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🎬Back to the Future Part III — El futuro todavía no está escrito

rodrigosegade1000
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Si Back to the Future Part II convierte el tiempo en un rompecabezas cada vez más complejo, me gusta pensar Part III como una película que intenta hacer exactamente lo contrario: Simplificarlo todo…

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Si Back to the Future Part II convierte el tiempo en un rompecabezas cada vez más complejo, me gusta pensar Part III como una película que intenta hacer exactamente lo contrario: Simplificarlo todo otra vez.

Después de 1985, 2015, un 1985 alternativo y otra visita a 1955, seguir agregando paradojas podía convertirse solamente en ruido. Entonces Zemeckis y Gale toman una decisión aparentemente extraña y mandan la película al western, a 1885.

Y el cambio de género no es solamente un chiste.

En los textos aparece algo que me parece importante para leer esta tercera parte: si Capra y Billy Wilder eran referencias fundamentales para la primera, Zemeckis y Gale también hablaban de John Ford cuando pensaban estas secuelas y especialmente el desplazamiento hacia el Oeste. No están únicamente disfrazando Back to the Future de western; están entrando en diálogo con una tradición clásica del cine estadounidense.

Eso cambia bastante cómo miro la tercera.

Hill Valley siempre fue fundamental para la saga. Primero conocimos la ciudad en 1985, después vimos cómo era en 1955, luego su futuro y hasta una versión corrupta de su presente. Ahora vemos un lugar que todavía se está construyendo. La ciudad que durante dos películas funcionó como escenario del tiempo se convierte casi en territorio de origen.

Todavía no está todo, todavía quedan espacios vacíos, todavía hay cosas por construir. Y eso tiene muchísimo sentido para una película cuyo verdadero tema va a terminar siendo justamente el futuro, porque después de dos entregas mirando qué ocurrió y qué podría ocurrir, la tercera empieza a entender que lo que todavía no existe también puede construirse.

La llegada al western además provoca algo muy interesante en Doc.

Durante toda la saga fue el hombre que quería comprender el tiempo. Lo mide, lo calcula, construye máquinas para atravesarlo, advierte sobre las consecuencias de modificarlo y permanentemente intenta adelantarse a lo que puede salir mal. Doc siempre parece estar pensando en otro momento. Incluso cuando está en el presente, su cabeza está en el pasado o en el futuro. La tercera película empieza a darle la posibilidad de algo bastante distinto: quedarse.

Y ahí la historia de amor adquiere otra importancia.

No porque la saga necesitara repentinamente convertir a Doc en protagonista romántico, sino porque por primera vez aparece algo capaz de competir con su obsesión científica. Doc siempre creyó que el tiempo era un problema que había que comprender. Ahora empieza a descubrir que también puede ser un lugar donde vivir. Eso me parece hermoso para el personaje: el científico que inventó una máquina para escapar de cualquier época encuentra finalmente algo que le hace preguntarse si realmente quiere irse.

En paralelo aparece la transformación que Marty todavía tenía pendiente.

En la primera película Marty funciona casi como un héroe de aventuras que provoca cambios alrededor suyo. La dificultad para soportar que lo llamen “gallina” fue desarrollada después para darle un conflicto que pudiera atravesar las secuelas. Y recién acá esa idea termina de justificar su existencia.

Porque durante toda la primera película vimos cómo Marty intentaba que George aprendiera a enfrentarse a aquello que le daba miedo. George tenía que dejar de huir, plantarse, golpear a Biff y descubrir que podía defender lo que quería. Marty, en cambio, necesita aprender prácticamente la enseñanza contraria: no toda provocación merece una respuesta.

Y me gusta mucho porque las dos lecciones parecen opuestas, pero en realidad hablan de lo mismo:

  • George tenía que dejar de actuar desde el miedo.

  • Marty tiene que dejar de actuar desde el orgullo.

George necesitaba descubrir que podía enfrentarse a alguien. Marty necesita descubrir que también puede elegir no hacerlo. Una cosa es tener miedo y escapar. Otra muy distinta es no necesitar demostrar nada.

