Porque extrañamente,
había entendido que la frialdad del azul,
si era amigable para el cálido amarillo.
Aunque fuese de sorpresa,
aunque llegase sin avisar,
sabría que estaba ahí.
Y al caer la noche,
cuando el sol se iba,
la luna llegaba.
Pero nada impedía
que se hablasen a gritos
o en un idioma quizá que solo ellos entenderían.
Azul y amarillo.
Luna y sol.
Cerca y lejos.