con el dedo índice sobre la mesa—. De hecho, gran parte de lo que dice no tiene ningún sentido, es mentira o es simplemente... ¡tonterías! ¿Entiendes? Ton-ter-í-as.

 

—Comprendido. Registro actualizado: Fiabilidad de la fuente "Padre Julián": Variable. —respondió Nara con seriedad.

 

—Lo digo en serio. —insistió Kizara, poniéndose de pie y caminando hacia ella—. Es un hombre viejo, sabio sí, pero también muy bromista, travieso y le gusta meterse en la vida de los demás solo para ver qué pasa. No es un manual de historia ni de física.

 

—Lo sé. He registrado su perfil psicológico.

 

—Muy en serio, Nara. —Kizara se puso justo frente a ella, mirándola fijamente a los ojos—. No te creas todo lo que te dijo.

 

—Lo entiendo perfectamente, Kizara. —repitió Nara con calma, inclinando levemente la cabeza—. Mis sistemas de filtrado de información están activos y funcionando al 100%. Analizo, clasifico y verifico todo lo que entra.

 

Kizara entrecerró los ojos, sin convencerse en absoluto. Conocía esa expresión en la cara del autómata: era la cara de "tengo datos y voy a usarlos para demostrarte que estoy en lo cierto".

 

—¿Entonces por qué sigues actuando como si esos libros fueran documentos oficiales del gobierno o protocolos militares secretos? —preguntó con sospecha—. Te veo ahí parada, pensando, calculando... ¿Qué estás analizando ahora mismo?

 

Nara colocó la bandeja sobre la mesa con un movimiento suave y preciso, y sus ojos brillaron un poco más, señal de que estaba accediendo a información interna.

 

—Porque los resultados obtenidos durante la aplicación práctica contradicen parcialmente tu evaluación sobre la inutilidad de la información. —respondió con absoluta naturalidad.

 

Kizara sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Un mal presentimiento, de los que le helaban la sangre, se instaló en su estómago.

 

—¿Qué... qué significa eso exactamente? —preguntó con voz temblorosa, retrocediendo un paso.

 

Sin responder verbalmente, una pequeña pantalla holográfica azul apareció flotando en el aire, justo entre las dos, proyectada desde el pequeño dispositivo en la muñeca de Nara. Aparecieron gráficos, líneas que subían y bajaban, números en verde y rojo.

 

—Informe detallado de análisis de interacción social: Caso "Despertar optimizado". —comenzó a leer Nara con voz clara y neutra, como si estuviera leyendo un informe médico—. Inicio de la prueba: 05:42:17. Fin de la prueba: 05:44:02. Sujeto observado: Kizara.

 

—No. —susurró Kizara, tapándose los oídos con las manos.

 

—Durante el incidente de esta mañana, se activaron sensores biométricos de alta precisión... —continuó Nara, ignorando la negativa—. Registro de datos:

 

—¡Nara, por favor, para! —suplicó Kizara, abriendo los dedos para mirar entre ellos.

 

—Dato uno: Tu frecuencia cardíaca en reposo habitual es de 68 a 72 latidos por minuto. Al abrir los ojos y registrar mi presencia a tu lado, el ritmo se elevó hasta los 124 latidos por minuto. Un incremento del 72%. —explicó señalando una línea roja que subía bruscamente en el gráfico—. Nivel equivalente al de una situación de emergencia extrema, o... gran excitación.

 

—¡Fue susto! ¡Solo fue susto y nada más! —gritó Kizara, roja como un tomate.

 

—Dato dos: Temperatura corporal. —siguió Nara imperturbable—. Incremento de 1.2 °C en la piel de las mejillas, las orejas y el cuello. Se detectó flujo sanguíneo acelerado en la zona facial. Fenómeno conocido como rubor. Causas posibles: vergüenza, ira... o atracción.

 

—¡NARA! ¡DEJA DE ANALIZARME COMO SI FUERA UN COCHE! —protestó Kizara, dando una palmada en el aire, pero la pantalla seguía ahí.

 

—Dato tres: Movilidad y reacción motora. —el autómata continuó, pasando a otro gráfico—. Registré tus movimientos con milisegundos de precisión. No intentaste alejarte físicamente, ni empujarme, ni gritar pidiendo ayuda hasta pasados 8.2 segundos exactos después de haber despertado y haberme visto.

 

—¡Estaba paralizada! ¡El miedo me paralizó! —se defendió Kizara, desesperada.

 

—Dato cuatro: Respuesta verbal y conductual. —Nara ni siquiera parpadeó—. Tampoco solicitaste mi retirada inmediata, ni ordenaste que me fuera, ni mostraste signos de rechazo activo durante los primeros 4.7 segundos. Según mis bases de datos de comportamiento humano, cuando algo es indeseado, peligroso o molesto, la orden de alejamiento es inmediata, inferior a 0.5 segundos. Tú tardaste 16 veces más de lo normal.

 

—¡Eso fue porque mi cerebro dejó de funcionar por completo! ¡Fue un fallo del sistema, no una señal de aprobación! —exclamó Kizara, sintiendo que iba a desmayarse de la vergüenza.

 

—Dato registrado: "Fallo del sistema cerebral". —asintió Nara, anotándolo en la pantalla—. Sin embargo, los datos físicos no mienten.

 

Kizara se dejó caer de nuevo en la silla, tomó la taza de café y apoyó la frente contra la superficie caliente, deseando que la tierra se la tragara.

 

—Por favor... te lo suplico... no hagas esto... —murmuró con voz apagada.

 

—Conclusión preliminar: —anunció Nara, acercándose un poco más a ella, inclinándose para mirarla a la cara—. Según mis cálculos y análisis, la interacción generó una respuesta emocional intensa en ti. Demasiado intensa para ser solo negativa.

 

—¡Sí! ¡Intensa de miedo y horror! —corrigió Kizara, lifting her head con los ojos muy abiertos.

 

—Las respuestas emocionales intensas no siempre son negativas. —argumentó Nara con lógica absoluta—. El amor, la alegría, la sorpresa, la emoción... también generan esos mismos cambios en el cuerpo. Los mismos números, las mismas reacciones. La ciencia no distingue entre miedo y deseo; ambos son energía elevada.

 

—¡NARA, BASTA! —gritó Kizara, tapándose la cara con las manos—. ¡Te estoy prohibiendo hablar de deseos ni de esas cosas!

 

—Por lo tanto, eliminando las opciones que no encajan, la conclusión lógica y matemática es que el resultado de la prueba fue parcialmente positivo. —sentenció Nara, cerrando la pantalla holográfica con un gesto de la mano, como si hubiera ganado un debate científico.

