Los faros del jeep encima de la escalera del porche y Seba ahí congelado desde la tarde. Esta vez el que va a tener que explicar todo es él.
Capítulo 10 ~ Horas Extras
Pensamiento
Los faros del jeep encima de la escalera del porche y Seba ahí congelado desde la tarde. Esta vez el que va a tener que explicar todo es él.
Contenido de la publicación
El día anterior, Benicio salió de la oficina con la satisfacción de haber firmado un contrato más, lo que implicaba que cada vez estaba más cerca de Sebastián. Quedaba solo un cliente. No había sido fácil convencer al cliente, ya que, en su experiencia, con los malos manejos de la gestión anterior, el servicio había sido muy poco eficiente y habían incurrido en pérdidas considerables. Habían tenido que afinar muy bien el lápiz para lograr un presupuesto viable para la Distribuidora y aceptable para el cliente.
Mientras conducía de regreso, Benicio recordaba la charla que había mantenido con Horacio poco antes que saliera hacia Alimentos Cuyanos para la firma final del cliente. El hombre estaba algo molesto, porque el cliente no se lo había puesto fácil. Además, la distribuidora apenas si cubría los costos operativos, con el presupuesto que habían armado. Benicio comprendía cómo se sentía y sonrió.
—No es así, Horacio.
—Claro que sí. El mismo dueño me lo dijo. Lo conoce. Es por usted. Solo porque usted está ahí sentado él firmó.
—Pero él sabe que usted quedará al frente de la sucursal, porque cuando los presenté, se lo dije claramente.
—Benicio, es su aval lo que ha pesado aquí.
—Este presupuesto está limitado al primer año. A modo de prueba. No hemos sido serios con ellos y es lógico que no confíen en la Distribuidora. De nosotros depende que vuelvan a hacerlo y que renueven esa confianza cuando esto deba renovarse —dijo Benicio entregando el contrato firmado.
Horacio no se veía muy satisfecho. Pero entendía lo que Benicio estaba diciendo.
—Lo que quiero decir es que cuando usted se vaya, ese hombre ya no va a confiar en nosotros —dijo Horacio con seriedad.
—Es cierto que en ese papel que tiene en sus manos está mi palabra, mi compromiso. Que mi rúbrica al pie de cada página implica que yo respondo por lo que dice. Pero usted deberá hacer suyas esas palabras, porque ambos sabemos que en dos semanas será usted quien firme los contratos. En dos semanas su palabra será la que avale los contratos. Usted no puede comprometerse a hacer algo que no puede cumplir, y no puede no cumplir con lo que se ha comprometido.
—Espero que tenga razón.
—De usted depende.
Benicio estaba seguro de que Horacio era un hombre honorable. No podía sentir más que satisfacción por haber conocido a ese hombre que sin dudas sacaría la sucursal adelante.
Antes de llegar a la casa pasó por el supermercado a comprar algunas cosas que necesitaba. Para cuando llegó, la tarde ya era noche y el frío caía sobre él helándole los huesos. Parecía mentira que estaban en primavera. Dejó todo en la pequeña isla desayunador y encendió el fuego.
Era imposible mirar el fuego y no pensar en Sebastián. Lo imaginó junto a él. Se sentó en el sofá frente al fuego, y aflojó el nudo de la corbata. Lo extrañaba demasiado. Miró su reloj, trató de imaginar lo que estaría haciendo. Tenía una boda esa noche, por lo que estaría alistándose, y quejándose de lo que le esperaba. Burlándose de los comentarios, con voces y caras graciosas.
O quizás, estaba en su auto, esperando a su prometida. Esa idea le resultó dolorosa. Las imágenes y comentarios que había visto desde que se hizo público que Sebastián sería el nuevo Presidente del Holding, lo llenaban de dolor y tristeza. Todos hablaban de lo bien que se veían “los tortolitos”, si bailaban, si conversaban, si caminaban tomados del brazo, cuando llegaban, cuando se iban… “¿Por qué no podía ser igual con él?”, se preguntó. De pronto comenzó a reír ante la sola idea.
—¡Qué ridículo! —murmuró entristecido.
Si de algo estaba seguro, era de que aun si Sebastián aceptaba sus sentimientos y comenzaran una relación, nunca serían vistos con la misma aceptación que veían a Haydée. Y de pronto… las palabras de Alfredo “Tu presencia en su vida ya no es buena para él”, resurgieron con una violencia abrumadora. Sintió algo que apretaba su garganta ahogándolo, y presionaba su pecho sin dejarlo respirar. “¿Dónde está escrito que el amor de una mujer es mejor que el de un hombre?”
Se levantó intentando deshacerse de esa angustia y preparó café. Poco después el celular sonó. Aún no había cambiado el chip, por lo que seguía con el del trabajo. Miró su reloj, seguro que era Horacio con las buenas nuevas.
—Benicio… Usted no me va a creer lo que acaba de suceder.
—¿Qué pasó? —preguntó con un dejo de preocupación anticipando que el cliente pudo haber rechazado algo y no firmar.
—¡Dios! Es que no sé ni por dónde empezar.
—Horacio, solo vaya al grano. Así ni usted ni yo perdemos tiempo.
—Seguí su consejo. Llevé el contrato. Hice mía su palabra. Expliqué que los valores que habíamos presupuestado eran apenas el costo del servicio y que era esa nuestra forma de mostrar nuestro compromiso… El cliente en ese momento, y frente a mí, rescindió los contratos que tenía con Transporte Guevara, me dio la lista y me dijo que nos entregaba todos los servicios. Y que empezáramos mañana mismo.
—¿Cómo que todos los servicios? —preguntó Benicio.
—Bueno, usted sabe que Alimentos Cuyanos es una empresa nacional que tiene distribución a todo el país. En Mendoza teníamos solo los servicios locales, es decir, los destinos dentro de Mendoza. Esos perdimos y esos estuvimos presupuestando para poder recuperarlos. Resulta que el dueño, ahora me acaba de entregar los servicios nacionales también. Quiere el contrato para mañana antes de las diez de la mañana porque a las doce sale de viaje por un tiempo y quiere dejar eso finiquitado.
—Eduardo, no podemos presupuestar al precio de costo los destinos nacionales, es una locura.
—Se lo dije. Me dijo que él quiere que le hagamos una buena oferta, pero justa.
—¡Por Dios! Esto es irrisorio, un presupuesto “justo” a nivel nacional en una noche… No tengo idea de la cantidad de servicios que tienen, pero es casi imposible.
—Estoy yendo a la oficina ahora. Ya les avisé a los chicos de operativa que preparen café.
Bromeó Horacio sin ocultar su ansiedad.
—Lo que sí voy a necesitar, es que usted esté temprano mañana para leer los presupuestos y firmar el contrato.
—Sí claro —Benicio estaba sorprendido.
Cortó con Horacio y se apoyó en una de las banquetas.
