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Capítulo 1: "El peso de 100 años"
Cuando el mundo que conocías se perdió hace un siglo y solo quedan la penumbra y la desolación, no queda otra opción que seguir adelante y tratar de sobrevivir. Intentar mantener la esperanza de que…
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Cuando el mundo que conocías se perdió hace un siglo y solo quedan la penumbra y la desolación, no queda otra opción que seguir adelante y tratar de sobrevivir. Intentar mantener la esperanza de que la humanidad se recuperará por completo y, quizás, solo quizás, todo vuelva a ser como antes.
El mundo ya no era como antes. Solo se podía respirar un aire distinto al que se conocía. Las calles de Panamá estaban destrozadas, sin vida. Solo resonaba un viento seco y arenoso; todo estaba en ruinas.
Entre los callejones de la ciudad, varias personas hurgaban en la basura, mientras otras corrían de un lado a otro. Eran individuos en condiciones precarias, con vestimentas sucias y desgastadas. Al otro lado de la calle, dos hombres comenzaron a pelear. Sacaron sus cuchillos, pero antes de que pudieran lastimarse, dos guardias militares emergieron del final de la avenida. Llevaban armaduras resistentes, guantes firmes, botas de cuero ajustadas y cascos reforzados que cubrían sus rostros con el logo de la empresa Novaris. En cuestión de segundos, separaron a los agresores, quienes solo pudieron gritar de rabia mientras eran arrestados.
A la vuelta de una esquina de esa misma calle, un hombre esperaba en silencio. Norris Baker permanecía inmóvil, observando el lugar con expresión pensativa. Su mente vagaba como el viento arrastrando las hojas sin dirección alguna.
De pronto, una voz fuerte lo interrumpió desde atrás.
-¡Hey! Dame todo lo que tengas.
Norris se volteó tranquilamente y miró a su atacante sin el menor rastro de miedo. Se trataba de un hombre alto, musculoso, cubierto de tatuajes, que le apuntaba con un cuchillo.
-¿Acaso no me oíste? ¿Eres sordo? -exclamó el delincuente, furioso.
Norris respondió con voz tranquila y segura:
-Por tu propio bien, te diría que bajes ese cuchillo.
El delincuente soltó una carcajada. Luego, tras una pausa, murmuró:
-¿Acaso tienes idea de cuántas personas he asesinado?
Observó su cuchillo y deslizó un dedo por la punta de la hoja antes de agregar con una sonrisa siniestra:
-También he cortado lenguas a gente como tú, por creerse héroes.
Pero Norris seguía inmóvil, sin reacción alguna.
-No me importa -dijo con calma-. Aún tienes tiempo de irte. No quiero hacerte daño.
El delincuente volvió a reír, pero esta vez su expresión cambió de golpe. Su mirada se tornó agresiva.
-¡Te cortaré en mil pedazos!
Se abalanzó sobre Norris con el cuchillo en alto, gritando. Pero Norris, con un rápido movimiento, se apartó a un lado, provocando que el agresor tropezara y cayera al suelo. Sin mostrar emoción alguna, Norris lo miró y dijo con voz desafiante:
-Te di la oportunidad de irte. Ahora te arrepentirás.
El delincuente, furioso, se puso de pie y volvió a lanzarse contra él. Norris dio un paso atrás, esquivando con facilidad los golpes. La hoja del cuchillo cortaba el aire en intentos fallidos. En el último instante, antes de ser apuñalado, Norris realizó un ágil salto con voltereta y, con una precisa patada, lanzó el arma lejos. Luego, sujetó la muñeca del agresor y la apretó con fuerza.
El hombre gritó de dolor.
-¡Ahhhhh! ¡Suéltame, hijo de perra!
Pero Norris no lo soltó. Con un movimiento seco, tomó el brazo del delincuente y, con una patada precisa, lo fracturó. El agresor cayó al suelo, gritando de agonía. Entre lágrimas, su voz temblorosa apenas pudo murmurar:
-E-estas loco... ¡TÚ ESTÁS LOCO! ¡Me has fracturado el brazo!
