Pasado un tiempo, Xor no volvió al templo. Huper y Upuxu eran felices; sin embargo, a ella le causaban curiosidad las constantes salidas de su esposo del palacio. Mientras él se marchaba con frecuencia para disfrutar del sufrimiento de su prisionera, Upuxu pensaba que lo hacía para recorrer y vigilar el mundo.
Con los días, a Upuxu le nació un dolor en el pecho durante el embarazo. Huper cuidó de ella y, como su médico, le hizo saber que tendrían dos hijos: un niño y una niña, una buena noticia que todos conocieron. Aunque él no encontró nada anómalo en su pecho, ella desconocía que la causa de aquel padecimiento provenía de Yepuniku.
Pronto la diosa dio a luz a los mellizos con la ayuda de su esposo. Primero nació el niño, a quien llamaron Mukiyoxe, "el que se parece (al padre)", y después la niña, llamada Mukiyoxu, "la que se parece (a la madre)". Ese día Huper invitó a todos para presentar a sus hijos y celebrar el nacimiento. Las divinidades asistieron; solo hacían falta los señores de Ijokoha, por lo que Kic dijo:
—Yo iré por mi señor y sus acompañantes. Les daré la buena noticia y los traeré conmigo.
Vuhu se acercó a su señor, este subió a su lomo y juntos ascendieron al cielo, volando en dirección a Ijokoha. Al llegar, notaron la ausencia de Yepuniku, y Kic preguntó:
—Padre, ¿dónde está mi madre?
El gran dios les contó lo sucedido con ella, dándoles a entender que se había marchado por su propia voluntad. El gran rey y la gata sagrada se entristecieron; sin embargo, no creían que ella hubiera tomado esa decisión, por lo que Kic resolvió:
—Yo me encargaré de buscarla y traerla de vuelta. No se fue porque quiso, su mayor deseo era estar a tu lado; me sorprende que se haya ocultado del olfato de las bestias divinas.
Sus palabras entusiasmaron a los acompañantes de Xor, quienes se pusieron al servicio de su señor para la búsqueda de la diosa. Kic continuó diciendo:
—Ella siempre fue feliz a tu lado y en este momento desea con su corazón estar contigo. Algo no marcha bien; te pido, señor, que me permitas buscarla con los perros divinos, no hay mejores aliados.
—Tú no puedes abandonar el templo —respondió Xor.
—Entonces deja a cargo de la misión al gran rey, quien permanecerá en el templo al tanto de todo, y mi hermana y yo nos pondremos en la búsqueda —intervino Vako.
—Está bien, que así sea —consintió Xor.
Kic consideraba a la diosa raptada, pero con vida. Al explicarle al gran dios el motivo de su visita, este se alegró por la familia; no obstante, no se sentía bien para asistir a la reunión, por lo que Kic le pidió a Vuhu:
—Regresa al palacio de Huper y cuéntale a todos la desaparición de la diosa. Xor y sus acompañantes no se pueden presentar; yo me quedaré con mi señor y Juvuxu por unos días.
Luego se dirigió a las bestias divinas y les ordenó:
—Ya se pueden marchar a buscar a la diosa. Protejan sus vidas.
Vako y Ñezi tomaron la forma de perros diabólicos y se marcharon del bosque. Cuando Vuhu llegó al palacio y dio la noticia a los reunidos, las deidades se preocuparon y la celebración se detuvo. Huper se dijo para sí:
—Nunca la encontrarán. Ella está en un lugar desconocido por los dioses, la brecha que comunica el mundo de las divinidades con el de los demonios.
Kic trató de convencer a su señor para que permaneciera en el templo, aunque este solo quería estar en su cabaña en compañía de Juvuxu. Pasaron los días y Kic regresó al templo, mientras Huper a veces sentía el temor de ser descubierto.