Capítulo 13 – Miradas y sombras del pasado
Alpha caminaba por un pasillo subterráneo de alta seguridad, escoltado por dos asistentes de Aetherion. La vibración en su pecho seguía presente, más estable ahora, pero constante. De pronto, las puertas al final del pasillo se abrieron.
Isabella Ríos estaba allí.
Cabello blanco plateado, mirada helada y una presencia que hacía que el aire bajara varios grados. A su lado, Valeria Soto, la Despertada de Luz, con su cabello dorado y expresión serena… hasta que vio a Alpha.
Valeria se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron apenas y un leve rubor subió a sus mejillas. Por un segundo olvidó cómo respirar.
—Tú eres… Alpha —susurró, casi sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.
Isabella la miró de reojo, notando la reacción, y luego fijó su atención en Alpha. Dio un paso adelante, cruzándose de brazos.
—Así que tú eres el misterio que el Despertador decidió guardar para sí mismo —dijo con voz fría, pero cargada de interés—. No estabas en las listas. No pediste el Elixis. Y aun así él te llevó personalmente. Curioso.
Alpha la miró con calma.
—No buscaba nada de esto.
Isabella sonrió apenas, una sonrisa desafiante.
—Eso lo hace aún más interesante. La mayoría ruega por un poco de atención del Despertador. Tú… pareces querer escapar de ella. Me gusta. Quiero ver de qué estás hecho cuando dejes de esconderte.
Valeria, todavía sonrojada, dio un paso tímido hacia adelante.
—Yo… solo quería asegurarme de que estuvieras bien —dijo con suavidad, aunque su voz temblaba un poco—. Los rumores… y la forma en que te llevaron… me preocupó. Eres… diferente.
Isabella soltó una risa baja.
—Valeria, te delatas demasiado fácil.
Valeria bajó la mirada, pero no pudo evitar seguir mirando a Alpha de reojo, como si algo en él la hubiera atrapado desde el primer segundo.
Uno de los asistentes intervino con tono firme:
—El Despertador espera al joven Alpha. Las conversaciones personales deberán esperar.
Isabella no se movió de inmediato. Solo sostuvo la mirada de Alpha un segundo más.
—Nos veremos de nuevo —prometió—. Y para entonces… espero que ya no estés tan callado.
Valeria solo asintió, aún con el corazón acelerado, mientras Alpha era escoltado más adentro del complejo.
Horas después – Sala de alto mando del Consejo de la Llave
La habitación era amplia, con pantallas flotantes y una mesa circular de metal negro. Varios científicos, comandantes militares y miembros de alto rango del Consejo —algunos también pertenecientes a la Orden del Despertar— estaban reunidos. Aetherion se encontraba de pie al frente, con las manos unidas detrás de la espalda.
Uno de los comandantes, un hombre de cabello gris y cicatriz en la mejilla, habló primero:
—Hace diez años creímos que era el fin. Cuando el ejército Kren’tor llegó… y con ellos aquellas dos cosas.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Nadie pronunció los nombres de inmediato.
Una científica de edad avanzada, con gafas redondas, bajó la voz:
—Está prohibido mencionarlas en público. Los noticieros que se atrevieron a hacerlo terminaron en prisión. Demasiadas personas siguen rotas. Niños que vieron cómo… aquello destruía sus hogares. Familias que perdieron a todos.
Otro comandante asintió gravemente.
—La primera… la que lanzaba energía concentrada por la boca como un dragón. Cuatro ojos rojos. Arrasó pueblos enteros y dejó ciudades en ruinas. La gente todavía tiene pesadillas con esos ojos.
—Y la otra —añadió un miembro del Consejo—. Cada vez que pisaba, la tierra se partía. Terremotos. Rocas del tamaño de edificios aplastando todo a su paso. Cuando aparecieron junto al ejército Kren’tor, muchos pensaron que el mundo se acababa.
Aetherion habló por fin, con voz serena pero firme:
—No vino el Arquitecto en aquella ocasión. Por eso pudimos unirnos. Las potencias mundiales dejaron de lado sus diferencias y logramos acabar con la mayor parte del ejército… y con esas dos bestias. Pero no con todos.
Una científica proyectó un mapa holográfico de la Tierra.
—Hay indicios. Señales débiles. Algunos Kren’tor sobrevivieron. Se esconden en montañas, selvas profundas y desiertos. Están enviando mensajes. Llamando a los suyos.
Aetherion levantó una mano y una nueva interfaz holográfica apareció: una red de satélites y sensores que cubrían tanto la superficie del planeta como el espacio cercano.
—He desarrollado un sistema de escaneo de última generación. Puede detectar señales de energía Kren’tor, mensajes cifrados y anomalías dimensionales tanto en la Tierra como en el espacio cercano. Lo presentaré oficialmente a los equipos científicos y a los comandantes de las Academias en las próximas horas.
Uno de los miembros de más alto rango del Consejo se inclinó ligeramente.
—Si esto funciona… podremos anticiparnos a una Segunda Invasión.
Aetherion asintió una sola vez.
—Esa es la idea. Porque esta vez… puede que no tengamos la misma suerte.
La sala quedó en silencio. Todos sabían lo que significaba.
Las bestias estaban muertas.
Pero los Kren’tor que quedaban… seguían llamando a casa.