Norris se agachó y lo miró fijamente. El hombre temblaba. Con indiferencia, le susurró:
-Te lo advertí.
En ese momento, el sonido de un helicóptero comenzó a acercarse. Norris, sin apartar la mirada del hombre herido, le dio unas palmaditas en la cara y, con una leve sonrisa, dijo:
-Tengo que irme.
Se levantó y caminó hacia el lugar donde el helicóptero aterrizaba, sobre el techo de una casa abandonada. Sacó su identificación del bolsillo derecho mientras la aeronave descendía, levantando un torbellino de polvo.
Del helicóptero bajaron dos guardias, idénticos a los que habían arrestado a los peleadores minutos antes. Uno de ellos gritó con voz potente:
-¿Eres Norris Baker?
-¡Sí, señor! -respondió Norris con firmeza.
El otro guardia agregó:
-¡Muéstranos tu identificación!
Norris extendió su credencial. El soldado la examinó y, tras intercambiar una mirada con su compañero, asintió con la cabeza.
-Sube al helicóptero. Llegó la hora, muchacho.
Norris abordó la aeronave junto a los militares. Lentamente, el helicóptero comenzó a elevarse, alejándose de la ciudad.
En el horizonte, el sol se ocultaba y las aves volaban en la distancia. El helicóptero sobrevolaba el océano Pacífico mientras Norris, con la cabeza apoyada contra el cristal, observaba el paisaje con la mente sumida en sus pensamientos. No era el unico que se encontraba, sino que habian otros mas iguales a el.
Pasadas varias horas, los pensamientos de Norris fueron interrumpidos cuando el helicóptero comenzó a acercarse a un gigantesco buque, una de las principales bases militares de Novaris.
El buque era tan colosal que albergaba cazas militares, helicópteros de combate, misiles y a más de cincuenta mil guardias. Mientras la aeronave descendía, Norris observaba con atención su entorno y a las demás personas que lo acompañaban.
Al aterrizar, un guardia que esperaba afuera abrió la puerta del helicóptero. Los dos militares que habían viajado con Norris señalaron a los pasajeros para que descendieran.
-¡Bienvenidos! -gritó el guardia con voz firme. Luego de una breve pausa, agregó-: ¡Síganme!
Las personas comenzaron a seguir al guardia hasta un pequeño ascensor ubicado en el interior del buque. Mientras descendían, los murmullos comenzaron a llenar el espacio. La gente hablaba en voz baja, algunos intercambiaban miradas nerviosas. Norris, en cambio, mantenía una expresión distante y permanecía en silencio.
Cuando el sonido del ascensor indicó que habían llegado a su destino, todos comenzaron a salir. A un costado, alineados en perfecta simetría, había decenas de ascensores más, de los cuales también emergían miles de personas escoltadas por soldados.
Cada grupo fue separado y dirigido por diferentes pasillos. Mientras caminaban, los nuevos reclutas podían ver desde las barandas a miles de guardias militares entrenando. Algunos trotaban, otros practicaban puntería, otros entrenaban en combate cuerpo a cuerpo. El ambiente tenía la intensidad de un campo de batalla en plena preparación.
Tras avanzar por un extenso corredor, llegaron a una enorme sala. El guardia que los escoltaba alzó la voz con autoridad:
-Diríjanse a esos casilleros y pónganse la ropa que encontrarán allí. Luego, me seguirán. Solo les daré cinco minutos.
Las personas, incluido Norris, ingresaron a la habitación y comenzaron a cambiarse. La vestimenta consistía en una camiseta y un pantalón blancos, junto con un calzado del mismo color, resistente y ajustado.
Una vez que todos estuvieron listos, el guardia esbozó una leve sonrisa sarcástica antes de decir:
-Síganme... y no se pierdan.
