Anamnesis de una infancia
Doctora, este frío no es una elección.
Me puse un abrigo de piedra a los siete años
para no morir en una casa en llamas.
Vengo a hablarle de una silla vacía,
del peso de un nombre que nunca se quedó.
Mi padre era el dueño de promesas falsas,
un rastro de humo que el viento borró.
Y mi madre, presa de sus propios fantasmas,
jamás vio el invierno que en mí se instaló.
Tuve que ser fuerte, vestir una armadura, dejar los juguetes, saltar a la altura de un mundo de adultos que me desterró.
Cambié los domingos por una trinchera;
crecí confinada en una prisión.
Mi habitación era una jaula amarga donde me encerré, perdiendo los días sin emoción.
Al dar la existencia su paso a las sombras,
la adolescencia me halló en un rincón.
Pasaba las noches llorando en la penumbra,
sintiendo que nada en mi cuerpo valía,
que el mundo era enorme y yo me hundía.
Viví cada día deseando la muerte,
pidiendo que el pecho dejara de arder.
Y a veces, el filo contra mi piel
era el único puente hacia la realidad.
La sangre era un hilo que me hacía humana,
el grito callado de mi soledad.
El miedo era el aire que me alimentaba,
el pozo vacío que me consumía.
Olvidé los mapas de aquellos inviernos;
mi mente borró la niñez que dolió.
Un cofre cerrado de traumas eternos
que el tiempo en la sombra por fin sepultó.
Mírame ahora: soy esta adulta de piedra,
un muro que el llanto jamás agrietó.
Si se pierde la infancia antes de poder disfrutarla,
¿en qué lugar del alma se busca después?.
Y si la encuentro, si todavía respira bajo los escombros, ¿cómo le explico que sobrevivir, me hizo fría y sin emociones?
Dígame, doctora,
¿cómo se regresa del vacío inmenso que la soledad construyó?