LA VISITA
Como se podía ver, en resumidas cuentas, ahí estaba el monje: debilitado, algo adormilado y maniatado por la misma casa.
—Monje —dije con armonía—, la casa te juzga por querer matar niños. Pero la casa exige juicio y castigo. Quiere que le relates toda tu vida. Yo, por mi parte, solo pido relatos breves y sin demasiado sentimiento —aclaré—. Es muy desagradable como para escuchar detalles.
Los González entraron a la casa porque estaba sin llave.
—Bueno, llegó la ley —dijo Gildo mientras Josefina guardaba los abrigos.
—¿La ley de qué año? —pregunté con sorna—. Porque este monje es inmortal.
—Entonces, la ley existente desde la Edad Media hasta ahora —sonrió Gildo.
Sacó unos libros enormes.
—Consultemos todas las leyes que violó y sus respectivas condenas.
Leyó:
—Corte de mano, corte de pie, corte de lengua y oreja. Justicia física.
—Gildo —lo contradije—, la casa ejecuta igual, lo cual es bastante asqueroso. Yo, de mi parte, ni voy a estar después de eso. La propia casa limpia el desastre. Igual, acá no se va a realizar. En el sótano del fondo es mejor —dije con asco.
Gildo miró la casa.
—Una justicia imparcial.
Y se rio.
Josefina me abrazó fuerte y después se sentó, toda impoluta.
—Bueno, estamos listos para escuchar lo que tenga que decir —dijo.
El monje comenzó a narrar su vida.
Al principio no había sido monje. Era simplemente un niño inocente. Un grupo de atracadores típicos del siglo III había entrado a su aldea, quemándolo todo. Él había quedado solo.
Nadie lo vio.
Se había escondido en una cueva de arena y se había tapado con ella. Allí aprendió a cazar y pescar.
Pasaron los años.
Creció solo hasta que se dio cuenta de que no hablaba. Se había quedado mudo.
A los quince años salió de aquel lugar para explorar otros territorios.
Por ser joven, entró engañado a un sitio donde tenían esclavos. Allí aprendió cosas malas de los rufianes del lugar. Intentó escapar, incluso intentó matarse, hasta que finalmente consiguió la libertad.
Pero al matar a uno de ellos descubrió algo que cambiaría su vida.
Le gustaba probar su sangre.
Sacaba la sangre de sus víctimas y se la tomaba.
Fue encontrado por varios rufianes que lo utilizaron para encontrar gente. También comenzó a saquear por diversión. Sintió el sabor de la muerte y le gustó.
Hasta que un día oyó el llamado de un supuesto dios mago que le dijo la típica frase:
—Podés hacer más.
Y así tomó el camino de los niños inocentes.
—Bueno, gracias por la confesión —dije.
Iba a dejar que la casa lo exterminara cuando Gildo interrumpió.
—¿Qué hacías cuando ella te estropeaba el plan?
Puse cara de no querer saber esa información.
—Tomaba sangre de cualquier animal, pero no es lo mismo —aseveró—. La sangre humana es distinta y ayuda a mantenerme sano e inmortal. Aunque desde hace algunos años estoy realmente envejeciendo. Tengo artritis, osteoporosis y reumatismo.
—¿Cómo fue que te hiciste inmortal? —preguntó Gildo.
—Tomé sangre de alguien que poseía ese don. No me di cuenta hasta pasados unos años de que seguía igual de vital. Ya pasaron siglos...
—Úrsula —me llamó y me miró con una expresión tétrica—. Probá sangre de alguien y después me contás si no sentís al dios de la muerte. Es lo único en lo que creo.
—Ya lo verás —le dije—. Quedate tranquilo. Pero tus víctimas también te verán. Eso es lo más divertido. Enviame una postal de ese lugar cuando llegues. Es un enigma de nuestra sociedad.
Hice una pausa.
—Que tenga TV por cable, por favor.
