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Yo fui quien abrió la ventana

yenimiranda12

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Durante mucho tiempo busqué a quién culpar por el desorden que quedó después de ti.

Culpé tus palabras, tus decisiones, tu manera de irte. Culpé las circunstancias, el momento, incluso esas cosas que nunca estuvieron bajo nuestro control.

Me preguntaba por qué había tenido que terminar así, por qué tuve que conocerte para después aprender a vivir sin ti, por qué tuve que abrirte un espacio en mi vida si al final ibas a dejarlo lleno de recuerdos que me costaría tanto acomodar.

Hasta que un día entendí algo que me dolió aceptar:

¿Cómo podía culpar al viento por el desorden que hizo, si fui yo quien abrió la ventana?

Fui yo quien te dejó entrar.

Fui yo quien decidió confiar.

Quien empezó a imaginar posibilidades donde todavía no existían certezas. Quien permitió que poco a poco te convirtieras en alguien importante, sin preguntarme qué iba a pasar si algún día decidías marcharte.

Y no digo esto para culparme.

Porque confiar en alguien no fue un error.

Querer tampoco.

El error habría sido pensar que por haber abierto la ventana tenía que mantenerla abierta para siempre, incluso cuando el viento comenzó a llevarse cosas que para mí eran importantes.

Yo elegí dejarte entrar porque en ese momento quería hacerlo.

Porque había algo en ti que me hacía sentir que valía la pena bajar las defensas. Porque me gustaba hablar contigo, compartir momentos, descubrirte poco a poco. Porque cuando alguien nos importa, no pensamos constantemente en cómo protegernos del final.

Simplemente vivimos lo que está pasando.

Y quizá eso fue lo más bonito y también lo más doloroso.

Yo no sabía que algún día tendría que recoger todo lo que quedó después.

Los recuerdos.

Las preguntas.

Las conversaciones que todavía repaso en mi cabeza.

Las cosas que nunca dije.

Los momentos que quisiera volver a vivir, aunque sé que ya pertenecen al pasado.

Durante un tiempo pensé que todo ese desorden era culpa tuya.

Y quizá algunas de tus decisiones sí me lastimaron.

Pero también tuve que reconocer mi propia responsabilidad: fui yo quien decidió confiar en ti sin saber cuánto tiempo ibas a quedarte.

Fui yo quien se permitió sentir.

Y aunque después doliera, no quiero arrepentirme de eso.

Porque no quiero convertirme en alguien que nunca vuelve a abrir una ventana por miedo a que el viento vuelva a entrar.

No quiero vivir pensando que cada persona que llega tiene que demostrarme primero que jamás se irá.

La vida no funciona así.

No podemos controlar quién se queda, quién cambia, quién se aleja o cuánto durará una historia.

Lo único que podemos decidir es qué hacemos después.

Y yo tuve que aprender a cerrar la ventana cuando entendí que ya no me hacía bien tenerla abierta.

Tuve que recoger lo que quedó, acomodar mis pensamientos y aceptar que algunas cosas no volverían a estar exactamente como antes.

También tuve que perdonarme.

Perdonarme por haber creído.

Por haber esperado.

Por haber imaginado un futuro que nunca llegó.

Por haber querido que alguien se quedara cuando quizá nunca tuvo la intención de hacerlo.

Porque no fui ingenua por sentir.

Fui humana.

Y tal vez eso es lo que más me ha costado entender: no todas las decisiones que terminan doliendo fueron decisiones equivocadas.

A veces tomamos una decisión con la información y los sentimientos que teníamos en ese momento.

Yo abrí la ventana porque quería que entraras.

Y por un tiempo, me gustó tenerte ahí.

No sabía que algún día llegaría un viento tan fuerte que terminaría moviéndolo todo.

Pero hoy ya no quiero culpar al viento.

Tampoco quiero culparme por haber abierto la ventana.

Solo quiero recordar que puedo volver a abrirla algún día.

Con más cuidado.

Con más conciencia.

Pero sin miedo.

Porque una historia que terminó mal no significa que todas las historias tengan que terminar igual.

Y si alguna vez vuelvo a querer a alguien, espero no hacerlo desde el miedo a perderlo.

Espero hacerlo desde la libertad de saber que puedo disfrutar de su presencia sin olvidar que, si algún día decide marcharse, también voy a saber recoger mis pedazos y seguir adelante.

Porque quizá crecer también sea eso:

dejar de preguntarme quién tuvo la culpa del desorden...

y aprender a volver a poner mi vida en orden.

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Durante mucho tiempo busqué a quién culpar por el desorden que quedó después de ti.

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