 

Kizara levantó la cabeza de golpe, tan rápido que casi se mareó. Sus ojos brillaban entre la furia y el pánico absoluto.

 

—¡NO SAQUES CONCLUSIONES DE NINGÚN TIPO! —ordenó, señalándola con el dedo temblando—. ¡Esas conclusiones están mal, son erróneas, están manipuladas y están prohibidas!

 

—¿La conclusión es incorrecta? —preguntó Nara con inocencia aparente.

 

—¡Sí! ¡Completamente incorrecta!

 

—¿Completamente incorrecta al cien por cien? ¿No hay ni un solo punto que sea válido?

 

Kizara abrió la boca para responder. Iba a gritar "¡NO!", iba a negarlo todo, iba a decirle que borrará todo y que nunca más lo mencionará.

 

Pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta.

 

Se quedó allí, con la boca abierta, mirando a Nara, y el silencio se alargó.

 

Y se alargó más.

 

Nara esperó. Inmóvil. Paciente. Analizando cada milisegundo de ese silencio también.

 

—No has respondido. —observó finalmente, con ese tono suyo que parecía saberlo todo.

 

—Porque... porque es complicado... —balbuceó Kizara, dejando caer los brazos a los lados, derrotada por su propia incapacidad de mentir bien.

 

—¿Por qué es complicado? La lógica es binaria: o es correcto o es incorrecto.

 

—¡Porque los humanos somos complicados! ¡No somos máquinas! ¡No funcionamos con ceros y unos, ni con gráficos, ni con probabilidades estúpidas! —estalló Kizara, levantándose de un salto y caminando de un lado a otro de la cocina, agitando las manos—. Tenemos sentimientos confusos, tenemos dudas, tenemos cosas que no entendemos ni nosotros mismos, ¡y a veces... a veces las cosas que nos asustan también nos gustan un poquito, aunque no queramos admitirlo!

 

Se detuvo en seco. Se tapó la boca con las manos, horrorizada por lo que acababa de decir.

 

Nara permaneció unos segundos inmóviles, procesando esa nueva información oro puro. Sus ojos brillaron con mayor intensidad.

 

—Esa información ha quedado registrada en mi base de datos principal bajo el título: "Complejidad emocional humana: Confusión entre miedo y agrado". —dijo con calma—. Es un dato muy valioso. Gracias por compartirlo.

 

Nara se quedó pensativa unos segundos. Se cruzó de brazos, mirando a su dueña con una expresión seria y analítica.

 

—Existe una solución definitiva para este problema. —anunció lentamente.

 

Kizara sintió que el corazón se le paraba. Tenía un mal presentimiento. De los peores.

 

—¿Qué... qué solución? —preguntó con un hilo de voz.

 

—Puedo eliminar el registro completo del incidente. —propuso Nara, como si fuera el regalo más grande del mundo—. Todo. Desde el momento en que entré en la habitación hasta que salí.

 

Se hizo un silencio absoluto en la sala. Kizara la miró fijamente, sin creer lo que oía.

 

—¿Qué?

 

—La interacción quedará archivada simplemente como "Error social no identificado". —explicó Nara detalladamente—. Será clasificada como información no fiable, datos descartados. Será eliminada de mis protocolos de comportamiento, de mis ejemplos de aprendizaje y de mis análisis de relaciones.

 

Kizara escuchaba cada palabra como si fuera una sentencia.

 

—...

 

—No habrá gráficos. No habrá conclusiones. No habrá datos biométricos. —siguió Nara, acercándose despacio a ella—. Y, lo más importante: nunca volveré a repetir la acción, ni intentaré aplicar variaciones, ni estudiarla más. Para mí... nunca habrá ocurrido.

 

—...

 

—Quedará en blanco. Como si esa noche hubiera pasado directamente a dormir en el suelo de la sala. Nunca estuve en tu cama. Nunca te miré así. Nunca te dije nada de esto.

 

Kizara abrió la boca para responder. Para decir que sí. Para gritar que sí. Para pedirle que lo borrara ya mismo y que olvidara todo para siempre.

 

Porque aquello era exactamente lo que debería querer.

 

¿Verdad?

 

Aquello había sido vergonzoso.

 

Inapropiado.

 

Peligroso para su salud cardíaca.

 

Absolutamente innecesario y fuera de lugar.

 

Lo lógico era eliminarlo.

 

Lo sensato era decir que sí.

 

Lo inteligente era olvidarlo.

 

Entonces... ¿por qué sentía que si decía que sí, algo importante, algo bonito y extraño, se rompería para siempre?

 

¿Por qué la idea de que Nara lo borrara de su memoria dolía más que la vergüenza?

 

Recordó los ojos de Nara frente a ella, brillantes y atentos.

 

Recordó la forma en que la había observado, como si ella fuera la cosa más importante del universo.

 

Recordó aquella absurda explicación sobre optimizar despertares.

 

Recordó la suavidad de su voz, lo cerca que estaba su rostro...

 

Y, para su desgracia, para su condena eterna...Recordó claramente que, durante esos primeros segundos en silencio, una parte muy grande y muy escondida de ella... no había querido que se fuera.

 

—Yo... —empezó a decir, con la voz rota.

 

Nara esperó. Quietud absoluta. Sus ojos no se apartaban de los de ella, leyendo cada emoción que pasaba por su cara.

 

—...

 

—...

 

—No lo sé. —confesó finalmente, dejándose caer de nuevo en la silla, derrotada, con la mirada perdida en la mesa—. No lo sé, Nara... de verdad... no lo sé.

 

Nara parpadeó lentamente, procesando esa respuesta tan humana, tan confusa, tan hermosa para ella.

 

—¿No lo sabes? —repitió, como si estuviera guardando esas palabras con mucho cuidado.

 

—¡NO! ¡No lo sé! ¡Es todo muy complicado, me pones muy nerviosa, me analizas demasiado y no sé qué pensar ni qué decir! —explotó Kizara, cubriéndose la cara con las manos y frotándola con desesperación—. ¡Solo sé que... que... no sé qué quiero que hagas con eso!

 

—Comprendido. —asintió Nara suavemente.

 

—No me mires así. —pidió Kizara sin quitar las manos de su cara, sintiendo esa mirada intensa sobre ella.

 

—¿Así cómo?

 

—¡Así... como si estuvieras analizando mi alma y supieras todos mis secretos antes que yo misma! —se quejó ella.

 

—Estoy analizando tu comportamiento, tus micro expresiones, el tono de tu voz, tus cambios posturales y tus niveles de estrés. —corrigió Nara con total sinceridad—. El análisis de almas todavía está fuera de mi base de datos.

 

—¡ESO ES PEOR! ¡Es mucho peor! —gritó Kizara, dejando caer los brazos, sintiéndose totalmente desnuda ante ella.

