La Biblioteca recuperaba lentamente su aspecto habitual. Bueno… más o menos. Después del desastre que Luna había prometido ordenar y convenientemente olvidar durante dos días enteros, los pasillos volvían a estar despejados, aunque todavía quedaban rincones donde se amontonaban libros que parecían haber intentado escapar.
Luna caminaba con las manos detrás de la espalda, la cabeza ladeada como si estuviera juzgando la existencia de cada estante, mientras Haruka avanzaba a su lado sosteniendo una lista que cada vez parecía más condenada a la inutilidad.
—A ver… —leyó Haruka—. ¿Qué tal El hombre que nunca pudo mentir?
—Aburrido —respondió Luna sin apartar la vista de los lomos.
—La mujer que vivió mil años.
—Demasiado llanto y poca acción.
—El rey sin reino.
—Ya tenemos demasiados reyes quejándose por aquí.
Haruka bajó la hoja y la miró.
—Luna, llevamos media hora.
—Las buenas historias no se encuentran de prisa, se merecen —dijo ella con la seriedad de quien proclama una ley universal.
—Eso dijiste hace media hora.
—¡Porque sigue siendo verdad! —afirmó, indignada, como si la lógica misma estuviera de su lado.
Unos metros más atrás, el Lector recorría su propio tramo de estanterías, en silencio. A su lado, el Libro Viejo leía títulos en voz alta con la paciencia de quien ha visto pasar siglos.
—El último sueño del emperador.
El Lector negó con la cabeza.
—La mujer que perdió su sombra.
Otra negación.
—El niño que jamás envejeció.
El Lector volvió a menear la cabeza.
El Libro Nuevo asomó por encima del hombro del Viejo, con esa expresión de resignación que empezaba a formar parte de su cara.
—¿En serio estamos haciendo esto otra vez?
—Estamos buscando una historia —respondió el Viejo, sin levantar la vista.
—Ya lo sé.
—Entonces no veo el problema.
Nuevo señaló los estantes interminables.
—El problema es que la señorita Luna tiene tantos condenados que me pregunto cómo queda espacio para los libros normales. ¿Acaso la mitad de la Biblioteca es un registro de castigos?
Desde una escalera cercana, la voz de Luna bajó hasta ellos:
—Probablemente tenemos un escritor con mucha imaginación.
Los tres levantaron la vista. Luna estaba subida en lo alto de una escalera de madera, inclinada tan peligrosamente hacia un lado que parecía sostener el equilibrio solo por pura terquedad, sacando un libro, mirándolo y devolviéndolo como si le hubiera ofendido.
—¿Probablemente? —repitió Nuevo, escéptico.
—Sí —dijo ella, sacando otro volumen y frunciendo el ceño antes de volver a colocarlo—. Aunque quizá también tenga un poquito de problemas.
Haruka levantó una ceja.
—¿Un poquito?
Luna bajó la mirada desde lo alto.
—Bueno… bastante.
—Probablemente también sea un poco psicópata —soltó Haruka.
Luna se quedó quieta un instante.
—…
Miró hacia abajo.
—Eso ha sido innecesario.
—¿He mentido?
Luna volvió a mirar los lomos de los libros.
—No.
—Entonces.
—Pero podrías haber dicho perturbadoramente creativo.
—Eso es la forma elegante de decir lo mismo.
—¡Exactamente! —sonrió como si hubieran llegado a un acuerdo.
Nuevo miró al Viejo.
—¿Ven? ¡Eso es lo que digo! ¡Lo disfruta!
—La capacidad de imaginar un castigo no implica necesariamente disfrutarlo —explicó el Viejo con calma.
—¡Ella sí parece disfrutarlo! —insistió Nuevo.
Luna asomó la cabeza por encima del borde de la escalera.
—¡Yo no disfruto el sufrimiento ajeno! —dijo, ofendida.
Todos la miraron.
Luna sonrió.
—Disfruto que tenga sentido.
Haruka suspiró, pero esta vez con un rastro de sonrisa.
—Mucho mejor.
—Además, no es tan sencillo —continuó Luna, bajando un par de escalones—. No quiero simplemente mostrar a alguien sufriendo porque sí. Cualquiera puede inventar dolor sin motivo. Eso no tiene gracia, ni enseñanza, ni nada. Quiero algo que tenga lógica. Algo que diga: hiciste esto, y por eso ahora estás aquí.
