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Capitulo 6.- EL PRECIO DE LA SABIDURIA

CrimsonMoon21

Contenido de la publicación

Ante la imagen que veía Garras, el Búho apenas era tan pequeño como una joya, en la frente del rey del Uroboros. El rey Búho solo pudo inclinarse ante él:

—Necesito tu ayuda, Rey del Uroboros, soberano del equilibrio.

—¿Para qué? —respondió, deslizando su cabeza sobre los barcos sin tocarlos, analizando todo el panorama.

Las líneas doradas, que comenzaban en sus ojos y recorrían todo su cuerpo, despedían fulgor como si estuvieran a punto de arder.

—Tenemos que llevarlos a Shambala —informó el Búho—. Lo he visto en mis visiones. Ellos necesitan ocupar el lugar de los humanos.

La serpiente ladeó la cabeza, siguiéndolo con sus ojos antes de acertar a decir:

—¡No pasarán!

Todos quedaron estupefactos.

El silencio recorrió toda la cubierta.

La tensión y la adrenalina acumuladas, tanto en las puntas de las orejas felinas como en las plumas de los búhos, por la respuesta, fueron rotas por las siguientes palabras:

—Es imposible que estos barcos traspasen el Uroboros. Se romperán. ¡Mírame!… Soberano del tiempo, ¿qué dicen tus visiones, que te muestra el tiempo?

El Rey Búho miró al soberano. Sus pupilas giraron.

—Nos veo, soberano del equilibrio, con los felinos en Shambala. Mas no veo cómo llegaremos... El tiempo se niega a dejarme verlo. Pero tú puedes resolver el problema, soberano del equilibrio —dijo el Búho, reverenciándole—. ¿Podrías detener el Uroboros y darnos paso, Rey del Uroboros?

La serpiente se contrajo.

Su burla fue un resoplido que llenó de calor la cubierta.

Siseó, sacando su enorme lengua, casi rozando al Rey Búho.

—¡Estás equivocado, soberano del tiempo! No gobierno el Uroboros.

El Rey Búho levantó el rostro para verlo. Sus pupilas se clavaron en las de él. Se sostuvieron la mirada largamente.

—Lo he visto en mis visiones. Ellos llegarán a Shambala con tu ayuda. ¡Es necesario!.

La serpiente volvió a sacar la lengua, saboreando el aire que rodeaba las embarcaciones.

—Son mis hijos, quienes forman el Uroboros...

Volteó a ver el horizonte antes de continuar.

—Alimentan la danza eterna que mantiene vivas las corrientes de los mares del archipiélago y el mundo, creando la cúpula celeste.

Deslizó su cabeza para ver mejor a los centinelas protegiendo a los pequeños felinos, quienes saltaban al sentir el rocío frío que aún emanaba de la serpiente.

—Mi deber es solo conservar el equilibrio, alimentarlos, protegerlos cuando aún son indefensos y seguir engendrándolos, para que reemplacen a los demás cuando mueran danzando, cayendo en el fondo del mar, nutriendo con sus cuerpos a los seres que lo habitan.

—Puedes ordenarles —insistió el Rey Búho.

—¡No!… Nadie puede detener el ciclo. Es el mandato de los antiguos dioses, así como las leyes naturales. Cumplir sus voluntades es nuestro deber.

El soberano del equilibrio entonces miró con más detenimiento las embarcaciones a los lados, meditando las palabras del rey Búho sobre su visión, penso..

Tal vez podría arrastrar los tres barcos, llevarlos al borde del Uroboros, pero perecerían los tres, atrapados por las fuertes corrientes y destruidos por las mismas.

lleno al rey buho con su aliento antes de responder:

—Aunque pudieras detener a uno, otro ocuparía su lugar de inmediato. La danza no puede detenerse, así como las corrientes marinas o la cúpula celestial. El archipiélago perdería su protección y el equilibrio del mundo se perdería.

La serpiente inclinó lentamente la cabeza hacia el Búho.

—No puedo ir contra el equilibrio, así como tú no puedes ir contra el tiempo.

Las pupilas del Rey Búho giraron.

Su mente abrió una puerta ya cerrada.

Una vieja vision se presento a el.

El calor del sol cobijaba su ser.

Su olfato se inundó de la sal marina que era arrastrada con el viento, mientras seguía los pasos de la anterior Reina Búho, que saltaba de lado a lado, buscando su atención mientras se acercaba a la playa.

—¿A dónde vas? —El Rey Búho la miró con ternura. Sus pupilas no giraban.

—Deberíamos poder elegir —le decía mientras se acercaba al mar.

—¡Aléjate! El Uroboros no hace diferencia.

Ella volteó a verlo mientras extendía las alas, intentando bailar para él.

—Vamos... solo quiero sentir el frío del mar en mis plumas —decía mientras parecía sonreír.

El Rey Búho quedó anonadado.

Mirando a la hembra que relucía y brillaba con el sol detrás de ella.

Estaba cerca de la orilla. Avanzó otro paso, una ola golpeó sus patas y la espuma del mar pinto sus garras.

Ella abrio su envergadura, extendiendo sus alas para sentir la brisa marina.

