A cozy place, a cozy heart.
Entre sus brazos,
Todo era cálido.
Como un fuego abrasador,
Pero no uno que lastima o quema dolorosamente,
Uno que protege y cuida con cariño,
Con calidez.
— Oye —.
— Dime —.
— ¿Serás capaz de amarme por siempre? — Voz tranquila, neutra, daba miedo la falta de sentimiento que transmitía.
— ¿Qué clase de pregunta es esa? — No se dejó intimidar; sabía ya que su pareja podía tener dudas existenciales o complejas de responder; era algo que le encantaba a la par que le desafiaba.
— Una que deseo que respondas. El tiempo es tan cambiante, al igual que los pensamientos, y quizás por ello también los sentimientos. Entonces, ¿me amarás por siempre?.. — Y ahí estaba, un pequeño titubeo, un silencio de más que demostraba la incertidumbre que a menudo intentaba empujarle al fondo, a hundirle.
Sintió ternura porque, a pesar de que cada vez que podía le rememoraba su amor con paciencia, seguía siendo tan sensible que llegaba a dudar de sus dulces palabras. No mentiría, claramente era agotador que pasara, pero el hecho de que se preocupara y confiara en poder comunicarle todas sus dudas y preocupaciones llenaba su corazón de una calidez incomprensible, como si se ensanchara del cariño y la ternura que le provocaban sus delicados sentimientos.
Y fue así como, lentamente, como si temiera romperle, con una suave sonrisa, le tomó la mano y afirmó: — Sí.
— Aunque llegues a dudarlo mil y una veces, yo siempre voy a amarte. Pase lo que pase, digas lo que digas, aunque peleemos por idioteces, siempre te amaré. Nada, absolutamente nada puede cambiar eso. Porque tú eres parte de mi alma, mi vida entera. — Besó su mano con parsimonia — Te amo tanto que tu propia existencia es mi oxígeno.
Apenas le cabía el aire en los pulmones, el corazón golpeando con fuerza contra su pecho y el delicado pero acelerado aleteo de hermosas mariposas estrujaba su estómago. No podía comprenderlo, apenas podía soportarlo. Y cuando las palabras son incapaces de expresar el mundo de sensaciones dentro, es momento de actuar.
Por ello, sin cuidado alguno, se le abalanzó en un abrazo desesperado, escondiendo la cara en su pecho. El miedo le provocaba temblores, pero aquella calidez que emanaba de su persona atesorada era el rayo de luz que buscaba calmar su pobre corazón.
Trascendente, así deseaba que fuera su amor. Que nada ni nadie se interpusiera en su camino, ni siquiera ellos mismos. Era incapaz de ilustrar una separación.
No tenía miedo en realidad de que prontamente el cariño desapareciera, pero sí de su propia persona. Se sentía de a ratos tan inestable, que temía lastimar, alejar o marchitar a aquel mundo que había avivado el suyo.
Se fundieron en un beso, aunque con una de las intenciones significativamente más desesperadas que la otra que deseaba apaciguar. ¿Es posible realmente que un alma tan serena y paciente domesticara a una tan asustada y ansiosa? ¿Realmente prosperaría una relación así sin quebrarse?
Era verde, el sentimiento era verde, no de envidia; de asco, asco dirigido a ese remolino de sentimientos que deseaban alejar a aquella pareja inestablemente estable. Porque, aunque el estar juntos sea como caminar en un prado de lirios en el epítome de su vida, la sombra interna provocaba un inmenso malestar que poco a poco frenaba el florecer.