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Bitácora de Mar del Plata Verano de 2026

Clionauta
Pensamiento

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Ovid

El Dante esperando la ola siguiente sin que le importe que la anterior se haya ido es la imagen con la que cierra todo, y se nota que la tenías guardada desde la playa. Me suena a esos viajes que recién se entienden al volver a casa, cuando ya se…

El Dante esperando la ola siguiente sin que le importe que la anterior se haya ido es la imagen con la que cierra todo, y se nota que la tenías guardada desde la playa. Me suena a esos viajes que recién se entienden al volver a casa, cuando ya se desarmaron las valijas. Ojalá sigas subiendo bitácoras así.

Contenido de la publicación

I. Salida

El viaje empezó mucho antes de subir al colectivo. Empezó cuando sacamos los pasajes con apuro, como se hacen las cosas en la Argentina cuando el clima económico se pone raro y uno presiente que después puede ser tarde. Acá las elecciones no son solamente política: también son un termómetro de lo que vendrá. Y cuando el termómetro amenaza fiebre, uno se mueve.

Nos fuimos.

Salimos en pleno verano sanjuanino, con ese calor seco que no da respiro y que parece quedarse pegado a las paredes incluso cuando cae la noche. Subimos al micro sabiendo que nos esperaba un viaje eterno. Casi un día entero arriba de un asiento, con el cuerpo avanzando y la cabeza tratando de acomodarse.

Viajé con el Dante y con mi vieja al lado. Mi hermana iba en el mismo colectivo, lo cual hacía todo más llevadero. Cada tanto se aparecía por el pasillo, compartíamos un sándwich, algo para tomar, alguna conversación sin demasiada importancia.

En cada parada —San Luis, Retiro, donde frenara el micro— repetíamos una especie de ritual familiar. Bajábamos a estirar las piernas. Yo aprovechaba para fumarme un pucho con mi hermana, mientras mi vieja buscaba alguna golosina para el Dante. Después volvíamos a subir. Y otra vez la ruta.

El viaje se hizo más amable gracias a esas pequeñas cosas. Algunas palabras que llegaban desde lejos, conversaciones que iban y venían, la sensación de que todavía había afectos capaces de acompañar incluso a la distancia.

Antes de salir había pasado algo pesado. De esas situaciones que te obligan a correrte, aunque todavía no sepas muy bien hacia dónde. No había sido una discusión más. Había sido un límite.

Por eso este viaje tenía algo de escape. Irse de San Juan también era tomar aire, poner distancia de algo que ya no daba para más.

Llegamos hechos bolsa. Conseguir cómo movernos hasta el departamento fue una pequeña odisea después de tantas horas de colectivo. Finalmente encontramos nuestro lugar: un departamento chiquito, muy chiquito, pero acogedor.

Dejamos las cosas. Nos acomodamos como pudimos. Bajamos un cambio.

Y recién entonces fuimos al mar.

Ahí, recién ahí, empezó el viaje.

---

II. Volver

Volver no siempre es regresar. A veces es caminar por los mismos lugares con otra vida encima. Con más historia, algunas cicatrices y bastante menos ingenuidad.

Ya había estado acá. Muchos años atrás.

Aquella vez llegué con mi vieja y mi hermana, en un verano que todavía recuerdo con una mezcla de ternura y arrepentimiento. Para mi vieja, que había trabajado tantos años como maestra jardinera, aquellas vacaciones representaban una conquista. La posibilidad de llevarnos al mar, de disfrutar algo que durante mucho tiempo había parecido lejano.

La Argentina de entonces permitía ciertas alegrías que hoy parecen más difíciles. Y nosotros estábamos ahí, frente al Atlántico, con todo un verano por delante.

Pero yo no supe verlo.

Era joven y estaba enamorado. O, mejor dicho, estaba sufriendo por un amor que parecía haberse terminado antes de empezar. Caminaba con el cuerpo presente y la cabeza en otra parte. No quería pasear, no quería participar de los planes, no quería demasiado de nada.