Se detuvo en un escalón intermedio, apoyando la barbilla en la mano.
—Un castigo sin propósito es solo crueldad. Y yo… —hizo una mueca de fingida modestia— yo soy mucho más elegante que eso.
—Ahí lo dijo —murmuró Nuevo.
—Quiero que la persona termine entendiendo por sí misma por qué está donde está —continuó ella—. Que descubra su propia culpa antes de que se la muestren. Eso duele más, ¿verdad?
Nuevo tragó saliva.
—Eso suena peor que el fuego eterno.
Luna sonrió con dulzura peligrosa.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Volvió a subir y a recorrer los estantes.
—Y tampoco soy como esos demonios que los mortales inventan, todo llamas y cuernos. Qué falta de imaginación.
—¿Ah, no? —preguntó Haruka.
—No. Siempre lo mismo: fuego eterno, cadenas, tronos de huesos, lagos de sangre… —los enumeraba con los dedos, con cara de aburrimiento—. Muy teatral, muy vistoso, pero tan… exagerado. Como si el dolor necesitara decoración.
—Estás criticando a los demonios por tener mal gusto estético —concluyó Haruka.
—¡Claro que sí! —bajó otro escalón—. Yo prefiero algo más sencillo. Algo que no se pueda mirar y decir “qué bonito infierno”. Algo que se mire y se diga “eso podría pasarme a mí”.
Sonrió, y esta vez no había nada inocente en esa sonrisa.
—Que la persona se dé cuenta de que se ha construido su propia prisión ladrillo a ladrillo. Eso no se apaga. No se rompe. Se queda ahí, doliendo para siempre.
Nuevo se cruzó de brazos, incómodo.
—De verdad suenas mucho más aterradora que ellos.
—Es porque no uso disfraz —encogió los hombros—. Menos fuego, más verdad. Así duele de verdad.
Siguió buscando. Libro tras libro, estante tras estante, hasta que su dedo se detuvo sobre un volumen de cubierta oscura, sin adornos, sin títulos brillantes. No llamaba la atención… y precisamente por eso lo hizo.
Lo sacó lentamente. Las páginas crujieron levemente al abrirlo entre sus manos. Leyó el título una vez. Dos. Y entonces sonrió. No una sonrisa amable, ni inocente… sino esa sonrisa que hacía que el aire se volviera un poco más frío.
—Oh… —susurró.
—¿Qué hay? —preguntó Haruka, dando un paso hacia ella.
Luna bajó de la escalera sin dejar de mirar el libro.
—Creo que tenemos nuestra historia.
—¿Cuál? —se acercó Nuevo.
Luna giró el volumen para que todos vieran la portada. Las letras estaban escritas en tinta negra, simple y directa:
EL TITIRITERO
Silencio.
Luna soltó una risita suave, breve y afilada.
—Este es perfecto.
—¿Qué tiene de especial? —preguntó el Libro Viejo.
Luna lo abrazó contra el pecho, mirando a todos con ojos brillantes.
—Ya lo veremos. Hay personas que pasan toda la vida creyendo que tienen los hilos en sus manos. Que mueven a los demás a su antojo, que todo les sale bien, que nadie se da cuenta… —hizo una pausa deliciosa—. Hasta que un día miran hacia arriba y descubren que alguien más estaba sosteniendo los suyos.
Haruka la miró fijamente.
—Eso sonó bastante siniestro.
Luna se encogió de hombros, poniendo su mejor cara de niña inocente.
—¿Yo? Solo encontré un libro.
—Eso nunca termina bien —murmuró Nuevo.
—¡Exactamente! —sonrió ella—. Por eso va a ser divertido.
Abrió la portada. Las páginas comenzaron a pasar solas, como si el libro mismo tuviera prisa por contar lo que guardaba dentro.
—Vamos a ver —dijo, sentándose y acariciando la página inicial—. Vamos a ver qué le ocurre a quien cree que nadie lo observa.
Antes de convertirse en un condenado, fue un hombre.
Antes de convertirse en un hombre, fue un niño.
Y antes de convertirse en aquello por lo que finalmente sería juzgado, fue simplemente un hijo nacido en el lugar correcto, en la familia equivocada.
