EL CARRO (VII)
Cuando haces algo increíble sin recibir la ovación de otros o de ti mismo,
ya estás creciendo.
Ya no eres un niño.
Ya no brincas.
Ya no bailas de emoción por la victoria.
Solo te alegras.
Solo te callas.
Reconoces que apenas estás comenzando
y te hace falta mucho.
Te hace falta otro trabajo.
Continuar arreglando el desorden.
Completar el camino.
La espera se hace eterna aún en medio del arduo trabajo.
Sientes que no avanzas.
Que se te hace tarde.
Que tu reloj se detiene.
Pero te miras al espejo hoy
y te sorprendes.
Porque antes te movías y te embarrabas con la tierra y el fango.
Hoy pisas y andas sobre suelo limpio
y caminos transitables.
Antes andabas con un motor débil.
Indeciso.
Falto de posicionamiento.
Falto de fe.
Hoy te enciendes con energía, arrancas con voluntad, ruges como un trueno.
Antes cualquiera te manejaba
y te dejaba en el garaje.
Hoy sales al mundo y luces tus focos nuevos,
tus llantas nuevas,
tu nueva pintura,
tu nuevo camino,
tu nueva visión.
Sales al mundo a ver las casas que construiste,
los negocios, los rascacielos.
A transitar largos caminos con puentes abiertos,
ciudades gigantes,
enormes paisajes.
Reposas, y sales al mundo.