Lo llevamos al sótano y esperé a que apareciera la bruma lunar.
Cuando llegó, iluminó todo.
Era el único momento en que la dimensión se abría para dejar pasar a los ejecutores del monje: el lobo plateado, el perro negro y el halcón dorado.
Yo me fui con los González al parque a jugar con los perros.
No escuchamos nada.
El monje murió en silencio.
Solo sentí un olor muy asqueroso y esperé.
Cuando volvimos, no había nada.
La bruma apenas comenzaba a esfumarse.
Durante el eclipse de otoño sucedía algo inusual: se abría el portal de los muertos amigos y se producían combates cuerpo a cuerpo... en tres tiempos.
Bajaban, luchaban y se iban.
Algunos simplemente tomaban unos mates y contaban historias. Generalmente eran policías que habían muerto de viejos y con los cuales yo había tenido trato a lo largo de los años.
Gente que, en serio, quería salvar niños.
Con Lucio Mansilla tenía un combate especial de espadas, siguiendo las reglas de la esgrima.
Con Rosas era una pelea con espadas bastante bestial.
Con otros, en cambio, solo había abrazos y saludos.
Era un día especial, sin lugar a dudas.
Me daba fuerza y me distraía.
Pero de repente todo cambió.
La bruma lunar se repelió y comenzaron a verse aureolas violetas y verdes por todos lados.
—¡Hay que cerrar el portal! —dijo el lobo plateado.
Alguien quería pasar.
Y nosotros intentamos impedirlo.
La bruma luchaba por cerrar el portal, pero el eclipse continuaba y, por lo tanto, no podíamos cerrarlo.
Todos los seres que habitaban la dimensión lunar estaban alertas.
Hasta que todo cedió.
Y ahí estaba...
—¡Qué susto! —dije—. Pensé que era...
—¿Un demonio algo monstruoso? —completó él, risueño.
—Sí... eso.
Y ahí bajaba, majestuoso, el dios del tiempo, responsable de mi inmortalidad familiar.
No tenía aspecto humano.
Su rostro era ovalado, como un huevo. Sus ojos eran profundos, con cuentas en cuyo interior una especie de piedra esmeralda formaba parte de su mirada. Sin embargo, no se podía ver su profundidad.
A su vez, muchas dimensiones parecían formar su cuerpo y sus manos eran una especie de sombra corpórea, como si estuvieran hechas para abrazar.
—¿Podés traerme una tina con agua perfumada? Estoy cansado —pidió.
Y, por arte de magia, apareció una tina llena de agua caliente.
Se sacó los velos que eran su ropa y se metió.
—Ahhh... ¡esto sí es vida!
—¿Cansado? ¿De qué? ¿Se cansan en el más allá? —pregunté.
—Quería expresarme humanamente. Los humanos viven cansados, agobiados y sin tiempo.
Enumeró esas palabras con los dedos y rio.
—¡Qué cara de decepción! ¿Faltó alguien? —preguntó, curioso.
—Sí. Pensé que iba a surgir algo con que entretenerme.
El dios del tiempo rio.
Al hacerlo, sonaban truenos como trompetas.
—Soy básico, de gustos fáciles —dijo—. Diría un personaje de película: agua caliente, vapor y un libro.
—¿Y los libros de dónde los conseguís? —quise saber.
El dios del tiempo volvió a reír.
—Cuando alguien cruza, me trae un libro.
—Estuviste bastante ocupada, veo —comentó—. Con las redes de pedofilia y liquidando a ese monje horrible. Pero hay más que están usando mi don para el mal.
—Sí, digamos que te equivocaste —dije.
El dios hizo una mueca. Mi comentario no le había hecho ni pizca de gracia.
Entonces dijo, sin rodeos:
—Tengo una tarea para vos. ¿Qué deseás hacer? ¿Te postulaste a dar clases al final?