Nació en cuna de oro. Su linaje se contaba con orgullo en los salones del reino; su apellido pesaba más que el oro en las monedas. Allí, el poder no era algo que se tenía: era algo que se demostraba cada día, en cada mirada, en cada palabra. La jerarquía era el aire que respiraban: si no estabas arriba, eras un escalón.
Desde muy pequeño le enseñaron la única lección que importaba:
—Quien llega a la cima y logra mantenerse allí, no será aplastado. Quien se queda abajo… desaparece.
Subir era la única meta. Y para subir, le explicaron con calma, sin sombra de duda, había que apartar a quienes estuvieran en el camino. No importaba cómo. No importaba quién.
Dinero.
Influencia.
Mentiras susurradas con dulzura.
Rumores que parecían verdad.
Personas que podían ser usadas y luego descartadas.
Todo era herramienta. Y las personas, especialmente, eran las herramientas más útiles de todas.
Su primer recuerdo claro de aquello ocurrió cuando tenía diez años.
Era un niño perfectamente pulcro. Vestía sedas que no se arrugaban, hablaba en frases medidas, sonreía exactamente cuando debía sonreír. Para sus padres era la mayor de las satisfacciones; para los invitados, el ejemplo de lo que un joven noble debía ser. Nadie veía lo que se ocultaba tras esos ojos educados: un hambre que no sabía nombrar, una inquietud que no lo dejaba dormir.
Hasta que lo conoció.
El muchacho tenía doce años. No era de familia más rica ni de título más antiguo, y sin embargo, donde él aparecía, la atención se volvía hacia él. Escuchaba sin interrumpir. Hablaba con calma. Hacía sentir a cada persona como si fuera la única en la sala. Los adultos lo rodeaban. Los niños corrían a su lado. Incluso los nobles más orgullosos mencionaban su futuro con respeto.
El niño de diez años lo observaba desde lejos, entre columnas y cortinas bordadas. Sentía algo que no era rabia pura ni odio claro: era una punzada fría, profunda, que le apretaba el pecho.
¿Por qué él?
¿Por qué todos lo miran a él?
¿Por qué recibe lo que debería ser mío?
Bajó la mirada. Apretó las manos hasta que los nudillos se pusieron blancos. Y tomó la decisión.
Ese muchacho debía desaparecer.
No lo enfrentó. No lo desafió. No gritó ni golpeó. Solo comenzó a hablar.
Una palabra, dicha con inocencia, en el oído correcto.
—Dicen que ocultó algo… no sé, quizá me equivoqué.
Un comentario suelto en otra conversación.
—Me sorprendería que fuera cierto, pero escuché que…
Una duda sembrada justo antes de que alguien tomara una decisión importante.
Una historia que atribuía a otro, de modo que si se investigaba, él quedaba al margen.
Y entonces dejó que el resto hiciera su trabajo.
Los rumores brotaron como hierba mala: primero susurros, luego miradas, después silencios incómodos cuando él entraba. El muchacho intentó defenderse. Explicó. Aclaró. Pero cada palabra suya parecía confirmar la sospecha. Cada intento de limpiar su nombre solo manchaba más. En pocos meses, quien antes era buscado por todos caminaba solo. Las puertas se cerraban. Las invitaciones dejaban de llegar. Su propia familia, temiendo el qué dirán, se alejó. Hasta que un día simplemente ya no estaba.
El niño lo vio todo desde su rincón. Y sintió algo cálido y pesado expandirse en su pecho: satisfacción. No había levantado un dedo. No había necesidad. Solo había movido unas pocas frases. Y el mundo había hecho el resto.
Pasaron los años. Un día supo que el muchacho vivía en otro reino. Que había rehecho su vida. Que tenía amigos, un lugar, un nombre limpio otra vez.
Eso lo molestó. Mucho. Sintió que su triunfo se desvanecía. ¿Cómo podía ser feliz después de lo que le había hecho? Pero luego se dijo a sí mismo: ya no importa. Nadie recuerda. Nadie investiga. He ganado.
Y aprendió la lección que guiaría su vida: no necesitaba recordar a quienes usaba. Solo necesitaba usarlos.