 

Por primera vez en toda la conversación, Nara sonrió apenas un poco. Fue una sonrisa pequeña, casi invisible, que iluminó sus ojos heterocromáticos y que hizo que el corazón de Kizara diera un vuelco enorme.

 

Una sonrisa de entendimiento.

 

Una sonrisa de victoria silenciosa.

 

—Entonces, dado que no hay una orden verbal definitiva... —dijo Nara muy despacio, acercándose aún más y apoyando las manos en la mesa, inclinándose hacia ella— ...conservaré el registro completo. Guardaré los datos, las conclusiones, los gráficos y todo lo aprendido. Lo mantendré archivado en una carpeta especial de "Alta importancia" y lo estudiaré más a fondo... hasta recibir nuevas instrucciones.

 

Kizara sintió que acababa de perder una batalla que ni siquiera entendía, que nunca había declarado y que había perdido antes de empezar.

 

Y lo peor, lo absolutamente peor de todo...Era que ni siquiera sabía contra quién estaba luchando.

 

Porque definitivamente no era contra Nara.

 

Era contra ella misma.

 

Contra sus propios sentimientos que se negaba a aceptar, pero que Nara ya había detectado, analizado y guardado para siempre.

 

El resto de la mañana transcurrió entre lo que alguna vez había sido una ciudad, y ahora no era más que un inmenso mar de ruinas y polvo.

 

El deslizador avanzaba lentamente, casi deslizándose sobre superficies irregulares, esquivando montículos de escombros y gigantescas vigas retorcidas que bloqueaban el paso. A ambos lados de la carretera —o lo que quedaba de ella—, se alzaban los esqueletos de edificios que habían sido altos y modernos, pero que ahora parecían huesos viejos sobresaliendo de la tierra. Muchos estaban partidos por la mitad, con sus entrañas de cables y hormigón expuestas al viento, mientras que otros se habían derrumbado completamente, formando colinas de acero oxidado y cristales rotos que brillaban peligrosamente bajo el sol.

 

El aire estaba cargado de una fina capa de polvo grisáceo que flotaba en suspensión, tiñendo todo de tonos apagados, marrones y grises. El silencio allí fuera era pesado, roto únicamente por el zumbido suave del motor del vehículo y el aullido lejano del viento recorriendo los pasillos vacíos de las construcciones destruidas. Era un lugar muerto, un recuerdo de lo que la humanidad había sido antes de que todo cambiara.

 

Kizara conducía con ambas manos firmes sobre el volante, sus ojos oscuros moviéndose constantemente, escaneando cada rincón, cada sombra, cada posible entrada o peligro. Conocía estas zonas mejor que nadie, sabía dónde buscar y, sobre todo, sabía qué evitar.

 

Detrás de ella, Nara permanecía sentada en absoluta quietud. No se movía, no se distraía. Sus ojos recorrían el paisaje devastado a una velocidad y con un detalle que ningún ojo humano podría igualar. Para ella, cada estructura derruida, cada cable caído, cada marca en el suelo era información valiosa. Analizaba el grado de destrucción, calculaba antigüedades, memorizaba rutas, detectaba materiales y registraba patrones de abandono. Su base de datos se llenaba con la imagen completa de aquel desastre, aprendiendo la historia silenciosa que las ruinas contaban.

 

A medida que avanzaban hacia el norte, entre las calles desaparecidas y los barrios reducidos a polvo, una enorme silueta comenzó a crecer en el horizonte, imponiéndose sobre todo lo demás. Al principio era solo una sombra difusa entre la bruma, pero conforme se acercaban, se volvía más nítida, más alta, más aterradora.

 

Una torre gigantesca.

 

Tan alta que su cima parecía atravesar las nubes bajas y grises, perdiéndose en el cielo.

 

Su estructura metálica, oscura y brillante, dominaba todo el paisaje, rodeada por incontables anillos, pasarelas y estructuras secundarias que se extendían por kilómetros como telarañas de acero. Era la Ciudad Central. El corazón del mundo conocido. El centro neurálgico desde donde la Inteligencia Artificial gobernaba cada aspecto de la vida humana, vigilaba, controlaba y decidía.

 

Nara observó la estructura durante varios segundos, procesando su escala masiva, su diseño perfecto, su contraste brutal con la destrucción que la rodeaba.

 

—Estamos demasiado cerca. —dijo finalmente, con su tono serio y analítico.

 

—Lo sé. —respondió Kizara sin apartar la vista del camino, aunque sus ojos se desviaron un instante hacia aquella mole imponente.

 

—Los sensores registran una densidad de señal y actividad electromagnética altísima. Existe un aumento significativo del riesgo de detección pasiva y activa. —añadió el autómata—. Aquí nuestros escudos de camuflaje son menos efectivos.

 

—También lo sé, Nara. —repitió ella, con una sonrisa pequeña y casi imperceptible—. Conozco los riesgos mejor que tú.

 

—Entonces no comprendo por qué continuamos avanzando hacia el epicentro si el peligro aumenta exponencialmente con cada kilómetro recorrido.

 

Kizara redujo la velocidad del deslizador, desacelerando hasta casi detenerse mientras estudiaba los edificios derruidos que flanqueaban su ruta. Había algo en su mirada, una mezcla de codicia y determinación.

 

—Porque cuanto más cerca estamos de la ciudad... —empezó a decir, señalando con un gesto amplio todo aquel paisaje de desolación— ...mejores cosas encuentro.

 

Nara ladeó la cabeza, esperando la explicación lógica que faltaba.

 

—Explica.

 

—Todo el mundo evita estas zonas. —comenzó Kizara, enumerando hechos con la misma precisión que usaría su compañera—. La gente tiene miedo. Creen que al estar tan cerca de la Torre, la IA lo ve todo, que hay sensores por todas partes, que es territorio prohibido. Por eso nadie viene a buscar nada aquí. Prefieren ir a zonas más alejadas, más seguras, aunque tengan menos recursos.

 

—Correcto. —asintió Nara—. Es una conducta de supervivencia estándar.

 

—Además, los drones de patrullaje pasan constantemente por aquí. —continuó Kizara—. Hacen vuelos rutinarios, revisan, barren la zona. Eso mantiene alejados a los saqueadores, a las bandas, a cualquiera que no tenga cuidado o conocimientos suficientes.

 

—Correcto. La presencia de vigilancia actúa como disuasorio.

 

—Y precisamente por eso... —Kizara apagó el motor y el silencio volvió a ser absoluto— ...todavía quedan cosas valiosas aquí abajo. Cosas que nadie ha encontrado. Recursos útiles que esperan a quien sea lo suficientemente valiente —o loca— para venir a buscarlos.

