Son las 12:49 del mediodía.
Casi la una en punto... Casi rozando esa especie de revancha extraña, agridulce, que me costó un rechazo tan violento que jamás imaginé recibir.
Un rechazo que no pedí, que me cayó como un rayo en seco, y aunque sé muy bien que no busco venganza ni alimentar rencores, reconoció una parte de mí que se sintió extrañamente bien, aunque fuera por un fugaz instante, comprobar que el mundo da vueltas.
Al fin y al cabo, somos humanos, criaturas profundamente imperfectas. Y tener por un segundo las riendas de la propia historia se siente bien... o algo así, un alivio tibio en medio del naufragio.
Me siento dividida: mitad cansada hasta los huesos, mitad agradecida, quizás porque las entrevistas empiezan a asomar y a moverse de a poco, o quizás porque sigo sin tener la menor idea de cómo ordenarle a mi cabeza que frene un rato.
El neurólogo lo resume con una frialdad clínica insoportable: dice que todo está normal, que mis dolores de cabeza descomunales se deben pura y exclusivamente a que no sé frenar, a que mi cerebro carbura a mil revoluciones por minuto sin descanso. Que solo tengo que aprender a descansar, ni más ni menos.
Entonces... ¿Cómo se supone que haga para descansar, para apagar el motor en este mundo tan apurado? ¿En una realidad que no sabe caminar si no es a las corridas, pisándonos los talones unos a otros?