Poco a poco iba tomando conciencia de la importancia de este nuevo servicio. Tanto para la sucursal como para la empresa. Y, naturalmente para Horacio.
Miró su reloj. Casi las diez de la noche. Respiró profundo. Dentro de él sentía un dejo de inquietud que le molestaba. Aún estaba a cargo de la sucursal y si bien Horacio tomaría el cargo en breve, la responsabilidad en ese momento, recaía en sus espaldas. Esa noche no hablaría con Sebastián y la angustia que tenía encima lo abrumaría probablemente toda la noche. Tomó las llaves y el celular y salió de la casa. No sabía cómo, pero tenían que terminar ese presupuesto esa misma noche.
Cuando Benicio llegó, Horacio ya estaba instalado en el sector de operativa y revisando los papeles que le había entregado el cliente con la lista de destinos de retiro y entrega.
—¡Señor! —Exclamó Horacio sorprendido al verlo entrar.
—Buenas noches a todos —dijo Benicio en voz alta.
Horacio se acercó a él. Benicio lo observó, se veía claramente nervioso. Los empleados voltearon y saludaron.
—¿Cómo vamos? —preguntó Benicio.
—Analizamos los destinos —respondió Bautista, el encargado de distribución.
—¡Gracias por venir! —dijo Horacio en voz baja.
Benicio no respondió. Solo sonrió y se acercó a enorme la mesa central del depósito. Observó las listas.
—Tenemos una ventana de tiempo muy limitada, así que utilizaremos las sedes regionales para acelerar el proceso. Tucumán cubrirá las rutas del norte, Neuquén se encargará del sur, y la sede central de Buenos Aires deberá gestionar los envíos para el centro del país.
La tensión era palpable. Sin embargo, Benicio no pudo dejar de notar la incomodidad de Horacio con sus últimas palabras. La voz de Benicio fuerte y clara inspiraba seguridad. Todos estaban en silencio. Su mirada se desvió hacia Horacio antes de continuar.
—Póngase en contacto con Tucumán, para obtener los costos más actualizados. Yo —hizo una pausa de unos segundos, que nadie advirtió, pero que para él fue absolutamente necesaria—, haré lo mismo con Buenos Aires.
—De acuerdo —dijo Horacio y tomó las hojas con los destinos—. Voy a digitalizar todo esto, para que sea más sencillo.
—Yo hablo con Neuquén —dijo Bautista.
Unos minutos después Horacio envió las listas de destinos ordenadas según la sede a la que pertenecen. Y cada uno las envió a su vez a la sede correspondiente, donde les colocaron los precios vigentes.
Para la medianoche, ya habían recibido de las sedes casi todos los costos de todos los envíos.
—Necesitamos priorizar los destinos más críticos, basándonos en la lista que nos proporcionaron, y definir los costos operativos mínimos para mantener los márgenes aceptables —dijo Benicio mirando la información que tenía en sus manos.
Solamente restaba calcular el precio de cada servicio según la tara de cada bulto. En eso trabajaron unas horas más. Pasaban de las tres cuando todos revisaban las listas y los precios. Eran casi sesenta servicios destinados a las principales ciudades del país. Todo cotizado y Bautista y su gente ya habían programado los primeros retiros para la noche siguiente. Puesto que eso había solicitado el cliente.
Solo les quedaba preparar los documentos. Benicio y Horacio subieron con todo a la sala de juntas y se dispusieron a tipear todo.
—No fue fácil, pero tuvimos la ventaja de que la estructura ya está en funcionamiento. Confío en que el equipo de cada sede hará su parte —dijo Horacio al entrar en la sala de reuniones.
—Este cliente no solo es un reto, Horacio. Usted debe tomarlo como una oportunidad para demostrar lo que somos capaces de hacer como compañía —. Horacio asintió pensativo—. Ahora, a trabajar —agregó Benicio y se sentó a un lado de la enorme mesa con su laptop.
Benicio y Horacio se quedaron toda la noche modificando el convenio de servicio.
—Dado el tiempo extremadamente limitado que hemos tenido para completar estos cálculos, deberíamos plantear un cargo único por la celeridad del servicio. Calculo que un 10% adicional en la primera facturación nos permitirá absorber los costos extras derivados de este esfuerzo extraordinario que todos hemos hecho esta noche.
Horacio asintió lentamente, comprendiendo la lógica detrás de la idea.
—Tiene sentido —murmuró mientras continuaba escribiendo—. Por otro lado, esto también puede posicionarnos como una empresa que responde rápidamente a las exigencias del cliente, pero con un costo asociado, lo que refuerza nuestra seriedad —. Benicio inclinó ligeramente la cabeza.
—Exacto. El cliente tiene que entender que estamos cumpliendo con una demanda excepcional bajo circunstancias excepcionales —dijo—. Vamos, terminemos con esto.
Poco antes del amanecer, terminaron de armar el presupuesto definitivo y el contrato. Horacio leyó en voz alta el presupuesto, y luego de evaluar que todo estaba en orden, pasó al contrato. Comenzó cláusula por cláusula y de pronto se detuvo. Era un agregado que había hecho Benicio. Alzó su mirada hacia su jefe sin decir nada.
—He añadido una cláusula específica para cubrirnos en caso de eventualidades logísticas con los destinos más apartados. Continúe, por favor, y me deja saber lo que piensa al respecto.
—”LA PRESTATARIA establece que los destinos más alejados de los centros de distribución estarán sujetos a una re-acomodación tarifaria en función de posibles costos operativos imprevistos que afectaren significativamente la prestación del servicio. En dichos casos, LA PRESTATARIA notificará a EL CLIENTE con una antelación mínima de 15 días hábiles, detallando los motivos de la re-acomodación y los nuevos valores aplicables. EL CLIENTE tendrá la facultad de aceptar o rechazar dichos cambios por escrito dentro del plazo de 7 días hábiles a partir de la notificación. En caso de no mediar respuesta por parte de EL CLIENTE, se entenderá que acepta la reacomodación propuesta.”
Horacio terminó de leer y miró a Benicio.
—¿Y bien? ¿Qué opina?
—Pues, me parece que es lo correcto. Además, no estamos seguros aún de llegar a todos los destinos… Eso es algo que no deja de preocuparme.
Benicio sonrió.
—No dudo de la capacidad de respuesta que tenemos, simplemente consideré que esto era necesario, para evitar que cualquier cambio en los costos se convierta en un problema a largo plazo. El cliente debe saber desde el principio que algunos destinos representan un desafío adicional, lo que no implica que no estemos a la altura.
—Es una medida prudente y profesional. Pienso que si lo comunicamos adecuadamente, el cliente entenderá que es una práctica estándar en este tipo de operaciones.
—Así es. Este contrato debe ser sólido, claro y justo, tanto para el cliente como para nosotros. Ahora, sigamos.