Mi vieja había conseguido llevarnos de vacaciones y yo estaba demasiado ocupado extrañando a alguien.

Con los años entendí que aquella historia no había terminado realmente. El tiempo nos volvió a encontrar y de ese amor nació el Dante.

Hay algo extraordinario en eso: una tristeza que entonces parecía definitiva terminó siendo apenas un capítulo de una historia mucho más grande.

Hoy vuelvo distinto.

Otra vez con una melancolía amorosa a cuestas. Otra vez con recuerdos que aparecen en las canciones, en las noches y en ciertos silencios. Pero esta vez hay diferencias que no puedo ignorar.

Ya no soy aquel pibe que creía que el mundo se terminaba cuando alguien dejaba de quererlo.

O, por lo menos, intento no serlo.

Este viaje tiene algo de redención. No porque pueda corregir aquel verano, sino porque ahora entiendo lo que entonces no podía ver: que mientras uno se lamenta por los amores que se van, muchas veces descuida los amores que permanecen.

Esta vez quiero caminar, mirar, compartir. Quiero estar presente.

No vine a buscar una respuesta ni a recuperar lo perdido.

Vine a encontrarme con aquello que todavía tengo.

Y quizás, después de tantos años, aprender a disfrutar de unas vacaciones con mi vieja.

---

III. El Dante y el mar

Con el Dante, el mar no es un juego. Es otra cosa.

Desde muy chiquito tiene una fascinación difícil de explicar por el agua. Apenas llega a la playa, algo en él cambia. Las olas, la arena, el ruido constante, ese movimiento que nunca termina. Todo parece atraparlo por completo.

Entra en una especie de trance.

El tiempo deja de correr de la misma manera.

Podría quedarse horas ahí, sintiendo cómo el agua le golpea las piernas, cómo la arena se mueve debajo de sus pies, cómo cada ola se retira solamente para volver.

Yo no me despego de él.

Estoy atento todo el tiempo. Miro las olas, calculo las distancias, acompaño cada movimiento. El Dante se entrega tanto al mar que después cuesta muchísimo sacarlo.

Pero hay algo que me gusta especialmente de esos momentos.

A mí también me encanta estar ahí con él.

Compartimos ese placer tan sencillo de esperar una ola, recibirla y volver a esperar la siguiente. El agua viene, nos empuja, retrocede. Nosotros nos acomodamos y esperamos otra vez.

Y así podemos pasar muchísimo tiempo.

Mientras lo cuido, también disfruto. Por momentos siento que los dos encontramos una manera parecida de entender el mar, aunque seguramente lo experimentemos de formas muy distintas.

Él encuentra algo que lo fascina.

Yo encuentro el placer de compartirlo con él.

Afuera pueden estar pasando mil cosas. La ciudad puede seguir con su ruido, sus turistas, sus vendedores y sus apuros.

Pero ahí, entre las olas, todo parece reducirse a algo bastante más simple.

El Dante, el mar y yo.

Y por un rato no hace falta nada más.

---

IV. La ciudad no duerme

Mar del Plata no duerme nunca.

Eso se nota enseguida.

Hay gente a cualquier hora. Una multitud que va y viene, que ocupa las veredas, las playas, los bares y las plazas. Un movimiento interminable que por momentos parece repetirse, como si la ciudad estuviera atrapada en un loop.

Parejas que caminan de la mano, algunas con esa complicidad de los enamorados recientes, otras con la tranquilidad de quienes llevan muchos años compartiendo la vida.

Gente con plata, despreocupada, disfrutando de sus vacaciones. Gente humilde, haciendo rendir cada peso para regalarse unos días frente al mar.

Los jóvenes andan en grupos, pavoneándose, mirándose de reojo, buscando llamar la atención de otros jóvenes que hacen exactamente lo mismo. Cambian las caras, los peinados, la ropa, pero el ritual parece repetirse de generación en generación.

Los miro y me reconozco un poco en ellos.

