Desde lo del Rey Eterno nadie habla fuerte en Valedorn, y ahora el soldado que oye al anciano de la plaza se hace el sordo. Ese ya no está con Lenessia aunque todavía no lo sepa.
Ardenia BYB Capitulo 4: El Precio de la Muerte
Pensamiento
Desde lo del Rey Eterno nadie habla fuerte en Valedorn, y ahora el soldado que oye al anciano de la plaza se hace el sordo. Ese ya no está con Lenessia aunque todavía no lo sepa.
Contenido de la publicación
El amanecer cubría de bruma las aguas del sur cuando Sir Tristan Valewood abandonó las costas de Ardenia. A sus espaldas quedaba Valedorn, una capital sometida al miedo y gobernada por una reina que había traicionado a su propia sangre.
Delante de él se extendía Velkaris, el reino de los puertos, los mercaderes y las grandes rutas marítimas. Allí gobernaba la infame reina Isolde Maravelle, una soberana cuya reputación escandalizaba incluso a las cortes más corruptas. Circulaban rumores sobre sus relaciones con sus propios hermanos y los hijos nacidos de aquellas uniones. Nadie podía asegurar cuánto había de verdad en aquellas historias, pero pocos se atrevían a cuestionar públicamente a la reina.
Tristan sabía que se dirigía a un territorio peligroso.
El gran barco que lo transportaba llevaba provisiones, documentos oficiales y mercancías destinadas a los puertos de Velkaris. A bordo viajaban cien hombres, entre marineros y soldados encargados de proteger la expedición.
Tristan era el único caballero de alto rango que acompañaba la misión.
Lord Roderick Crane había permanecido en Valedorn, al servicio de la reina Lenessia y del rey Polonio. El comandante no participaría en aquel viaje, por lo que Tristan tendría que resolver los asuntos diplomáticos sin su presencia.
Aunque estaba al frente de la expedición, el caballero sabía que no podía confiar plenamente en los hombres que lo acompañaban. Todos servían a la corona de Ardenia, y cualquiera de ellos podía informar sobre sus movimientos si sospechaba que ocultaba algo.
Mientras el barco se alejaba de la costa, Tristan recorrió la cubierta. El viento golpeaba las velas y las olas chocaban contra el casco. Algunos soldados vigilaban el horizonte; otros descansaban junto a los barriles de provisiones.
Al pasar cerca de un grupo de guardias, escuchó una conversación.
—Todavía no puedo creer lo que ocurrió en Valedorn —murmuró uno—. El Rey Eterno asesinado delante de todos. Y ahora Lenessia ocupa el trono como si nada hubiera sucedido.
—Baja la voz —respondió otro—. Si alguien nos oye, terminaremos en una celda.
—¿Y qué importa? Todos saben que Vaeloria no murió por accidente. Algo ocultan. Primero la reina, después su padre… ¿Quién será el siguiente?
Tristan se detuvo.
Los soldados advirtieron su presencia y se pusieron de pie de inmediato.
—¿Qué habéis dicho? —preguntó el caballero.
Ninguno respondió.
Tristan avanzó hasta quedar frente a ellos.
—Habéis recibido órdenes de servir a Ardenia, no de alimentar rumores en cubierta.
—Mi señor, solo estábamos conversando…
—Si volvéis a hablar mal de la reina mientras vistáis los colores de Ardenia, os haré cortar la lengua.
Los soldados inclinaron la cabeza.
—Sí, mi señor.
Tristan continuó su camino. No disfrutaba amenazando a sus propios hombres, pero sabía que cualquier palabra imprudente podía poner en peligro su misión.
Apoyó las manos sobre la barandilla y contempló el horizonte.
Había jurado lealtad a Lenessia para sobrevivir.
Pero su verdadero juramento pertenecía a Vaeloria.
Y no pensaba abandonarlo.
Mientras Tristan cruzaba las aguas del sur, en Valedorn se preparaba una nueva proclamación.
Las campanas de la capital convocaron a los habitantes a la plaza principal. Los soldados ocuparon las calles y despejaron el espacio frente al palacio. Nadie sabía qué noticia anunciaría la reina, aunque muchos temían que se tratara de nuevas restricciones o castigos.
Lenessia Dawnmere apareció en el balcón real, vestida con un largo manto oscuro y una corona que había pertenecido a su familia durante generaciones.
A su lado se encontraba Polonio.
La multitud guardó silencio.
—¡Habitantes de Ardenia! —proclamó Lenessia—. Hoy os traigo una noticia que marcará el futuro de nuestro reino.
