Desde niño y adolescente me gustó la lectura y la escritura. En la escuela secundaria escribía largas redacciones sobre historia y sobre temas varios que planteaba la profesora de Castellano. Yo escribía rápido y con pocas equivocaciones. A pesar de que nunca me gustó la gramática ni la conjugación de verbos, una profesora me dijo que yo debía estudiar, al terminar la escuela secundaria, periodismo y ser escritor. No le hice caso y me dediqué a la política y las conquistas amorosas que me llevaron por otros caminos. Quizá la literatura fue mi vocación original y no lo entendí. De todas maneras siempre estuve cerca de los libros y la escritura. Siempre compré libros nuevos y usados. Desde historia hasta novelas. Escribí en muchos cuadernos. En mi adolescencia y juventud no había internet y la tecnología de hoy era un cuento de ciencia ficción.
A mis 15 años sabía que nadie me leería y escribía más tranquilo, no pensaba agradar a nadie. No esperaba la crítica o aprobación de nadie. Escribía porque me gustaba. Porque las ideas me atormentaban y tenía que darles escape. En mi barrio no había nadie que escribiera. Yo nunca dije nada porque dirían que estaba loco. En el colegio tampoco decía nada. Creo que una o tres mujeres que pasaron por mi vida supieron que me gustaba escribir.