Poco después de haber terminado de leer y estando ambos seguros de que todo estaba bien, Horacio imprimió los documentos, y preparó las carpetas de presentación correspondientes. Ya con todo en orden y siendo casi las siete de la mañana, ambos se dispusieron a descansar antes de salir para la compañía del cliente.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Poco después de las ocho de la mañana, Sebastián, nervioso y temeroso de lo que podría llegar a encontrarse, arribó a la ciudad. Bajó del avión sintiendo un torbellino de emociones. El viaje no había aliviado la tensión que llevaba acumulada desde que habló con Marianella, y su imaginación no dejaba de jugarle en contra. Se preguntaba si encontraría algo que confirmara sus peores miedos o si, por el contrario, hallaría claridad en medio de su confusión.
Tomó un taxi y se dirigió directamente a la sucursal. Mientras Sebastián avanzaba en el coche, con el corazón palpitando acelerado, en la sucursal, el día comenzaba con una escena inesperada. Eduardo, que acababa de llegar a la Distribuidora, entró y saludó a la joven de recepción. Se sentía muy satisfecho pensando que había llegado temprano para preparar el café y alistar las oficinas. No obstante, cuando salió del ascensor, lo primero que vio a través de la puerta abierta de la sala de reuniones, fue a Benicio recargado sobre la mesa, dormido.
Mientras tanto, en el asiento trasero del taxi, mirando su celular con el camino trazado desde su posición a la oficina, Sebastián iba siguiendo el recorrido. A medida que se acercaba, su respiración se iba acelerando. Ansiaba tanto ver a Benicio. Lo había extrañado tanto. Tenía tantas preguntas, tantas ganas de sentir aquello que sentía junto a él.
Y a la vez tanto miedo.
Al mismo tiempo, en el tercer piso de la sucursal, Eduardo estaba sorprendido. ¿Cómo era esto posible? “¿Qué pasó?”, se preguntó “Ayer se fue antes que yo”. Dejó sus cosas en su escritorio y se dirigió a la sala. Al entrar, vio que en el sofá, junto a la puerta, estaba acostado Horacio, también dormido. Sobre la enorme mesa un sinfín de papeles desparramados que casi la cubrían por completo. El joven no podía entender lo que veía, encontrar a ambos en la sala de reuniones tras una noche de evidente agotamiento le resultaba casi desconcertante. “¿Por qué no me han avisado?”, se preguntaba. Su orgullo inicial por haber llegado temprano se mezclaba con la confusión y la curiosidad que esa escena le despertaban “¿Qué pudo haber pasado que los dejó en este estado?”.
En el fondo, Eduardo también sentía una extraña admiración. Benicio, con su camisa ligeramente arrugada y su postura abatida, parecía alguien que se había dejado consumir por su compromiso con la sucursal. Ver a Horacio, durmiendo también, con su cinturón abierto y los botones superiores de su camisa desprendidos, lo llevaba a pensar en ellos como un equipo. Eduardo reconocía el sacrificio que ambos habían hecho para que las cosas salieran adelante, lo que lo llenaba de un inesperado sentido de respeto y gratitud. Y una poderosa necesidad de formar parte.
Se acercó a Benicio y lo llamó suavemente.
—Benicio.
En ese preciso instante, el taxi se detuvo frente a la Distribuidora, como si el universo hubiera sincronizado sus relojes. Cuando Sebastián entró, observó que la sucursal estaba tranquila, pero su ansiedad no disminuyó, sino que se transformó en expectación. Todo parecía ordinario en la superficie, pero el misterio de lo que podría ocurrir ahí dentro, lo mantenía alerta.
Aunque, pensándolo bien, conocía a Benicio y no había persona más rutinaria que él. “¿Qué podría pasar? Con Benicio al frente todo debía estar bajo control”. Esa idea lo tranquilizó un poco. Atravesó el playón y entró en el lobby. Se acercó a la recepcionista.
—Buenos días —saludó él.
Ella que acomodaba unos papeles, alzó la vista y sonrió. Evidentemente, no podía evitar causar impresión en las mujeres.
—¡Buenos días! ¿En qué lo puedo ayudar? —exclamó la joven.
—Estoy buscando a Benicio. ¿Ya está aquí?
—No lo vi llegar. Déjeme chequear. ¿Quién lo busca?
—Sebastián Carrasco —respondió Sebastián.
La recepcionista se mostró muy impresionada, ya no solo por su belleza y masculinidad, sino porque lo reconoció como el dueño de la empresa.
Eduardo escuchó sonar su interno, y se dirigió al escritorio mientras Benicio recogía los papeles. Tenía una fuerte molestia en sus rodillas que en cuanto se puso de pie, se convirtió en dolor. Apenas lograba mantenerse en pie. Sin dudas, la falta de ejercicio y las horas que estuvo de pie en el depósito estaban pasándole factura.
—Charito —dijo Eduardo al levantar el tubo.
—Edu, el Sr. Benicio ¿ya llegó?
—Si, está aquí. ¿Por?
—Lo busca el Sr. Sebastián Carrasco.
El muchacho permaneció en silencio. Sabía quién era. Pensó que Benicio no estaba en condiciones de recibir al dueño de la empresa, al Presidente del Holding. Si lo llegaban a encontrar en esas condiciones podría tener problemas.
—El Sr. Benicio está en medio de una llamada importante, pero dile que suba —dijo el joven y se apresuró a la sala de reuniones.
Benicio estaba apoyado en la mesa tomando los papeles.
—Señor… —intentó hablar Eduardo.
—Ponte en contacto con Alimentos Cuyanos.
Interrumpió Benicio
—Concerta una entrevista. ¿En cuánto tiempo? —preguntó mirando a Horacio que recogía papeles también.
—En una hora —respondió Horacio—. En treinta minutos estaré de vuelta y en quince más estaremos en la oficina de Arroyo.
—¿Está seguro? No podemos llegar tarde.
—Estoy seguro —dijo Horacio con seguridad.
—Bien. —Benicio volvió a mirar a Eduardo—. Concerta la entrevista con Arroyo para dentro de una hora.
—Si. ¿Señor, se siente bien? —preguntó el muchacho al ver la dificultad que su jefe tenía para caminar.
—Estoy bien. Pero mis rodillas necesitan WD40 —bromeó—. Trae mis cosas, por favor.
La puerta del ascensor se abrió y Sebastián salió con una sonrisa, esperando ver la sorpresa en Benicio. Pero el sorprendido fue él. Benicio salía de la sala de juntas. Sebastián sintió el golpe en el pecho antes de que su cabeza alcanzara a pensar. Llevaba tanto tiempo sin verlo que el impacto fue brutal. Su primer impulso fue ir por él, abrazarlo… Sentirlo. Pero los pies se le clavaron al piso.