Comenzó un patrón que se repitió durante décadas. Cada vez que alguien destacaba, que alguien era preferido, que alguien se interponía en su camino…
Un susurro en el momento justo.
Una insinuación que dejaba la duda flotando.
Una verdad recortada, una mentira disfrazada de confidencia.
Una conversación casual que luego se negaba haber tenido.
Y las piezas caían. Una tras otra. Como fichas de dominó.
Nunca era él. Siempre podía decir:
—Yo solo repetí lo que escuché.
—Quizá me expresé mal.
—¿Por qué tendría yo algo contra esa persona?
Y mientras la otra persona perdía su puesto, sus amigos, su hogar, su nombre… él avanzaba. Cada caída era un escalón más hacia arriba.
Llegó el día en que alcanzó la cima. Era el hombre más poderoso del reino. Tierras, castillos, oro, títulos, servidumbre que obedecía sin dudar. Tenía todo lo que le habían enseñado a desear. Había ganado.
Sin embargo, algo empezó a roerlo por dentro.
Cada cierto tiempo se enteraba de que alguien a quien había destruido había vuelto a levantarse. Una mujer que había perdido su reputación ahora tenía una familia que la amaba. Un hombre al que habían despedido injustamente había abierto su propio negocio. Jóvenes a los que apartó encontraron su lugar en tierras lejanas. Seguían viviendo. Seguían riendo. Seguían construyendo. Y con el tiempo… lo olvidaban.
Eso lo enfurecía más que cualquier desafío.
Quería que lo recordaran. Quería que cuando cerraran los ojos por la noche, su nombre fuera lo último que vieran. Quería que lo odiaran. Que lo maldijeran. Que supieran quién había sido. Pero no. Seguían adelante. Y él se volvía irrelevante.
¿De qué servía arruinar una vida si la persona volvía a ser feliz?
Tenía más que nunca y estaba más solo que nunca. Los que lo rodeaban lo hacían por interés o por miedo. Nadie se acercaba sin esperar algo a cambio. Nadie lo veía a él. Veían su poder.
Una tarde estaba en el salón más grande de su palacio. Paredes revestidas de seda, cuadros de maestros, muebles tallados en maderas que costaban fortunas. Todo era suyo. Y no había nadie.
—¿Hay alguien? —llamó, con voz quebradiza.
Nadie respondió.
Caminó hasta la ventana. Abajo, la gente vivía. Padres con hijos, parejas que reían, amigos que compartían pan. Gente que no pensaba en él. Gente que no necesitaba de su mundo para ser feliz.
Y entonces lo entendió.
Había pasado toda su vida subiendo, pisando, empujando, destruyendo. Había creído que la cima era el final del camino. Y ahora que estaba allí, descubrió que no había nada. Solo aire frío y soledad.
Un titiritero necesita marionetas.
Y él ya no tenía ninguna.
Permaneció allí hasta que el sol se ocultó. Comprendió que nadie lo odiaba porque nadie pensaba en él. Y eso era peor que el odio.
Aquí continúa su caída:
En su desesperación, intentó obligarlos a recordar. Intervino con más fuerza, más crueldad, más directamente. Quería que lo temieran, que lo culparan, que no pudieran olvidarlo. Pero cada herida que abría sanaba. Cada persona que derribaba se levantaba. Y la gente empezó a ver más allá de los rumores. Alguien habló. Luego otro. La verdad, contenida tanto tiempo, brotó como agua presa.
Cayó despacio, pero sin pausa. Quienes lo seguían por interés se fueron. Quienes le temían dejaron de hacerlo. Cuando se hizo justicia, nadie defendió su nombre. Le quitaron todo. Salió del palacio sin título, sin oro, sin un solo amigo.
Vagó por caminos que antes recorría escoltado. Vio a uno de los primeros muchachos que había dañado: vivía lejos, rodeado de gente que lo quería. Lo miró pasar y no lo reconoció. O quizá lo reconoció y ya no le importaba.
Esa fue su verdadera condena.
El tiempo había pasado.
Cuánto, ya no importaba.
El hombre permanecía sentado en el mismo trono que alguna vez representó todo su poder. La madera tallada seguía siendo la misma, los tapices aún colgaban descoloridos, el techo se alzaba inmenso sobre él. Pero ya no quedaba poder.