Hizo una pausa, esperando que todas las miradas se dirigieran hacia ella.
—Llevo en mi vientre al heredero de nuestra corona. Mi prometido, Polonio, y yo esperamos un hijo que algún día ocupará el trono de Ardenia.
Un murmullo recorrió la plaza.
Algunos se miraron desconcertados. Otros permanecieron inmóviles, incapaces de comprender cómo aquella mujer podía hablar de un futuro glorioso después de la muerte de Vaeloria y la ejecución del Rey Eterno.
Lenessia levantó una mano y exigió silencio.
—Este hijo será el futuro rey de esta tierra. Será descendiente de la casa Dawnmere y continuará nuestro legado. Cuando llegue su momento, impartirá justicia entre nosotros y hará de Ardenia el reino más poderoso de los cinco.
Polonio sonrió y colocó una mano sobre el vientre de Lenessia.
La reina continuó:
—No permitiré que las dudas de unos pocos destruyan el porvenir de nuestro pueblo. Mi hijo crecerá en una Ardenia fuerte, respetada y temida. Quienes trabajen por nuestra grandeza tendrán mi protección. Quienes se opongan a ella conocerán las consecuencias.
La plaza quedó sumida en un silencio incómodo.
La noticia del embarazo debería haber sido motivo de celebración. Sin embargo, para muchos habitantes, aquellas palabras sonaban a una nueva amenaza.
Un anciano se quitó el sombrero y murmuró:
—Que los dioses protejan a ese niño… porque nosotros ya no podemos protegernos.
Un soldado cercano lo oyó, pero decidió no intervenir.
Desde el balcón, Lenessia observó a la multitud. No encontró la alegría que esperaba, sino rostros desconfiados y miradas que se apartaban de ella.
—Recordad mis palabras —concluyó—. El futuro de Ardenia está asegurado.
Cuando las puertas del palacio se cerraron tras ella, la reina dejó de sonreír.
—No están convencidos —dijo Polonio.
—Lo estarán —respondió Lenessia—. Tienen que estarlo.
—¿Y si el pueblo nunca acepta a nuestro hijo?
Lenessia se volvió hacia él.
—Entonces aprenderá a obedecer.
Polonio guardó silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos parecía satisfecho con el poder que había conquistado.
Cinco días después de que el mensajero abandonara Soltherra, un jinete llegó a las puertas de Valedorn.
Su caballo estaba cubierto de sudor y polvo. El hombre apenas podía mantenerse erguido después de recorrer aquella distancia, pero llevaba consigo un documento sellado con el emblema solar de la casa Ironwood.
Los guardias lo condujeron ante la reina.
Lenessia se encontraba reunida con Polonio y Lord Roderick Crane cuando el mensajero se arrodilló.
—Majestad. Traigo una comunicación del rey Godric Ironwood, soberano de Soltherra.
Lenessia extendió la mano.
—Habla.
—Su majestad Godric os reconoce como soberana de Ardenia y desea transmitiros su apoyo. Asimismo, pone sus fuerzas a vuestra disposición si alguna amenaza se alza contra vuestro reinado.
La reina rompió el sello y leyó el mensaje.
Godric Ironwood era conocido en los cinco reinos por su crueldad y sus constantes conflictos con las aldeas vecinas. Bajo su gobierno, las disputas fronterizas habían terminado en saqueos, castigos colectivos y campañas militares que dejaban tierras enteras devastadas.
Su odio hacia Dravengard era antiguo. Las diferencias entre ambas coronas habían convertido sus fronteras en un territorio de constantes enfrentamientos.
Lenessia dejó el pergamino sobre la mesa.
—Parece que no todos los monarcas condenan lo sucedido en Valedorn.
Crane cruzó los brazos.
—Godric no ofrece su amistad por generosidad, majestad. Si pone sus tropas a vuestra disposición, esperará algo a cambio.
—Todos los hombres esperan algo —respondió ella—. Al menos Godric tiene ejércitos.
Polonio tomó el documento y examinó el sello.
—Si Dravengard decide intervenir contra nosotros, contar con Soltherra podría resultar conveniente.
—No solo conveniente —dijo Lenessia—. Necesario.
Crane no parecía compartir su entusiasmo.
—El rey Aethelgard Villagrís no es un hombre que tolere amenazas en sus fronteras. Si interpreta esta alianza como una provocación, podríamos encontrarnos ante una guerra entre tres reinos.
—Entonces que Aethelgard aprenda que Ardenia ya no es la tierra débil de mi padre.
Lenessia se levantó.
