Itzayana Martínez
Esa tarde fue la culminación.
No había nada más que silencio.
No nos dijimos nada,
pero lo sentíamos todo.
Tú me mirabas con algo de compasión,
y yo te regalaba
mis palabras muertas.
Caminamos por el sendero,
ese que alguna vez vio
nuestros mejores besos.
Pero ya no era el mismo.
Se sentía frío,
sombrío,
como si también supiera
que era la última vez.
Tus besos estaban cargados
de obligación
y ya no de intención.
Porque, aunque yo sabía
que ya no te tenía,
tú sí me tenías a mí.
Y habría dado todo
porque aquella noche
no terminara ahí.
Pero ya era tarde.
Prometimos escribirnos,
y aquel mensaje
jamás llegó.
Las nubes me contaron
que ahora paseas con alguien más.
La lluvia me contó
que el tiempo pasa más lento
mientras besas a alguien más.
Los árboles me dijeron
que te ríes de los chistes más absurdos
y que ya no hablas de arte
como lo hacías conmigo.
El reloj me pidió
que dejara de esperarte,
porque los insomnios
eran cada vez más recurrentes
desde aquella tarde.
Y es verdad…
Aquella tarde tú te fuiste.
Te dije adiós.
Y, sin embargo,
te guardé para siempre
en este poema.
Para cuando te extrañe,
volver a leerte.
Para cuando te olvide,
recordarte.
Para cuando la memoria
quiera borrarte,
volver a encontrarte
entre estas palabras.
Y así,
aunque ya no estés,
jamás olvidarte.