Las tierras que antes bullían de gente ahora estaban vacías. Las calles desiertas, invadidas por hierba que crecía sin freno. Las ventanas de las casas rotas o cubiertas de polvo. Los jardines, antes cuidados con esmero, se habían convertido en matorrales enmarañados. Ni siquiera quedaban ecos de voces. Solo el viento recorría los pasillos, atravesaba las salas y gemía suavemente como un lamento sin dueño.
Y para él, aquello era peor que cualquier derrota.
No tenía a nadie. Nadie a quien ordenar. Nadie a quien convencer. Nadie a quien engañar. Nadie a quien utilizar.
El anciano se encorvó sobre el asiento. Su cabello era completamente blanco; una larga barba le cubría el pecho. Las manos, manchadas de edad, temblaban apoyadas en sus rodillas. El cuerpo se le había consumido. Pero los ojos seguían buscando, una y otra vez, lo mismo: una figura en la puerta. Una sombra en el rincón. Alguien.
Solo necesitaba una.
Una sola persona que creyera en él. Una sola a quien hablar, a quien convencer, a quien convertir en su primera marioneta. Con una bastaría. Así se repetía sin descanso. Una persona. Después dos. Luego diez. Poco a poco recuperaría su influencia. Volvería a gobernar. Volvería a estar por encima de todos. Volvería a tener manos que hicieran su voluntad.
—Solo necesito a alguien… —su voz era apenas un susurro rasposo—. Alguien que me crea.
Entonces lo escuchó.
Un tarareo. Una melodía infantil, suave y alegre, que se abrió paso entre el silencio como un rayo de sol en una cueva.
El anciano levantó la cabeza despacio.
—¿Qué…?
El sonido venía del otro extremo de la sala. Allí, cerca de una columna, había una niña. Tendría unos diez años, cabello rubio brillante, vestida con un pequeño delantal y un traje negro impecable. Estaba pasando un paño sobre el borde de un mueble, tarareando sin prisa, sonriendo para sí misma.
No entendía cómo había llegado. No le importaba. Había alguien. Eso era lo único real.
Hizo un esfuerzo inmenso por levantarse. Las piernas le fallaron. Se apoyó en el reposabrazos del trono, apretando la madera hasta que los nudillos palidecieron, y se puso de pie con dificultad.
—Tú…
La niña dejó de cantar. Se giró. Lo miró de arriba abajo y soltó una risita clara.
El anciano frunció el ceño. No comprendía qué tenía de gracioso, pero decidió ignorarlo.
—Ven aquí. —Hizo un gesto con la mano, intentando recuperar autoridad—. Necesito preguntarte algo.
Luna ladeó la cabeza.
—¿Sí?
—¿Conoces algún lugar cercano? Un reino. Una ciudad. Cualquier sitio adonde pueda ir. —Respiraba entrecortadamente—. Tengo conocimientos de gobierno. Experiencia. Sé administrar tierras, organizar, dirigir personas. —Extendió la mano—. Si me llevas, te recompensaré con lo que desees.
Luna lo observó. Luego miró alrededor: las puertas enormes y vacías, los pasillos oscuros, el trono solitario, las ventanas que daban a un mundo abandonado. Y volvió a mirarlo. Entonces comenzó a reír. No era una carcajada ruidosa; era una risa suave, casi tierna, que lo irritó aún más.
—¿Qué es tan gracioso? —exigió saber.
—Nada. —Se acercó un paso—. Es que eres muy gracioso.
—No estoy bromeando.
—Ya lo sé. —Empezó a caminar lentamente a su alrededor—. Dices ser un gran gobernante. Dices tener experiencia. Dices saber guiar a las personas. —Se detuvo frente a él—. Y sin embargo, estás completamente solo.
El rostro del anciano se endureció.
—No te burles de mí.
—No me burlo. Solo digo lo que veo.
—¡Sí lo haces!
Luna sonrió.
—Solo miro.
Él dio un paso hacia ella.
—¡Yo fui un gran gobernante! —Alargó la mano para sujetarla; ella se apartó con un movimiento ligero, casi imperceptible, y él casi perdió el equilibrio—. ¡Los demás me destruyeron! ¡Conspiraron contra mí! ¡Querían quitarme todo! —Volvió a intentar atraparla. Otra vez falló.