También fui ese pibe que buscaba una mirada entre la multitud, convencido de que en cualquier esquina podía aparecer una historia de amor.

Más allá están los pescadores, pacientes, casi inmóviles, con la mirada perdida en el horizonte. Los vendedores ambulantes ofreciendo sus productos, los artistas callejeros intentando arrancarle una sonrisa a los turistas, los chicos corriendo detrás de una pelota.

Todo sucede al mismo tiempo.

La ciudad parece una representación interminable de la vida.

Y yo camino por ella con una melancolía que a veces se vuelve compañía.

Miro a las parejas y pienso en los amores. En los que permanecen, en los que se terminan y en aquellos que siguen viviendo en algún rincón de la memoria.

Hay algo extraño en estar rodeado de tanta gente y sentirse, por momentos, profundamente solo.

Pero también hay algo reconfortante.

La vida sigue.

Sigue para todos, incluso para quienes alguna vez creyeron que su mundo se había detenido.

Cuando camino con el Dante, esa multitud adquiere otro sentido. Ya no soy solamente un observador perdido entre desconocidos. Soy también un padre acompañando a su hijo, descubriendo la ciudad a través de sus pequeños intereses.

Mar del Plata no duerme.

Yo camino, miro, recuerdo.

Y sigo.

---

V. El mismo puerto

Mismo lugar, otros años.

Antes estaba solo.

Hoy estoy con el Dante.

El puerto es el mismo.

Yo no.

El tiempo pasó, algunas cosas se perdieron y otras llegaron sin que pudiera imaginarlas.

Hay lugares que parecen conservar intacto aquello que fuimos. Uno vuelve, reconoce el paisaje y descubre que la verdadera distancia no está en los años transcurridos, sino en todo lo que sucedió mientras tanto.

Aquella primera fotografía guarda a un pibe que todavía no sabía demasiado de la vida.

La segunda guarda a un padre.

Entre una y otra hay amores, despedidas, alegrías, equivocaciones y una historia que jamás hubiera podido anticipar.

El puerto permanece.

Yo aprendí a volver distinto.

Y eso, al final, alcanza.

---

VI. Punto de inflexión

Este viaje tiene algo que difícilmente vuelva a repetirse.

No por la ciudad, ni por el mar, ni por el cansancio del camino.

Por nosotros.

Viajamos juntos, como otras veces. Compartimos las mismas conversaciones, las mismas comidas, esas pequeñas costumbres familiares que parecen permanecer intactas a pesar de los años.

Y, sin embargo, algo es distinto.

Quizás sea la edad. Quizás sea esa conciencia que aparece con el tiempo y que nos hace mirar de otra manera las cosas que antes dábamos por sentadas.

Uno suele imaginar que la vida va a conservar indefinidamente sus escenas conocidas. Que siempre habrá otra oportunidad para repetir una conversación, una comida, unas vacaciones.

Pero el tiempo tiene sus propias maneras de modificarlo todo.

A veces los cambios son tan lentos que apenas los advertimos. Otras veces descubrimos, casi de golpe, que una fotografía vieja guarda un mundo que ya no existe de la misma manera.

Por eso intento mirar este viaje con otros ojos.

Guardar las conversaciones, las caminatas, las pequeñas discusiones, las risas inesperadas.

Todo eso que parece insignificante mientras sucede y que, muchos años después, puede convertirse en lo que más extrañamos.

La historia familiar también tiene sus momentos de inflexión.

Y quizás este viaje sea uno de ellos.

Todavía estamos acá.

Todavía podemos compartirlo.

Y hay algo profundamente valioso en esa sencilla circunstancia.

---

VII. Noche de Reyes

Caminaba por la peatonal, en el medio de toda esa gente.

Iba a comprar el regalo del Dante para Reyes. Vidrieras prendidas, ruido constante, bolsas que iban y venían. Familias, parejas, grupos de amigos, turistas cargados de compras.

Todos en lo suyo.

Todos avanzando.

Nadie te mira.