De la emoción no fue capaz ni siquiera de llamarlo. Lo siguió con la mirada, esperando que él lo mirara también. Pero parecía ocupado. Iba caminando lentamente y con dificultad, con un muchachito detrás al que le estaba dando indicaciones.
La emoción inicial se volvió confusión al notar que mientras caminaba desabotonaba su camisa. De pronto notó que el cinturón, abierto, pendía de los pasa-cintos a los lados de su cuerpo. Sebastián estaba desconcertado, sintió un pellizco en su corazón. Nunca, desde que lo conocía, vio algo semejante. Si había alguien que se tomaba su trabajo en serio, ese era Benicio. ¿En qué tipo de universo paralelo se encontraba para ver una escena como esa? “Ese hombre, desarreglado, en la oficina… no es posible” pensó.
Benicio salió de una oficina y se metió en la otra. Eduardo vio a Sebastián y luego de que Benicio entrara en la dirección, dejó las cosas en el escritorio y se acercó a Sebastián.
—Buenos días, señor.
Sebastián no reaccionaba, miró a Eduardo y luego miró la oficina de Benicio.
—Enseguida le aviso al Lic. Torres que usted está aquí.
Eduardo tomó las cosas de Benicio nuevamente y se dirigió a la oficina. Antes de que Sebastián pudiera procesar lo que había visto, una voz conocida lo sacó de sus pensamientos…
—Eduardo, ¡me voy! —dijo Horacio en voz alta.
Salía de la sala de juntas. Todo desalineado. Su camisa y su pantalón abiertos, y llevaba su corbata y su saco en la mano.
Esa voz.
Sebastián recordaba perfectamente esa voz. La mirada de Sebastián seguía sobre ese hombre, su rostro no era el mismo —él se había encargado de eso—, pero sabía muy bien quién era. Horacio siguió hasta el ascensor, corriendo los últimos pasos, ya que estaba abierto, esperándolo. Sebastián al verlo sintió náuseas.
—¡De acuerdo! —dijo el joven.
Eduardo fue tras su jefe hasta el privado. Tenía allí todo lo necesario para que, ante una eventualidad, él pudiera estar listo. La luz del espejo iluminaba a Benicio, quien se pasaba la afeitadora por la mandíbula con movimientos calculados. Usaba una eléctrica porque era más práctica, pero se veía claramente incómodo.
—Benicio, lo busca el Señor Sebastián Carrasco.
Al escuchar las palabras de Eduardo, sus manos se detuvieron de golpe. “¿Escuché bien?”, se preguntó. Miró a Eduardo. Meses hacía que nadie mencionaba ese nombre a su alrededor. Meses hacía que Sebastián solo parecía estar en la distancia. Pero luego pensó que tal vez se había enterado de que había llamado anoche a operativa. “¿Sería por eso?”.
—Pásame la llamada —dijo luego de unos segundos mientras se pasaba la toalla por su rostro.
—No es llamada, él está aquí —dijo Eduardo impresionado.
Su voz tembló ligeramente al final. Benicio parpadeó, tratando de comprender.
—¿Qué dijiste? —Eduardo asintió, tragando saliva antes de continuar.
—Ahí afuera está el Sr. Sebastián Carrasco.
—¿En serio? —las piernas de Benicio temblaron.
Pero no era algo físico, estaba seguro.
—Claro que sí, acabo de saludarlo —dijo el muchacho con vehemencia, en voz baja.
—¡Demonios! Hazlo pasar, sírvele café.
Se ajustó rápidamente el cuello de la camisa, ignorando el temblor que ahora sentía en las manos.
—¿Llamaste a Alimentos Cuyanos?
—¡Dios! Lo olvidé —admitió el joven con los ojos muy abiertos, casi tropezando con sus propias palabras.
—Ve por favor, hazlo — dijo Benicio mientras metía la camisa abotonada en su pantalón y se anudaba la corbata.
Eduardo salió de la oficina y el salón estaba vacío. Fue hasta el baño del piso, pero no había nadie. Revisó la sala de reuniones, pero estaba vacía. Tomó su interno y preguntó en recepción.
Le informaron que Sebastián había salido hacía cinco minutos.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Sebastián estaba sin aire. Como si el peso de todo el edificio lo aplastara. Sentía que se ahogaba mientras ese rostro borroneado a golpes quedaba fijo en su mente, sobrecargando sus sentidos.
Ese hombre… al que había intentado borrar de su memoria, “¿Por qué está aquí?”, “¿Qué hacía Benicio con él?”, “¿Por qué estaban a medio vestir?”, “¿Por qué Benicio no podía caminar?”, “¿Qué habían hecho en esa oficina?” Sus manos se empuñaron. Ese tipo frente a él, su rostro era apenas reconocible, pero su voz seguía igual de inconfundible.
Recién cuando las puertas del elevador se cerraron llevándose la figura de Horacio, Sebastián se movió. Las manos le temblaban al pulsar el botón del ascensor. Cada segundo se hacía eterno mientras el aire no lograba llenar sus pulmones. Algo oprimía su garganta, su pecho, su corazón. Al escuchar el ‘ding’ del ascensor, entró rápidamente y apretó el botón para bajar. Necesitaba alejarse, huir de lo que acababa de presenciar. Las puertas se cerraron y, en la soledad de la cabina, notó que sus piernas flaqueaban. Se sostuvo de la pared, sudando frío, mientras su mente volvía a revivir aquel momento que había enterrado hacía ya años.
Algo oprimía su garganta, su pecho. Su corazón. En cuanto la puerta se abrió nuevamente, bajó rápidamente y se alejó cuanto pudo. Ya en la calle, el ruido del tráfico lo hizo regresar a medias a la realidad. Caminó rápido, tan rápido como sus piernas le permitieron, alejándose del edificio, pero no lograba deshacerse de las imágenes en su mente.
La opresión no cedía.
No podía más.
Buscó en su bolsillo, sacó el celular y marcó un número casi por inercia. Pero nadie respondió. Sus manos temblaban. Respiró profundo. Miró a su alrededor. Estaba perdido. No sabía qué hacer. Dónde ir… solo tenía la certeza de que estaba muriendo. Volvió a marcar. Atendieron, pero su voz no salía.
Silencio.
—Sebastián, ¿qué pasa? —La voz de Haydée era calmada, pero firme.
Silencio.
Haydée miró a su prometido, estaba preocupada. Él tomó el teléfono y escuchó. La respiración de Sebastián era extraña. Martín miró a la joven, sin comprender. Le entregó el teléfono y ella volvió a insistir.
—¿Llegaste a Mendoza?
—S… Sí —. Su voz temblaba, rota, apenas reconocible.
—¿Hablaste con Benicio? —preguntó ella.
—Era cierto… Didí, sí hay alguien más. Es él…. Ese hombre… Está aquí, en la empresa. Con Beni… No sé qué vi, pero él… los dos… se estaban vistiendo cuando salieron de la oficina.