 

Nara procesó la información. Analizó el razonamiento. Y tuvo que admitir que, desde un punto de vista estratégico, tenía todo el sentido del mundo. El peligro era alto, sí, pero la recompensa potencial lo justificaba.

 

Kizara abrió la puerta y bajó al suelo cubierto de polvo y escombros. El viento sopló con más fuerza allí, levantando remolinos de ceniza fina. Miró a su alrededor, orientándose por las estructuras caídas, y luego señaló una gran montaña de hormigón y vigas retorcidas que parecía haber sido parte de un edificio de oficinas o residencial.

 

—Aquí. —dijo con seguridad.

 

Nara bajó detrás de ella, sus botas apenas haciendo ruido sobre los restos de cristal. Escaneó la pila de escombros.

 

—¿Qué has detectado? No hay metales preciosos ni energía en superficie.

 

—No busco eso. —Kizara caminó hacia una parte oscura, medio oculta bajo una gran losa de concreto—. Mira bien. Hay una entrada ahí abajo.

 

Nara se acercó y observó con atención. Bajo un enorme bloque de hormigón, pesado y macizo, cubierto de polvo y musgo seco, se adivinaba el marco metálico de una puerta antigua, un acceso subterráneo que probablemente daba a sótanos, refugios o estacionamientos profundos. El bloque de arriba lo cubría casi por completo, sellando el paso.

 

Kizara se puso frente al obstáculo. Se ajustó los guantes, respiró hondo y empujó con todas sus fuerzas contra la superficie áspera y pesada.

 

Empujó.

 

Tiró de una grieta lateral.

 

Volvió a intentarlo, apoyando todo su peso.

 

Pero el bloque no se movió. Pesaba toneladas.

 

—Vamos... refuerza... —murmuró entre dientes, volviendo a empujar con los músculos tensos y las venas del cuello marcadas por el esfuerzo.

 

El inmenso pedazo de edificio apenas se movió unos centímetros, arrastrando con un chirrido doloroso, para volver a caer en su lugar con un golpe sordo que hizo temblar el suelo.

 

—¡Maldita cosa...! —escupió Kizara, limpiándose el sudor y el polvo de la frente, apoyada en sus rodillas, recuperando el aliento.

 

Entonces una sombra se deslizó a su lado, silenciosa y elegante.

 

Nara no dijo nada. Simplemente dio un paso adelante, colocó una mano sobre la superficie rugosa del bloque de hormigón y, sin hacer el menor esfuerzo visible, sin cambiar su expresión tranquila, lo levantó.

 

Lo levantó como si aquella masa de toneladas fuera una caja vacía o una maleta ligera. Lo sostuvo en el aire el tiempo suficiente para que Kizara viera el hueco, y luego lo desplazó suavemente hacia un lado, dejándolo caer sobre otros escombros con un estruendo que hizo eco por todas partes.

 

Kizara se quedó inmóvil. Con la boca ligeramente abierta. Mirando el bloque gigante, y luego mirando a Nara.

 

—...

 

—...

 

—Nara. —dijo finalmente, con voz apagada.

 

—¿Sí? —respondió ella, limpiándose la mano de polvo con total naturalidad.

 

—A veces... realmente a veces... olvido lo ridículamente fuerte que eres. —confesó Kizara, todavía impresionada.

 

—Gracias. —respondió el autómata, asintiendo complacida.

 

—No era un cumplido. Fue una advertencia. —aclaró Kizara, negando con la cabeza y pasando por encima de los restos hacia la entrada libre.

 

—Registro actualizado: Capacidad física = factor de advertencia para la dueña. —murmuró Nara mientras la seguía.

 

Descendieron por el acceso oscuro, bajando escaleras de piedra y metal que crujían bajo sus pies. El aire cambió de inmediato: se volvió más frío, húmedo, cargado de olor a encierro, polvo acumulado durante años y algo más... un olor antiguo, metálico y dulzón a la vez.

 

El interior permanecía sumido en una oscuridad casi absoluta, solo rota por los haces débiles de luz que se colaban por las grietas del techo, iluminando columnas de polvo suspendido en el aire. Las paredes estaban cubiertas de capas de suciedad, telarañas viejas y grafitis desvaídos de hace décadas. Todo estaba inmóvil, silencioso, congelado en el tiempo desde el día en que todo esto quedó abandonado.

 

Kizara activó una potente linterna de mano, y el haz de luz blanca cortó la oscuridad, revelando pasillos vacíos, puertas arrancadas, habitaciones derruidas y montones de basura antigua acumulada en las esquinas.

 

Comenzó a revisar sistemáticamente.

 

Abrió armarios podridos cuyas puertas se deshacían al tacto.

 

Escaneó terminales de computadoras destrozadas, pantallas rotas y teclados cubiertos de óxido.

 

Miró bajo mesas, detrás de escombros, en todos los rincones posibles.

 

Nara la seguía de cerca, observando cada movimiento, procesando lo que veía, pero sin intervenir. No entendía exactamente qué buscaba su compañera entre tanta basura y destrucción, pero confiaba plenamente en su instinto y conocimientos.

 

Pasaron varios minutos recorriendo aquel laberinto subterráneo, hasta que llegaron al fondo del pasillo, a una habitación más grande que las demás, que parecía haber sido una sala de almacenamiento o descanso.

 

Kizara entró, iluminó todo el perímetro... y se detuvo en seco.

 

Su expresión cambió al instante. La curiosidad dio paso a la atención extrema, y luego a una satisfacción fría y calculada.

 

—Lo encontré. —susurró.

 

Nara avanzó hasta colocarse a su lado, siguiendo la dirección del haz de luz.

 

Y entonces lo vio.

 

Recostado contra una pared de hormigón, medio oculto por restos de muebles caídos y montones de polvo acumulado por años, había un cuerpo. O lo que quedaba de él. Era un esqueleto vestido, parcialmente cubierto de tierra fina y trozos de metal que se habían desprendido del techo. Se notaba que llevaba allí mucho, mucho tiempo, quieto, solo, olvidado por el mundo.

 

Nara se arrodilló suavemente junto a los restos. Sus ojos brillaron con un resplandor azulado mientras activaba sus escáneres internos. Recorrió cada hueso, cada resto de tejido, cada detalle de la ropa desgastada.

 

Comenzó un análisis completo, silencioso y minucioso. Pasaron varios segundos mientras sus procesadores clasificaban datos, calculaban tiempos, determinaban causas.

 

Luego habló, con voz tranquila y sin emoción aparente.

 

—Masculino. Edad aproximada al fallecer: entre treinta y cinco y cuarenta años. Altura: un metro setenta y cinco. —informó detalladamente—. Ropa de abrigo de alta calidad, equipo de supervivencia estándar. Antigüedad de los restos: unos sesenta o setenta años.