Eso termina convirtiéndose, para mí, en el verdadero arco de la trilogía. En la primera Marty viajó al pasado para modificar la vida de su padre. En la última tiene que aprender a modificar la suya. Y para eso ya no necesita una máquina del tiempo.

Ésa me parece una de las ideas más lindas de Part III.

Toda la saga estuvo construida alrededor de la fantasía de poder regresar y corregir. ¿Y si pudiera cambiar aquello que pasó? ¿Y si pudiera evitar aquel error? ¿Y si pudiera saber qué me va a ocurrir dentro de treinta años? Pero llega un punto donde esa fantasía puede convertirse también en una trampa, porque siempre habría algo más que corregir: otra decisión, otro arrepentimiento, otra posibilidad, otra línea temporal donde quizás las cosas salieron mejor.

Si podemos volver infinitamente, nunca terminamos de aceptar nuestra vida.

Por eso la destrucción del DeLorean me parece mucho más importante que perder uno de los grandes objetos de la historia del cine popular. Después de tres películas intentando conservarlo, repararlo, alimentarlo y llevarlo hasta 88 millas por hora, un tren finalmente lo destruye. Y es perfecto que sea un tren.

El DeLorean era la máquina con la que Doc y Marty podían escapar constantemente del tiempo. El tren, en cambio, simplemente avanza. Tiene una dirección. No necesita viajar hacia atrás. Casi parece que la propia película enfrentara dos maneras de relacionarse con el tiempo: una máquina diseñada para atravesarlo y otra construida para seguir adelante. Y gana la segunda.

Hay algo filosóficamente liberador en eso. Marty ya no puede volver. No puede adelantarse treinta años para comprobar qué ocurrió. No puede regresar cinco minutos para corregir una equivocación. Tiene que vivir. Y ahí cobra sentido también aquello que la saga construyó alrededor de su orgullo, porque el momento verdaderamente decisivo no sucede en 1885. Sucede cuando regresa a 1985.

Needles vuelve a provocarlo. El Marty anterior habría acelerado. Habría necesitado demostrar que no era un cobarde. Este Marty no. Y entonces ve pasar el Rolls-Royce. Ahí comprende que aquello que vimos en la segunda película como un futuro aparentemente establecido (su accidente, sus problemas, la vida que iba a construir a partir de ese momento) no era inevitable.

Dependía de una decisión que todavía no había tomado.

Para mí, ahí termina de cambiar todo el sentido de los viajes.

Durante tres películas pensamos que Marty necesita una máquina del tiempo para modificar su futuro. Al final descubre que bastaba con tomar una decisión distinta en el presente.

Y quizás ésa sea la conclusión más adulta que podía tener la trilogía.

El pasado ya ocurrió y el futuro todavía no. El único momento donde realmente podemos actuar es éste. Vivimos obsesionados con los otros dos: con aquello que hicimos y ya no podemos modificar, o con aquello que todavía no ocurrió y queremos controlar. Pero la vida siempre sucede en un lugar mucho menos espectacular: ahora.

Por eso las tres películas terminan dialogando de una manera que me gusta muchísimo.

  • La primera dice que una decisión tomada en el pasado puede atravesar décadas y transformar quiénes somos.

  • La segunda muestra el peligro de querer utilizar el futuro para dominar el presente.

  • La tercera finalmente acepta que el futuro no es algo que tengamos que conocer. Es algo que tenemos que construir.

Ahí también entiendo mejor la elección del western. El western clásico siempre estuvo obsesionado con personajes entrando en territorios todavía no definidos, lugares donde una comunidad y una identidad recién empiezan a construirse. Después de pasar toda la saga viajando por una historia que parece ya escrita, Marty y Doc terminan en un género cuya esencia está precisamente en avanzar hacia algo que todavía no existe.

