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Capítulo 1 7: A cuentagotas.

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Pensamiento

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TroteSuave

Que la Luna espere a tenerlos a cincuenta metros para hablar dice todo. Yo digo que Amaya es la hija de esa pareja de líderes que no podía concebir, y que la Luna se la quedó a cambio del favor.

Que la Luna espere a tenerlos a cincuenta metros para hablar dice todo. Yo digo que Amaya es la hija de esa pareja de líderes que no podía concebir, y que la Luna se la quedó a cambio del favor.

Contenido de la publicación

El frío les golpeó la cara en cuanto cruzaron la boca de la caverna.

Stefan salió primero.

Temblaba.

No sabía si era por el frío que se le metía en los huesos o por lo que había dejado atrás.

Los cuerpos.

El olor a sangre.

La forma en que Coró lo había mirado antes de soltar la cantimplora.

No había matado a nadie esa noche.

Pero tampoco los había salvado.

Zaira venía detrás.

Caminaba como si cada paso pesara el doble.

La culpa le llegó tarde.

Como siempre.

Cuando ya no servía para nada.

«¿Hice lo correcto?»

Eran su gente.

Su sangre.

Y los había dejado allí, respirando con dificultad, esperando que Varko decidiera si vivían o morían.

A diez pasos del acantilado, la Luna y Amaya estaban quietas.

No hablaban.

No hacía falta en un momento así.

Cuando la Luna los vio, sus ojos sin pupila se clavaron en ellos.

Y entonces la voz sonó.

No en el aire.

O como si compartiera un secreto a sus oídos.

En sus cabezas.

Directa.

Limpia.

Sin eco.

«Son libres para ir donde quieran, hasta que los requiera».

Stefan se detuvo en seco.

Miró a Zaira.

Ella lo miró a él.

No dijeron nada.

—La cabaña de los lamentos —dijo Stefan por fin, con voz ronca—. Necesitamos una noche sin lobos mirándonos.

Zaira asintió.

Se quedaron allí, esperando a Amaya.

Pero ella no se giró.

Seguía de frente al abismo, junto a la Luna.

Aun así, los sentía cerca.

Como sentía el latido de todo lo vivo en aquella montaña.

—Adelántense —dijo sin volverse.

La voz le salió baja.

Rota.

Zaira dudó. Dio un paso hacia ella. Pero antes de que pudiera hablar, la voz de la Luna volvió a entrar en su cabeza.

«En la siguiente luna te tocará saber lo que necesites. Ahora vete».

No era un castigo.

Solo un cierre momentáneo.

Zaira tragó saliva y bajó la mirada. Stefan le puso una mano en el hombro y empezó a bajar por el sendero. Zaira lo siguió unos segundos después.

No miró atrás.

Se obligo a no hacerlo.

Caminaron en silencio.

Cuando estuvieron a más de cincuenta metros y el sonido de sus pasos comenzó a perderse entre las piedras, la Luna se movió.

Dejó de mirar la entrada de la cueva.

Levantó la vista hacia el horizonte, todavía sumido en una penumbra leve.

La noche se aferraba a sus últimos minutos.

Y entonces habló.

No para el viento.

No para las rocas o la montaña en si.

No siquiera para los lobos.

Para Amaya…

Solo para su hija.

—Ahora que no nos escuchan... te voy a decir por qué no te dije esto antes.

La Luna no la miró.

Seguía con los ojos puestos en el horizonte, que comenzaba a clarear por el borde.

—Ya perdí la cuenta de las veces que los humanos clamaron por un favor mío —dijo en voz baja—. Riqueza. Poder. Unidad.

Hizo una pausa que al parecer de Amaya fue eterno.

—Y... familia.

Abajo, en el sendero, Zaira alcanzó a Stefan.

—¿Estás bien? —preguntó.

No sonaba a cortesía. Mas bien a miedo por la respuesta.

Stefan siguió caminando.

—No importa. No pueden hacer nada. Y menos que esos hombres salen por su propio pie.