Las palabras salían atropelladas, entrecortadas por sollozos que trataba inútilmente de contener. La joven no era capaz de creerlo. Eso que relataba Sebastián no se ajustaba a la idea que ella tenía de Benicio.
—Tranquilízate. Sebastián, respira —interrumpió la mujer con suavidad pero con autoridad.
—No puedo respirar —dijo él.
—Claro que puedes. Solo enfócate en respirar.
Haydée estaba realmente preocupada. Martín estaba molesto, le hizo señas para que cortara la comunicación, pero ella le pidió un poco de paciencia.
No tenía idea de qué estaba pasando, pero era evidente que Sebastián necesitaba un ancla. Lo dejó hablar por algunos segundos más, hasta que se le hizo imposible entenderlo.
—¡Espera! —dijo ella, interrumpiendo la retahíla.
Podía oír cómo respiraba agitado al otro lado del teléfono.
—Sebastián, escucha. Necesito que me expliques qué pasó, pero tranquilo. Primero respira. Hazlo conmigo: uno, dos, tres…
Las instrucciones parecieron surtir efecto. Aunque la angustia no desapareció, Sebastián logró estabilizarse lo suficiente como para comenzar a ordenar lo que estaba sintiendo y pensando.
—Voy para allá —dijo Sebastián. La joven se movió incómoda. Miró a su prometido.
—¿Cómo que quieres venir? — Martín le hizo señas para que de ninguna manera lo permitiera.
—Haydée, Beni está con un puto asqueroso. Los acabo de ver saliendo de esa maldita oficina.
—¿Hablaste con él?
—¡Claro que no! ¿Qué le iba a decir? “Hola Beni, ¿Terminaste de coger con ese hijo de puta? ¿Será que ahora podemos hablar?”
Sebastián estaba totalmente sacado.
—No me voy a comportar como una novia despechada.
Ella no dijo nada, pero Sebastián entendió que había sido algo grosero. Suspiró.
—Lo siento…. Es que…
—Seba lo que dices no tiene mucho sentido.
—Conozco a ese tipo. Sé lo que es capaz de hacer… Y Benicio… no sé qué pensar. Todo esto es demasiado.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Haydée procesaba rápidamente la información, pero nada parecía encajar. Conocía la reputación de Benicio. Aunque no mejor que Sebastián. Tal vez lo que había visto era muy evidente… En todo caso, sabía que ese no era el momento de dar sus opiniones personales. Lo primero era calmarlo.
—Escucha, no sabes lo que está pasando todavía. No has hablado con él, ni siquiera lo has escuchado. Puede que las cosas no sean como parecen —dijo con paciencia, tratando de no encender más el nerviosismo en su amigo—. Respira y piensa bien. ¿De verdad crees que todo eso que estás pensando es algo que Benicio haría?
—Claro que no. Él no es así —”Yo era así”, pensó… entristecido.
—¿Y no estás dispuesto a hablar con él para aclararlo?
Sebastián no respondió enseguida. La lógica de Haydée era aplastante, pero su corazón seguía latiendo con fuerza. Finalmente, asintió. Aunque ella no podía verlo, su decisión se reflejó en el tono de su voz.
—Tienes razón. Necesito hablar con él. No puedo seguir con estas suposiciones. Pero si llega a ser cierto, lo voy a golpear…
—Si llega a ser cierto, se lo tiene merecido —dijo ella.
Cuando lo notó más calmado cortó la llamada. Sebastián estaba en una zona abierta, un parque, una plaza. Llamó a Blanca, la secretaria de Benicio en Buenos Aires, quien inicialmente dudó en ayudarlo, pero finalmente le dio la dirección. La mujer le pidió discreción, y Sebastián prometió no revelar cómo había obtenido la información.
Terminó la llamada con un suspiro profundo. Cada paso que daba en dirección a Benicio era como caminar hacia un precipicio, pero también sabía que no podía huir para siempre.
No quería hacerlo.
A pesar de todo, dentro suyo había un sentimiento extremadamente poderoso que lo impulsaba a buscarlo. A abrazarlo, a sentirlo. Odiaba no ser capaz de separar las cosas. Odiaba la idea de volver a verlo porque no podía dejar de imaginarlo con Horacio, en esa oficina.
Sacudió su cabeza, y pidió un auto. Cuando el vehículo se detuvo en la esquina. Sebastián subió y le proporcionó la dirección. Él siguió el viaje en su celular. Mientras se iba desplazando por la ruta su corazón se sentía cada vez más cálido, y sí… Haydée tenía razón… Nada de eso que tenía en su cabeza podía asociarlo a Benicio.
—Esta es la dirección —dijo el conductor.
—Si, lo sé —dijo Sebastián algo confundido.
Solo había una tranquera y un camino de tierra que se perdía entre los árboles. Sebastián bajó, tomó sus cosas y comenzó a caminar. Sabía por las charlas que habían mantenido ese tiempo que era la última cabaña. A un par de kilómetros por el camino. A su izquierda, pocos metros después de la tranquera, vio lo que pensó que era la administración, había también algo así como un almacén. No muy lejos se alzaban las primeras cabañas, una a cada lado del camino.
Siguió adelante.
El carro de su maleta no era apto para desplazarse en ese terreno, por lo que la llevaba de la manija y la iba pasando de una mano a la otra a medida que notaba el peso.
La mañana estaba soleada, el sol del mediodía entibiaba el ambiente, no obstante, el viento frío cortaba su rostro, pero apenas lo sentía. Todo en él estaba centrado en esa puerta al final del camino. Ese umbral entre el miedo y la respuesta que buscaba. La subida no era sencilla, pero él estaba pensando en tantas cosas que ni se dio cuenta de cuando llegó frente a la cabaña cuya foto estaba en la pantalla de su teléfono.
Sonrió.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
Cuando Eduardo entró en la oficina de dirección, tenía una mirada cargada de desconcierto. Benicio, en cambio, estaba rebosante de emoción, aunque intentaba disimular y controlar sus impulsos. De hecho, esperaba ver a Sebastián entrando y no a Eduardo.
—¿Qué significa esa cara? ¿Qué pasó? —le preguntó al asistente sin comprender.
—Él no está —. La expresión de Eduardo era hasta graciosa.
—¿Cómo que no está? —Benicio frunció el ceño, su voz iba cobrando un matiz de incredulidad.
—Señor, me acerqué, y le dije que en unos minutos usted lo recibiría. Y cuando salí de nuevo ya no estaba.
Benicio sintió cómo sus pensamientos comenzaban a agitarse. No comprendía nada. Su mente empezó a divagar, construyendo escenarios que en cualquier otra ocasión habría descartado como irracionales. La ansiedad que intentaba controlar con tanta cautela parecía estar ganando la batalla.
—Fui hasta el baño, y no estaba. Luego Rosario me dijo que había salido hacía unos minutos —. El muchacho sonaba preocupado.