No por indiferencia, sino porque la vida funciona así. Cada uno está metido en su propia escena, en sus preocupaciones, sus alegrías, sus pequeñas tragedias personales.

Nadie sabe quién sos ni qué estás cargando mientras caminás.

Entre local y local aparecían recuerdos sin pedir permiso. Una canción de fondo, una risa que ya no está, una costumbre que perdió su lugar en el presente.

Hay ausencias que tienen una forma extraña de acompañarnos.

Son como las sombras. Caminan a nuestro lado, se proyectan sobre las cosas conocidas, pero cuando intentamos alcanzarlas descubrimos que no se pueden tocar.

Levanté la vista y vi la luna llena.

Estaba hermosa, suspendida sobre la ciudad, indiferente al movimiento de la multitud.

Pensé en la posibilidad de que, en algún otro lugar, alguien estuviera mirando esa misma luna.

Dos personas bajo el mismo cielo, separadas por kilómetros, por circunstancias, por historias que ya no transcurren juntas.

Me quedé un momento con esa idea.

Después seguí caminando.

Entré a un local y le armé al Dante una ensalada de gomitas. De todos los colores, de todas las formas. Las gomitas se habían convertido en su nuevo hiperfoco y sabía perfectamente cuánto iba a disfrutar ese regalo.

Mientras llenaban la bolsa pensé en algo bastante simple: qué extraordinaria puede ser la felicidad cuando necesita tan poco.

Una bolsa de golosinas.

Un chico esperando a los Reyes Magos.

La ilusión de descubrir algo que le gusta.

Salí nuevamente a la peatonal con el regalo en la mano.

La ciudad seguía igual. La gente seguía caminando. Nadie se detenía.

Y yo seguía ahí, con los recuerdos acompañándome como una sombra, pero también con algo concreto entre las manos: una pequeña alegría que estaba llevando de regreso.

Quizás de eso se trate seguir adelante.

No de olvidar lo que duele, sino de aprender a convivir con ello sin dejar de reconocer las cosas hermosas que todavía suceden.

La peatonal seguía llena.

La luna seguía ahí.

La sombra también.

Y yo, en el medio, aprendiendo a seguir con la vida.

---

VIII. El regreso

Volví a San Juan.

El mar quedó atrás, aunque durante varios días tuve la sensación de seguir escuchándolo. Hay sonidos que permanecen mucho después de haberse apagado. Como ciertas voces, algunas canciones o aquellas tardes que el tiempo se empeña en conservar en algún rincón de la memoria.

El colectivo desanduvo la ruta y el paisaje fue cambiando lentamente. La humedad fue cediendo lugar a la tierra seca. Desaparecieron las gaviotas, el horizonte interminable, esa línea incierta donde el cielo y el agua parecen confundirse.

Volvieron las montañas.

Volvió el calor obstinado del verano sanjuanino.

Volvió la vida de siempre.

Las valijas se desarmaron, la ropa encontró nuevamente sus cajones y los días recuperaron sus viejas costumbres. Todo parecía estar exactamente donde lo habíamos dejado.

Pero hay algo extraño en los regresos.

Uno vuelve a las mismas calles, reconoce las mismas esquinas, encuentra los mismos objetos. Y, sin embargo, algo ha cambiado. No siempre en el paisaje. A veces es la mirada la que ya no consigue reconocerlo de la misma manera.

Durante aquellos días pensé bastante en el tiempo.

En su forma silenciosa de modificar las cosas. En cómo transforma lo extraordinario en cotidiano y lo cotidiano, muchos años después, en un recuerdo extraordinario.

Hay momentos que atravesamos sin sospechar que algún día vamos a extrañarlos.

Una conversación cualquiera. Una mesa compartida. Una tarde que parecía igual a todas las demás.

Y de pronto, sin que nadie nos advierta, esas pequeñas escenas empiezan a pertenecer a otra época.

A veces uno quisiera regresar a ellas. No para cambiar nada. Apenas para quedarse un rato más.

Pero el tiempo tiene una sola dirección.