Arriba, la Luna continuó como si no los hubiera oído alejarse.

—Hubo una pareja. Líderes de su gente. No podían concebir.

Amaya frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Hizo una pausa, examinando si continuar, o no.

—¿Por qué deberían importarme los humanos? Yo no lo soy.

El viento se detuvo durante un segundo.

La Luna giró apenas la cabeza.

Sus ojos sin pupila la atravesaron.

—Te equivocas.

Dentro de la caverna, el silencio tenía peso.

Varko se apoyaba contra la pared de piedra.

Respiraba con dificultad.

La herida de su costado había vuelto a sangrar.

No dijo nada.

Tampoco podía.

Coró estaba arrodillado junto a Baró, uno de los heridos, presionando un trozo de tela contra la pierna que el grandote ya no sentía.

El muchacho de veinte años no lloraba.

Solo miraba el techo, como si allí estuviera escrita la respuesta.

Los lobos no se movían.

Trece pares de ojos amarillos los seguían sin parpadear.

No atacaban.

No gruñían.

Esperaban…

Como si la tregua que la Luna había impuesto fuera más fuerte que el hambre.

—Se fue —murmuró Sastí.

No sabían si hablaba de la Luna o de su propia esperanza.

Varko cerró los ojos durante un segundo.

Cuando los abrió, su voz salió ronca, pero clara.

—Si sale el sol y seguimos vivos… no le debemos nada a nadie.

Soltó todo el aire que estaba guardado en lo profundo de su pecho.

Miró de reojo a los que aún quedaban.

—Y si no salimos... tampoco.

Coró no respondió. Solo apretó más la tela.

La sangre ya había empapado el cuero.

A varios metros en descenso, las piedras estaban resbalosas por la escarcha.

Stefan iba delante, sujetando a Zaira del codo cuando el terreno se volvía peligroso.

No hablaban.

El aire que los rodeaba olía a pino quemado y a metal frío.

La cabaña estaba a diez minutos, pero se sentía como si estuvieran bajando hacia otro mundo.

—¿Crees que Varko los matará con sus malas decisiones? —preguntó Stefan de repente.

Zaira no se detuvo.

—No lo sé.

Hizo una pausa.

—Y eso es lo peor. Antes lo sabía.

Stefan asintió.

Él tampoco sabía qué hacer con las manos.

Con la culpa.

Llegaron a la vista de la cabaña.

Con la luz del día se veía pequeña, hundida en la nieve, con el techo a punto de ceder.

La cabaña de los lamentos no tenía ese nombre por bonita.

Zaira se detuvo frente a la puerta.

Puso una mano sobre la madera vieja. Pero no la abrió de inmediato.

—Si Amaya no... —empezó.

—No se te ocurra terminar esa frase —la cortó Stefan.

Ella lo miró. Por primera vez en años, sus ojos estaban secos.

—No es pesimismo. Es obvio… La Luna no habla por hablar.

En la caverna, Cala se movió. No para atacar.

Solo cambió de pata, acomodándose como quien reajusta el peso de sus músculos entumecidos.

El sonido de sus garras contra la piedra hizo que tres de los hombres se levantaran de golpe, con los cuchillos temblando en las manos.

Pero Chacarrón no esperó.

Se acercó al cuerpo más cercano, le clavó los dientes en el hombro y lo arrastró lentamente hacia la sombra sin mirar a los hombres.

No era hambre. Era un mensaje:

«Todos los que no respiran, serán mi cena»

Baró y Sastí reaccionaron sin pensar, levantando los fusiles con intención de golpear al malnacido por su osadía.

—¡Bajen eso! —gruñó Varko.

Cala también los reprendió con un gruñido bajo, dispuesta a saltar.

—Si lo hacen, morimos todos. ¡Estúpidos!

Nadie bajó su cuchillo.

Pero sí bajaron las intenciones violentas y las armas.

Coró miró a Varko.