—Preparad una respuesta para Godric. Aceptaré su apoyo, pero no permitiré que crea que puede darme órdenes.
El mensajero inclinó la cabeza.
—Así se hará, majestad.
Cuando el hombre abandonó la sala, Crane miró a la reina con expresión grave.
Comprendía que la alianza podía fortalecer a Ardenia.
También podía incendiar los cinco reinos.
Tras varios días de navegación, el horizonte comenzó a llenarse de velas.
Velkaris apareció ante Tristan como una sucesión de acantilados, torres costeras y murallas que protegían una extensa bahía. Decenas de embarcaciones entraban y salían del puerto, mientras los gritos de los marineros se mezclaban con el sonido de las campanas y el estruendo de los carros cargados de mercancías.
La capital, Nareth, era una ciudad próspera.
Sus calles estaban llenas de comerciantes, artesanos, pescadores y viajeros procedentes de tierras lejanas. Las fachadas de piedra clara se alzaban sobre callejuelas estrechas, y los mercados ofrecían especias, tejidos, metales y objetos que Tristan jamás había visto en Ardenia.
Sin embargo, detrás de aquella prosperidad se encontraba el poder de Isolde Maravelle.
La reina gobernaba un territorio que dependía del comercio marítimo y de los acuerdos con sus vecinos. Su riqueza le permitía mantener una corte fastuosa y una flota capaz de proteger sus intereses.
Tristan sabía que Velkaris podía convertirse en un aliado valioso o en un enemigo devastador.
El barco atracó junto a los muelles reales. Los funcionarios de la corona inspeccionaron la carga y registraron los documentos de la expedición. Los comerciantes comenzaron a descargar barriles y cajas, mientras los soldados de Ardenia mantenían despejado el acceso.
Tristan supervisó las diligencias oficiales y comprobó que la mercancía fuera recibida según lo acordado. Cuando terminó, solicitó permiso para abandonar el puerto con la excusa de inspeccionar los alrededores.
Los cien hombres quedaron a bordo o cumpliendo las tareas asignadas. Ninguno lo acompañaría.
Tristan ensilló un caballo y salió de Nareth por un camino que bordeaba los campos y las pequeñas granjas de las afueras.
No conocía la región, pero recordaba el rumor que había escuchado en Valedorn: un brujo vivía en las cercanías de la capital. Un anciano dedicado al estudio de manuscritos antiguos, capaz de interpretar escritos que los eruditos de las cortes consideraban incomprensibles.
Tristan tenía pocas pistas.
Pero era lo único que poseía.
Después de preguntar en varias granjas, Tristan encontró a un campesino que estaba reparando una cerca.
—Buen hombre —dijo, deteniendo su caballo—. Busco a un anciano que habita en una casa de piedra. Me han dicho que conoce antiguos escritos y saberes olvidados.
El granjero dejó la herramienta a un lado y lo observó con desconfianza.
—¿Para qué queréis encontrarlo, mi señor?
—Eso no es asunto vuestro.
El hombre se encogió de hombros.
—Entonces no esperéis que os ayude demasiado.
Tristan contuvo su impaciencia.
—Os pagaré por la información.
El campesino lo examinó unos segundos antes de señalar hacia una colina cubierta de árboles.
—Seguid ese camino hasta encontrar un viejo roble partido por un rayo. Después tomad el sendero que desciende hacia el este. Veréis una casa construida enteramente de piedra. Si llegáis hasta allí, no golpeéis la puerta con demasiada fuerza. Al viejo no le gusta que lo molesten.
—¿Y cómo se llama?
—Algunos lo llaman brujo. Otros, loco. Yo prefiero no llamarlo de ninguna manera.
Tristan le entregó unas monedas y continuó su camino.
El sendero era estrecho y estaba cubierto de maleza. Las ramas arañaban su capa, y el olor de la vegetación húmeda se mezclaba con un hedor desagradable que parecía proceder de algún animal muerto.
Finalmente, encontró la casa.
Era una construcción baja, de muros gruesos y piedra oscurecida por los años. No había escudos, ni símbolos religiosos, ni señales de pertenecer a ningún señor. Un pequeño huerto crecía junto a la pared, abandonado y lleno de hierbas.
Tristan desmontó y golpeó la puerta.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
Desde el interior llegó una voz ronca.
—Si venís a comprar remedios, marchaos. Si venís a pedir que os lea el futuro, marchaos también.
—Vengo a consultaros sobre antiguos conocimientos.
Se escucharon pasos lentos.
La puerta se abrió apenas unos centímetros. Un ojo gris apareció entre las sombras.
—¿Quién sois?
