El interior de la galería olía a pintura fresca, madera antigua y café recién colado. No había casi nadie en el lugar. Al fondo de la sala principal, contemplando un óleo de formato grande que retrataba un mar tormentoso, estaba Ana
Vestía un abrigo color crema y llevaba el cabello suelto sobre los hombros. Esta vez había ido sola; Lucía se había quedado en casa.
Al escuchar el suave tañido de la campana de la entrada, Ana se giró despacio. Al ver a Mateo de pie bajo el marco de la puerta, la tensión que sostenía en sus hombros se disipó de golpe, dando paso a una mirada profunda, cargada de una mezcla punzante de alivio y vértigo.
Mateo caminó hacia ella sin prisa, deteniéndose a solo un paso de distancia. Durante unos segundos no hicieron falta las palabras. La presencia del otro en ese lugar era la respuesta a todas las preguntas pendientes.
—Viniste —susurró Ana, con la voz apenas inteligible.
—No podía no venir —respondió Mateo, sosteniéndole la mirada con absoluta honestidad—. No cuando la alternativa era pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado si me quedaba cobardemente en mi oficina.
Ana contempló el cuadro del mar a sus espaldas antes de volver los ojos hacia él.
—Estar aquí significa destruir lo que tenemos afuera, Mateo. Significa lastimar a personas que nos quieren, enfrentar miradas, juicios... reconstruirlo todo desde las ruinas. Yo estoy dispuesta a encarar la verdad con Stefano. Le debo al menos eso a mi vida, y a Lucía. Pero no puedo hacerlo sola si esto solo va a ser un refugio de fin de semana para ti.
Mateo extendió la mano y esta vez, sin la prisa de la lluvia ni la mirada de extraños, tomó la mano de Ana entre las suyas. La calidez de sus dedos entrelazados fue una confirmación silenciosa.
—No quiero una sombra, Ana. Tampoco quiero un secreto a medias —dijo él, con el rostro serio y la voz firme—. Si vamos a hacer esto, será con todas las cartas sobre la mesa. Hablaré con Camila. No será fácil, y nos dolerá el alma por nuestros hijos... pero no puedo seguir viviendo una mentira que me apaga por dentro.
Ana asintió despacio, dejando escapar un suspiro contenido durante meses. Apoyó la frente un segundo contra el pecho de Mateo, respirando su aroma, sintiendo por primera vez en años que no estaba navegando sola en medio de la tormenta.