—¿Se fue? —exclamó Benicio pensativo.
Una profunda sensación de abandono se apoderó de él. Se sentía perdido. Lleno de una incertidumbre tan voraz que lo dejaba vacío. Sin decir una palabra más, tomó papel y, con su lapicera, escribió el número de Sebastián, uno que había memorizado solo mirándolo largamente luego de esos días en que no pudieron estar en contacto, casi como si su mente supiera que en algún momento lo necesitaría de nuevo.
—Llámalo y pásame —dijo entregándole el papel a su asistente.
Eduardo obedeció sin demora. Se sentó en su escritorio y pasó un rato marcando el número una y otra vez. Pero cada intento terminaba en el mismo lugar: el buzón de voz.
Regresó a la oficina de dirección y mientras le explicaba que no podía comunicarse, Benicio tamborileaba los dedos sobre la superficie de su escritorio. Benicio estaba cada vez más confundido. Llegó incluso a pensar que Eduardo estaba equivocado. Que en realidad no había visto a Sebastián.
—Intenta buscarlo en los alojamientos de la zona —ordenó, mientras intentaba llamar él mismo desde su celular.
Con cada segundo que pasaba, Benicio sentía cómo su interior se volvía más caótico. La ansiedad crecía, una criatura indomable que lo hacía sentir pequeño y vulnerable. Aunque trataba de mantener la compostura, su mente seguía sumida en una batalla. ¿Qué estaba pasando realmente con Sebastián?
Tuvo un impulso. Una idea tan ingenua como desesperada. Llamó a la administración del complejo de cabañas. Consultó si había llegado alguien preguntando por él. Pero nadie había ido. Claro… Sebastián no sabía dónde se estaba quedando. Solo sabía que no estaba en la ciudad, y alguna que otra foto que le había compartido. De todas maneras, les indicó que si Sebastián Carrasco preguntaba por él, le abrieran la puerta.
Unos minutos más tarde, regresó Horacio preparado para visitar al cliente y hacer firmar el contrato. Se quedó sorprendido cuando Benicio se negó a acompañarlo. Miró a Eduardo y el joven le dijo que vaya primero y luego hablaban.
Poco después del mediodía, Eduardo entró en Dirección con una expresión en su rostro que hablaba por sí misma. No había localizado a Sebastián. No hizo falta que dijera nada. Benicio comprendió todo. Se quedó inmóvil, su mirada perdida en un punto fijo del escritorio.
La ansiedad, que hasta ese momento se contenía bajo la superficie, explotó con toda su fuerza. De pronto, un dolor punzante le atravesó el pecho, como una alarma de su propio cuerpo que decía que ya era suficiente, que no podía soportarlo más. Se llevó una mano al corazón, tratando de calmar la presión insoportable.
—Mis pastillas… —susurró, apenas audible. Eduardo lo miró alarmado.
—¿Pastillas?
Benicio se levantó de golpe, pero el mareo y la falta de aire lo hicieron tambalearse. Eduardo corrió a sujetarlo, alarmado.
—¡Benicio! ¿Qué le sucede? —preguntó, mientras ayudaba a Benicio a sentarse de nuevo.
—Busca mis pastillas —exclamó Benicio entrecortado, esforzándose por sacar las llaves del bolsillo. El sudor le corría por las sienes, su rostro descompuesto.
Eduardo buscó desesperadamente en el cajón de su escritorio, pero no encontró nada, volvió a mirarlo y al ver el intento de Benicio por alcanzar su bolsillo, el joven metió la mano y tomó las llaves.
—¿En el auto? —preguntó.
Benicio asintió.
Eduardo bajó corriendo las escaleras y mientras lo hacía llamaba a emergencias. Benicio cerró sus ojos con la esperanza de que al volver a abrirlos toda esa incertidumbre ya no existiera y Sebastián estaría finalmente a su lado.
El sonido de voces lejanas fue lo primero que registró al volver en sí.
—¿Él tiene alguna condición cardíaca conocida? —preguntó a Eduardo uno de los paramédicos mientras el otro controlaba los signos vitales de Benicio dentro de la ambulancia.
—No lo sé… No me ha mencionado nada de eso. Solo me pidió que buscara esto en el auto —respondió asustado el muchacho mostrando el frasco de pastillas.
—Este tipo de medicamento se utiliza para tratar problemas graves del corazón. ¿Sabes cuánto tiempo lleva usándolas? ¿O si ha tenido episodios similares?
—No, no lo sé… Él nunca… —titubeó, visiblemente preocupado.
—Está despertando —dijo el médico junto a Benicio.
Benicio entreabrió los ojos, confuso, rodeado por luces y voces que no lograba descifrar. Una máscara de oxígeno cubría su rostro, quiso quitársela, pero le costaba mover las manos. Apenas podía enfocar las luces sobre su cabeza. Aun en medio de su confusión una única idea lo atravesaba con la fuerza de un rayo: “¿Dónde está Sebastián?”
—¿Qué pasó? —murmuró casi sin aliento.
—Se desmayó en su oficina. No se preocupe, ya lo estamos estabilizando. Parece que su corazón ha estado bajo mucho estrés. Vamos a trasladarlo al hospital para hacer estudios más detallados y asegurarnos de que no sea nada más grave. ¿Cómo se siente ahora? ¿Recuerda qué estaba haciendo antes de sentirse mal?
—No quiero ir al hospital —. Su voz estaba entrecortada.
—Ha sufrido un episodio que podría ser grave. Es importante que lo evaluemos completamente para asegurarnos de que su corazón esté en buen estado.
—Tuve un infarto hace unos tres meses, y con mis pastillas me estabilizo, no sé qué pasó hoy —dijo sentándose lentamente.
—Su cuerpo podría estar reaccionando a un nivel elevado de estrés, lo cual afecta directamente al corazón. Aunque las pastillas ayudan a estabilizarlo, sería muy recomendable que lo evalúen en el hospital. Si las pastillas ya no funcionan, deberían ajustar su tratamiento.
—No llegó a tomar la pastilla —. Intervino Eduardo apretando el tarro en sus manos—. Cuando llegué a la oficina con ellas, él ya estaba inconsciente.
—Estoy bien. Gracias por todo. Yo iré al hospital más tarde —dijo Benicio descendiendo de la camioneta. Eduardo se acercó y lo sostuvo. Benicio agradeció y tomó el frasco de pastillas.
—Si decide esperar, le recomendaría estar acompañado por alguien de confianza y mantener reposo absoluto. Cualquier signo de dolor fuerte o malestar, no dude en llamar de inmediato. Con este tipo de síntomas no se juega.
—Lo sé. Iré a descansar.
Los médicos no insistieron más y se marcharon. Benicio caminó hasta el jeep apoyado en Eduardo. Sus rodillas aún estaban dándole problemas y se sumaba a ese malestar que aún tenía en su pecho.