Luego de varios minutos de caminata, el guardia militar abrió la puerta de una enorme habitación y, con tono molesto, ordenó:
-Entren y esperen aquí dentro.
Sin añadir nada más, las personas obedecieron y el guardia cerró la puerta tras ellos.
El silencio se adueñó de la habitación. Todos se observaban entre sí con incertidumbre; nadie sabía qué ocurriría a continuación. Hasta que, al fin, una voz nerviosa rompió la tensión:
-¿Qué creen que pasará? ¡Nos han hecho esperar demasiado!
-Es verdad, llevamos aquí varios minutos... -respondió otra persona.
-Seguro se habrán retrasado. ¡Cálmense! -agregó alguien con más tranquilidad.
Las conversaciones se encadenaron rápidamente, y en cuestión de segundos la habitación se llenó de voces superpuestas. Todos hablaban al mismo tiempo, sin que se entendiera nada. Norris, sin embargo, permanecía callado, con la mirada fija y distante.
De pronto, un hombre levantó la voz:
-¡Cálmense, muchachos! Así no se entiende nada.
El mismo hombre dirigió su atención a Norris y le preguntó:
-Tú eres el único que parece tranquilo. ¿Qué piensas que pasará?
Norris guardó silencio durante unos instantes. Su mirada recorrió los rostros expectantes de quienes lo rodeaban. Finalmente, con voz firme y segura, respondió:
-¿Acaso ya olvidaron por qué estamos aquí? ¿Son idiotas?
Un murmullo incómodo recorrió el grupo, pero Norris continuó sin inmutarse:
-Somos reclutas. ¿Qué esperaban? ¿Un beso de bienvenida? ¡Por supuesto que no! Muchos de los que estamos aquí seremos futuros guardias militares de Novaris. ¿Oyeron bien? ¡Novaris! Estamos en una de las empresas globales más importantes del mundo, y ustedes se ponen nerviosos solo porque debemos esperar algunos minutos.
Sus palabras disiparon cualquier intento de discusión. El silencio volvió a reinar en la habitación.
Pasaron unos minutos más antes de que la puerta se abriera de golpe y un capataz gritara:
-¡Firmes!
El llamado hizo que todos se pusieran en hileras de inmediato. Tras el capataz, entró un sargento.
Su mirada era severa, su expresión rígida. Caminó lentamente entre los reclutas, observándolos uno por uno. Nadie se atrevió a moverse. La tensión en el ambiente era palpable hasta que, de pronto, su voz resonó con fuerza:
-A partir de este momento, sus miserables, asquerosas y repugnantes vidas cómodas han terminado.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo, y luego añadió con un tono cargado de sarcasmo:
-Deben saber que ustedes, como ratas de alcantarilla que provienen de los peores callejones de este mundo podrido, han tenido el privilegio de pisar la empresa más poderosa e influyente del planeta. Si fuera por mí, jamás permitiría que alimañas como ustedes ingresaran a un lugar como este, que es, en comparación con el exterior, una mansión de lujo.
El sargento continuó caminando de un lado a otro, sin dejar de escudriñar a cada recluta. Su tono se volvió aún más implacable:
-Pero Novaris les ha dado una oportunidad. Y quiero que entiendan algo: Novaris nunca se equivoca. Es perfecto. Por lo tanto, aquí se acepta a todo el mundo... siempre y cuando demuestren valer la pena. Si cometen un solo error, por insignificante que sea, serán descartados y devueltos al basurero del que salieron.
Se detuvo un momento, como si analizara su siguiente sentencia, y luego prosiguió:
-Cada mañana se levantarán temprano para entrenar. Pero no serán entrenamientos de besitos, caballeros. No habrá comodidad ni descanso. Serán tan duros que sentirán los huesos quebrarse. Tan duros que más de uno caerá desmayado por la falta de sueño, lo cual, para serles franco, me alegrará. Tan duros que muchos renunciarán porque simplemente no lo soportarán.
