El bosque de los Montes Cárpatos, en Rumania, no era un lugar silencioso para quien sabía escuchar. Para Amaya, que creció con el oído pegado a la tierra húmeda y la nariz al viento, el mundo era una orquesta de señales. El crujir de una hoja a cien metros era una advertencia; el olor a hierro en el aire, una invitación al festín.
Durante sus primeros años, Amaya no conocía la palabra «niña». Ella era la Séptima, la última de la camada de la loba alfa. Y aunque no había nacido de ella, fue adoptada como una hija más por toda la manada.
Mientras sus hermanos tenían pelajes grises y marrones que se camuflaban con la corteza de los pinos, ella brillaba.
Su pelaje, blanco como la nieve, la convertía en un blanco fácil, pero su madre loba le enseñó que el brillo no era una debilidad, sino un arma: en la oscuridad, ella parecía un fantasma, y los fantasmas aterraban incluso a los osos.
A los diez inviernos, Amaya llegó a la orilla del Río de las Almas. Se detuvo a beber, pero algo la frenó.
En la superficie cristalina no vio el hocico alargado ni las orejas en punta de sus hermanos.
Vio algo que la hizo retroceder y gruñir.
Vio unos ojos humanos, grandes y plateados, atrapados en un rostro de piel blanca.
Por un instante, la curiosidad de la Luna pudo más que su propia magia. El reflejo le mostró lo que realmente era.
Amaya golpeó el agua con la pata, rompiendo la imagen en mil pedazos.
Odiaba esa forma.
Esa forma era débil. No tenía garras. No tenía colmillos. No tenía la protección del pelaje. Olía a la vieja manta de lana ruda que aún guardaba en su cueva como el único rastro de un pasado que no quería recordar.
Cada mes, el cielo se quedaba vacío. Las estrellas parecían brillar con más intensidad, pero la luz que guiaba a la manada desaparecía.
Era la noche de Luna Nueva.
Aquella noche, el instinto de la manada cambiaba. Los lobos se alejaban del claro sagrado, dejando a la pequeña loba blanca completamente sola.
Amaya sentía cómo su cuerpo comenzaba a arder. El pelaje se retraía, los huesos se acortaban y el dolor la obligaba a ovillarse sobre el musgo.
Entonces, desde el vacío del cielo, descendía una bruma luminosa.
La Luna tomaba forma humana.
Una mujer de cabellos de luz y manos frías como el hielo.
—Amaya... mi pequeña Lachi... —susurraba la deidad, envolviendo a la niña humana entre sus brazos. Entre ambas permanecía el espeso pelaje blanco de la loba, el único abrigo capaz de vencer el frío de sus manos. Aun así, aquel abrazo era el único calor que Amaya conocía.
Durante esas pocas horas, Amaya aprendía a hablar. Su madre le enseñaba palabras en una lengua antigua y le contaba que el mundo de los hombres era un lugar de promesas rotas, y que su verdadera fuerza residía en el equilibrio.
—No dejes que el animal devore a la mujer, hija mía —le decía la Luna mientras acariciaba el pelaje plateado de Amaya—. Porque llegará el día en que la mujer deba caminar entre los lobos vestida de hombre. Y ese día necesitarás mucho más que colmillos para sobrevivir.
Amaya no entendía.
Solo quería que la noche no terminara nunca.
Quería quedarse en el regazo de su madre, lejos de los inviernos y de los cazadores.
Pero con el primer rayo de sol, la mujer de luz se desvanecía y Amaya volvía a ser la bestia blanca, con el sabor amargo de la soledad en la lengua.
Así transcurrieron los años.
Con cada Luna Nueva aprendía una palabra más, una enseñanza más y una razón más para desconfiar del mundo de los hombres.
Mientras tanto, el resto del mes cazaba junto a la manada, exploraba el bosque y escuchaba los secretos que el viento arrastraba entre los árboles.
Hasta que un día un sonido desconocido rompió aquella rutina.
Fue en su duodécimo año cuando Amaya vio al primer humano desde su abandono.
No era un gitano, sino un payo: un niño del pueblo que se había perdido buscando bayas.
Amaya lo observó desde la maleza.
El niño lloraba, una vibración aguda que irritaba sus oídos.
Su instinto de loba le decía una sola cosa:
Presa fácil.
Sus músculos se tensaron, lista para saltar.
Pero algo en su pecho, algo que la Luna había sembrado durante aquellas noches de enseñanza, la detuvo.
Se acercó lentamente.
El niño, al ver a la loba blanca de ojos plateados, quedó mudo de terror.
Amaya no lo atacó.
Simplemente dejó una liebre recién cazada a sus pies y, con un suave empujón de su hocico, le indicó el camino de regreso al sendero.
El niño huyó gritando sobre el «ángel de cuatro patas», sin saber que la loba lo había observado con una curiosidad que empezaba a ser peligrosamente...
Humana.