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Dianned
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Aún no ha dejado de llover, Margarita. El agua sigue golpeando los vidrios de este cuarto de pensión insistente como un cobrador implacable, convirtiendo todo en una inmensa masa gris y fangosa que…

Pensamiento

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Me quedé con eso de barajar de nuevo y repartir otras cartas. Me lo anoté, che, para la próxima vez que alguien me pregunte cómo se vuelve.

Me quedé con eso de barajar de nuevo y repartir otras cartas. Me lo anoté, che, para la próxima vez que alguien me pregunte cómo se vuelve.

Contenido de la publicación

Aún no ha dejado de llover, Margarita. El agua sigue golpeando los vidrios de este cuarto de pensión insistente como un cobrador implacable, convirtiendo todo en una inmensa masa gris y fangosa que se traga los recuerdos. Afuera, la ciudad respira su humedad, esa neblina espesa que se mete en los huesos y pudre los días. Pero lo que me carcome no es el clima, sino este vacío estúpido que me corroe las entrañas desde que decidí que el orgullo valía más que tu risa. Qué manera tan imbécil de destruir lo único sagrado que me quedaba, de cavar mi propia tumba a fuerza de silencios cómplices y miradas esquivas. Estaba harto, sí, quería mandar todo al diablo, largarme a cualquier rincón donde tu nombre no fuera un eco constante, una espina clavada en la mitad del pecho. Sentía que nos estábamos consumiendo en una rutina de reproches, que ya no éramos más que dos esqueletos chocando en la oscuridad, con los huesos crujiendo bajo el peso de culpas ajenas y rencores mal digeridos, hundiéndonos juntos en un pantano del que ninguno sabía cómo salir. 


Pero entonces te mueves, rompes ese silencio espeso que huele a derrota, y te acercas con los pasos tan lentos que diría que estuviste caminando descalzo sobre cristales rotos. Me miras con esa urgencia ciega, con esa desesperación antigua que te hacía atravesar la ciudad entera bajo la garúa solo para tocarme la cara y asegurarte de que yo seguía respirando. Y ya no nos rozamos con la culpa temblorosa de los clandestinos ni con la prisa de los condenados. Te dejas caer contra mi pecho y nos abrazamos con tanta fuerza que los huesos crujen, sí, pero esta vez no es el ruido seco de la ruina, sino el estrépito sordo de dos almas que se arrancan los parches y los escudos para fundirse de verdad, sin salvavidas ni reservas. Te hundo la cara en el cuello, aspiro tu olor y de pronto la lluvia afuera deja de ser un recordatorio de la tumba para convertirse en un pulso limpio, en la promesa terca de que aún estamos a tiempo de aprender a querernos sin pedirnos perdón por existir, de empezar de cero, de vaciarnos los bolsillos de fantasmas y quedarnos solo con este calor idiota, invencible, que nos quema por dentro y nos devuelve, por fin, las ganas furiosas de vivir. 

Ahora mira mis manos, Margarita. Ya no tiemblan por el miedo a que nos descubran. Tiemblan de pura urgencia, de esta gana indomable de barajar de nuevo y repartir otras cartas, de querer mejor, de sacudirme esta atadura invisible que nos pusimos en el alma. Ven acá. Acércate a este rincón donde la humedad huele a ropa vieja y a tabaco frío. No me mires con esos ojos de animal herido que ya se resignó al matadero. Abrázame fuerte, con esa desesperación ciega que tenías la primera tarde, cuando la neblina nos ocultaba del mundo y solo existíamos tú y yo, dos hombres rotos buscando una rendija de luz en medio de la podredumbre.

Apriétame contra ti hasta que dejen de crujir los huesos y empecemos a sentir cómo se nos acomodan las almas, latiendo al unísono, perdiéndose y salvándose en el mismo segundo. Queda tanta vida por inventar debajo de este aguacero, mi amor. Dejemos que la lluvia se lleve la culpa, que arrastre al fondo del desagüe todo lo que fuimos y ya no importa, porque, contra toda lógica y contra quienes nos acechan, yo solo quiero empezar a vivir contigo.

(Margarita no es precisamente mujer)

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    Me quedé con eso de barajar de nuevo y repartir otras cartas. Me lo anoté, che, para la próxima vez que alguien me pregunte cómo se vuelve.

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  • IreneCalvo

    Lo de las manos que tiemblan de urgencia y ya no del miedo a que los descubran. En mi casa venía un tío a comer los domingos con un amigo, treinta años igual, y aquello no se nombró jamás.

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  • Ovid

    El párrafo donde se abrazan hasta que crujen los huesos y ese crujido ya no es el de la ruina. Ahí la lluvia deja de ser una tumba y se vuelve otra cosa, y cuando llegué al paréntesis del final entendí de dónde venía tanto miedo en la primera parte. Gracias por colgarlo acá! ¿Vas a subir más de estos por aquí?

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  • LauraLetras

    La línea del paréntesis al final me hizo devolverme al primer párrafo. De pronto lo de rozarse con culpa de clandestinos y lo de quienes nos acechan deja de ser una manera de hablar y pasa a ser el dato concreto de la historia. Yo la venía leyendo como una pelea de pareja cualquiera, y la neblina ahí los estaba escondiendo de verdad.

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