Nos enseñaron a amar con prudencia. A no entregar demasiado. A guardar siempre una parte del corazón, como si el amor pudiera sobrevivir encerrado entre cálculos. Un 20%, un 30%, pero nunca todo. Como si sentir menos fuera la única manera de sufrir menos.
Pero el amor nunca ha hablado el lenguaje de las medidas.
Existía mucho antes de que pronunciáramos nuestra primera palabra y seguirá existiendo cuando nuestro nombre sea apenas un recuerdo. Antes de nosotros ya había una madre velando el sueño de su hijo, un anciano esperando el regreso de quien amaba, un desconocido extendiendo la mano a otro. El amor no nació con nosotros; nosotros nacimos en un mundo donde el amor ya habitaba.
Muchos filósofos han dicho que el ser humano es un ser racional. Sin embargo, pocas cosas han cambiado tanto el curso de la historia como el amor. Por amor se han levantado ciudades, se han escrito libros inmortales, se han compuesto sinfonías, se han cruzado océanos y también se han soportado los inviernos más largos del alma.
Como escribió Antoine de Saint-Exupéry, "Lo esencial es invisible a los ojos." Y quizá el amor sea la prueba más evidente de ello: no puede pesarse, medirse ni demostrarse con certeza, pero aun así sostiene la vida de millones de personas.
Nos aterra amar porque conocemos la posibilidad de la pérdida. Pero el miedo jamás ha sido una razón suficiente para renunciar a aquello que da sentido a la existencia. Rainer Maria Rilke veía el amor como una tarea valiente, una forma de crecer junto al otro, no una garantía de no sufrir.
Que nos rompan el corazón si ese es el precio de haber amado de verdad. Que nos decepcionen si así tenía que ser. Las heridas terminan convirtiéndose en cicatrices, pero una vida sin haber amado deja un vacío que ningún tiempo consigue llenar.
Porque, al final, es preferible haber amado con toda el alma y haber perdido, que atravesar la vida preguntándonos cómo habría sido entregar el corazón sin miedo.
Y entonces surge una última pregunta: cuando llegue el día en que mires hacia atrás, ¿te dolerán más las veces que amaste y perdiste... o todas aquellas en las que el miedo te impidió descubrir hasta dónde era capaz de llegar tu corazón?