Lo que la muerte interrumpió.
Recuerdo como si fuera ayer
aquel instante en que te tenía junto a mí:
tus ojos rebosantes de vida,
tu tacto, tan cercano, tan real.
Ahora solo me queda tu recuerdo,
como testigo de lo que un día fuimos,
de aquel futuro que imaginamos juntos
y que se desvaneció cuando te perdí.
Sueños, promesas, amor.
Todo florecía dentro de nuestro nido,
aquel refugio que creímos eterno,
sin saber que la eternidad también podía ser un mito.
Cierro los ojos y vuelves a mí,
tu voz susurra entre mis recuerdos,
como si aún pudieras decirme
que no debo temerle tanto al silencio.
Y me aferro a la esperanza
de encontrarte, aunque sea mientras sueño,
de volver a sentirte cerca
en ese lugar donde el tiempo no nos separe.
Teníamos tanto, amor mío.
Tantas mañanas que aún nos debíamos,
tantas palabras que quedaron pendientes,
tantos lugares que ya no conoceremos juntos.
Pero el destino interrumpió nuestro camino,
y la muerte, indiferente a nuestras promesas,
te llevó hacia una distancia
que ningún abrazo puede vencer.
Ahora me queda amarte desde la ausencia,
pronunciar tu nombre cuando nadie me escucha
y aprender, aunque todavía no sepa cómo,
a vivir en un mundo donde ya no estás.