—¿Qué hora es?
—Casi las dos de la tarde.
—¿Horacio regresó?
—Si. Todo salió muy bien. Me dijo que el cliente estuvo de acuerdo con las modificaciones y firmaron el contrato. Ahora está gestionando los retiros de hoy con operativa.
—¿Puedes bajar mis cosas? —dijo cuando llegó al vehículo.
Eduardo fue por el bolso de Benicio y sus cosas personales y Benicio se acomodó en el asiento. No importaba su pecho adolorido, no importaba los riesgos de los que hablaba el médico, no importaba el reposo, no importaba la tormenta de interrogantes que invadían su mente, ni la tristeza que tenía dentro de su alma. Lo único que le importaba en ese momento era Sebastián. ¿Dónde demonios se había metido? ¿Acaso había regresado a Buenos Aires?
Respiró profundamente.
Luego de recoger las cosas de Benicio, Eduardo se encaminó hacia el ascensor. No podía creer lo que había sucedido desde que llegó esa mañana a la oficina. Pensó que sería un día más que satisfactorio. “¿En qué momento se fue todo al diablo?”, se preguntó. La puerta del elevador se abrió y apareció Horacio.
—¿Benicio? ¿Cómo está? —preguntó preocupado.
—Él dice que está bien, pero yo no lo veo bien. ¡Hace unos meses tuvo un infarto!
—¿En serio? —exclamó incrédulo— ¡Es tan joven! —agregó enseguida.
Eduardo no dijo nada más. Solo se subió al ascensor. Aún estaba asustado. Horacio se acercó.
—¿De verdad Sebastián está aquí en Mendoza? —preguntó.
La pregunta realmente sorprendió a Eduardo. La expresión de Horacio era de preocupación y miedo.
—Estuvo esta mañana. ¿Tú no lo viste?
—No.
—Fue todo muy extraño —murmuró Eduardo pensativo.
—¿Él sabe que estoy aquí? —Horacio se veía algo nervioso.
—Sí. Me preguntó recién. Le dije que …
—¡No! —interrumpió en voz alta sobresaltando a Eduardo—. Me refiero a Sebastián.
Eduardo lo miró molesto. Sabía que estaban todos sumidos en un estrés más elevado que el que acostumbraban manejar, pero eso no justificaba ese trato.
—¿Cómo voy a saber eso? Ya te dije que desapareció. Y ahora deja que le lleve esto a Benicio. Y será mejor que te tomes un café y te relajes.
Horacio dio un paso atrás. La puerta se cerró, Eduardo bajó y él se quedó en su lugar. Un escalofrío lo recorrió por completo. La sola idea de que Sebastián estuviera cerca lo aterraba. Siguió el consejo de Eduardo, se sirvió un café, y rápidamente se metió en la sala de reuniones y cerró la puerta.
Eduardo caminó por el playón. Estaba muy incómodo. La forma en que Horacio le había hablado no le había gustado para nada. “¿Por qué tanta insistencia en saber del presidente del Holding?”, se preguntó molesto “¿A quién le importa ese tipo?”. Respiró profundo antes de acercarse a Benicio y sacudió esas ideas de su mente. No era el momento. Ya arreglaría las cosas con Horacio a su debido tiempo.
—Benicio —dijo Eduardo—. Aquí están sus cosas.
—Muchas Gracias —dijo Benicio, ya repuesto.
—¿Quiere que yo conduzca? —preguntó el muchacho.
—No. Estoy bien. Quédate a asistir a Horacio en lo que necesite. Yo me iré a casa. Cualquier cosa que suceda me llamas. ¿De acuerdo?
No del todo conforme, Eduardo se hizo a un lado y vio a Benicio alejarse. El médico había recomendado reposo, y que fuera a su casa era algo positivo. Claro que antes de eso, Benicio decidió visitar todos y cada uno de los alojamientos menos conocidos en la ciudad.
•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••
La tarde avanzaba y la calidez del sol iba desapareciendo. Sebastián caminó por los alrededores de la cabaña, encontrando esos rincones que conocía por las fotos que Benicio le había enviado. Miró su celular. Tenía decenas de llamadas, del teléfono de la sucursal y del celular de Benicio. La hora indicaba que ya estaría por regresar. En ese instante en la pantalla apareció un nombre que con solo leerlo le hizo sentir una brisa de alivio. Su cuerpo se aflojó. Se sentó en un tronco.
—Hola
—Sebastián, me llamaste. Estaba atendiendo —dijo Martina.
—Era verdad. Él está con alguien. Con otro gay. Los vi. Salían de una oficina, con su ropa revuelta.
Sebastián hablaba muy rápido mientras las lágrimas caían sin que pudiera evitarlo.
—Él apenas podía caminar… Es que … Siento tanto asco de solo imaginarlos… No entiendo cómo pudo hacer algo así… ¿Por qué me mintió?
—A ver… vamos más despacio porque así no logro entender.
—¿Qué más quieres entender? Dos gays en la oficina, salen con la ropa toda desarreglada, uno sin poder caminar, no hay que ser muy inteligentes para saber qué pasó.
—¿Hablaste con él?
—No. ¿Para qué?
—Bueno, en ese caso, vamos a tranquilizarte un poco. Estamos hablando de Benicio ¿verdad?
—¿De quién más podría hablar? —preguntó Sebastián molesto.
—Bien, solo quiero ir estableciendo ciertas ideas. Ahora dime. Benicio, el que tú conoces ¿alguna vez te ha mentido?
—Es evidente que si… te lo estoy diciendo —respondió en voz alta.
—No. Ese Benicio que estás mencionando no es el que conoces, es el que estás viendo en este momento a través de los celos.
—¿Celos? ¿Qué celos? Yo no soy celoso. ¡Maldita sea!
—Pues… Por lo que dices, eso que sientes se parece mucho a los celos.
—Nunca sentí celos, por nada ni por nadie.
—¿Habías sentido por alguien algo similar a lo que sientes ahora por Benicio?
—¿Por qué carajos me haces perder tiempo con preguntas cuya respuesta conoces? Sabes muy bien que no.
—Sebastián, no importa lo que yo sepa, sino lo que tú sepas. Nunca has sentido lo que sientes por él, es natural que sientas algo así cuando te encuentres frente a alguien que pueda arrebatarte a la persona que amas.
Sebastián permaneció en silencio. Martina continuó.
—Los celos se sienten ante un estímulo que se percibe como amenazante.
—No hay nada estimulante en esta mierda —dijo Sebastián claramente molesto.
Ella suspiró.
—Dime. El Benicio que tú conoces ¿te mentiría?
—No.
—Te dijo que te ama. Entonces… ¿El Benicio que te ama, te engañaría?
—No. Pero yo lo vi —. Exclamó sintiendo que sus tripas se revolvían al recordar esa escena.
—¿Lo viste teniendo sexo con otro tipo?