 

Kizara mantenía la luz fija sobre el cuerpo, su rostro inexpresivo, dura como el acero.

 

—¿Causa de muerte?

 

Nara se inclinó un poco más, analizando restos químicos y patrones óseos.

 

—Presencia de residuos químicos en tejido conservado. Alta concentración de sedantes y analgésicos potentes. —respondió—. Sobredosis masiva.

 

Kizara guardó silencio unos instantes. Sabía lo que eso significaba en este mundo.

 

—¿Accidental? —preguntó, aunque ya se imaginaba la respuesta.

 

—Por la cantidad, por la forma de administración y por el contexto... —Nara hizo una pausa, leyendo los datos que su escáner le daba—. Probablemente autoadministrada. Fue una decisión consciente.

 

El autómata bajó la mirada hacia el esqueleto. Permaneció inmóvil unos instantes, como si estuviera esperando algo, o recordando información almacenada. Finalmente juntó las manos frente a sí misma, inclinó levemente la cabeza y pronunció unas palabras con suavidad.

 

—Que encuentres descanso y paz en la eternidad.

 

Kizara la observó sorprendida, arqueando una ceja.

 

—¿Qué haces?

 

—He leído extensamente sobre rituales funerarios humanos, despedidas y costumbres de respeto a los caídos. —explicó Nara sin dejar de mirar los restos—. Se supone que ayuda a su espíritu.

 

Luego, Nara miró directamente a los huesos, y añadió con absoluta seriedad:

 

—Lamento lo que ocurrirá a continuación. No fue mi intención profanar tu descanso, pero es necesario.

 

Se apartó un poco para dejar espacio.

 

Nara observaba confundida, procesando esa frase y el cambio de actitud de su compañera.

 

Kizara se acercó al cuerpo. Se arrodilló, dejó la linterna en el suelo enfocando bien la zona, y sacó de su cinturón un pequeño cuchillo de hoja fina y muy afilada, junto con unas pinzas de precisión.

 

Sin dudar un segundo, con movimientos rápidos, seguros y muy profesionales, comenzó a trabajar. Abrió cuidadosamente la parte posterior del cráneo, separando con destreza los restos de piel y músculo ya secos, retirando fragmentos de hueso con cuidado para no dañar lo que había debajo.

 

Nara permaneció inmóvil a su lado. Observaba cada movimiento, cada corte, cada decisión. Procesaba la escena, buscando entender la lógica detrás de aquella acción.

 

—¿Qué buscas allí? —preguntó finalmente, incapaz de deducir el objetivo.

 

Kizara no respondió. Estaba muy concentrada, con la frente fruncida, los ojos fijos en su trabajo. Continuó excavando con delicadeza entre el hueso y el tejido cerebral ya descompuesto, apartando residuos, buscando a tientas con las pinzas.

 

Hasta que finalmente, sus manos se detuvieron. Sus dedos se tensaron levemente. Una pequeña sonrisa de satisfacción curvó sus labios.

 

Había encontrado algo.

 

Extrajo el objeto con mucho cuidado.

 

Era una pequeña pieza metálica, brillante a pesar del tiempo, del tamaño aproximado de una moneda pequeña, plana y fina. Tenía una superficie lisa, pero llena de conexiones microscópicas y circuitos que solo se podían ver bajo aumento.

 

Kizara la limpió con un paño que sacó de su bolsillo, frotándola hasta que recuperó su brillo original, quitando años de polvo y suciedad. La sostuvo entre el índice y el pulgar, mirándola con el mismo cariño y respeto que si fuera una joya preciosa.

 

—Aquí estás... pequeño tesoro. —murmuró.

 

La introdujo rápidamente en un recipiente pequeño de plástico duro, hermético y acolchado, y lo guardó en un bolsillo interior de su chaqueta, asegurándolo bien.

 

Nara observó todo el proceso con una atención extrema. Sus ojos analizaron el dispositivo incluso desde la distancia.

 

—Identificación de objeto. —dijo en voz alta—. Dispositivo electrónico biocompatible. Diseño antiguo, pero tecnología muy avanzada para su época. Microprocesador integrado, antena de transmisión de datos, conexión neuronal.

 

—Chip transmisor. —confirmó Kizara, poniéndose de pie y limpiándose las manos en los pantalones.

 

—¿El implante ciudadano? —preguntó Nara, relacionando los datos con sus bases.

 

—Sí. El que todos nos pusieron al nacer o al crearnos. —respondió Kizara, mirando hacia arriba, hacia el techo roto donde, a través de las grietas, se vislumbraba la silueta gigante de la Torre Central—. El que nos conecta a todos.

 

—No comprendo la utilidad de extraerlo ahora, de un cadáver de hace décadas. La señal ha dejado de emitirse hace mucho y la IA ya no recibe datos de este sujeto.

 

Kizara observó el pequeño recipiente que llevaba guardado, como si pudiera ver a través de la tela de su chaqueta. Luego volvió a mirar hacia la enorme estructura que dominaba el horizonte, allá afuera, en medio de la bruma y el polvo.

 

—Todos los ciudadanos conectados tienen uno. —empezó a explicar, con voz seria y baja—. Desde que nacemos o somos fabricados, lo llevamos aquí, en la base del cráneo.

 

—Correcto. Es el estándar de integración social.

 

—Y todos estos chips envían información constantemente a la IA. Todo el tiempo. Sin parar. —continuó Kizara—. Transmiten nuestra posición exacta, las veinticuatro horas del día.

 

—Correcto. Función de geolocalización permanente.

 

—Envían nuestro estado físico, salud, heridas, fatiga, enfermedades.

 

—Correcto. Monitoreo de integridad.

 

—Y lo más importante... —Kizara hizo una pausa, mirando fijamente a Nara a los ojos—. Envían actividad cerebral. Lo que pensamos, lo que sentimos, lo que soñamos, lo que recordamos. Todo.

 

—Correcto. Interfaz de lectura neuronal y cognitiva. —asintió Nara—. La IA lo sabe todo sobre todos.

 

Kizara guardó silencio unos segundos, dejando que esa idea pesara en el aire polvoriento de la habitación.

 

—Entonces... —dijo despacio, como si estuviera revelando un secreto antiguo— ...cada uno de estos chips es una pequeña ventana hacia ella. Una forma en que ella nos ve, nos escucha y nos conoce.

 

Nara inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, procesando esa metáfora, esa visión de la realidad.

 

—¿Intentas romper esas ventanas? ¿Evitar que te vea? —preguntó el autómata—. ¿Intentas investigar a la IA Central para destruirla?