—Sir Tristan Valewood, caballero de Ardenia.
El anciano abrió un poco más.
Tenía una barba larga y desordenada, el cabello blanco y una túnica manchada que desprendía un olor rancio. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas, pero sus ojos conservaban una lucidez inquietante.
—Ardenia —repitió—. Últimamente ese nombre solo trae desgracias.
—Necesito hablar con vos.
—Y yo necesito cien dracmas de oro.
Tristan frunció el ceño.
—¿Cien?
—¿Esperabais que el conocimiento fuera gratuito, caballero? Los reyes pagan fortunas por mentiras que les agradan. Yo cobro por escuchar verdades que nadie quiere oír.
Tristan llevaba consigo parte del dinero destinado a los gastos de la expedición. Dudó un instante, consciente de que cada moneda podía ser necesaria durante el viaje de regreso.
Finalmente, sacó una bolsa y contó cien dracmas de oro.
El anciano la recibió, comprobó el contenido y se apartó de la entrada.
—Entrad, Sir Tristan Valewood.
El interior de la casa era aún más desagradable que el exterior.
Había estanterías repletas de libros, rollos de pergamino y recipientes de barro. Sobre una mesa descansaban huesos de animales, instrumentos metálicos y varias velas consumidas. El aire estaba cargado de humo, humedad y un olor agrio difícil de soportar.
El anciano cerró la puerta y señaló una silla.
—Sentad vuestro trasero, caballero. Y procurad no tocar nada.
Tristan permaneció de pie.
—No he venido hasta aquí para perder el tiempo.
—Entonces habéis elegido mal la casa.
El anciano dejó la bolsa sobre una repisa y se acomodó frente a él.
—Ahora decidme qué buscáis.
Tristan respiró profundamente.
Había imaginado aquella conversación durante todo el viaje. Sin embargo, una vez frente al hombre que quizá podía ayudarlo, le resultaba difícil pronunciar las palabras.
—Quiero saber si es posible devolverle la vida a una persona muerta.
El anciano dejó de sonreír.
Por primera vez desde que Tristan había entrado, su expresión cambió de manera evidente.
—¿Quién ha muerto?
—Eso no importa.
—Importa más de lo que creéis.
—No he pagado cien dracmas para responder preguntas.
El anciano lo observó durante un largo instante.
—Entonces escuchad bien, Sir Tristan. Hay preguntas que un hombre hace porque desea conocer la verdad. Y hay preguntas que hace porque ya ha decidido desafiarla. Vos pertenecéis al segundo grupo.
Tristan no respondió.
—La muerte no es una puerta que pueda abrirse y cerrarse a voluntad —continuó el anciano—. Cuando alguien muere, algo se pierde. El cuerpo puede permanecer, los recuerdos pueden sobrevivir en quienes lo amaron, pero eso no significa que todo pueda recuperarse.
—No os he preguntado qué significa la muerte. Os he preguntado si puede revertirse.
—Y yo os digo que buscar semejante conocimiento puede costaros la vida.
El anciano se levantó y caminó hasta una estantería. Apartó varios volúmenes, examinó unos rollos y finalmente extrajo un pequeño papiro amarillento.
—Existen relatos antiguos sobre hombres que intentaron desafiar a la muerte. Algunos terminaron arruinados. Otros desaparecieron. De otros solo quedaron escritos incompletos y advertencias que nadie quiso escuchar.
Tristan sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Conocéis a alguien que lo haya conseguido?
El anciano no respondió de inmediato.
—No puedo ofreceros esa certeza.
La esperanza de Tristan vaciló, pero no desapareció.
—Entonces, ¿por qué me habláis de ello?
El hombre extendió el papiro sobre la mesa.
—Porque hay documentos que jamás debieron separarse. Fragmentos de un conocimiento antiguo que, según ciertos relatos, fueron conservados en los archivos de Dravengard. Otros dicen que los escritos fueron trasladados, ocultados o destruidos durante conflictos entre las antiguas casas.
Tristan se inclinó sobre el documento.
La escritura era irregular y estaba parcialmente borrada. Había símbolos, líneas y frases en una lengua que no reconocía.
—¿Qué dice?
—No todo puede leerse. Pero contiene referencias a un procedimiento olvidado y a las condiciones que alguien tendría que comprender antes de intentarlo.
—¿Y el precio?
El anciano levantó la mirada.
—Eso es precisamente lo que no debéis subestimar. No hablo solo de oro. No hablo de ejércitos ni de tierras. Si alguien pretende recuperar aquello que la muerte se ha llevado, debe estar preparado para perder algo que jamás creyó posible entregar.
