Tú, cuya piel arde incandescente,
voz que me mece y manos que me sanan:
dame un instante, aunque fugaz se sienta,
bajo el abrigo que en tus alas guardas.
No conocí jamás sobre la tierra
un ser que iguale tu presencia viva;
vela mi senda y, si tu paso yerra,
ábreme el rumbo que a tu estancia guía.
Fueran mis ojos de materia viva
para aguantar la lumbre de tu estampa,
tan luminosa que a la luz derriba,
apaga el sol y a los nublados borra.
Quisiera alzar el vuelo tras tu huella
y dar contigo en medio de la altura,
aunque entienda que acaso, vida mía,
seas delirio que en mi fiebre mora.
Mas con toda la fuerza del sentido
afirmo que jamás hallé criatura
con ojos negros, labios encendidos
y piel de seda de tan suave albura.
Llevas los senos que dibujan lomas
y un porte altivo que a la luna imita;
mi propia voz con devoción confiesa
que he visto a un ángel caminar la tierra.