Hizo una pausa dramática, luego inclinó la cabeza exageradamente y arrastró las palabras con falsa compasión:
-Peeeeero... si logran soportar el entrenamiento y los desafíos diarios, les aseguro que valdrá la pena.
Su rostro volvió a endurecerse. Su siguiente advertencia cayó como un martillazo:
-Por último, deben saber que faltar a un solo entrenamiento tendrá consecuencias. Y no me interesa la razón. Si se quedaron dormidos, si están enfermos, si se están muriendo... no me importa. ¡Los quiero ver en los entrenamientos! Esto no es una guardería, es una base de gusanos. ¡Y a los gusanos se les trata como tal!
El sargento enfatizó su última frase recorriendo con la mirada a cada uno de los reclutas.
-A partir de ahora, ustedes son parte de mi pelotón. No quiero que me avergüencen. Si lo hacen... se arrepentirán.
Dicho esto, se giró y salió de la habitación.
El capataz, sin perder un segundo, ordenó con voz firme:
-¡Descansen!
Los reclutas rompieron formación y el capataz les hizo una señal para que lo siguieran. Caminó por el pasillo hasta llegar a otra habitación, más grande que la anterior. En ella había filas de camas y varias duchas.
-Aquí se quedarán. Dormirán aquí, se vestirán aquí y, por la mañana, muy temprano, sonará una alarma.
Mientras hablaba, señaló un intercomunicador empotrado en la pared. Luego, sin suavizar su tono, añadió:
-Aquí los dejo. Si tienen alguna duda... no la hagan. Aquí no respondemos preguntas.
Sin más, el capataz se retiró, dejando atrás un grupo de reclutas aún tensos por todo lo que habían escuchado.
Registro #1
Era tarde en la noche y los reclutas dormían profundamente. Mientras tanto, un hombre de alto rango en la empresa ingresó apresurado a la sala de control de Novaris. Caminaba de un lado a otro, visiblemente inquieto, mientras dirigía su pregunta a los operadores:
-¿Cuál es el estado de Erebus?
Uno de los trabajadores, tras unos rápidos clics en su computadora, respondió sin apartar la vista de la pantalla:
-Estado activo. Sigue encerrada, señor.
El hombre frunció el ceño.
-¿Y los monstruos? -preguntó con voz tensa.
Otro trabajador, enfocado en su monitor, proyectó los datos en una pantalla grande antes de contestar:
-Se han reportado algunos avistamientos cerca de Francia e Inglaterra, pero luego desaparecieron. No hay informes en el resto de los países.
El hombre asintió lentamente, pero su expresión seguía sombría.
-Bien. Manténganse atentos. No la pierdan de vista -ordenó. Tras una breve pausa, suspiró y murmuró-: Erebus es demasiado inteligente... y peligrosa.
De repente, una alarma suave rompió el silencio de la sala. En el panel de control, una luz roja comenzó a parpadear.
-Señor... -la voz de un trabajador temblaba-. Se ha activado la alarma del código E-19.
-Erebus está intentando escapar -añadió otro, con el rostro pálido.
El hombre, con un repentino cambio de expresión, golpeó la mesa con furia y gritó:
-¡Activen las barreras de emergencia! ¡No la dejen escapar!
Thoughts
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PermalinkPesado!
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Permalink¿Tenes más textos de esta serie por aca?
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PermalinkLa densidad que lograste en tan poco espacio! Me quedé sin aire.
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PermalinkEso de cargar lo que nadie más quiso cargar. Un personaje así tiene futuro.
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PermalinkEl peso de 100 años. Ese personaje que carga lo que no le pertenecía pero que nadie más iba a cargar. Me quedó eso. Un debut fuerte.
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PermalinkEl peso de 100 años! Qué arranque. Me enganché desde la primera línea.
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