Era julio del 76. Apenas tenía tres años cuando llegó a casa mi hermano menor: un bebé pequeño, indefenso, el último de los cuatro. Fue la mayor felicidad para mis padres y, para mí, la única chica de la familia, el inicio de un vínculo inseparable. Crecimos juntos. De pequeños cuidé de él, y al hacerse mayor, él pasó a cuidar de mí. No importaba cuántos años pasaran: siempre sería el niño de la casa, nuestro pequeño.
Compartí a su lado momentos hermosos. Lo vi crecer, jugar, caerse y levantarse; lo vi convertirse en el muchacho bondadoso que era. Años más tarde, cuando ya éramos mayores, disfrutaba hacerlo rabiar o escucharlo hablar con timidez sobre la chica que le gustaba. Lo amaba por encima de cualquier cosa; sabía que daría mi vida por él y que, si la situación lo exigía, sería capaz de matar por defenderlo.
Pasaron los años. Entré a la universidad y debí distanciarme un poco de la rutina del hogar. Mi hermano, mientras tanto, asistía a un colegio cercano a casa. Era un muchacho sano y noble, pero el vecindario se había vuelto peligroso: pandillas, asaltos y sujetos de mala calaña acechaban las calles. Volver con bien a casa se había convertido en cuestión de suerte.
Aquel fatídico mes de noviembre, el destino nos alcanzó. Iba de regreso a casa cuando me encontré con mi hermano a mitad del trayecto. Caminábamos juntos por la ruta de siempre cuando un sujeto de mala pinta se interpuso en nuestro paso. Llevaba un cuchillo. Intentó asaltarnos, pero la situación escaló rápido. Desesperada, alcancé a gritarle: «¡Deja a mi hermanito, por favor!». Antes de poder reaccionar, sentí un golpe seco e impactante en la cabeza.
Todo se volvió negro.
Cuando abrí los ojos, lo vi tirado en el suelo, inerte. Pensé que se había enfurecido por el golpe que me dieron y que había intentado pelear. Con los recuerdos de su infancia agolpándose en mi mente, lloré a mares y grité por ayuda hasta quedar sin aliento. Sabía que era demasiado tarde. Me lo habían arrebatado.
El tiempo transcurrió, pero la imagen de ese día quedó grabada a fuego en mi memoria. Me gradué sumida en una tristeza insoportable; nada lograbas hacerme feliz. Pasaban los años y mi rutina se redujo a trabajar y encerrarme en la habitación. Evitaba cualquier afecto, convencida de que si volvía a querer a alguien, moriría de dolor. Sabía que estaba sumergida en una depresión profunda, un abismo del que no quería salir.
Una noche, cansada de llorar, me senté al borde de la cama. Ya no tenía nada que perder. Decidí que buscaría al agresor y le haría pagar con la misma moneda.
Tras meses de rastreo mediante contactos y conocidos, finalmente di con la dirección de aquel tipo. Sentí una ráfaga de satisfacción siniestra recorrer mi cuerpo. Mis noches pasaron a ser noches de planificación meticulosa. Una muerte rápida no bastaba; necesitaba que sufriera de forma lenta y pausada.
El día llegó. Contraté a un par de hombres para que me ayudaran a acorralarlo. Nos desplazamos hasta la zona donde solía merodear y actuamos como peatones comunes. Cuando el sujeto se aproximó sacando el mismo cuchillo con la intención de asaltarnos, actué sin dudar. Saqué el arma con una mano y, con la otra, le apliqué una compresa saturada de cloroformo. No tuvo tiempo de resistirse.
Lo trasladamos a un inmueble abandonado a las afueras de la ciudad. Lo dejé atado de pies y manos, sumido en el inconsciente. Regresé a casa con un semblante distinto: la sombra de la depresión había sido reemplazada por una sed ardiente de venganza.
A la mañana siguiente fui a trabajar como de costumbre, pero por dentro era otra persona. Por la tarde, me dirigí al refugio. Al verme, el sujeto preguntó aterrorizado quién era yo. Sonreí con frialdad:
—No te acuerdas, ¿verdad? No importa. Yo me acuerdo perfectamente de ti.
Tomé un martillo y, uno a uno, le fracturé los dedos de las manos. Sus gritos e inútiles súplicas llenaron la habitación. Ver su rostro desfigurado por el dolor me producía una satisfacción indescriptible. Una voz en mi cabeza me repetía que estaba haciendo lo correcto. Para evitar que muriera desangrado o por shock, le conecté una solución salina e intravenosa. Necesitaba que durara.
El segundo día regresé tras la jornada laboral. Corté su piel en varios puntos y cubrí las heridas con sal gruesa. Se retorcía en agonía, y cada gemido suyo alimentaba mi demencia.
El tercer día lo encontré débil, al borde del colapso. Cuando me vio, balbuceó:
—Por favor, mátame ya... entiendo lo que te hice...
—¡No! —respondí—. Aún no entiendes nada.
Procedí a cercenar parte de sus extremidades y cautericé los muñones con fuego directo. El hedor a carne quemada impregnó el ambiente, pero lejos de repugnarme, me entusiasmó a continuar.
El cuarto día entré al lugar. Yacía inmóvil, como un muerto en vida. Con voz ahogada me dijo:
—Perdón... perdón por lo que hice... no lo recuerdo, pero perdón...
Entonces rompí a llorar. Le hice recordar cada detalle del ataque. Escuché la voz en mi mente ordenarme: «Mátalo, ya es hora». Tomé el mismo cuchillo con el que nos había atacado años atrás y se lo clavé en el pecho. Mientras lo veía extinguirse, murmuré entre lágrimas: «Cuando dije que haría cualquier cosa por él, lo decía muy en serio».
Regresé a casa, me duché y me acosté a dormir. En el fondo sabía que había perdido la cordura, y sentí pena por mi madre, quien habría de perder a dos de sus hijos.
De pronto, entre brumas, comencé a escuchar murmullos a mi alrededor: «Se está moviendo», «Aún respira», «Ojalá despierte pronto».
Abrí los ojos con dificultad. La luz blanca me cegó por un instante. No estaba en mi habitación ni en el local abandonado; estaba en la cama de un hospital. A un costado se encontraba mi madre y, sosteniendo mi mano con fuerza, mi hermano menor.
Confundida, pregunté qué había pasado. Me explicaron que había estado en coma durante dos meses a causa del traumatismo severo que sufrí en la cabeza durante el asalto. Todo lo vivido —los años de soledad, el rastreo, la planificación y los cuatro días de tortura— no había sido más que un prolongado delirio mientras mi mente permanecía atrapada en el coma.
Mi hermano estaba vivo. Estaba allí, intacto, a mi lado.
Con el tiempo recuperé mi vida, entre el trabajo, las risas y la alegría de ver crecer a mi hermano. Sin embargo, a veces me detengo a pensar en las sombras de aquel sueño y sé que, si alguien intentara hacerle daño de verdad, no dudaría un solo segundo en hacer exactamente lo que soñé.