—Sí. Deseo dar clases. Entré al concurso y puedo tomar dos cursos el próximo cuatrimestre. Estoy animada —manifesté—. ¿Por qué preguntás?
—Porque, como sabrás, tenés una vasta experiencia luchando contra la pedofilia.
Sacó mágicamente una fotografía.
Me la alcanzó.
—Este detective está en la fuerza especial contra la pedofilia. Es un hombre idealista, pero tristemente le ponen trabas. Mucha gente de su departamento son una mezcla de hipócritas, pedófilos o personas vinculadas con gente poderosa.
Me miró fijamente.
No pude ver nada en sus ojos.
—Esa gente tiene que pagar y vos tenés que ayudarlo.
Hizo una pausa.
—Además, está en peligro constante. Es una molestia y un estorbo para ellos.
Luego sonrió pícaramente.
—Además, es bello. Mirá sus facciones. Quizás, al fin, tengas una buena pareja.
Y guiñó un ojo.
—Me parece una buena actividad. Tenía que ponerme de vuelta con esto y no sabía cómo desde que se fue ese marmota —comenté.
—Eran buen equipo. Yo le regalé tres años más de vida en compensación. Si querés saber algo de su vida, solo preguntame.
—Sí, éramos buen equipo. Pero no importa ahora. Hay que hacer de nuevo las cosas.
—Muy bien. Así quedamos.
El dios del tiempo se levantó de la tina y salió despacio. Se envolvió en sus velos, que parecían una túnica, y comenzó a subir por las escaleras de colores hechas de nubes.
—Sabés, en la vida siempre hay que elegir caminos. Vamos modificando y reabriendo algunos, pero jamás paramos. Una buena hija del dios del tiempo no puede olvidarlo.
Mientras subía, se detuvo para mirarme.
—Saludos, Úrsula. Que estés bien y te enamores. Que el amor llene tu corazón y te dé muchas alegrías.
Sonrió.
—Te dejo con alguien que engaña. Recordá no dejarte tentar. No puede ofrecerte la muerte. Es imposible.
—¡No! ¿Por qué? ¡No quiero verlo! —protesté.
—Se ve que estaba aburrido después de que se cerrara el portal y terminara el eclipse.
Una luz lo hizo desaparecer.
Tomé mi lanza y me preparé.
Ahí bajaba el engañador.
El dios de las mentiras.
Bello, arrogante, insolente.
Bajaba en forma de viejito, despacio.
—Dame fuerzas para caminar —decía mientras descendía enclenque.
—Tramposo, sacate el velo y peleá —lo desafié.
—Hermana, piedad. Soy débil.
Yo seguía con la lanza preparada.
—Vamos, dios. No estoy para bromas. Peleá si sos valiente.
—Bueno, si tú quieres —dijo con una risa macabra.
Se sacó el velo.
Gigantesco como era, tenía el pelo de un plateado hermosísimo y unos ojos enormes.
El dios del engaño no era para débiles.
Sacó su espada gigante y me la tendió.
—Bajate a mi nivel, tramposo —dije.
El lobo plateado me dio una magia para agrandarme hasta alcanzar su altura.
Ahora sí éramos dos gigantes.
Con mi estocada apenas lograba distraerlo.
Durante una hora intentó tentarme.
Me ofreció manzanas rojas con caramelo, que amo.
Budín de pan.
Una cartera hermosa.
Botas.
Un bebé.
La muerte.
Todo me ofreció.
Su tortura fue larga, pero al fin conseguí sacarle la espada después de forcejear con él.
—¡Andate! —le dije—. ¡Sos insufrible!
Cuando subía la escalera, me dejó un don.
Era un pequeño fuego sagrado que dejé en una parte de la casa. No se apagaba.
—Solo cuando me precises —dijo.
Pero no le creí.
Ese juego no servía para nada.
Aunque, debo admitirlo, era un lindo decorado.
El eclipse había terminado.
Yo solo quería irme a dormir.