Eran las dos de la madrugada. Desperté por un vaso de agua, pero al doblar el pasillo estaba ahí, sentado como si llevara una eternidad esperándome: era el mismo diablo.
—Ingenuo, vengo a ofrecerte algo.
—¿Qué quieres? —contesté seco, casi apático.
—Atrevido... Vengo a proponerte un buen trato, ¿aceptas? —me miró con la misma actitud con la que un león observa a un ciervo en tiempo de sequía.
—¿Trato? ¿Trato de qué? —respondí sin interés mientras servía agua en un vaso.
—Tonto descarado, ¿cómo me hablas de tal manera? Vengo a regresarte a tu amada, ¿no es lo que tanto anhelabas?
Volteé como si de mucho interés se tratase.
—Bien —contestó él casi al instante—. Entrégame tu alma y prometo que no habrá más noches de nostalgia y desvelos —dijo mientras se paraba enfrente de mí—. Acepta, sé que su regreso te devolverá la vida —añadió riendo.
—Exacto, ella se llevó mi alma; no tengo nada más que ofrecerte.
Dejé el vaso y regresé a la habitación, dejándolo molesto en aquel sofá viejo.