Tristan apretó los puños.
—Si existe una posibilidad, la encontraré.
—Esa es la clase de respuesta que termina llevando a los hombres a sus tumbas.
—Entonces será mi decisión.
El anciano lo estudió con una mezcla de lástima y curiosidad.
—Id a Dravengard. Buscad en sus archivos antiguos. Preguntad por los documentos que sobrevivieron a las guerras entre las casas nobles. Pero no mencionéis mi nombre a cualquiera, y no confiéis en todo lo que leáis.
Tristan tomó el papiro con cuidado y lo guardó bajo su jubón.
—¿Por qué me ayudáis?
—Porque habéis pagado cien dracmas —respondió el anciano, recuperando su tono áspero—. Y porque quizá sea demasiado viejo para impedir que los necios cometan sus propios errores.
Tristan se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, el anciano volvió a hablar.
—Una última cosa, caballero.
Tristan se volvió.
—Si la mujer que queréis recuperar fue tan importante para vos como imagino, recordad esto: no confundáis vuestro deseo de verla regresar con la certeza de que ella querría volver.
Las palabras lo golpearon con más fuerza de la que esperaba.
Durante unos segundos, Tristan no encontró respuesta.
Después abrió la puerta y salió al aire frío de la tarde.
Por primera vez desde la muerte de Vaeloria, tenía algo más que rumores.
Tenía una dirección.
Dravengard.
Y un precio que todavía desconocía.
Cuando Tristan regresó a Nareth, el puerto continuaba sumido en su actividad habitual. Los marineros cargaban provisiones, los comerciantes discutían precios y los funcionarios reales inspeccionaban los barcos extranjeros.
Pero algo había cambiado a bordo de la nave de Ardenia.
Dos guardias lo esperaban junto a la pasarela.
—Sir Tristan Valewood —dijo uno—, ha llegado un mensaje de la reina Isolde Maravelle.
Tristan subió a bordo y recibió el pergamino sellado con el emblema de Velkaris. La soberana exigía una reparación por el trato recibido por sus enviados en Ardenia. Si Lenessia y Polonio no ofrecían una respuesta satisfactoria, Velkaris suspendería el abastecimiento de mercancías destinadas al reino.
Tristan leyó la carta dos veces.
La reina no estaba jugando.
Sin los suministros de Velkaris, Ardenia tendría dificultades para mantener determinadas mercancías y rutas comerciales. En tiempos de paz, aquello supondría una crisis económica. Bajo un régimen que amenazaba con expandirse mediante la guerra, podía convertirse en una catástrofe.
El caballero reunió al responsable de la tripulación y a los oficiales de la expedición.
—Preparad el barco para el regreso. En cuanto terminemos las operaciones de carga, partiremos hacia Ardenia.
—¿Debemos informar a Lord Roderick Crane de lo sucedido? —preguntó uno de los soldados.
—Informaremos directamente a la reina Lenessia y al rey Polonio cuando lleguemos a Valedorn. Nadie debe divulgar el contenido de esta carta antes de que la corona la reciba.
Los hombres obedecieron.
Tristan bajó la mirada hacia su jubón, donde llevaba oculto el antiguo papiro.
Debía regresar a Valedorn para informar sobre el ultimátum. Después tendría que encontrar la manera de llegar a Dravengard sin despertar sospechas.
No podía permitir que los cien hombres descubrieran el contenido del documento. Tampoco podía dejar que las tensiones entre los reinos destruyeran su oportunidad de encontrar una respuesta.
Había comenzado su viaje para devolverle la vida a Vaeloria. Ahora comprendía que su búsqueda no solo lo enfrentaría a secretos antiguos, sino también a los intereses de quienes gobernaban los cinco reinos.
El barco seguía amarrado en el puerto.
La reina de Velkaris había lanzado su ultimátum.
Y Sir Tristan Valewood acababa de descubrir que, en Ardenia, el precio de desafiar a la muerte podía ser mucho menor que el precio de sobrevivir a los vivos.
Thoughts
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PermalinkMe gustó el brujo cobrando cien dracmas por adelantado y quejándose de que los reyes pagan más por mentiras cómodas, es el único que dice lo que piensa. Apuesto a que su advertencia de no confundir el deseo de Tristan con lo que Vaeloria querría va a pesar más que el papiro.
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PermalinkDesde lo del Rey Eterno nadie habla fuerte en Valedorn, y ahora el soldado que oye al anciano de la plaza se hace el sordo. Ese ya no está con Lenessia aunque todavía no lo sepa.
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