Durante mucho tiempo pensé que para dejar ir a alguien necesitaba dejar de quererlo primero. Que algún día simplemente despertaría y ya no sentiría nada.
Pero muchas veces no funciona así.
A veces seguimos queriendo, seguimos esperando y seguimos encontrando excusas para quedarnos, incluso cuando en el fondo sabemos que algo ya no está funcionando.
Y entonces llega una decepción.
Una palabra, una actitud, una mentira o simplemente una realidad que ya no podemos seguir ignorando.
Y aunque duele muchísimo, también puede abrirnos los ojos.
Porque mientras todavía tenemos esperanza, encontramos mil razones para quedarnos. Pero cuando alguien nos muestra, una vez más, aquello que no queríamos aceptar, llega un punto en el que ya no necesitamos más explicaciones.
No porque dejemos de sentir de un momento a otro, sino porque finalmente entendemos que querer a alguien no es suficiente para que una historia funcione.
A veces necesitamos ver la realidad sin adornarla para dejar de aferrarnos a lo que imaginábamos que podía ser.
Y quizá por eso algunas decepciones, aunque en el momento parezcan una herida más, terminan siendo el empujón que necesitábamos para empezar a elegirnos.
Porque a veces no soltamos cuando dejamos de amar; soltamos cuando finalmente dejamos de esperar que alguien sea diferente de lo que nos ha demostrado ser.