—Si ella no vuelve, ¡¿qué hacemos?!

Señaló hacia los lobos.

—¡Ya ves que estos perros sarnosos solo esperan el momento justo para convertirnos en su desayuno!

Varko no respondió.

No tenía una respuesta. Pero sí una idea.

—Intentaremos salir.

Se movió lentamente hasta quedar más cerca de sus compañeros.

—Si no nos siguen, es porque seguimos dentro de las reglas.

En el fondo, sabía que, si Amaya no volvía, era porque había elegido no hacerlo. Y la Luna había obrado en su favor una vez más.

Dejando las ideas pesimistas fuera, Stefan empujó la puerta.

El interior olía al humo reciente de aquella madrugada y a humedad de nieve derretida.

El camastro donde Amaya había estado acostada. Los restos de unas sillas rotas. Y, cerca de la pared, su morral con los libros, la ropa y la comida de la ofrenda de ese mes, seguían en su lugar.

Zaira entró detrás de él y cerró la puerta.

El viento dejó de aullar. Por un momento, hubo silencio.

Solo faltaba el calor.

—Descansa —dijo Stefan, intentando acomodar el camastro improvisado junto al fuego.

Su voz sonó extraña en un lugar tan pequeño.

Zaira negó con la cabeza. Solo se sentó en el borde, con las manos temblando sin control.

—No puedo.

Bajó la mirada unos segundos.

—Si cierro los ojos, los veo. A Coró. A los chicos. Esperando.

Stefan se sentó a su lado. No la tocó.

—No podemos hacer nada hasta que amanezca. Pero descuida. Falta poco.

—Lo sé.

Zaira se pasó una mano por la cara.

—Por eso duele más.

Arriba, cerca del acantilado, la Luna seguía mirando a Amaya. El horizonte ya tenía un filo gris.

Faltaban escasos minutos.

—Te equivocas —repitió la Luna—. No naciste loba.

Amaya no respondió. Pero el mundo bajo sus pies se sentía menos sólido.

Abajo, en la cueva, un lobo aulló bajo.

No era un aullido de ataque. Sino una pregunta:

«¿Cuánto más deberían esperar?»

Y en la cabaña, Zaira cerró los ojos durante un segundo.

Como si pudiera escuchar aquel aullido a kilómetros de distancia.

La Luna dio un paso hacia Amaya. El cielo detrás de ella comenzaba a perder el negro puro.

—Tienes que aprender a dominarte. Cuando el sol esté en el cielo, ya no podré decidir por ti.

Hizo una pausa.

—Decidir será tu castigo de ahora en adelante. Solo tú sabrás si quieres seguir siendo animal... o mujer.

Amaya miró sus manos. Todavía estaban temblando.

Y, por primera vez, no sabía si era por ira...

O por miedo a lo que era verdad.

—Aquello que deseches te será arrebatado.

La voz de la Luna se volvió todavía más baja.

—No puede existir un intermedio.

Eso fue todo lo que quedó de la Luna antes de que Amaya volviera la vista y ya no encontrara aquel punto de anclaje a sus miedos.

Unas lágrimas traicioneras acompañaron su muda ansiedad. Y, por primera vez, sintió pánico.

—¿Cómo...? —susurró para sí y para nadie.

Volvió la vista hacia su madre.

—¿Cómo elegir lo que no comprendo?…

Thoughts

  • TroteSuave

    Que la Luna espere a tenerlos a cincuenta metros para hablar dice todo. Yo digo que Amaya es la hija de esa pareja de líderes que no podía concebir, y que la Luna se la quedó a cambio del favor.

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  • Ovid

    Los trece pares de ojos amarillos esperando sin gruñir, como si la tregua pesara más que el hambre, es lo que más tensión me dio del capítulo. Leí algo sobre lobos que respetan un territorio mientras nadie cruza la raya, y aquí la raya es la salida del sol. Con Amaya teniendo que elegir entre loba o mujer, me da que la cueva va a pagar esa decisión.

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