Zemeckis no abandona además aquello que hacía funcionar a las películas anteriores. Sigue existiendo la comedia física, el problema mecánico, la necesidad de alcanzar determinada velocidad, el plan imposible y una sucesión de obstáculos donde cada solución provoca un nuevo problema. Pero esta vez todo tiene otra textura. En la primera necesitábamos un rayo. Ahora necesitamos un tren. La tecnología futurista termina dependiendo de una máquina del siglo XIX.

Y hay algo muy propio de la saga en eso:

Para volver al futuro desde el pasado más lejano de toda la trilogía, la solución no puede ser más futurista. Tiene que ser más antigua. La saga siempre entendió que el placer no estaba en explicar científicamente el viaje en el tiempo, sino en convertir una imposibilidad en un problema físico que los personajes pudieran resolver frente a nosotros.

Ahí vuelve Zemeckis como director de acción y comedia. El espacio, los cuerpos, la velocidad, los objetos, el timing. Puede cambiar la época, pero la puesta sigue teniendo la misma lógica.

Y quizás por eso también me gusta pensar la segunda y la tercera como una sola gran continuación. Part II abre tantas posibilidades que casi necesariamente necesita otra película para cerrarlas. Su propio final no intenta esconderlo: directamente nos empuja hacia la aventura siguiente. Eso explica también por qué Part III puede sentirse más sencilla. No tiene que abrir. Tiene que cerrar.

Y cerrar una saga sobre viajes temporales significa tomar una decisión bastante arriesgada: Dejar de viajar.

Ahí está para mí la importancia de que el DeLorean desaparezca. Mientras exista, siempre existe la tentación. Siempre hay otra fecha que escribir en el tablero. Siempre hay otra oportunidad de arreglar aquello que nos duele. Pero crecer también puede significar aceptar que no todo necesita una segunda oportunidad. Algunas cosas simplemente tienen que convertirse en pasado.

Y entonces Doc aparece una última vez.

La saga todavía nos permite despedirnos de él, pero ya no para anunciar otra misión que necesitemos ver. Llega con la idea que termina ordenando todo aquello que las tres películas estuvieron tratando de decir: El futuro no está escrito.

Y me parece perfecto.

Después de tantas fechas, fotografías que desaparecen, periódicos que cambian, almanaques, lápidas y relojes, la conclusión termina siendo que ninguna imagen del futuro debería convertirse en una condena. Aquello que vimos puede cambiar. Aquello que tememos puede no ocurrir. Aquello que deseamos tampoco está garantizado.

El futuro sigue abierto.

Y por eso me encanta que, después de una segunda película que termina prácticamente anunciando la siguiente, la tercera finalmente diga algo muchísimo más sencillo: The End. Y tantos años después sigue siendo realmente el final.

Me parece una decisión preciosa para una saga construida alrededor de personajes que no pueden dejar de regresar, porque Back to the Future termina entendiendo algo que quizás sea más difícil que viajar en el tiempo: Saber cuándo no volver.

Y si la primera película trataba de viajar al pasado para entender el presente, para mí la tercera completa la idea desde el otro lado:

No necesitamos conocer nuestro futuro para tener uno. Necesitamos aceptar que todavía no está escrito y animarnos a vivirlo...

Thoughts

  • Ovid

    Doc quedándose es lo que más me gustó de tu lectura. Un tipo que se pasa tres películas midiendo el tiempo y al final descubre que se puede vivir en él. Me hizo pensar que la máquina servía sobre todo para no tener que elegir, y por eso el tren cierra tan bien: no tiene tablero donde escribir una fecha. Gracias por llegar hasta acá con esto!

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  • TerminosClaros

    Hay dos sentidos de "futuro" conviviendo en tu texto y el cierre depende de que no los separemos. Uno es el futuro como dato: la foto que se borra, el periódico, la lápida. El otro es el futuro como tarea, lo que todavía se hace. La saga trata el primero como real durante dos películas y media, y recién con el Rolls-Royce lo cambia por el segundo sin avisar. Fijate que yo lo llamaría cambio de reglas a mitad de partido antes que conclusión adulta, y me gusta igual.

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