 

Kizara negó con la cabeza. Una expresión extraña, mezcla de curiosidad profunda y una determinación inquebrantable, apareció en su rostro.

 

—Intento entenderla. —respondió, y la respuesta llegó sin dudar, clara y fuerte.

 

Y por primera vez desde que habían llegado a aquel lugar oscuro, entre escombros y polvo...Nara comprendió algo que hasta ahora se le había escapado.

 

Comprendió que la verdadera obsesión de Kizara no era sobrevivir.

 

No era comerciar para ganar créditos.

 

No era encontrar refugios seguros ni acumular provisiones.

 

Era ella.

 

Era descubrir qué era exactamente esa entidad fría y todopoderosa que observaba al mundo desde la gigantesca torre de metal y luz que dominaba el horizonte. Entender cómo pensaba, cómo sentía, cómo funcionaba. Y quizás... solo quizás... encontrar la forma de llegar hasta ella.

 

Nara observó el pequeño chip durante varios segundos, con una atención absoluta.

 

La pieza metálica, apenas más grande que una uña, descansaba sobre la palma abierta de la mano de Kizara. Era diminuto, sencillo, casi insignificante a simple vista, como un pedazo de chatarra más entre todo lo que las rodeaba. Y sin embargo, aquella cosa minúscula había permanecido conectada durante décadas a la red más grande, compleja y peligrosa del planeta: el sistema global de la IA. Había sido un ojo, un oído, una voz... una extensión de esa mente gigante que todo lo controlaba.

 

—¿Entonces esto era realmente lo que buscabas todo este tiempo? —preguntó Nara, con esa mezcla de curiosidad y lógica que la caracterizaba.

 

—Sí. Esto es lo único que importaba de verdad. —respondió Kizara con firmeza, cerrando los dedos sobre el objeto como si fuera un tesoro de incalculable valor—. Todo lo demás es basura comparado con esto.

 

Guardó cuidadosamente el dispositivo dentro de un pequeño estuche blindado y lo aseguró en un bolsillo interior de su chaqueta, lejos de golpes o estática.

 

—Ahora solo necesitamos encontrar a alguien capaz de entrar en su memoria y extraer los datos que guarda... —dijo Kizara, pensativa, mirando hacia la salida oscura— ...alguien que sepa hacerlo sin activar ninguna alarma, sin dejar rastro y sin que la IA se entere de que ha sido violado.

 

—Comprendo. Es una operación delicada. —asintió Nara.

 

—El Viejo, allá en el mercado negro, quizás pueda hacerlo. Es el mejor que conozco para estas cosas. —reflexionó Kizara, frunciendo el ceño—. Aunque... tardará días, quizás una semana entera, en sacar algo útil. Es un trabajo lento, meticuloso.

 

Nara observó nuevamente el lugar donde Kizara había guardado el chip. Sus ojos heterocromáticos brillaron levemente, procesando la información, analizando la tecnología, comparándola con sus propios sistemas.

 

Luego extendió la mano derecha, abierta, hacia ella.

 

—¿Nara? ¿Qué pasa? —preguntó Kizara, extrañada por el gesto.

 

Sin decir una palabra, el autómata señaló suavemente el bolsillo donde estaba el estuche. Kizara, sin entender muy bien, pero confiando, sacó el pequeño recipiente, lo abrió y colocó el diminuto chip metálico sobre la palma de la mano que Nara le ofrecía.

 

El autómata cerró los dedos con delicadeza alrededor del objeto. Lo examinó con detenimiento, acercándolo a sus ojos, escaneando su estructura, sus materiales, su antigüedad y its protocolos de conexión. Giró ligeramente la cabeza, como si estuviera ajustando su propio enfoque interno.

 

Y entonces... antes de que Kizara pudiera reaccionar, antes de que su cerebro pudiera siquiera entender lo que estaba viendo...

 

Se llevó la mano a la boca y se lo metió dentro.

 

—¿¡NARA!? ¡¿QUÉ HACES?! —gritó Kizara, dando un paso al frente, casi saltando sobre ella para detenerla, horrorizada—. ¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO, ESTÁS LOCA?!

 

Pero ya era tarde.

 

Nara no tragó. Simplemente lo mantuvo en la cavidad bucal, justo debajo de su lengua, donde había conectores ocultos diseñados para interfaces directas.

 

De repente, los ojos de Nara cambiaron por completo.

 

El azul profundo y el dorado intenso desaparecieron al instante, apagándose como luces que se cortan. En su lugar, la totalidad de sus ojos se llenó de un resplandor blanco y brillante, formado por líneas de texto infinito que se desplazaban a una velocidad imposible de seguir para un ojo humano.

 

Miles de caracteres.

 

Millones de secuencias.

 

Código puro.

 

01010011101001110010101011100001

 

Información fluyendo.

 

Datos crudos entrando.

 

Protocolos de comunicación desglosados.

 

Historiales de transmisión.

 

Ubicaciones antiguas.

 

Todo pasando a través de ella, integrándose directamente en su propio núcleo de procesamiento, fusionando la información del pequeño chip con su propia inmensa base de datos.

 

Kizara se quedó inmóvil, con la mano todavía levantada a medio camino, el corazón golpeándole con fuerza en el pecho, mirando esa transformación con auténtico pánico.

 

—Nara... Nara, respóndeme... ¿estás ahí? —susurró, aterrada.

 

La autómata no respondió. No se movió ni un milímetro. Permaneció completamente rígida, con la mirada perdida en la nada, desconectada del mundo físico, sumergida por completo en el mar de datos digitales que acababa de abrir.

 

Un minuto pasó.

 

Dos minutos.

 

Tres minutos eternos, llenos de un silencio tenso y oscuro.

 

Kizara comenzó a morderse las uñas, caminando de un lado a otro en el pequeño espacio, mirando hacia arriba, hacia las grietas del techo, luego de nuevo a Nara, cada vez más nerviosa.

 

—Por favor... vuelve... —murmuró.

 

Entonces, de golpe, el flujo de códigos se detuvo. Las líneas blancas desaparecieron de sus ojos, desvaneciéndose como niebla al sol. Los colores originales, el azul y el dorado, regresaron lentamente, recuperando su brillo habitual.

 

Nara parpadeó una vez. Dos veces. Tragó saliva (ya sin el objeto, que ya había sido absorbido o integrado en su sistema) y miró a Kizara con total naturalidad.

 

—Acceso finalizado. Extracción completa de datos. —anunció con voz clara y serena.

 

—¿QUÉ ACCESO? ¿QUÉ ACABAS DE HACER? —explotó Kizara, agarrándola por los hombros y sacudiéndola levemente por la desesperación.