Luna seguía caminando a su alrededor, tranquila, como si el anciano fuera apenas una sombra torpe.
—Qué interesante.
—¡No te burles!
—Toda tu vida usaste rumores —dijo ella—. Una palabra aquí. Una insinuación allá. Una mentira mezclada con una verdad. Una persona utilizada para volverla contra otra. Y tú siempre estabas al margen. —Levantó un dedo por cada recuerdo—. ¿Recuerdas?
El anciano se quedó inmóvil.
—¡Yo decía la verdad!
—Claro que sí —dijo ella, con una dulzura que lo quemó.
—¡Todo era verdad!
—¿De verdad? —Miró a su alrededor—. Aquí no hay nadie. Nadie para creer tus palabras. Y tampoco nadie para contradecirlas. —Inclinó la cabeza—. Eso era lo que querías, ¿no? Que nadie te llevara la contraria. Que siempre tuvieras razón.
Él apretó los dientes.
—Yo merecía mi lugar.
—¿Lo merecías? —Luna soltó una risita—. Destruiste a quien era más admirado. Apartaste a quien tenía algo que envidiabas. Rompiste vidas solo por el placer de sentirte por encima. —Caminó despacio a su lado—. Si alguien era feliz, necesitabas arruinar esa felicidad.
—¡Eso no es cierto! —gritó él, temblando de rabia.
—Y lo peor —continuó ella, sin alzar la voz—: muchos de los que destruiste se levantaron. Rehicieron sus vidas. Llegaron a ser felices lejos de ti. Algunos lograron más de lo que tú jamás tuviste. —Lo miró a los ojos—. Y algunos vivieron mejor que tú.
El anciano jadeó. Eso era lo que nunca confesó: el dolor más profundo no era haber caído, sino ver que ellos seguían brillando.
—Cállate… —alcanzó a murmurar.
—Eso te carcome —dijo ella suavemente—. Saber que no te necesitaban. Que siguieron adelante sin ti. Que fueron felices a pesar de ti.
Él levantó la mano para golpearla. El brazo le tembló sin fuerza. Las piernas cedieron. Cayó de rodillas, pesadamente, sobre el suelo de piedra.
—Mírate —dijo ella.
—¡Yo soy el gobernante! —golpeó el suelo con el puño—. ¡Este reino es mío!
—Ya no hay reino.
—¡Tengo poder!
—¿Sobre quién?
El silencio cayó sobre la sala.
—Tu envidia te empujó a destruir —continuó Luna—. Tus mentiras te aislaron. Tu orgullo te hizo creer que no necesitabas a nadie. —Se agachó frente a él—. Pero lo que nunca quisiste ver es esto: un manipulador necesita marionetas. Necesita manos que mover. Personas a quien dirigir. Y aquí… —señaló la inmensidad vacía— no queda ninguna.
El anciano comenzó a temblar.
—No…
—Nadie a quien mentir. Nadie a quien enfrentar. Nadie a quien destruir para sentirte superior. Nadie… —su voz se volvió suave, implacable— ni siquiera para odiarte.
Él abrió la boca. No salió sonido.
Luna se puso de pie lentamente. Su expresión cambió. Ya no había burla. Había algo mucho más frío.
—Pero hay algo que nunca supiste. Algo que nunca viste.
El anciano la miró confundido.
—¿Qué…?
—Tú creíste que tirabas de los hilos. Creíste que movías a las personas. Que decidías quién caía y quién se quedaba. —Luna dio un paso hacia él—. Pero la verdad es que había alguien tirando de los tuyos.
El silencio se hizo más denso.
—¿Alguien…?
—Yo fui quien puso a aquel muchacho en tu camino. Yo fui quien hizo que sus palabras te dolieran tanto. Yo fui quien dejó que tus propias mentiras crecieran hasta devorarte. —Sonrió, pero sin calidez—. Tú fuiste mi marioneta. Todo este tiempo. Tus celos, tus planes, tu caída… todo era para mí. Para ver hasta dónde llegaba alguien que creía tener el control.
El hombre se quedó sin aire.
—¿Tú…?
—Me divertiste mucho —dijo ella, dándole la espalda—. Pero el espectáculo ha terminado.
Comenzó a caminar hacia la puerta.