—No, pero no es difícil de imaginar lo que hacían.
—El Benicio que conoces ¿tendría sexo en la oficina?
—No, él no. Pero ese tipo es capaz de todo. Y Beni no podía caminar.
—¿Qué tipo de encuentro sexual hace que alguien no pueda caminar? ¿Qué grado de violencia debió…?
—Si le puso las manos encima a Beni, lo voy a matar… —interrumpió Sebastián.
—¿Crees que Benicio permitiría que eso sucediera? —Sebastián pensó unos segundos.
—No —respondió él, pensativo—. Hace tiempo me dijo que una sola vez habían hecho con él lo que querían y se había jurado que nunca más sucedería.
—¿Te das cuenta de que nada de lo que estás imaginando tiene sentido?
—¿Entonces qué fue lo que vi?
—Eso lo vas a saber cuando hables con él.
—Me llamó muchas veces y no lo atendí. Didí me dijo lo mismo. Que hable con él, pero yo no puedo. Si hablo con él voy a llorar y no quiero. Odio no poder controlar esta mierda. ¿Por qué carajo no dejo de llorar como una maldita niña llorona?
—Sebastián, estás desbordado. Y no lloras como niña, lloras como cualquier persona que expresa sus emociones.
—Pues en toda mi vida no he llorado como desde que él me dijo que me ama. ¿Cómo puede ser?
—Sus palabras, o mejor dicho, sus sentimientos por ti, te hicieron conectar con tus emociones.
—¿Y cómo me desconecto?
—Dudo que quieras hacer algo como eso.
—Pues en este momento quisiera poder desconectar, porque no quiero morirme por abrazarlo o porque me abrace. Siento asco solo de pensarlo con otro tipo.
—¿Y por qué piensas eso? ¿Por qué no piensas que está trabajando para regresar rápidamente a Buenos Aires? Tú me dijiste que él estaba enfocado en volver a su casa, ¿verdad?
—Sí. Eso me dijo.
—¿Por qué buscaría entonces algo con alguien allí, donde no le queda mucho tiempo?
—No lo sé —gritó el joven profundamente confundido.
—Sebastián ¿realmente no lo sabes?
—Ya casi es de noche y aún no regresa. Está con ese tipo. Y yo acá en su casa esperándolo, congelándome.
—Llámalo. Habla con él, Sebastián.
—¿Y qué le voy a decir?
—Lo que sientes.
—Siento que quiero matar a alguien.
—Necesitas calmarte. Y pensar muy bien en todo lo que puedes perder si cometes un error. Piensa en tu proyecto, en tu casa, tus planes a futuro. Todo lo que estuviste haciendo este último tiempo. Piensa en el hombre que conoces, y habla con el hombre que conoces. No le hables al hombre que tus celos quieren mostrarte.
Sebastián permaneció en silencio. Tenía tantas cosas en su cabeza. Tantas dudas, tanto miedo, tantas inseguridades. Tanta bronca. Recordaba esas veces en que Benicio le decía “amor” y sentía que sus piernas se aflojaban. Sabía que su voz lo quebraría.
—Sebastián tengo que colgar. Tengo un paciente.
—Sí, está bien. Gracias por llamar —dijo él y cortó.
La joven estaba muy impresionada. Sebastián le había dado las gracias. Eso la hizo sonreír, parecía que finalmente encontraba el camino para ser una persona diferente.
Pero lo cierto era que Sebastián ya era una persona diferente. Una persona en la que incluso a él le costaba verse reflejado. Miró la hora en su reloj. Ya la noche estaba encima de él. “¿Dónde está Benicio y por qué no regresa a la casa?”.
Caminó hacia la cabaña y se sentó en la escalera del porche. Hacía frío, sus pies estaban helados igual que sus manos. Tomó el abrigo de su maleta y se lo puso. Una luz se movía vagamente a la distancia. Era muy pequeña. “¿Será él?”, se preguntó.
Benicio conducía lentamente por el camino. Estaba desolado. No podía entender nada. El frío de la noche parecía abrazarlo por fuera y por dentro.
Finalmente, regresó a su casa, con sus manos y su alma vacías. Apesadumbrado giró el volante y estacionó frente a la casa. La cabaña estaba iluminada escasamente, pero los faros de su jeep alumbraron la entrada. Alguien estaba en la escalera. En un principio pensó que sería Ángel, pero no… era Sebastián.
Se quedó inmóvil.
Su respiración se aceleró y sonrió. Apoyó sus codos en el volante y cubrió su rostro con sus manos.
—Por Dios… —exclamó sintiendo dentro de él que de pronto le volvía el alma al cuerpo.
Thoughts
-
PermalinkLos faros del jeep encima de la escalera del porche y Seba ahí congelado desde la tarde. Esta vez el que va a tener que explicar todo es él.
-
PermalinkTodo el enredo sale de una noche de trabajo bien hecho, parce: Benicio y Horacio dormidos en la sala de juntas con el cinturón suelto, y eso es lo que Seba ve en el pasillo. Apuesto a que Horacio nunca le contó a Benicio lo que pasó con Seba.
Publicaciones relacionadas
-
El PRECIO DE LA VIDA ETERNA
Capítulo I
-
El precio del Deseo : El infierno de la Avaricia.
Atrapada en el reflejo de un cristal tan antiguo como cruel, una sombra hambrienta de tenerlo todo, comienza a tejer su propia condena. No hay gritos todavía, solo el eco sordo de una posesión de…
-
Parte 9. Lo que despierta en silencio
El domingo amaneció sin prisa.
-
Parte 8. Recuerdos que parecen casualidad
El sábado llegó sin que ninguno de los ocho tuviera una respuesta para las preguntas que llevaban días acumulándose.
-
LA GRAN DEPRESION
Francisco se puso manos a la obra con la misma disciplina que había salvado el negocio de don Donato. Utilizando unas mesas largas de madera, diseñó un sistema de clasificación rápido. Mientras…
-
RUN AWAY 6-7
Hago caso y me quedo perpleja en silencio mientras visualizo bajar lentamente a un chico que dirige una sonrisa hacia Astur, capto unos pequeños hoyuelos a los costados de su boca, lleva puesto un…
-
Nocturna parte 4
Nocturna: Los Fantasmas del Sótano. La herencia del abuelo; la antigua casa que le pertenecía a mi amada Stephanie. No había puesto un pie ahí desde lo que pasó con ella hacía siete años, cuando yo…
-
Hybris (Titulo pendiente) parte 17
Historiador —¡Me marcho para seguir esparciendo la crónica al mundo conocido! ¡Que quede registrado en las páginas del tiempo: Hipatia muere desmembrada por los seguidores del nazareno.
El día anterior, Benicio salió de la oficina con la satisfacción de haber firmado un contrato más, lo que implicaba que cada vez estaba más cerca de Sebastián. Quedaba solo un cliente. No había sido…