Intentaba encajar contigo como un mínimo y minúsculo tarugo que sollozaba en un espacio lleno de muerte y polvo, intentando apoyarse y combinar como uno. Eras la razón de mis placeres, pero también de mis lamentos; me robaste el sueño y las ganas de asemejar y de vivir siempre con algo discreto. Eras una luz indescifrable, pero a la vez algo radiante e inigualable; eras la naturaleza hecha persona, una mariposa ciega volando sin alas porque no las necesitaba.
Los tapujos y diferentes misterios me inclinaron hacia un nuevo sueño: tenerte a mi lado sin importar el contraste, color, forma, figura o un simple reflejo. Porque, sin importar nada, yo quería ser una sombra que apaciguara y llenara a esa mente llena de chispas vitales y poco rígidas. Era mi oportunidad de ofrecer un mundo lleno de complejidades y epifanías, ya que sabía que no me buscabas, pero me encontrarías. Y así pasaron los días de los días, llenos de incertidumbres, escalofríos y pocas pistas. Eras indescifrable y eso, sin ninguna intención, me enloquecía, porque sé que en tu ser regía una mentalidad escalofriante. Eso me hacía pensar: ¿y si realmente me volví un ignorante? Pero no era así... ¿o tal vez sí? Aún no comprendo por qué rechazabas un amor como el mío. Eras más fría que el frío, eras un pequeño diente de león lleno de temores a que te soplaran y te desvanecieras lentamente en el sucio y puro aire. Sentía a un paso el limpio petricor que se mostraba en mi ventana después de la leve llovizna, junto a un pequeño e insignificante aroma de vainilla; era leve, pero sin lugar a dudas era de ti, mi hermosa.
Caminabas y deslumbrabas el andén. Lentamente me enamoraba más de ti, de esa peculiar forma de sonreír y de vivir, esa caminata que me llenaba de emociones y diferentes sensaciones. Me hacías recordar a una modelo selecta y práctica, con la diferencia de que tú resaltabas sin alfombra roja. Esa hermosa piel tuya, brillante y sin imperfecciones —ya que eras perfecta con ellas o sin ellas—, ese color blanco como el del lienzo antes de ser pintado, era impresionante y, sin mentirte, me sentí insignificante.
Era un admirador más en esa tarde, viéndote desde el borde de mi ventana, intentando que no me vieras aunque tú nunca equiparabas y mucho menos atención me dabas. Pero eso me lastimaba —no me engaño—; eras una diosa que estaba a más de mil peldaños. En el plano terrenal eras algo más que una mortal, eras como Dios en persona, no tenía palabras. El atardecer hacía parte de una obra de arte a la cual llamaría La noche estrellada. Pero, ¿por qué ese nombre? Simple: el solo ver de reojo esas perlas tuyas me contagió una felicidad indescriptible. ¡Y es que me miraste, me sonreíste! Fue efímero y evidentemente suficiente, porque era el inicio de nuestro romance. El atardecer se volvía la noche y mi corazón se volvía una bomba de tiempo, ya que sabía que si no me mostraba o me mirabas me quedaría sin aliento. Eras las agujas que determinaban el tiempo; mi cuerpo solo era un bisel bordeando el sentimiento que tenía por dentro, y es que estaba a punto de estallar: no podía estar un segundo más sin mirarte, sin soñar, y aunque eso sea lo que me pase, no puedo morir esperándote.
Es triste pensar que tal vez no vuelvas. Mis baterías se agotan y mi mente no aguanta; tal vez no se mantenga cuerda con ese maldito sonido de las gotas cayendo en el marco de la ventana. El escuchar gotear solo me creaba ansias, y esperar más tiempo a verte fue autosabotearme, porque el hambre me consumía y las ganas de tenerte a mi lado solo eran fantasías. El recuerdo me mataba y, por más de cinco horas, me quedé esperando en una silla tu regreso. Realmente extrañaba el momento en que me mirabas y, de manera contagiosa, nacía una risa algo burlona, pero para mí, distinta. Yo sabía en mi interior que era especial y, sobre todo, única. Me amabas aunque no lo decías: era la primera vez que me veías y la primera vez que amaste a alguien sin mentiras. Eso me decía el corazón, pero esta realidad la desmentía un forastero y poco querido llamado cerebro: un mentiroso que intentaba decirme que yo era un simple monstruo, un ser lleno de maldad junto con una obsesión horrorosa, un pervertido que solo admiraba la belleza sin reposo, un adicto al dolor indoloro, un ser que, sin importar el trasfondo, siempre pensaría lo mismo y se estancaría en eso.
Esas fuertes palabras eran como si me hubiera autoclavado un puñal lleno de un veneno más letal que la mordida de una taipán oriental.