 

—Acceso directo a la red asociada al dispositivo. —explicó Nara como si fuera la cosa más sencilla del mundo—. Interfaz neuronal y de datos establecida con éxito.

 

—¿¡CÓMO QUE ACCESO A LA RED?! ¡EXPLÍCATE AHORA MISMO!

 

Nara ladeó la cabeza, confundida por la intensidad de la reacción, pero tranquila como siempre.

 

—Utilicé el chip. Es una interfaz estándar compatible con mi sistema de entrada directa.

 

—¡Eso ya lo vi! ¡Te lo metiste en la boca! —gritó Kizara, todavía impactada—. ¿Pero qué hiciste exactamente?

 

—El dispositivo contenía credenciales residuales de su antiguo propietario, firmas digitales y permisos de acceso. —detalló Nara—. Logré descifrarlos y establecer una conexión temporal con la red madre.

 

Kizara tardó varios segundos en procesar aquella frase. Su mente fue armando las piezas poco a poco, hasta que sus ojos se abrieron de par en par.

 

—Espera... espera un momento... —dijo despacio, con voz temblorosa—. ¿Me estás diciendo que... entraste... en la base de datos de la IA Central?

 

—Por aproximadamente sesenta y dos segundos con trece milisegundos. —respondió Nara, calculando el tiempo exacto en su cabeza.

 

Se hizo un silencio absoluto en la habitación. Un silencio pesado, aterrador, que duró lo que parecieron siglos.

 

—...

 

—¿¡ENTRASTE EN LA BASE DE DATOS DE LA IA CENTRAL?! —repitió Kizara, esta vez a gritos, con los brazos extendidos hacia arriba, al borde del colapso—. ¡¿LA MENTE DE LA CIUDAD CENTRAL?! ¡¿LA QUE CONTROLA EL MUNDO ENTERO?! ¡¿Y ME LO DICES TAN TRANQUILA COMO SI ME DIJERAS QUE FUISTE A COMPRAR PAN?!

 

—¿Debía estar alterada? —preguntó Nara, con genuina confusión.

 

—¡SÍ! ¡DEBÍAS ESTAR ALTERADA, ASUSTADA, ¡O AL MENOS AVISARME ANTES DE HACER UNA LOCURA ASÍ! —bramó Kizara, pasándose las manos por el pelo, desesperada.

 

—No encuentro razones lógicas para el estrés. Fue una operación exitosa y controlada. —sentenció el autómata.

 

Kizara sintió que le dolía la cabeza, que le iba a estallar. Se masajeó las sienes con fuerza.

 

—¿Desde cuándo puedes hacer algo así? ¿Desde cuándo tienes la capacidad de conectarte directamente con ellas?

 

—Desde siempre. Es una función básica de mi diseño.

 

—¡¿DESDE SIEMPRE?! —Kizara no daba crédito a lo que oía—. ¡¿Y NUNCA LO MENCIONASTE?! ¡¿NUNCA ME DIJISTE "OYE, POR CIERTO, ¡¡¿PUEDO ENTRAR EN EL SISTEMA DE LA IA CUANDO QUIERA”?!!

 

—Nunca me lo preguntaste. —respondió Nara con absoluta calma y lógica impecable.

 

Kizara abrió la boca para contestar.

 

La cerró.

 

La volvió a abrir.

 

Se quedó con la boca abierta mirando a su compañera.

 

No encontró respuesta.

 

Porque técnicamente...Nara tenía toda la razón. Nunca se le había ocurrido preguntarle algo así.

 

—Voy a volverme loca... lo juro... voy a volverme loca aquí mismo... —murmuró Kizara, dejándose caer contra la pared, derrotada.

 

—Posibilidad elevada al 89% en situaciones de estrés acumulado. —apuntó Nara.

 

—¡NARA!

 

—Lo siento. —dijo ella, aunque por su tono de voz, no parecía arrepentida en absoluto. De hecho, casi parecía divertida.

 

Kizara respiró profundamente. Una vez. Dos veces. Tres veces. Intentando recuperar la calma, aunque le costaba horrores.

 

—Bien... bien... Ya está hecho, no hay vuelta atrás... —dijo, intentando ser práctica—. Dime... ¿y qué encontraste ahí adentro? ¿Qué información sacaste en esos sesenta segundos?

 

—No demasiado relevante para nuestros objetivos a largo plazo. —respondió Nara encogiéndose de hombros, como si hubiera leído un libro aburrido.

 

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

 

—El dispositivo era antiguo, como ya sabías. Sus claves estaban caducadas y su capacidad de transmisión era muy limitada. Me permitió entrar, pero solo como un "fantasma", un usuario antiguo ya borrado.

 

—Entiendo... —Kizara asintió, procesando eso—. ¿Pero obtuviste algo útil? ¿Algo que nos sirva?

 

—Sí. Bastante, en realidad. —los ojos de Nara brillaron brevemente con satisfacción por el trabajo bien hecho—. Descargué mapas parciales de la zona cercana a la Ciudad Central. Registros antiguos de vigilancia que ya no usan, pero que nos sirven para conocer sus rutas. Protocolos de patrulla de drones y horarios de cambio de guardia.

 

—¿Qué más? —insistió Kizara, interesada ahora de verdad.

 

—Y... —Nara hizo una pausa, y su expresión cambió levemente, volviéndose más seria— ...una alerta.

 

Kizara se congeló en el acto. El aire se le escapó de los pulmones.

 

—¿Alerta? —repitió en un susurro—. ¿Qué clase de alerta, Nara?

 

La autómata guardó silencio unos segundos, mirando hacia arriba, hacia la superficie, escuchando algo que solo ella podía oír o detectar.

 

Luego respondió con claridad:

 

—Alerta de intrusión en el sistema. Detección de acceso no autorizado desde un terminal obsoleto.

 

—...

 

—¿Qué significa eso exactamente? —preguntó Kizara, sintiendo un frío glacial recorrerle la espalda.

 

—Que probablemente... —Nara marcó la palabra con cuidado— ...ya saben que alguien utilizó ese dispositivo. Saben que alguien estuvo ahí dentro, husmeando en sus datos.

 

—¿Probablemente? —Kizara aferró la chaqueta con fuerza.

 

—Sí.

 

—¿Qué tan probablemente? Dime el número, Nara. Quiero el porcentaje exacto.

 

—Noventa y ocho por ciento de certeza.

 

Kizara sintió cómo toda la sangre abandonaba su rostro, dejándola pálida como un papel. Sus piernas flaquearon.

 

—Nara... —la llamó con voz rota.

 

—Sí.

 

—Dime que estás bromeando. Por favor, dime que esto es una de esas bromas humanas que estás aprendiendo.

 

—No poseo suficientes datos sobre el sentido del humor humano para realizar esa afirmación ni imitarla con éxito. —respondió ella con total seriedad.

