Se habían mudado hacía un mes nomás.
El nene tenía tres años y desde que llegaron hablaba solo en el patio. La abuela fue la primera en notarlo y le dijo a su hija: "hablá con el nene".
Un día, mientras dibujaba, la madre le preguntó qué hacía. Él le mostró el dibujo. Perecía ser una niña de pelo negro y vestido largo. Dijo que se llamaba Alicia.
—¿Cómo la conociste? —le preguntó ella.
Él le contestó como si fuera lo más normal del mundo, que unos hombres se la habían robado de su familia, que la tiraron abajo de un puente, que ella caminó sin saber a dónde y llegó hasta esa casa.
No había ninguna Alicia en el barrio. Nadie con esa descripción.
Durante días siguió contando que Alicia le decía que dibujara, que jugaran a la casita. Hasta que la madre y la tía se plantaron y le dijeron: "Alicia no es real, es tu imaginación, no queremos que sigas con ese juego".
Él se quedó serio, las miró y apuntó detrás de ellas.
—Ella si es real y está atrás de ustedes.
Las dos sintieron el aire pesado de golpe. Se dieron vuelta. No había nadie.
Se mudaron poco después ,por problemas con el precio de la casa.
El último día, en el patio, antes de salir por última vez de esa casa, el nene se frenó en la puerta del patio y saludó con la mano.
—Chau Alicia.
La madre lo miró y se le heló la sangre. El sol pegaba de costado y en el piso se veían dos sombras. La de su hijo, y otra con un vestido, que parecía estar abrazando la sombra del nene.
Miró al nene. Él estaba solo, con los brazos a los costados. No había nada agarrándolo.
Después subieron al auto y se fueron.
Al nene se le olvidó todo y siguió su vida como si nada.
A la madre no se le olvidó .