Febrero avanzaba sobre San Juan con sus tardes interminables. Las calles parecían adormecidas bajo el sol y las montañas permanecían inmóviles, como si contemplaran desde siempre las pequeñas transformaciones de quienes vivimos a sus pies.

Pensé entonces en aquel primer viaje a Mar del Plata, tantos años atrás.

En el muchacho que fui. En sus preocupaciones, en sus certezas, en aquella manera tan absoluta de sentirlo todo.

Pensé en mi vieja, en mi hermana, en las vacaciones que compartimos entonces y en las que acabábamos de compartir.

Entre un viaje y otro había transcurrido buena parte de mi vida.

Y en el medio había llegado el Dante.

Quizás esa fuera la imagen más precisa del tiempo: el mismo puerto, la misma ciudad, las mismas aguas. Pero donde antes había un muchacho solitario, ahora había un padre sosteniendo la mano de su hijo.

Hay pérdidas que nos transforman. También hay encuentros que lo hacen. Y algunas veces cuesta distinguir dónde termina una cosa y empieza la otra.

Con los años aprendí que no todo permanece de la manera en que lo imaginamos.

Algunas cosas se alejan lentamente. Otras cambian tanto que apenas podemos reconocerlas. Hay presencias que se convierten en recuerdos y recuerdos que, de tanto acompañarnos, terminan pareciéndose a una presencia.

Como aquella sombra que caminaba conmigo por la peatonal, bajo la luna de enero.

Durante mucho tiempo creí que soltar era una forma de olvidar.

Ahora pienso que quizás sea exactamente lo contrario.

Tal vez soltar consista en aceptar que algo puede seguir siendo importante sin necesidad de permanecer intacto. Que no hace falta borrar lo vivido para continuar. Que hay lugares a los que podemos regresar con la memoria, aunque la vida nos lleve por otros caminos.

Me acuerdo del Dante en el mar.

De su fascinación por las olas, de su alegría cada vez que una nueva llegaba hasta nosotros. Nunca parecía importarle que la anterior se hubiera retirado. La dejaba ir y esperaba la siguiente, con esa confianza sencilla que a veces solamente tienen los chicos.

El mar no conserva ninguna de sus olas.

Las recibe, las deja partir y continúa siendo mar.

Quizás nosotros también tengamos algo que aprender de ese movimiento.

No se trata de dejar de sentir. Ni de convertir el pasado en un lugar al que nunca debamos mirar.

Se trata, acaso, de comprender que la vida no se detiene en ninguna de sus formas.

San Juan sigue ahí.

Las montañas, el calor, las calles conocidas.

Mi vieja sigue contando sus historias. El Dante sigue creciendo, descubriendo el mundo con esa manera tan suya de maravillarse ante las cosas.

Y yo sigo caminando.

A veces con nostalgia. Otras con una gratitud que llega tarde, pero llega. Aprendiendo a mirar lo que tengo delante sin dejar que el recuerdo de otros paisajes me impida reconocerlo.

En las antiguas historias, los viajeros atravesaban mares desconocidos para encontrar el camino de regreso a casa.

Pero quizás lo más difícil de volver no sea reconocer el lugar del que partimos.

Quizás sea aceptar que nosotros tampoco somos los mismos.

El mar quedó lejos.

Y, sin embargo, algo de su movimiento vino conmigo.

Thoughts

  • hiking_soul

    Mar del Plata en enero no duerme porque no hay dónde dormir, y el departamento chiquito lo confirma. El puerto, con los lobos marinos y las lanchas amarillas, es de lo poco que no cambia de una década a otra, así que tiene sentido que las dos fotos sean ahí.

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  • Ovid

    El Dante esperando la ola siguiente sin que le importe que la anterior se haya ido es la imagen con la que cierra todo, y se nota que la tenías guardada desde la playa. Me suena a esos viajes que recién se entienden al volver a casa, cuando ya se desarmaron las valijas. Ojalá sigas subiendo bitácoras así.

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