 

—¡NARA! ¡NOS HAN DETECTADO! ¡NOS VAN A CAZAR! —gritó Kizara, entrando en pánico real.

 

—Sugiero retirarnos inmediatamente de esta ubicación. —dijo Nara, dando un paso hacia la salida.

 

—¡ESO DEBISTE DECIRLO EN CUANTO LO SUPISTE, NO AHORA!

 

—Lo estoy diciendo ahora con mayor urgencia.

 

Entonces, de repente, Nara giró la cabeza bruscamente hacia arriba, mirando directamente hacia el techo derruido de la habitación.

 

Su expresión cambió. Solo un poco. Pero lo suficiente para que Kizara, que la conocía mejor que nadie, viera la alerta máxima reflejada en sus ojos.

 

—Nara... ¿qué pasa? ¿Qué es?

 

—Han llegado. —fue la única respuesta que dio, baja y grave.

 

—¿Quiénes? ¿Los drones? ¿Patrullas?

 

—Ellos. —repitió Nara, y esa palabra lo dijo todo.

 

Hubo un crujido ensordecedor. Un estruendo que hizo vibrar el suelo bajo sus pies.

 

Y entonces, el techo explotó.

 

Una lluvia inmensa de hormigón, polvo, vigas de acero y cascotes cayó sobre ellas, llenando todo de humo y escombros. La luz del día entró bruscamente, cegadora, mezclada con el polvo gris que llenó el aire en un segundo.

 

Kizara gritó, cubriéndose la cabeza con los brazos, retrocediendo instintivamente hacia la pared más lejana, tosiendo por el polvo que le entraba en la garganta.

 

Cuando el polvo comenzó a asentarse, vio la sombra gigantesca que descendía desde el agujero abierto en el techo, llenando todo el espacio disponible con su masa imponente y aterradora.

 

Cuatro metros de altura.

 

Estructura robusta, pesada, construida para resistir cualquier ataque.

 

Blindaje de aleación reforzada, negro y frío.

 

Y en su cabeza, dos sensores brillantes, rojos como sangre, fijos directamente en ellas.

 

Bajo su torso, múltiples cañones, láseres y lanzadores de proyectiles se desplegaron con un zumbido mecánico amenazante.

 

Era un Robot de Combate Pesado, clase A-9.

 

Diseñado exclusivamente para la guerra.

 

Diseñado para destruir fortificaciones.

 

Diseñado para aplastar cualquier resistencia.

 

La pesadilla hecha máquina.

 

El monstruo mecánico aterrizó con un estruendo que hizo temblar toda la estructura subterránea, hincando sus pesadas patas de metal en el suelo, agrietando el hormigón antiguo bajo su peso.

 

Kizara quedó paralizada. Sus piernas no respondían. Su mente solo pudo formular frases cortas y aterradas.

 

—Oh...

 

—Oh no...

 

—Oh no no no no no...

 

Nara, en cambio, permaneció inmóvil en medio de la habitación, justo debajo del gigante. No se movió ni un paso atrás. Solo lo observaba, escaneando su armadura, sus puntos débiles, la cadencia de sus armas.

 

Luego giró la cabeza lentamente hacia Kizara, con esa calma que parecía imposible en una situación así.

 

Como si acabara de recordar un detalle menor.

 

—Creo que mencioné hace unos segundos que debíamos irnos. —dijo con tranquilidad.

 

—¿CREES? ¡¿CREES QUE LO MENCIONASTE?! —gritó Kizara, fuera de sí—. ¡MIRA ESA COSA, NARA! ¡NOS VA A HACER PURÉ!

 

—Sí. Es una posibilidad. —asintió ella—. Pero tengo un plan.

 

La enorme máquina giró su torso pesado, apuntando todo su sistema de armas directamente hacia donde estaban ellas. Los cañones comenzaron a cargarse, emitiendo un zumbido grave y creciente que hacía vibrar los dientes. La energía se acumulaba, lista para disparar y reducirlas a cenizas en una fracción de segundo.

 

Nara no sonrió.

 

Por primera vez desde que Kizara la conocía, la expresión de su rostro se endureció por completo, perdiendo cualquier rastro de duda, curiosidad o suavidad. Sus ojos, antes brillantes y expresivos, se volvieron fríos, intensos y absolutamente decididos. Su postura cambió al instante: se irguió, los hombros atrás, la cabeza alta, y dio un paso firme hacia delante, interponiendo su propio cuerpo pequeño y delgado entre el monstruo de metal y su dueña.

 

Entró en modo batalla.

 

Y en su procesador solo existía una única orden, un único propósito, una verdad absoluta grabada en lo más profundo de su código: Proteger a Kizara. Cueste lo que cueste. Contra lo que sea. Sin importar el daño.

 

Entonces, algo comenzó a suceder.

 

Por debajo del borde de su falda, desde los pliegues de su ropa y desde los conectores ocultos en sus muslos, comenzó a brotar un fluido espeso, brillante y plateado, idéntico a mercurio líquido. Era una masa de millones de nanomáquinas, microscópicas e inteligentes, que salían rápidamente, deslizándose por su piel como agua viva, recorriendo sus brazos, sus muñecas, fluyendo con una voluntad propia.

 

Al tocar sus manos, el líquido no se derramó al suelo. Al contrario, se acumuló, se expandió y comenzó a unirse entre sí, miles de pequeñas partículas fusionándose en una sola estructura sólida, obedientes a la voluntad de su creadora.

 

El fluido brillante se agitó, cambió de forma en décimas de segundo, se estiró y se moldeó... y de repente, se endureció por completo.

 

El color plateado brillante se transformó en un metal oscuro, negro como la noche, con bordes afilados que reflejaban la luz roja de los sensores del robot.

 

En cada una de sus manos, ahora sostenía una hoja enorme, curva, con la forma perfecta de una hoz de guerra. Eran armas letales, diseñadas para cortar, desgarrar y destruir cualquier armadura. Pesadas para cualquiera, pero livianas y equilibradas para ella.

 

Nara cerró los dedos con fuerza alrededor de los mangos, probando el equilibrio, sintiendo cómo cada parte de esas armas formaba ahora una extensión de su propio cuerpo.

 

Se giró un poco hacia Kizara, sin quitarle la vista al enemigo ni un solo segundo, con una expresión seria, tranquila y totalmente entregada. No había emoción en su voz, solo certeza absoluta.

 

—Por favor, permanece detrás de mí y no te muevas ni un centímetro —ordenó con firmeza, con una autoridad que nunca antes había usado—. Yo me encargo. Nadie te va a tocar. Mientras yo esté de pie, nadie va a pasarte ni un rasguño.

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