Empecemos por definir la palabra, porque casi toda discusión sobre diarios es en el fondo una discusión sobre a quién le escribes. Un diario, en sentido estricto, es un texto cuyo único lector eres tú. Eso es la definición, no un detalle de estilo. Lo que lo hace valioso no es el cuaderno ni la constancia, sino que escribes sin público, y por eso puedes ser exacto sobre ti mismo sin pagar el precio de que alguien te vea siéndolo.
Apenas entra un lector, ese precio aparece. No hace falta mala fe. Basta saber que alguien va a leer para que empieces a elegir qué contar y cómo, a redondear la humillación hasta dejarla en anécdota presentable, a callar lo que no soportarías que se malinterprete. El texto gana como prosa y pierde como diario, porque un diario mide su valor en franqueza, y la franqueza es lo primero que cede frente a una mirada ajena.
Hasta ahí, el argumento parece defender el cuaderno cerrado con llave. Pero hay un hecho incómodo: el diario del todo privado casi no se escribe. Sin nadie que espere nada, sin ninguna razón para volver, muere en la tercera entrada de enero. Quedamos entonces con dos fracasos: el diario público que se cuida y por eso miente un poco, y el diario privado que sería sincero pero que no llega a existir.
Por eso creo que la pregunta está mal planteada cuando la ponemos como privado contra público. La variable que importa no es si te leen, sino cuántos y quiénes. Un lector anónimo y multitudinario te empuja a actuar; te vuelves personaje. Dos o tres personas que te conocen y que van a leerte te empujan a otra cosa distinta, a no abandonar. Esa segunda presión distorsiona mucho menos, porque ante alguien que ya sabe cómo eres, fingir cuesta más caro que ser franco.
Prueba el caso difícil: ¿no deforma también ese lector pequeño? Algo, sí. Pero la deformación crece con el tamaño y el anonimato del público. Escribir para dos personas de confianza se parece harto más a escribir para uno mismo que a escribir para una multitud. No es lo mismo el costo de rendir cuentas que el costo de posar.
Así que un diario que otros leen puede seguir siendo un diario, con una condición estricta: que esos otros sean pocos y sean reales. Ni cero, porque entonces no lo escribes. Ni el público entero, porque entonces ya no te escribes a ti.