Hoy sentí tu ausencia,
o eso es lo que creo que era.
Sentí mi piel erizada,
mi corazón con las energías bajas,
mi estómago comprimido y mi mente disociada.
«¿Dónde estabas?», me preguntaba;
miré al techo buscando respuestas.
Tan solo pensaba qué sueño tan absurdo fue ese,
en donde tú eras lo que prometiste que serías.
Pero tan solo fue un sueño y una fantasía,
porque despertando ni siquiera estarías;
seguiría en esta pesadilla.
Esta pesadilla que no traía sombras ni monstruos:
era simplemente esta cruda realidad,
este cuarto en calma,
esta cama con sábanas frías ciñéndome desnuda
y ese silencio que daba la certeza de tu ausencia.
Esa emoción fue rara;
después de tanto, ya no te extrañaba
—o eso quería creer—.
Extrañaba tu cálida piel, extrañaba tu cuerpo,
pero la verdad no extrañaba todo tu ser.
Extrañaba la calidez que dejábamos en mi cama,
extrañaba tu latir, pero no extrañaba tu habla.
Extrañaba tu cuerpo, pero no extrañaba tu alma;
entonces no te extrañaba a ti,
simplemente extrañaba la droga que me hacías sentir.
Ya no te culpo por haberte ido,
ya no te extrañaré como dije que lo haría,
ya no te amo como te había prometido y, sobre todo,
ya no te esperaré ni en esta ni en un millón de vidas.
Así que puedes habitar tranquilo:
ya no queda en mí ningún lugar que siga existiendo para ti.