—¡Espera! —se arrastró hacia ella—. ¡No! ¡Eso no puede ser! ¡Yo era quien decidía! ¡Yo era quien controlaba todo!
Luna se detuvo un instante sin girarse.
—¿De verdad creíste que alguien tan pequeño podía manejar todo aquello solo? —Siguió caminando—. Adiós, titiritero. Espero que disfrutes tu trono vacío.
La puerta se cerró.
El anciano permaneció de rodillas. Y entonces comprendió todo. Cada elección, cada paso, cada herida que había causado… había sido observado, dirigido, usado. No era el maestro: era la pieza. La última y más solitaria de todas.
Eso fue lo que rompió lo poco que quedaba. No la soledad. No el abandono. La certeza de que nunca había sido libre. De que su vida entera había sido un juego para alguien más poderoso.
Golpeó el suelo una y otra vez. Gritó hasta que la voz se le rompió. Nadie respondió. Nadie escuchó.
Se quedó allí, con las manos sangrando, entendiendo que la peor desesperación no era estar solo. Era descubrir que nunca había tenido el control. Que siempre había hilos invisibles atados a sus muñecas. Y que quien los sostenía… ya se había ido a jugar otra partida.
La Biblioteca volvió a quedar en silencio.
Luna cerró el libro con ambas manos.
¡PAM!
Y apenas lo hizo, inclinó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas que rebotaron entre estantería y estantería.
—¡JA, JA, JA, JA, JA! —Se golpeó suavemente la rodilla—. ¡Por todos los universos! ¡Esa cara!
Haruka la miró de reojo, con esa calma que solo quien la conoce de memoria puede tener.
—¿Algo en especial te divierte tanto?
Luna se secó una lágrima de la comisura del ojo, sin dejar de sonreír.
—¡El momento exacto en que lo entendió! —hizo un gesto con las manos como si estuviera desarmando algo invisible—. ¡Cuando comprendió que no era el que tiraba de los hilos, sino el que tenía los hilos atados a las manos y ni siquiera lo sabía! —Suspiró, llevándose una mano al pecho—. Pura perfección. Me dio hasta escalofríos. De los buenos.
Entonces notó el silencio. No el silencio tranquilo de la Biblioteca, sino uno tenso, apretado.
Levantó la vista.
El Lector estaba más lejos de lo habitual. El Libro Viejo permanecía erguido pero rígido a su lado. Y el Libro Nuevo… bueno, el Nuevo estaba casi escondido detrás del Viejo, asomando apenas por encima del hombro.
Luna parpadeó.
—¿Eh? —Inclinó la cabeza—. ¿Se mudaron de sitio o qué?
Miró a Haruka, confundida.
—¿Les pasa algo? ¿Odiaron el final? ¡Yo pensé que era el mejor!
Haruka cruzó los brazos y los miró a ellos, luego a ella.
—Tienen miedo, Luna.
—¿De mí? —Los ojos de la niña se abrieron de par en par—. ¿A mí? ¡Pero si yo fui amable! ¡Ni siquiera le puse fuego!
—Ese es precisamente el problema —dijo Haruka con suavidad.
Luna infló las mejillas, indignada.
—¡Pero si les advertí desde el principio! —Señaló el libro cerrado con un dedo—. Les dije mil veces que esos castigos de cadenas y fuego y monstruos son lo más aburrido que existe. ¡Hasta los condenados se aburren con eso! —Sacudió la cabeza con desdén—. Qué falta de imaginación.
—Lo dijiste —admitió Haruka.
—¡Dolor físico! —Luna levantó las manos y fue enumerando con los dedos—. Golpes. Hambre. Frío. Fuego. —Hizo un gesto de descarte—. Lo mismo que hacen todos los que no saben qué más hacer. ¡Es como poner sal y pimienta a todo lo que cocinas!
El Libro Nuevo asomó la voz, apenas un susurro:
—A mí la sal y la pimienta me gustan…
Luna lo señaló con energía.
—¡Eso porque no has probado mi sazón! —Sonrió, y esa sonrisa hizo que el Nuevo se encogiera aún más—. Verás, el dolor duele, sí… pero la desesperación? —Chasqueó la lengua—. La desesperación te vacía por dentro. Te va comiendo de a poquito, sin prisa. —Sus ojos brillaron—. Y lo mejor es que tú mismo te la tragas. Nadie tiene que obligarte.