Sus plumas se despeinaron por la corriente, cerro su ojo dejando que el sol secara la sal de la brisa, giro su cabeza para verlo.

—¿Ves? Todo está bien... Ven conmigo —dijo, extendiendo su ala hacia el rey.

Este extendió su ala para alcanzarla.

El tiempo se detuvo por un momento.

Recordó que desde su crianza siempre había sido una criatura fascinante. Cuando la anterior reina murió, él había convertido, a esa princesa desposandola, en su nueva reina.

Un crujido violento y pomposo le arrebató la calma.

Una serpiente Uroboros emergió, devorándola de un solo bocado, ocultándose después en las profundidades del mar y uniéndose nuevamente a las corrientes.

—¿Por qué no lo vi? ¿Mi visión no funcionó?

—Ella era diferente…

—¡No! Era como los demás.

—Solo la miraba a ella, jamás a sus probabilidades.

El Rey Búho, incapaz de derramar lágrimas, se acercó a la orilla.

Tomó una de las pocas plumas que dejó y la encajó en el plumaje de su pecho.

Continuó caminando lentamente. Sus patas abandonaron la arena.

Su plumaje y su cuerpo pesaron por la humedad que lo abrazaba dentro del mar.

Otro Uroboros que surgió lo observó sin devorarlo.

se giro para volver a su danza, dándole un coletazo suave al soberano del tiempo, rechazándolo como alimento, devolviéndolo a la orilla, donde el rey búho quedo con las alas extendidas, revolcándose en la arena hasta ponerse en pie.

—No podemos ir contra nuestra naturaleza y mandato. Entiéndelo.

Las palabras del soberano del equilibrio lo devolvieron a la realidad para ser golpeado por la respuesta, las visiones le atacaron una tras otra.

La plática con el rey humano…

La canción del mundo…

todos los recuerdos chocaban de golpe dentro de su visión hasta devolverlo a ese trágico día, cuando comenzó todo.

Volvió a mirar la playa, aun conservaba en su plumaje la sangre del infante, ululaba la canción. La esfera estaba en su pata.

Tuvo la visión de ella sonriendo.

Mordió el orbe, escuchando al rey humano cantar:

«Reyes ciegos de su poder, solo hacia atrás el tiempo hicieron correr».

Giró el orbe con su pico.

La esfera brilló un breve momento.

Todo continuó igual, pero por un segundo creyó verla frente a él.

Cuando se acercó, el espectro se difuminó, dejando solo la brisa golpeando su ojo, sus plumas devolviéndolo al frío de su realidad.

El Rey Búho soltó el orbe, tirándolo en la playa.

—Ella jamás volverá…

Una sensación húmeda lo devolvió a la realidad.

Era el Rey Uroboros, quien lo había enredado con su lengua para devolverlo del trance.

—¿Qué dice tu visión?

El Rey Búho no respondió.

Los ojos del soberano del equilibrio brillaron más intensamente. Clavó su vista en todo el entorno, abarcando a la guardia y al Rey Búho.

—¿Cómo saliste de las islas? La cúpula celestial lo impide. Podrías ir por debajo del mar, pero no está en tu naturaleza.

El Rey Búho entonces acicaló sus plumas, giró sobre sí mismo y dio vuelta a su cabeza, como si buscara la respuesta en algún lugar de la cubierta.

—No lo sé. Solo conseguí a mi escolta más leal y encabecé el vuelo. No me detuve a pensarlo.

Mientras subía su pata para rascarse el pecho, sintió el orbe de cristal dentro de su plumaje y entonces llegó a su conclusión.

—Creo que esto fue lo que me ayudó a salir —dijo mientras sacaba la esfera de su plumaje con su pata—. El regalo de los humanos.

El soberano del equilibrio la miró, acercando su lengua a ella para sentir su sabor.

—¿Esa esfera que tenían los humanos es lo que te ayudó a cruzar? La reina humana tenía un mal sabor; no compensó el viaje.

El Rey Búho levantó la esfera.

—Rey del Uroboros, ¿Qué viste en ella?

El soberano clavó sus ojos en ella.

—Cuando el rey humano me la ofreció, no había nada. Pero ahora puedo ver cuatro elefantes sosteniendo una tortuga, y esa tortuga sostiene sobre su caparazón una esfera. Debe ser el mundo.

—No entiendo. ¿Cómo te ayudó esto a salir de la cúpula celestial? ¿Cómo podría ayudarnos a llevar a los felinos a Shambala?

—He tenido visiones en las cuales debemos llevar a los felinos a Shambala para ocupar el reino de los humanos. Tal vez así se restablezca el equilibrio —replicó el soberano del tiempo.

El Rey del Uroboros observó al Rey Búho por un buen rato.

El sonido de la brisa y el choque del oleaje contra los barcos eran percibidos entre el silencio de ambas criaturas.

Después, el Rey del Uroboros se sacudió para decir:

—Los tres barcos no podrán cruzar. Ordénales a todos subir a uno solo. Cuando lleguemos al borde de las corrientes, decidiremos qué hacer.

El Rey Búho entonces ordenó a todos sus centinelas ayudar a los gatos a aglutinarse en un solo barco.

Los líderes gatunos comenzaron a organizar a su gente.

Poco a poco, los felinos abandonaron las cubiertas y se internaron en las cámaras de una de las embarcaciones.

Entraban unos detrás de otros.

Algunos cargaban a los más pequeños.

Otros buscaban espacio entre los pasillos, acomodándose donde podían.

Las puertas se cerraban una tras otra mientras el interior se llenaba de cuerpos, maullidos y ronroneos que calmaban a los más pequeños.

Los centinelas continuaban guiándolos hacia las zonas más profundas del barco.

Pero llegó un momento en que ya no había dónde meter a nadie más.

Los felinos tuvieron que detenerse.

Aun intentando acomodarlos de todas las formas posibles, el barco central, aun siendo el más grande, no podía albergarlos a todos.

El segundo barco comenzó a llenarse también.

Los más jóvenes quedaron junto a sus familias.

Los pequeños fueron pasando de unas patas a otras hasta encontrar un lugar donde esconderse.

Los ancianos se acomodaron como pudieron, apoyados unos contra otros.

Los enfermos permanecieron tendidos donde encontraron espacio.

Nadie quería quedarse atrás.

Pero tampoco quedaba espacio suficiente.

La guardia del Rey lo notó también.

Eran dos barcos.

Uno lleno de cuerpos jóvenes, madres, cachorros y aquellos que todavía podían caminar.

El otro estaba ocupado por enfermos y ancianos que apenas podían mantenerse en pie.

—No caben todos en uno solo —dijo el centinela, disculpándose ante ambos soberanos.

El soberano del equilibrio solo asintió, bajando la cabeza y observando a Garras, quien, en un trozo de papel, hacía unos garabatos extraños, tal vez buscando respuesta al problema.

El soberano del equilibrio llamó a Garras, con una voz siseante, pero estruendosa y autoritaria.

El gato se acercó al titán con reverencia.

—Aquí estoy, mi señor.

La serpiente preguntó:

—Para ti, ¿Qué es lo más importante?

El felino lo pensó, recordando las pláticas con la mujer:

—Entonces Dios dijo: «Todo mi pueblo irá conmigo a la tierra prometida».

Garras la miró incrédulo, siguiendo sus manos.

—Dios, miauuu, los salvó a todos.

—Así es, Garras. Los salvó a todos —dijo la mujer, sonriendo—, aunque a veces los sacrificios son necesarios.

—Por eso, miauuu, se llevan a gatos grandes, miauuu.

La mujer apretó el extraño libro en sus manos, suspiró antes de responder con voz rasposa.

—Así es, Garras. Solo con el sacrificio de unos, otros pueden vivir, pero también está el salvador.

—¿Quién es el salvador, miauuu?

La mujer cambió las páginas de su libro para señalar a un hombre que parecía tener en la espalda una cruz de madera y espinas en la cabeza.

—Él, Garras. Él los salvó a todos mediante su sacrificio.

Volvió a la realidad al sentir la lengua del soberano del equilibrio.

—Ponerlos a todos a salvo —afirmó con seguridad.

—Ese es un pensamiento muy dulce —concluyó el soberano del equilibrio con calma—, pero no puede ser así. Solo un barco podrá pasar el Uroboros.

—¿Qué quieres decir, miauuu, mi señor? —respondió el felino, alterado.

—Que tienes que elegir entre el futuro y la sabiduría.

El gato caminó para mirar los barcos a los costados, incrédulo: tanto el vacío como el que tenía a los ancianos.

Bajó la mirada, sabiendo que bajo sus pies descansaban, apiñados, las madres, los cachorros y los jóvenes. El recuerdo le permitió entender al soberano del equilibrio.

—No soy, miauuu, digno de la decisión.

Garras bajó la mirada al suelo.

El gato volvió a mirar a los soberanos.

Miró al Rey Búho, el cual no le devolvió la mirada y clavó su ojo en el soberano del equilibrio.

—De ser necesario, miauuu, señor, toma mi vida…

Garras se llevó las patas a su cuello, apretando la pequeña cruz de la mujer.

—Por favor, miauuu, mi señor, sálvalos a todos —rogó el felino—. Hemos sufrido tanto, miauuu. Hemos visto a nuestros hijos morir. Por favor, se lo ruego, miauuu, se lo suplico. Sálvalos a todos.

Gruesas lágrimas recorrieron las mejillas y el pelaje de Garras, quien, aun reverenciando a la serpiente, cayó a sus pies sollozando.

—Sálvalos a todos, miauuu.

El soberano del equilibrio se apartó, girando los ojos para después clavarlos en la criatura con asco, y siseó:

—Ya lo sabía. Una decisión tan grande no puede entrar en una mente tan pequeña. Entiendo tus ruegos, pero no podemos cambiar la naturaleza de las cosas.

Thoughts

  • pelusa

    Elay, la serpiente deja a toda la cubierta con las orejas y las plumas de punta diciendo que no pasan, y al rato era que los barcos se iban a romper nomás. Qué susto gratis, pues.

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