Haruka cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz.
—Luna…
—¡Es verdad! —La niña se giró hacia ella, como defendiéndose—. El dolor se puede soportar. Se puede aguantar. Uno dice “duele, pero paso”. —Sacudió la cabeza—. Pero cuando comprendes que ya no tienes control? Que nunca lo tuviste? —Se inclinó hacia adelante, con una sonrisa suave y terrible—. Eso no se puede ignorar. Eso te mira cuando cierras los ojos. Y cuando los abres. Y cuando respiras.
—Y ahí es cuando la mente empieza a resquebrajarse… —murmuró el Nuevo, muy bajito.
—Exactamente —Luna le guiñó un ojo—. Y eso, querido mío, tiene sabor.
El Libro Nuevo se escondió del todo detrás del Viejo.
—No me gusta cómo suena eso.
—Pues sabe mejor de lo que suena —dijo Luna con alegría—. Y dura muchísimo más. El fuego se apaga. Las cadenas se oxidan. Pero la certeza de que fuiste usado y descartado? Esa se queda contigo. Para siempre.
Haruka suspiró profundamente.
—¿Puedes dejar de hablar como si estuvieras describiendo un postre?
Luna se rio, ligera y despreocupada.
—Pero es así! —Se acercó un poco más a ellos, sin dejar de sonreír—. Además, no hago magia negra ni nada raro, ¿saben? —Se tocó el pecho—. Yo no invento nada. Solo… saco lo que ya está ahí.
—¿Lo que está ahí? —repitió el Lector, que hasta ese momento no había dicho nada.
—Mmm —asintió Luna—. Su miedo. —Levantó un dedo—. Su culpa. —Otro—. Su orgullo que no cabe en el mundo. —Otro—. La envidia que les roe por dentro cada vez que ven a alguien feliz. —Sonrió—. Todo eso ya estaba. Yo solo… lo hago crecer. Le doy espacio. Dejo que respire.
—Como si fuera un jardín —dijo el Viejo, con tono pensativo.
—Un jardín de pesadillas —murmuró el Nuevo.
—Como una receta —lo corrigió Luna, entusiasmada—. Tú pones lo que ya existe y lo mezclas hasta que se convierte en algo nuevo. Algo que no pueden dejar de mirar. —Se giró hacia Haruka—. ¿Ves? Soy como una cocinera.
Haruka la miró con resignación absoluta.
—Una cocinera de desesperación. Qué apetitoso.
—¡Pues lo es! —Luna tomó una cucharita imaginaria en el aire—. Una pizca de miedo a no ser suficiente… una cucharada de terror a quedarse solo… un toque de “todo lo que creí controlar me está consumiendo”… —Giró la muñeca como mezclando en un tazón—. Y listo. Servido en bandeja de plata.
—Yo no quiero probar —dijo el Nuevo.
—Nadie te está ofreciendo —le sonrió Luna, dulce como el veneno.
Se giró hacia el Lector entonces, con esa inocencia que aterraba aún más.
—Bueno, eso es todo por hoy. —Levantó la mano en un gesto de despedida—. Gracias por acompañarme. Espero que hayan tomado notas.
—¿Notas? —preguntó el Lector, inquieto.
—Sí, por si algún día necesitan recordar qué pasa cuando uno cree que todo lo maneja —le guiñó un ojo—. No se preocupen —añadió, dando un paso hacia la sombra entre los estantes—, todavía quedan muchos más. Y cada uno tiene su propia receta. —Soltó una carcajada alegre, helada—. ¡Hasta la próxima!
Y se desvaneció entre las páginas y la penumbra, dejando solo el eco de su risa.
Los tres permanecieron inmóviles en silencio.
—Algún día —dijo Haruka, rompiendo la calma— van a dejar de tenerle miedo.
—No —dijo el Nuevo, asomando la cabeza—. No lo creo.
—Yo tampoco —coincidió el Viejo, con voz grave.
Desde lo más alto y lejano de la Biblioteca, la voz de Luna llegó clara y divertida:
—¡Los escuché!
Se hizo un silencio repentino. Los tres se quedaron petrificados.
Haruka sonrió, apenas, con una ternura resignada.
—Y tampoco va a dejar de escucharlos.